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Opinión. La trampa del “se hace lo mejor que se puede”

Una reflexión a modo de síntesis a partir del #TestsMasivosYa

Rosario Escobar Dra. en Enseñanza de las Ciencias | Redacción de Ciencia y Tecnología |@mrosario.escobar

Jueves 9 de abril de 2020 11:55

Una lectura conveniente y tergiversada del #TestsMasivosYA. Cómo evitar poner en cuestión el pago de deuda frente a la crisis sanitaria

A partir de la crisis desatada por la pandemia de COVID-19, desde la sección de ciencia LID hemos venido trabajando para mostrar las últimas investigaciones, tanto de prestigiosas revistas científicas como de autores con los que venimos discutiendo sobre el rol de la ciencia y el reduccionismo científico. Hemos seguido muy de cerca la evolución de la pandemia, con el objetivo de informar a la población trabajadora sobre los avances científicos en virología, proporcionando información fidedigna a la cual, en la mayoría de los casos, no es posible acceder desde los medios hegemónicos. Todo esto desde una perspectiva general que –al contrario de aquellos– no naturaliza la entronización del lucro capitalista por sobre la salud y la vida de las mayorías trabajadoras.

Analizamos en profundidad desde La Izquierda Diario todas las dimensiones de la crisis del sistema de salud mundial y de la situación en la que se encuentra un amplio sector de trabajadores de la salud, de las fábricas, de los barrios. Hemos mostrado el brutal despliegue represivo avalado por el Poder Ejecutivo en todo el país, denunciando la forma burocrática (sin pasar por el congreso), e incompleta (sin una estrategia sanitaria, ni información disponible a toda la población, a contramano de lo que recomiendan instituciones médicas y sanitarias).

Hemos seguido de cerca la evolución de la pandemia, las estrategias y medidas que han tomado los diferentes países, la situación crítica del sistema de salud mundial generada por el capitalismo a partir de la devastación de hábitats naturales y la extensión de la frontera agrícola, caldo de cultivo para el nacimiento de nuevos virus que mutan y se transfieren desde animales a humanos por zoonosis, con una tasa alta de contagio entre humanos (como el SARS-CoV-2, responsable de la neumonía COVID-19). Hemos traducido entrevistas y trabajos de biólogos evolucionistas como Rob Wallace, que analiza desde una perspectiva marxista el origen de las gripes contemporáneas en la extensión de las fronteras agrícolas, la devastación de bosques y hábitats naturales, el hacinamiento de animales como en el caso de Wuhan. Hemos dedicado miles de caracteres a generar reflexión sobre las crisis del capitalismo y las políticas de los Estados desde una perspectiva histórica, económica, política, siempre con una mirada científica y estratégica del problema. Hemos mostrado, basándonos en autores como David Harvey, Mike Davis, Levins y Lewontin, por nombrar algunos, cómo este sistema, cuyo único objetivo es acrecentar las ganancias de unas pocas corporaciones, hoy en día deja al descubierto la imposibilidad de los sistemas de salud de hacer frente a una pandemia. Hemos reflexionado sobre el rol de la ciencia, el reduccionismo que subyace al método de investigación y el por qué y para qué del trabajo científico. Hemos incluso abierto a nuestrxs lectores un espacio de intercambio didáctico a través de nuestro campus virtual. Siempre proponiendo alternativas, estrategias, un programa de organización para que lxs trabajadores y las organizaciones lo tomen en sus manos, para luchar contra la barbarie capitalista y que sean los capitalistas quienes paguen el precio de las crisis que su sistema genera. A partir de todo el trabajo colectivo desde la redacción de LID, desde las notas que han ido elaborando nuestrxs compañerxs con denuncias sobre las condiciones en las que trabajan y la desidia de las patronales que no piensan invertir ni un centavo en cuidar a lxs trabajadores, desestimando la recomendación de la OMS sobre la necesidad del testeo masivo, hemos contribuido –junto a miles que tomaron la consigna en sus manos- a instalar el #TestMasivosYa.

Esta consigna en particular, de todas las que venimos levantando como parte de un programa para para enfrentar la pandemia, generó la reacción de distintos comunicadores, “influencers de ciencia” y medios oficialistas que han salido rabiosos, haciendo un esfuerzo descomunal para justificar de todas las maneras posibles el por qué el Estado “no puede” invertir en tests masivos o, en el peor de los casos, el por qué el testeo masivo “no sirve”. La imposibilidad de responder por qué un elemento fundamental como el testeo haya sido excluido de la estrategia de “mitigación + contención” condujo a la necesidad de tergiversar y ridiculizar nuestra posición al respecto usando todos los medios que les fueron posibles. Han buscado con tesón instalar la idea de que "la izquierda pide algo sin sentido”, forzando a que nuestras notas e investigaciones digan cosas que no hemos dicho. Allí donde dijimos “tests masivos”, leyeron una y otra vez tests “para toda la población”, o “tests rápidos” serológicos (de menor confiabilidad, aunque también pueden ser útiles). Allí donde dijimos “tests masivos”, lo cual incluye la puesta en marcha de los 51 laboratorios que ya existen para llevar a cabo los tests del tipo rt RT PCR (16 más que los 35 iniciales, como nos enteramos solo a partir de la interpelación al ministro de salud por parte de Nicolás del Caño y otros diputados, luego de que el pedido del 13/3 no fuera respondido) han desinformado, justo en un momento en donde lo peor que puede pasar es que prime la desinformación. Allí donde dijimos tests masivos como parte de un programa de emergencia de conjunto frente a la crisis, siempre hubo un “piden lo imposible”. Se nos ha acusado de operadores. Se nos ha acusado de querer boicotear la cuarentena, utilizando la excusa de los testeos masivos como reemplazo de cualquier otro plan de sanidad y distanciamiento social (lo cual, por supuesto, incluye la cuarentena). En fin, una retórica malabarista cuya única brújula es justificar la política del gobierno. Una maraña de conceptos a la medida de una discursiva prefabricada, cuyo único objetivo es bloquear el diálogo y el cuestionamiento del orden establecido. Los “boludos” que piden cosas imposibles “no se dan cuenta” de que se necesitan “recursos infinitos” para llevar a cabo un testeo masivo. Se plantea como imposible algo que podría llevarse adelante solo con un 0,2 % del pago de deuda mensual, para que la estrategia que incluye a la cuarentena sea eficiente. Poco importa si esos boludos son laburantes de la salud precarizadxs, expuestos en la primera línea, planteando una necesidad elemental y cotidiana, o si laburan 10 horas por día parados en una línea de producción sin barbijo ni testeos apropiados, con la incertidumbre de perder el trabajo o no llegar a fin de mes.

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Sin embargo, esa es la punta del iceberg, porque el problema en realidad no son los tests. Para los genios en manejo de recursos nunca es una posibilidad cuestionar el eterno saqueo al que nos condenan todos los gobiernos, incluso en tiempos de pandemia. El verdadero problema es que cuando entra en cuestión el tema del pago de deuda, los aplaudidores y obsecuentes del statu quo ponen el grito en el cielo.

Del “correte trosko, dejá gobernar” al “quedate en tu casa, boludo”

El recurso a la caricatura es una opción cuando no hay argumentos o, el complemento de otros argumentos menos sutiles, represivos, como los que venimos viendo. No hay mejor manera de neutralizar que apelar a la caricatura. El trosko no labura. El laburante siempre es peronista o, en el peor de los casos, un pobre gorila, un pobre de derecha. Ser anticapitalista es de cheto, de privilegiado. En el fondo, aquello que exacerba los ánimos de tanto aplaudidor oficialista presto a hacer curvas y curvas para demostrar que “se hace lo mejor y lo único posible”, son intereses de clase. Donde ellos ven un imposible, desde estas páginas –escritas sin las limitaciones de mantener ganancias empresarias ni el orden social capitalista- vemos una necesidad urgente frente a la pandemia. La necesidad de una ciencia hecha para el pueblo trabajador, parafraseando a ese colectivo del que fueron parte autores marxistas como Richard Lewontin, Richard Levins, Stephen Jay Gould, Hilary Rose, Steven Rose entre otrxs. En estos debates “científicos” se pone de manifiesto la cuestión de informar y divulgar ciencia sin esas barreras. Lógicamente eso genera ofuscación en el panel twittero dispuesto a prenderse fuego a lo bonzo para justificar lo imposible, como sostener que la aglomeración de miles de jubilados en las calles en plena cuarentena, imagen icónica de la decadencia del régimen, no va a tener mayores efectos sobre el número de contagiados porque: “inserte aquí explicación random”.

Ahora bien, además de intereses de clase, también hay prejuicios de clase. ¿A quién se le ocurre que las obreras y obreros pueden ser revolucionarixs? ¿Cómo un colectivero, unx pibx de Rappi o Glovo que pedalea 12 hs por día, una obrera del parque industrial de Pilar, o de Pepsico, o de Madygraf, unx camarerx, pueden ser revolucionarios? Esa gente no tiene tiempo para leer a Marx, ni a Trotsky ni ninguna de “esas teorías rusas de hace cien años”. Cien o treinta, da lo mismo, siempre son viejas. Ellos no pueden acceder a los libros, no tienen tiempo, ni tampoco la capacidad para entenderlos. Menos pueden escribir en un diario. La clase obrera de la que hablás, trosko, no existe. Antes de Perón no había clase obrera. El laburante no tiene tiempo ni los medios para leer tus teorías que nunca funcionan, esa gente quiere mejorar sus condiciones de vida y es el peronismo el único que puede lograrlo. Brota de las entrañas de la reacción el prejuicio de clase. Lxs trabajadores tienen que leer o escuchar al especialista, único depositario del “conocimiento”. Hay que darles la información digerida. Punto. Lxs laburantes no hacen ciencia (como si no existieran trabajadores de ciencia, igualmente precarizadxs, proletarizados, a lxs que se les niegan sistemáticamente derechos laborales básicos). Pero no, lxs laburantes no hacen política, lxs laburantes no hacen ciencia. Lxs laburantes son una masa estática informe, una masa que solo puede ser destinataria de políticas, nunca construirla, nunca hacer ellxs mismos política. Una masa que siempre debe ser dirigida. Receptores pasivos de políticas a piacere de la clase dominante, como tiene que ser.

En esa misma discursiva, la población trabajadora, que ya de por sí debe pechar las trabas que constantemente impone el sistema para su organización, vuelve a ser atomizada como partículas, no en la práctica, sino en el mundo de las ideas. Al invisibilizarse los sujetos políticos, se invisibiliza también el poder de organización de lxs trabajadores y de los sectores populares frente a la pandemia. Lo único que podemos hacer los ciudadanos es guardarnos, no salir de nuestras casas y el que no lo hace, no importan sus razones: merece una denuncia, merece el castigo. El vecino debe transformarse en el ojo vigilante del Estado, naturalizando el carácter represivo de ese Estado: el voto popular legitima a una casta política encargada de dirigir a las masas y de proporcionar el bienestar al resto de la ciudadanía. Se legitima el autoritarismo y la represión estatal. Se promueve el odio. A pesar de la consigna del “nos cuidamos entre todos”, el único cuidado que se nos permite realizar desde nuestras casas es el individual. La parte del “entre todos” queda en manos de las fuerzas de seguridad. Se legitima el botoneo motorizado por aquellxs que hacen recaer una responsabilidad que sí es política en individuos aislados sin organización. Un discurso individualizador que también cumple la función de polarizar. Siempre es bueno tener a mano un vecino que salió a sacar la basura para justificar la detención policial. Siempre es mejor apuntar al de al lado en lugar de exigir que haya más hospitales y camas y no móviles policiales.

“Si no lo entienden por las buenas, me han dado el poder para que lo entiendan por las malas”

El discurso de la “unidad nacional” deja afuera cualquier crítica, porque “o estás a favor o estás en contra” y si estás en contra sos EL enemigo. Se establece una mirada unidimensional sobre el problema que pone el foco más en las medidas del gobierno (que siempre están bien) en relación a lo que “hubiera hecho” (Macri), en vez de poner el foco en las necesidades reales del pueblo trabajador y sus condiciones de posibilidad.

En vez de eso, se impone una figura paternal cristalizada en un presidente- papá bueno, que hace lo mejor que puede en el momento crítico en donde hay que elegir a contrarreloj qué botón apretar: el verde o el rojo. Un Ejecutivo que gobierna a congreso cerrado y por decreto. Un presidente que se muestra “papá enojado” con los “miserables” empresarios, “papá enojado” con los funcionarios que permitieron que una horda de jubilados en masa se dirigieran desesperadamente a cobrar al banco el viernes, como si fueran animales enajenados sin motivo y sin razón. Un presidente que en campaña dice que antes de los bancos van a estar los jubilados, pero que junto con la oposición macrista los ajusta con la ley de solidaridad. El mismo que deja sin efecto la posibilidad de centralización del sistema público y privado de salud a pedido de Belocopitt y las grandes farmacéuticas. Un papá que nos amenaza con que si rompemos la cuarentena nos va a castigar con la policía: “si no lo entienden por las buenas, lo van a entender por las malas”. Un esfuerzo descomunal por mostrar humanidad donde en realidad hay interés de clase.

Se hace lo mejor que se puede

El “se hace lo mejor que se puede hacer” (léase: sin tocar significativamente las ganancias del empresariado, pagando miles de millones de dólares de deuda en vez de que esa plata vaya a los hospitales, a los testeos, a una ayuda económica que permita que lxs trabajadores puedan hacer la cuarentena sin dificultad tiene una trampa. El “se hace lo mejor que se puede” conlleva la imposibilidad de que las cosas sean diferentes. En última instancia también legitima el “muertos van a haber, eso no se puede evitar”, la variante coyuntural del “pobres hubo siempre, eso no se puede cambiar”. Se legitima así todo tipo de abusos, se legitiman las peores condiciones de vida y las pobres medidas sanitarias ajustadas al saqueo de los empresarios que limitan las posibilidades de las políticas estatales. Se legitima, una vez más, que las crisis como ésta la paguen lxs trabajadorxs. Se naturalizan las paupérrimas condiciones en las que se encuentran los hospitales que no tienen ni alcohol ni algodón. Se invisibilizan a sus trabajadores que reclaman por testeos masivos. Se legitima que haya trabajadores forzados a salir en cuarentena sin las medidas de protección necesarias. Se invisibilizan las necesidades de los sectores vulnerables estableciendo como única realidad posible la propia, la de la comodidad de aquellos que pueden sobrellevar la cuarentena sin mayores dificultades más allá del encierro. Las necesidades de lxs trabajadores quedan sepultadas en un discurso de muchas palabras y pocos hechos. Como señaló Frederic Jameson, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Esa falta de horizonte, esta naturalización de la miseria capitalista, está presente tanto en la base de las reacciones y visiones tranquilizadoras, como en el debate sobre la ciencia. Desde acá, vamos a seguir informando y divulgando desde otro horizonte, uno anticapitalista y socialista, por una ciencia libre de las ataduras que le impone este sistema.

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