Florencia y Rosa se levantan cuando aún es de noche y se preparan para un día duro de trabajo. Van a la escuela donde las esperan cientos de chicos que alimentar y atender. Tratan de superar los problemas de salud que su trabajo cotidiano les genera, mientras buscan una changuita para las vacaciones tanto de invierno como de verano, ya que el contrato se les corta. La precarización y el maltrato son moneda corriente, y estas mujeres los enfrentan día a día.

Ivana Otero Docente de Nivel Primario.

Julieta Azcárate Docente. Redacción de La Izquierda Diario CABA
Lunes 6 de julio de 2015 13:35
El trabajo más que dignifica, precariza
El alimento que llega a los alumnos de las escuelas porteñas es manejado por empresas contratistas privadas donde el alimento magro y los contratos basura son la regla. El Gobierno de la Ciudad contrata a dichas empresas para que provean a las escuelas de la comida para el desayuno y merienda en el caso de escuelas de jornada simple, y para el almuerzo, para las de jornada completa.
Rosa es encargada de cocina en un comedor escolar, y Florencia es camarera.
Ambas reservan su identidad para no ser marcadas en el trabajo con amenaza de despido. Son mujeres cercanas a los 50 años de edad, madres y trabajadoras desde chicas. Se iniciaron en este labor creyendo que romperían con la racha de trabajo precario. Pero muy lejos de eso, la precarización la sufren desde el comienzo:
“En la escuela empecé a trabajar a partir de febrero y como estoy trabajando en negro en casa de familia, me ilusioné y fui. Fui a la oficina que queda en Mataderos, le llaman La Planta y la empresa se llama Tavolaro. Me dijeron que iba a empezar en el turno tarde, en una sola escuela, y que iba a ganar 3.500 pesos pero después terminó siendo otra cosa”. Florencia es de Paraguay, y dio con el trabajo por un familiar.
El tipo de contrato se aprovecha de la necesidad y urgencia de los trabajadores, la mayoría mujeres, muchas solteras y sostenes de familia. Florencia cuenta que le hicieron firmar un contrato inicial por un mes y luego se lo iban renovando mes a mes.
Pero eso no es todo, agrega: “Nosotros cuando son las vacaciones de invierno y de verano no nos pagan. Tenés que rebuscarte esos meses para tener algo, por eso no puedo renunciar a la casa de familia. Mis compañeras son mujeres grandes, algunas son paisanas mías. Entre acá sin pensar como era, ya ni se en qué condiciones estoy, todos se quejan porque ni pagan las horas extras pero muchos necesitan y hay que laburar”.
Rosa agrega: “Por eso en el recibo de sueldo dice algo así como “cocinera por temporada”. Por eso ellos se defienden, cuando no están todos los aportes dicen que somos trabajadores de temporada. En el verano esos meses se hacen muy largos, no cobramos un peso hasta abril. Las chicas por ejemplo cuando ya no tienen más remedio, porque tienen que mantener a sus hijos y pagar el alquiler, van a trabajar por horas, en casas, hacen las changas que pueden”.
Empresas negreras, la realidad
Son alrededor de 30 las empresas que figuran como encargadas de realizar la tarea de asistencia alimentaria en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires. Como nos cuenta Rosa, algunas pocas empresas manejan varios comedores escolares, y la terciarización es de larga data, “trabajo desde el año 94, hasta ahora trabajé con tres empresas diferentes, la última tiene muchisimos comedores en las escuelas, pisan fuerte y hacen lo que quieren. Se llama Compañía Alimentaria Nacional. Las licitaciones son cada dos años. Y esta nunca pierde, todo lo contrario, gana cada vez más escuelas con cada licitación”.
Las irregularidades no sólo existen en el régimen laboral, sino en el servicio que estas empresas brindan a las escuelas. Rosa nos cuenta que muchas veces la comida llega en mal estado, y que a los trabajadores les tienen prohibido dar a conocimiento de la dirección de la escuela. Sólo pueden avisar a la misma empresa, que muchas veces las castiga por hacer dichos reclamos.
En su página web, el gobierno de la Ciudad afirma que: “La política de comedores se enmarca en esta idea (…) sin resolver las necesidades biológicas de la alimentación de los chicos, es imposible que se puedan desarrollar las tareas pedagógicas planificadas”. Sin embargo la misma comunidad educativa ha denunciado problemas con la refrigeración de los alimentos, comida en mal estado, raciones irrisorias, entre otras cuestiones que se suma al deterioro en la infraestructura en las escuelas y la falta de mantenimiento de los servicios. Según nos cuenta Rosa, para que pueda estar todo en regla: “La empresa está en contacto con el gobierno de la Ciudad. Ellos saben la fecha exacta de la inspección. Ese día estamos todos, no falta nada. De día capaz que te mandan otra persona de otro lado para que todo funcione okey”.
Ritmos extenuantes y condiciones insalubres
Rosa nos cuenta que comienza a trabajar a las 6 de la mañana, y está sola en la cocina preparando el desayuno y haciendo la comida para todos los chicos de la escuela: “A mí me partieron al medio cuando me sacaron uno de mis ayudantes. Yo creo que por eso también tanto laburo, tan pesado, estoy en malas condiciones con la columna, y tengo tantos problemas de salud. El horario pico del comedor es terrible, porque tenés que servir apuradísima, volando, las dietas, todo (…) es cocinar, servir, y todo lo que queda limpiar, que lo hacemos todo nosotros. Es terrible. Demasiada explotación.”
A Florencia le dijeron que iba a trabajar en una sola escuela turno tarde sirviendo la merienda, sin embargo pretendieron que en la misma franja horaria realizara el trabajo de dos escuelas: “me van mandando mensaje o llamando y me decían que tenía que ir a otra escuela, entonces como tenía que hacer más trabajo, me demoraba y salía más tarde. Esas horas extras no nos las pagan. Dije que necesitaba que me las paguen y me dijeron que iban a pensarlo”.
El maltrato y el miedo es parte de la disciplina del temor y la amenaza que estas empresas imponen a sus trabajadoras para tener todo bajo la órbita de la superexplotación. Tanto Florencia como Rosa nos cuentan que está terminantemente prohibido hablar de organización, sindicalización, y conversar con otros trabajadores de la escuela, como docentes o auxiliares. El sindicato Gastronómicos, que conduce Luis Barrionuevo, actúa como la patronal y siempre se pone del lado de la empresa.
Rosa nos cuenta que tuvo una vez una licencia y por cuestiones de salud debían ponerla en tareas livianas y al consultar al sindicato, porque la empresa no quería cumplirlo, enseguida la apretaron: “al ratito cuando llegué a casa me llamaron de la empresa, preguntándome qué problemas tenía que había ido al sindicato. (…) en el sindicato son unos falsos.”
También nos cuenta que en todos los comedores tienen un trabajador o trabajadora que hace de “buchón” de la empresa, controlando de qué se habla.
A lo largo y ancho del país
La precarización laboral de las empresas contratistas y las irregularidades en las condiciones de los alimentos, no son una problemática que se reduce al ámbito de la Ciudad de Buenos Aires. Donde quiera ponerse la lupa para analizar el manejo de dicho servicio, se encuentra con un negocio donde la precarización es la regla. El preocupante déficit en la gestión de los comedores escolares, donde cada día se alimentan 4,5 millones de alumnos, fue revelado por un informe del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) en el que se muestra el paupérrimo alimento que llega a cada niño.
El servicio de comedor en las escuelas se presenta como paliativo esencial de cara a los ingresos por debajo de los índices de pobreza que muchas familias trabajadoras reciben. Sin embargo, la comida de los chicos termina siendo un negocio millonario para algunos, como las empresas contratistas, con la complicidad de los gobiernos.
Todo montado sobre el trabajo extenuante de cientos de mujeres trabajadoras que realizan malabares para sobrevivir con un pobre salario. Su sindicato sólo es un sello para servir a sus propios intereses. Todos parecen más preocupados por garantizar sus negocios que por la alimentación de los chicos y chicas que asisten a las escuelas públicas.
Contra viento y marea
A pesar de todo, estas mujeres tratan de conversar con sus compañeras. “Yo creo que a pesar de todo, con mucha gente hemos conversado mucho sobre nuestros derechos, incluso he pasado materiales a escondidas y hablado con docentes. Yo lo que noto en estos años, que por más precarizados, por más poca conciencia de clase que tengamos, las trabajadoras hemos ido tomando más conciencia en esto de defender los derechos de las mujeres trabajadoras, por ejemplo para la marcha por Ni una Menos invité a muchas compañeras y sé que fueron varias”.
Las escuelas son espacios donde se entrecruzan las vidas de trabajadoras y familias, es mucho más que aprender a leer y escribir.
Las voces de las trabajadoras de la cocina, muchas veces invisibilizadas, debe ser tomada e incluida por nuestras herramientas de lucha, por nuestros sindicatos, y así pelear en conjunto docentes y no docentes, los que estamos día a día en las escuelas, para que realmente la educación sea pública y de calidad y no un negocio millonario para algunos.