Un “león” que bebe sus propias lágrimas y una oposición cómplice que corre a garantizarle el ajuste. Un peronismo que deshoja margaritas mientras el ajuste avanza. Una masiva movilización que mostró la potencia para derrotar el conjunto del ajuste.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Sábado 27 de abril de 2024 09:56

Javier Milei creyó en los engaños de su propia voz. Atendió a su propio relato casi como un creyente, ofreciéndolo a propios y extraños como fórmula milagrosa. Esa ilusión se estrelló contra la realidad el pasado martes. Chocó contra un millón de voluntades dispuestas a decirle basta. Colisionó contra un sentido común que atraviesa capas y edades en la sociedad argentina: la educación pública es un derecho a defender.
El choque creó una nueva realidad. Delineó los contornos de una nueva etapa, donde la volatilidad será norma. Sepultó, además, ese estéril discurso que llamaba a “esperar el desgaste” de Milei. Abrió, también, un nuevo momento político, donde -todo indica- la calle escribirá gran parte del libreto. Los tiempos de esa dinámica están por verse.
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A los pies de Miguel Ángel
La multitud de este martes tornó evidente la soledad política del Gobierno. El prepotente posteo nocturno del presidente no llegó a las 12 horas de vida. El“león” se bebió sus propias lágrimas. Reconociendo la legitimidad de la movilización, confesaba su propia derrota.
La masiva movilización aceleró una reconfiguración política en curso. El bloque de los llamados “colaboracionistas” corrió en ayuda del Gobierno. Propuso, gustoso, cerrar de inmediato la Ley Ómnibus y el paquete fiscal. Negoció, a velocidad, un nuevo boceto de reforma laboral que tanto Federico Sturzenegger como el propio Milei deben considerar casi una reedición del Manifiesto Comunista.
En ese giro político hacia “el centro” (las comillas siempre son pocas) se empieza a delinear una nueva configuración de la gobernabilidad capitalista. La había demandando Miguel Ángel Pichetto hace casi tres meses, durante el debate de la primera Ley Ómnibus. La obtuvo ahora, luego de sentenciar a corta vida los “liderazgos coercitivos”, que no buscan un “diálogo constructivo con el Congreso”.
El débil intento bonapartista de Javier Milei parece mutar en cuánto a forma. No en cuánto a contenido. El acuerdo con el bloque colaboracionista amplifica el polo político que busca garantizar un ajuste feroz. Encarna la “sostenibilidad política” demandada por el FMI y la gran corporación mediática. En esa empresa convergen el PRO; la inmensa mayoría del radicalismo y una fracción del peronismo, gobernadores mediante.
De fondo, mientras la rosca política intensifica su labor, la economía zozobra en un mar recesivo. El consumo se desploma y emergen multiplicidad de tensiones a lo largo de toda la sociedad. Hasta la Unión Industrial Argentina (UIA), oficialista del ajuste feroz, advierte sobre las consecuencias del plan oficial.
La CGT y el peronismo
La masividad de la movilización le dio aire a la CGT para conseguir una “victoria” en la rosca sin necesidad de combatir. La relación de fuerzas que dictó la calle hizo nacer las concesiones oficiales que terminaron modificando el proyecto que llegará a Diputados.
Esto no debe mover a conformidad. El ataque condensado en el texto final incluye saltos en la precarización laboral y facilidades para despedir. Acompaña, además, nuevos ataques al salario y le da potestades a Milei para que “regule” la labor estatal a su capricho. Por si fuera poco, avanza ferozmente contra fábricas recuperadas, cooperativas y organizaciones sociales, mediante el intento de barrer con el monotributo social.
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Pichetto, todo indica, fungió como vocero explícito de los intereses del sindicalismo burocrático. En un toma y daca inacabable, convidó al Gobierno a la rendición temporal. Su tarea aparece como parte de las labores destinadas a intentar un nuevo esquema político, más estable que el actual.
Esa relación de fuerzas, sin embargo, preexistía a la masiva movilización. Latía en una disconformidad creciente, plagada de dudas e incertidumbre. Emergía ante cada micrófono de los móviles televisivos; en cada charla de la vida cotidiana. Si no entró en escena antes, la responsabilidad le cabe, en gran medida, a las organizaciones sindicales y sociales peronistas y kirchneristas. Ellas forjaron el relato de la necesaria espera al “desgaste de Milei”.
Después del paro del 24 de enero, la CGT se convirtió en un factor moderador esencial de esa relación de fuerzas. Celebrada como táctica vandorista, aquella medida se utilizó para demandar un diálogo que el Gobierno otorgó casi tres meses más tarde. Este llegó cuando la crisis social y el malestar imponían a gritos un nuevo paro nacional.
Instrumento de contención del movimiento de masas, el sindicalismo burocrático (peronista en su inmensa mayoría) elude el combate a cómo dé lugar. Incluso, este martes, tras la masiva movilización, continuó la rosca frenética de la reforma laboral. Aceptó negociar en los marcos ofrecidos por el Gobierno y el gran empresariado. Consintió una reforma más suave solo para esquivar la aspereza del conflicto.
El problema de la CGT es el que recorre al conjunto del peronismo. La carencia de un programa alternativo. Esa carencia no es un problema teórico o conceptual. Al peronismo le falta programa, porque le falta sujeto.
No tiene, por un lado, algo cercano a una “burguesía nacional” capaz de motorizar la economía. Capaz de ofrecer, aunque sea en germen, una fracción social capaz de antagonizar al modelo que impone Milei. La clase capitalista “nacional” realmente existente tiene a su cabeza a un empresario que hace negocios desde Uruguay para no pagar impuestos y a otro que, con la misma finalidad, asentó domicilio legal en el Ducado de Luxemburgo. Una clase fugadora y des-inversora que -como consigna este newsletter de Cenital- pone a Argentina en el quinto lugar en el mundo entre los países con mayor riqueza depositada en paraísos fiscales (en relación con el tamaño de su economía), con un 38%”.
Al peronismo le falla, también, su sujeto político. El “Estado presente” condensa hoy frustraciones pasadas. Que despierte esperanzas dependerá, posiblemente, de la crudeza del ajuste en curso. El recuerdo -inmediato y no tanto- de millones es el estatismo vacío y pobre del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. La historia no podía transcurrir de otra manera. Atado a los marcos de hierro que imponía la dominación del FMI, el Frente de Todos fue el peronismo del ajuste, la resignación y la inflación galopante.
Carente de programa y de sujeto, rendido sin pelear (un “kirchnerismo desarmado” tituló muy bien Alejandro Horowicz), el peronismo acepta negociar porciones del programa que propone el gran capital concentrado. “Actualización” o “modernización” laboral; cuestionamiento al derecho de huelga; extractivismo salvaje, apenas moderado por el Estado.
Este sábado Cristina Kirchner hablará en Quilmes. Ignoramos que dirá. No hacemos futurología. No conseguimos un Conan al cuál consultarle. Tenemos una intuición. No convocará a enfrentar las políticas de ajuste en curso. Ofrecerá alguna solución conservadora a la crisis en curso. Llamando a preparar la pelea electoral en 2025 y 2027. O proponiendo “consensos” con una fracción los colaboracionistas que sostienen a Milei.
Dos estrategias
Concesión tras concesión, el peronismo repitió el argumento de la “relación de fuerzas” para no combatir. Amparándose en la “mayoría electoral”, dejó avanzar a Milei en prácticamente todos los terrenos. Su estrategia invita a la espera desgastante o a la movilización controlada. Se subordina a un objetivo: obtener el retorno por vía electoral. Permitir que Milei destroce el país para facilitarlo.
La izquierda troska, actuó bajo la premisa opuesta. Tomó las calles el 20 de diciembre, desafiando la represión. Impulsó cacerolazos. Apoyó activamente cada pelea contra el ajuste. Exigió a la CGT y las CTA medidas de lucha con continuidad. Enfrentó la Ley Ómnibus, dentro y fuera del Congreso Nacional. Sufrió y enfrentó el Protocolo de Bullrich. El PTS-FITU apostó, además, al desarrollo de la autoorganización democrática, impulsando activamente las asamblea barriales y toda otra forma de organización que facilitara las peleas en curso.
La estrategia de la izquierda apuesta a desplegar esa enorme potencia que contiene la relación de fuerzas. Esa fuerza multitudinaria que inundó las calles del país el martes pasado. Que se vio en el poderoso paro de la UTA, hace tan solo dos semanas. Que anida en la conciencia de millones, que no están dispuestos a dejarse arrasar por Milei, el FMI y las grandes patronales. El lunes, al mediodía, nos vemos en el Congreso para continuar ese combate.
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Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.