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Opinión. Las fuerzas del cielo y las fuerzas de la tierra: cómo enfrentar el ajuste salvaje

En su primera semana, Milei anunció un plan de guerra contra el pueblo trabajador. Bullrich realizó las amenazas represivas correspondientes. Hay que preparar la resistencia y el camino para derrotarlos.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Sábado 16 de diciembre de 2023 10:03

En política, un tobogán suele unir las ilusiones a la decepción. Por estas horas, una fracción de la población empieza a asomarse a la verdad del ajuste mileísta. Las esperanzas anuncian un crujido inicial, aun rezagado en velocidad si se compara al vertiginoso ascenso de precios y al descalabro socio-económico que parece iniciar. El desencanto tiene terreno donde hacer pie.

La feroz devaluación anunciada por Luis Caputo (118%) oficia de prólogo a una aceleración aún más feroz de la inflación. Las pantallas de la TV se pueblan de precios imposibles. Muestran, además, las infinitas colas que cercan cada estación de servicio. La mecánica básica del “plan anti-inflacionario” se reduce a la fórmula sencilla de empobrecer brutalmente a millones de personas para que reduzcan su consumo.

Graficando esas tensiones, el malestar empieza a invadir supermercados, carnicerías y negocios de barrio; cruza avenidas y calles; viaja en tren y en colectivo. “Milei dijo prácticamente que a nosotros no nos iba a tocar. Anoche escucho que el bondi va a subir, va a subir el gas”. Todavía no pasó una semana de gestión del nuevo gobierno.

Ordenando sus propias cuentas, gobernadores y funcionarios proceden a diversas modalidades de ajuste. San Luis y Santiago del Estero se convierten en vanguardia de ataques contra trabajadores y trabajadoras estatales. En el sector privado, las patronales del transporte -siempre listas al chantaje y la extorsión- enuncian problemas para pagar aguinaldos.

Orden y ajuste

El relato libertario se deshace ante las necesidades del ajuste. Una libertad fundamental, la de manifestarse y protestar, es convertida en delito. Focalizada en las organizaciones sociales, la amenaza de Bullrich contra quienes cortan calles está direccionada al conjunto de las masas populares. Coacción mediante, apunta a construir un ambiente social que legitime la represión a la protesta.

La operación político-ideológica tropieza con un límite objetivo: el carácter global del ajuste. Bullrich y Milei anuncian represión no solo contra las organizaciones de desocupados, sino, también, las trabajadoras y los trabajadores que resistan despidos o el hundimiento de sus salarios; quiénes decidan reclamar contra los anunciados cortes de luz o los tarifazos; a las mujeres que ejerzan la defensa de los derechos conquistados o peleen por otros nuevos; a la juventud que se decida a la defensa de la educación pública.

Intentando aportar a ese clima reaccionario, el derechista Espert lanzó brutales amenazas contra Myriam Bregman y Nicolás del Caño. En su repudiado pedido de “cárcel o bala” hay que leer algo más: el aliento a los diversos tipos de “copitos”; al accionar de derechistas y ultraderechistas como los que -hace poco más de un año- atentaron contra la vida de Cristina Kirchner.

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Una legitimidad destinada a erosionarse

Hace pocos días, entrevistado en elDiarioAr, Juan Manuel Abal Medina afirmaba que Milei es “un presidente muy fuerte, paradójicamente, porque justamente no tiene gobernadores, diputados, no tiene dirigentes a los que le deba algo (…) Milei es el dueño del 99% de los votos”.

El capital político del presidente emerge, en parte, ajeno a esa multiplicidad de aparatos. No obstante, el razonamiento atiende a una premisa discutible: la fidelidad cuasi total entre votantes y presidente electo. Los hechos son, sin embargo, más complejos.

Votado “con la nariz tapada” para desplazar al peronismo gobernante, Milei operó como mal menor para la legión de electores de Bullrich. Al mismo tiempo, en su núcleo de votantes (30 % de las PASO y las generales) es preciso contabilizar un alto componente de rechazo a las viejas coaliciones. Un intenso repudio a un estado de cosas definido por el empeoramiento constante de las condiciones de vida. Hoy esta fracción de la población asiste a un derrumbe catastrófico de sus condiciones de vida. ¿Hasta dónde llegará su tolerancia?

El problema es confundir esencia y apariencia. Una plaza (poblada a medias, agreguemos) aplaudiendo la motosierra no equivale a millones avalando un ajuste cualquiera. En la letra gruesa del contrato electoral entre Milei y su electorado se leía que el ajuste “lo pagaría la casta”. Eso fue enfatizado en spots de campaña y debates presidenciales, mensajes que llegaron masivamente a todo el país. Mal que le pese a ciertos analistas, las masas populares no votaron ser destrozadas económicamente.

Relato y realidad

La narrativa liberal-libertaria quedó sepultada en la puerta de la Casa Rosada. Tras los anuncios de Caputo, el Estado apareció como maquinaria confiscatoria: suba de retenciones; suba del impuesto PAIS; restitución del impuesto al salario; eliminación de la movilidad jubilatoria. Desde Washington, al instante, Kristalina Georgieva celebró las palabras del ministro. Ajuste fiscal duro para continuar un saqueo que, reiniciado por Macri en 2018, continuó en los años de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Massa.

La ferocidad ajustadora apuntala el intento de acceder a financiamiento internacional. No obstante, los primeros papers de consultoras financieras reclamaron números más concretos, continuidad en el ajuste y hasta una nueva devaluación. Haciendo suyo el apotegma de Nicolás Avellaneda, los especuladores internacionales pidieron “más hambre y más sed” de los argentinos y las argentinas.

Las fuerzas del cielo, las fuerzas de la tierra

La ofensiva oficial confirmó el carácter conservador de la casta sindical burocrática: les tiraron con una motosierra y respondieron con un pedido de audiencia, escribió Lucho Aguilar en este medio. Volviendo a “desensillar hasta que aclare”, la CGT eligió la retórica fuerte solo para solicitar un lugar en la mesa de decisiones. El término “gobernabilidad” volvió a aparecer en la jerga de los Daer y los Acuña.

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A ese carácter conservador no lo determinan los individuos. Atada políticamente al peronismo, la burocracia sindical cumple un rol social: oficia de garante de la (mal) llamada “paz social”. Actúa -como escribiera alguna vez el revolucionario León Trotsky- como “policía interna del movimiento obrero”. Al hacerlo, desorganiza y paraliza la fuerza social de explotados y explotadas.

Enfrentadas a la ofensiva arrasadora que propone Milei, las conducciones sindicales pueden verse obligadas a ir más allá de sus intenciones originales. Si se expande y profundiza, el descontento social puede imponerles abandonar temporalmente la comodidad de sus sillones. El eventual escenario plantea una cuestión nodal. ¿Con qué perspectiva estratégica pelear? ¿Cómo derrotar un ajuste que se anuncia salvaje y feroz contra el conjunto del pueblo trabajador y las clases medias arruinadas o semi-arruinadas?

Repasando las luchas acontecidas en los últimos años de Alfonsín, Adrian Piva señala que aparecieron impotentes frente a la caotización económica que implicó la fenomenal alza de precios. En las páginas de Acumulación y hegemonía en la Argentina menemista describe “la derrota de la estrategia sindical dominante (…) centrada en la lucha salarial como mecanismo de canalización de la contradicción capital/trabajo (…) De conjunto, la acción de la clase obrera frente a la hiperinflación tendió a caracterizarse por el repliegue y la dispersión” [1].

Algo de esa “estrategia” empieza a asomar en los discursos de la cúpula sindical, que se asume “solidaria” con las peleas que puedan ocurrir, pero rehúye cualquier perspectiva que implique al conjunto de la clase obrera. “Nadie está hablando de paro general”, resumió Omar Plaini en la puerta de la Uocra.

El plan Milei propone una catástrofe social para la mayoría obrera y popular. Las fuerzas del cielo acompañan un nuevo saqueo al nivel de vida de millones, hecho en interés de la clase capitalista más concentrada. Es necesario oponerles la fuerza terrenal que anida en los millones de explotados y explotadas que habitan territorio nacional. Solo una gran pelea del conjunto de la clase trabajadora y el pueblo pobre puede impedir que se despliegue y se consolide ese crítico escenario. Esa fuerza social encuentra una de sus expresiones más potentes en la huelga general; en la capacidad de la clase trabajadora para paralizar al país, golpeando -política y económicamente- al gran capital y al Gobierno. Propagandizar esa perspectiva resulta esencial. Pelear en cada lugar de trabajo y en cada barriada por dar pasos hacia ella, también.

Este miércoles 20 de diciembre, las calles de Buenos Aires y de todo el país serán escenario de la primer movilización contundente contra el gobierno nacional y su virulento plan de ajuste. Hay que estar. Es el primer paso en el camino de derrotar un ajuste que pretende remodelar el país de manera reaccionaria.

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[1Piva, Adrián, Acumulación y hegemonía en la Argentina menemista. Editorial Biblos, 2012, Pp. 82-83.

Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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