Serena se esmera en atender a la visita, y enseguida pone la pava en el calentadorcito. Ordena sus miserias y ofrece sentarse en los dos almohadones apilados que abandona, sin más remedio, su perro Chirola. La noche es más impecable porque anda de desfile por el cielo de Constitución la súper luna. El recién llegado le comenta a Serena que esa luna que parece caerse encima, se la ve grande porque cada veinte años se acerca un poquito más a la tierra. Serena la mira y pide, pasándose el pañuelo por la nariz resfriada, que entonces la deje mirarla un rato, porque dentro de veinte años andará con los dedos en el arpa, según su gesto de tocar y todo. El visitante sonríe y piropea que Serena todavía es joven y por qué no esperar de nuevo a esa luna gorda.
Martes 16 de septiembre de 2014
Antes de servir el primer mate, Serena toma un pote con miel y mezcla una cucharadita con la yerba. Dice que así se sirve en Santiago del Estero, que ella es de La Banda. Pregunta a qué se debe su presencia y se ataja con que a nadie se le ocurra llevarla a un parador. Ahí fui pero no voy, maltratan, hacen notar que somos una carga por ser pobres y uno se cansa de ser rechazado, descarga Serena y vuelve a usar su pañuelo esta vez sobre sus ojos parecidos a la miel. El huésped inesperado de su morada de vereda, bolsas y trastos le responde que de tanto pasar para su trabajo y verla, decidió pararse a charlar, sólo eso.
Serena ceba el segundo mate con más confianza y comenta que no está sola, que si nunca había visto a sus dos compañeros, Elsa y Raúl, pero que puede ser que no los haya visto porque ellos cirujean y a veces llegan tarde a casa. Serena cuenta que los dos son comprovincianos, que eran amigos de chicos, pero después de un tiempo no nos vimos más y mire usted dónde nos volvimos a encontrar, en esta selva de locos.
Antes de que su compañero ocasional pregunte, Serena cuenta que su familia en Santiago era tan numerosa, que con la comida se turnaban: a los cinco hermanos que mi madre nos daba de almorzar, no les tocaba la cena de los otros cuatro. Nueve hermanos, sabe señor, pero debemos quedar la mitad, no lo sé, cuando me vine de Santiago hace diez años, ya habían fallecido tres. Yo soy la más chica, y me llamo Serena porque para doña Lucrecia, como se llamaba mi madre, fui la que menos costó salir, decía que estaba serenita no como los otros chillones.
Por qué se vino, Serena- repitió la pregunta el hombre después de que ensordeciera el bocinazo del colectivo, y ahí Serena lo miró fijo, hizo un silencio y contó que su único hijo, Ariel, se le había descarrilado, estaba con la droga, la política, vio, y a cada rato caía preso, yo ya no sabía quién era, me lo habían cambiado al Ariel. Y no tenía otra cosa porque yo fui madre soltera, entiende, y para limpiar las casas de los santiagueños preferí limpiar la de los porteños, que tienen más plata. Pero ya no puedo más, no sabe cómo tengo la cintura, casi que no me puedo parar, usted lo habrá visto si siempre pasa por acá. Pero les cocino a Elsa y al Raúl, y entonces ellos comparten la comida. Otro día vengase, no sabe los guisos que preparo.
El visitante le dio un beso, caminó unos pasos, encendió su celular y fue rumbo al garaje.