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Opinión. Ley Ómnibus: test político para un gobierno que insiste en el ajuste feroz

Con la complicidad abierta de la llamada oposición colaboracionista, la norma podría aprobarse en general. El debate en particular puede convertirse en una verdadera lotería. La oposición política y social se expresará en las calles, con una gran ausencia: la CGT apostó a una política de lobby sobre el parlamento, una estrategia que se evidencia inconducente.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Miércoles 31 de enero de 2024 08:12

Hace ya tiempo, Juan Bautista Alberdi escribió que “sólo se entiende por gobierno libre el gobierno del país por el país -es decir, el país independiente-, o la independencia del país no es solo de todo poder extranjero, sino de todo poder interno que no es el país mismo, o el fruto de su elección libre” [1].

Desde el pasado, el autor de las Bases desafía a Javier Milei, ese pobre apologista de parte de sus ideas que ocupa el cargo presidencial. Le recuerda que la libertad implica enfrentar cualquier forma de tiranía o autoritarismo. Tenga sede en territorio nacional o en territorio extranjero.

Esa carencia de libertad real resulta evidente en estas horas. Si miramos al norte, pasando la trágica frontera que marca el Río Grande, podemos detectar al casi ignoto jefe de Gabinete. Caminando los pasillos de Washington, Nicolás Posse le reza al board del FMI para que ponga sello al acuerdo firmado con el Gobierno argentino. El ruego tiene un solo objetivo: USD 4700 millones que irán a las arcas del nunca incendiado Banco Central. El capital financiero internacional sigue digitando los destinos del país.

Se trata del mismo FMI que acaba de consignar un pronóstico sombrío para la economía del país: el crecimiento estimado para 2024 pasará de 2,8% a -2,8%; una caída de casi 6 puntos. En el colmo del cinismo, el organismo que impone ajustar a jubilados, trabajadores y universidades, enuncia que esa revisión negativa se da en el “contexto de un importante ajuste de políticas para restaurar la estabilidad macroeconómica”.

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En estas tierras, Milei juega su propia batalla contra la libertad. Tras una rosca tan intensa como infinita, llega a Diputados la Ley Ómnibus. Con ese Frankenstein -que aun porta un articulado kilométrico-, el Gobierno pretende, entre muchas otras cosas, obtener las facultades especiales que equiparen al presidente a un monarca. Eso que el tan citado Alberdi definía como un poder interno que no es "fruto de una elección libre”.

Rosca aciaga

Convocada formalmente para las 10 h de este miércoles, la sesión por la Ley Ómnibus se anuncia como inmensa maratón, sin horario de cierre. Convertida en centro de la política nacional por un par de jornadas, la Cámara baja oficiará de teatro para decenas o cientos de exposiciones. Cada quien tendrá derecho a su descargo. Habrá chicanas e insultos; repeticiones y demagogia.

Detrás de la rosca infinita se delinea la fragmentación de la política capitalista, síntoma más nítido de la crisis de representación que asola territorio nacional desde hace por lo menos un lustro. Las cifras electorales la habían adelantado: el 30 % obtenido por Milei en las generales anticipaba un mundo de tensiones políticas.

El oficialismo, sin embargo, optó por la ficción. Compró su propio relato, equiparando el 55,7% logrado en el balotaje con respaldo acrítico a la figura presidencial y su programa. Eligió la confrontación constante como método para intentar efectivizar una gestión bonapartista; para hacer posible, en los tiempos venideros, una dictadura comisarial que formateara el país en interés de la clase dominante.

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Chocó, sin embargo, contra las fronteras de su propia prepotencia. Contra límites que configuran trazos esenciales del país real. El Poder Judicial apareció para obturar tanto el mega DNU como la Ley Ómnibus. Exponiendo su relativa autonomía del ciclo político, la casta de castas, ofreció cautelares y resoluciones que frizaron un nudo del programa oficial: la reforma laboral y los ataques al derecho a huelga.

El Congreso mismo emergió como otro territorio imposible de arrasar. Insultada, denigrada y maltratada, la oposición colaboracionista puso todo para que la Ley llegue al recinto en condiciones de poder votarla. Sin embargo, en un juego complejo -y un poco perverso a la vez-, en simultáneo trabajó para arrancar concesiones al oficialismo. Desplumaron la Ley en interés de sus mandantes: gobernadores y grandes patronales. El ignífugo Joaquín de la Torre consideró apropiado bautizarlos como “bloque extorsión”. Razones no le faltan.

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Aún alejada de su tramado original, la norma carece igualmente de cualquier progresividad. Resulta un absurdo celebrar esos retrocesos como supuestas “victorias” populares. El texto que finalmente llegue a votación condensará una multiplicidad de ataques contra las mayorías populares y contra los intereses nacionales. Solo es posible rechazarla en bloque.

En esa infernal rosca, el Gobierno ratificó su naturaleza social. Agente político del gran capital, decidió retirar el tema de retenciones cediendo ante las grandes cerealeras y el agronegocio. Además, resistió estoicamente tocar los privilegios de “empresaurios” que gozan de beneficios fiscales por un monto cercano al 4 % del PBI.

Esta “batalla” entre fracciones de la clase capitalista no trajo beneficios a las mayorías populares. Solo reordenó prioridades al interior de un bloque social que comparte una agenda anti-obrera. Lo graficó este martes Nicolás Massot, al reiterar su adhesión al programa de reforma laboral esgrimido por el Gobierno.

A lo largo de estas jornadas el Frente de Izquierda volverá a ser la voz potente de una oposición consecuente a la norma. Denunciará, como lo hizo en las semanas previas, el carácter profundamente antipopular de la norma. El estrecho vínculo entre el extenso articulado y los intereses de fracciones del gran empresariado.

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Cazando “traidores”

En Los sueños de Einstein, maravilloso libro de Alan Lightman, uno de los cuentos presenta un mundo donde el tiempo transcurre más lento mientras más alejadas están las personas del centro de la tierra. Buscando evitar esa crono-tiranía, las casas se edifican sobre enormes pilares, que las elevan hacia el cielo.

La CGT intenta una mecánica semejante. Apuesta a lentificar el tiempo alejándose de las medidas de lucha. Elevándose a las dudosas “alturas” de la rosca política nacional, a distancia de cualquier reclamo que acontezca en la base obrera. El distanciamiento tiene lugar al tiempo que se disparan las denuncias por despidos en diversidad de sectores: neumático, ferroviarios, estatales nacionales, provinciales o municipales.

Evitando continuar el camino de la acción directa, la conducción sindical ejerció densa presión verbal contra diputados y diputadas, amenazando escraches. Inició, en simultáneo, lo que el periodista Mariano Martín definió como una “caza de traidores”: la nada combativa tarea de forzar renuncias de funcionarios afines al mundo sindical.

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A la central sindical la acosan sus propias contradicciones. Ubicada por demasiado tiempo en el terreno de la contención social , se enfrenta a un modelo político que se propone ajeno a las negociaciones tradicionales. En esa intransigencia -como en toda la obra oficial- hay que leer el programa de ajuste del gran empresariado; la decisión del poder económico concentrado de reordenar el país.

No obstante, en la Argentina contemporánea “siguen sobrando sindicatos”, al decir de Juan Carlos Portantiero. Más allá de la importante fragmentación que cruza las filas obreras, el peso social de la clase trabajadora permite identificar globalmente la acción de las centrales sindicales con medidas de fuerza contundentes. Por lo menos para un fracción significativa de la población.

Quedó ilustrado la noche del mismo 20 de diciembre, cuando el canto de “paro nacional" se extendió por las esquinas y calles porteñas, junto al ruido de las cacerolas. La demanda sigue ocupando un lugar destacado en miles de gargantas y cabezas. Sirva esta modesta ilustración: un video de La Izquierda Diario que graficaba esa exigencia alcanzó en Tik Tok el medio millón de reproducciones en escasos días.

Esa exigencia es la que brota de las asambleas barriales y de la cultura. Serán ellas las que este miércoles estén en las calles junto al sindicalismo combativo, las organizaciones sociales independientes y la izquierda, expresando una coordinación que empieza a desplegarse.

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Con esperanza y con fe

Daniel Scioli llegó al gobierno solo para confirmar lo evidente. El peronismo también aporta su cuota al esquema de “gobernabilidad” que requiere el ajuste de Milei. Tras su larga trayectoria, retorna a sus orígenes políticos: un proyecto claramente identificado con el menemismo.

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El ex candidato presidencial de Cristina Kirchner no es el único que arrima el hombro en estos momentos de tensión política.Otro aval, más elíptico pero no menos fundamental, llegará en Roma, en pocos días. El papa Francisco recibirá a Milei y abrirá, según anunció, "un diálogo” con el mandatario argentino. La pregunta se impone: ¿sobre qué podrían hablar en un marco signado por el ajuste feroz contra el pueblo trabajador? Dejemos constancia: el Pontífice practica el mismo silencio que gran parte de la dirigencia peronista sobre la política de empobrecimiento masivo que ejecuta el liberal-libertariano.

La reunión se confirmó en la misma semana en que el Wall Street Journal entrevistó al presidente argentino. Allí, en el artículo, la redacción añadió una suerte de advertencia: “Mostrar una mejora en la economía es esencial si Milei quiere evitar el tipo de caos que tuvo lugar durante la crisis financiera de Argentina en 2001-2002, que llevó a una elección de cinco presidentes en dos semanas y a disturbios que dejaron más de 30 muertos”.

La afirmación, a primera vista exagerada, evidencia una cuestión nodal. Aquella rebelión popular que derribó la gestión neoliberal de Fernando de la Rúa sigue sobrevolando el pensamiento del poder económico y político. Aparece como un espectro que asecha ante cada intento de formatear el país de manera reaccionaria. Como “aviso” de que la resistencia dispersa puede recalibrarse como resistencia conjunta, extendida y combativa.


[1Alberdi, Juan Bautista, Escritos Póstumos, citado en Peña, Milcíades, Historia del pueblo argentino, Emecé, Buenos Aires, 2012, p. 410.

Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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