×
×
Red Internacional
lid bot

Crónicas de campaña. “Llego tan cansado que me quedo dormido sobre la mesa”

El metalúrgico es uno de los sectores más precarizados de la industria cordobesa, por sus fábricas pasan miles de jóvenes que deben hacer decenas de horas extras para poder llegar a fin de mes. Aquí una breve crónica de lo que los trabajadores viven a diario.

Luis Bel

Luis Bel @tumbacarnero

Martes 23 de mayo de 2017

Van llegando de a uno, sumándose al pequeño grupo que se arma en las cercanías de la fábrica. Se amuchan, colocándose en una pequeña ronda, casi codo con codo, como si hubieran tomado al pie de la letra la consigna “uníos” de Carlos Marx. La helada mañana otoñal en el cordón periférico de la ciudad de Córdoba invita a los trabajadores a juntarse. Un poco de calor humano, un poco de calor de clase.

La mayoría llega caminando, otros en motonetas, las cuales (como en los 60 y los 70 con las clásicas “Pumitas” 2da. Serie), por su bajo costo y economía, son unos de los medios de transporte más utilizados por los jóvenes laburantes cordobeses.

Todavía no despuntó el sol, pero ya el tráfico de la zona es abundante. Los ruidos de los motores anuncian el comienzo de una nueva semana. Algunos se sacan los guantes y prenden un cigarrillo, otros manguean un pucho. “Che culeá, ¿cuándo te vas a chocar con un kiosco?” se escucha y se sueltan las primeras risas del día.

Se cuentan anécdotas del fin de semana. Fútbol, baile, juntadas, y lo que se puede hacer cuando no se está en la planta.

Me presentan. De a poco me meto en la conversación y decido preguntarles sobre lo que está sucediendo: ¿A qué hora se levantan para venir a la fábrica?

Se miran como haciendo cálculos, después, el que pidió el cigarrillo toma la voz:

─Y… depende, si querés desayunar bien, te tenés que levantar muy temprano, un poco antes de las 5.

Otro aporta ─ Yo prefiero dormir media horita más y salir cinco y cuarto.

Empiezan a conversar entre ellos y surge un “Eso si viene el bondi a horario” o “Si no te para la cana en el camino, porque si venís en moto muchas veces te paran”.

Se acercan dos más y se nos unen. Se saludan espontáneamente, con cierta alegría de reencontrarse, con mucho compañerismo.

Aprovecho y les pregunto por la cantidad de horas que están trabajando (hace poco estuvieron luchando por la baja en los ritmos de productividad).

─Unas 9 horas, a veces más.

─Podés laburar hasta 12 haciendo horas extras.

¿Y cómo son los ritmos de producción en la línea?

─Ahora estamos un poco mejor porque estamos haciendo unos 130 motores diarios, pero antes de la lucha estábamos en los 170.

¿Y se sienten esos motores de menos?

─Puff… antes llegábamos a casa muertos, bah, hablo por todos porque eso es lo que veníamos discutiendo.

Otro agrega: ─Ahora por lo menos puedo estar un rato con mi hija. Porque llego tan cansado que me quedo dormido sobre la mesa…

─Ver una peli─ cierra uno de los recién llegados.

─¡Hasta sexo tuve esta semana!

De nuevo las carcajadas.

Mientras tanto, los trabajadores del turno mañana entran sin cesar por la puerta de la planta, que escupe algunos y traga otros, como la boca de una gran bestia que no puede saciar su hambre. La mayoría nos mira de reojo.

Trato de apurar la entrevista.

¿Qué dicen de la propuesta del Frente de Izquierda de que todos trabajemos 6 horas por día, 5 días a la semana?

Uno me mira entusiasmado ─¿Cobrando lo mismo?

Cobrando el valor de la canasta básica- le respondo rápidamente.

─Así sí, porque la plata la necesito yo, si no, no vivimos con mi familia.

─A mí me parece que estaría muy bueno ─agrega el del primer cigarrillo, como si hubiera comprendido de inmediato─ así podrían entrar más pibes. Acá muchos compañeros se quedaron sin trabajo.

Me da pie.

Esa es la idea, que sea una medida para combatir las suspensiones y los despidos, y además darle trabajo a los desocupados. ¿Qué harían con las tres horas que les sobran?

Me miran extrañados.

Ahora laburan nueve, si trabajaran 6 horas por día, ¿qué harían al salir de la fábrica?

─Puf, yo tengo una banda, ensayaría más, me dedicaría a la música a full.

─A mí me gustaría estudiar algo, pero trabajando así no se puede, no dan las fuerzas ni el tiempo.

─Yo pasaría más tiempo con mi familia…

─Jugaría al fútbol con mis amigos…

─¡Tendría más sexo!

Vuelve la risa.

Pasa un compañero cerca y todos lo saludan levantando la mano.

─Che, loco, ya tenemos que entrar. ¿Dónde va a salir esto?

En La Izquierda Diario─ les digo ─ yo se las mando cuando salga.

─Dale vieja, un gustazo.

De a uno me van saludando, la mayoría me da la mano y un abrazo, y van enfilando para la boca que los traga casi todos los días. De a poco van desapareciendo hasta que solo queda en la puerta un guardia que me mira con cara fea.

Me quedo mirando la inmensa estructura desde afuera, son casi las 6 de la mañana y pienso que los chicos que estuvieron hasta hace un momento conmigo van a estar allí adentro hasta las 3 de la tarde. Así, hasta que la patronal los deseche, o hasta que los cuerpos rotos no les respondan más a los ritmos de producción que les exigen.

Me alejo lentamente, con sabor a poco y con ganas de compartir un poco más con ellos. Me los imagino haciendo música, estudiando, jugando a la pelota con amigos. Sin tener que dejar la vida en la fábrica todos los días.

Porque nuestras vidas valen más que sus ganancias.