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Lo personal es político

Fernando Rosso

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Lo personal es político

Fernando Rosso

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Una vez rubricado el acuerdo con el Fondo Monetario, el tema que domina la agenda es la interna en el seno del oficialismo. Van algunas reflexiones más allá y más acá del “pimpinelismo de Estado” que protagoniza el dueto integrado por Alberto Fernández y Cristina Kirchner, jugando a las escondidas ante un problema que es, esencialmente, político.

El individuo y la historia

Existe una fuerte tendencia, sobre todo en las distintas sensibilidades del universo oficialista (aunque no solo en ellas), a pensar que las disputas dentro del Frente de Todos se deben al personalismo caprichoso o a la vanidad egoísta de sus dirigentes. Esos factores existen, indiscutiblemente, pero que estén en primer plano y tengan una excesiva gravitación se debe a una razón política y no a meras querellas personales.

En la literatura sobre el rol de las individualidades en la historia existen bibliotecas para todos los gustos. Aclaremos: estamos lejos de subvalorar el aporte de las grandes o pequeñas personalidades en el desarrollo de los acontecimientos históricos. En eso, estamos con Sartre, quien ante la afirmación despectiva y mecanicista que sentenciaba que “Paul Valéry es un pequeño burgués”, alguna vez supo responder: “Sí, pero no todos los pequeños burgueses son Paul Valéry”.

En el debate argentino la vara está inclinada hacia el lado subjetivo y hasta psicologista del asunto, pero –como el sol– aunque no las veamos las condiciones generales siempre están.

El fundador del marxismo ruso, Gueorgui Plejanov, reflexionó sobre esta espinosa cuestión en una serie de ensayos publicados bajo el título de El papel del individuo en la historia. A propósito del rol de las distintas personalidades en la Gran Revolución francesa (Mirabeau, Robespierre o Bonaparte), escribió:

Al ejecutar su papel de “buena espada” destinada a salvar el orden social, Napoleón apartó de dicho papel a todos los otros generales, algunos de los cuales quizá lo habrían desempeñado tan bien o casi tan bien como él. Una vez satisfecha la necesidad social de un gobernante militar enérgico, la organización social cerró el camino hacia el puesto de gobernante militar a todos los demás talentos. Su fuerza se convirtió en una fuerza desfavorable para la revelación de otros talentos de este género. Gracias a ello se tiene la ilusión óptica a la que nos referíamos antes. La fuerza personal de Napoleón se nos presenta bajo una forma en extremo exagerada, puesto que le atribuimos toda la fuerza social que la elevó a un primer plano y la apoyaba.

Más adelante afirma:

Hace tiempo que se ha hecho la observación de que los talentos aparecen siempre y en todas partes, allá donde existen condiciones favorables para su desarrollo. Esto significa que todo talento que se ha manifestado efectivamente, es decir, todo talento convertido en fuerza social es fruto de las relaciones sociales. Pero si esto es así, se comprende por qué los hombres de talento, como hemos dicho, solo pueden hacer variar el aspecto individual y no la orientación general de los acontecimientos; ellos mismos existen gracias únicamente a esta orientación; si no fuera por eso nunca habrían podido cruzar el umbral que separa lo potencial de lo real.
Gracias a las particularidades de su inteligencia y de su carácter –escribe como conclusión Plejanov–, las personalidades influyentes pueden hacer variar el aspecto individual de los acontecimientos y algunas de sus consecuencias particulares, pero no pueden hacer variar su orientación general, que está determinada por otras fuerzas [los destacados son míos, F.R.].

Si estas elucubraciones son válidas para las personalidades con carácter, fuerza de voluntad, talento o inteligencia, también pueden ser aplicadas –y con mayor razón– a los individuos grises, carentes de energía, desprovistos de atrevimiento o privados de ingenio. Se podría dar una vuelta de tuerca y agregar que en múltiples ocasiones las condiciones generales son el producto –en parte– de una orientación que durante años o décadas llevaron adelante los mismos personajes ante quienes esas condiciones se imponen con la prepotencia de una ley natural.

Me interesa destacar esto a propósito de la carta de los artistas e intelectuales referenciados en el kirchnerismo “duro” en respuesta al documento que habían publicado los referentes “moderados” del oficialismo. Los intelectuales kirchneristas paladar negro parecen sorprenderse tardíamente de que Alberto Fernández se haya revelado como… Alberto Fernández, luego de dos largos años de ajuste económico inocultable, un paso adelante y mil pasos atrás, y una administración caracterizada por la impotencia.

El tuitero Alejandro Galliano (Bruno Bauer) escribió que “cada presidente trae la política que aprendió antes: gobernadores, gestionan (Menem, Duhalde, Kirchner); legisladores, crean discursos, épica, identidad (CFK, Alfonsín). Alberto era un operador: solo sabe intentar quedar bien con todos”. La afirmación tiene un núcleo de verdad: si se eligió a un moderador, un conciliador, una voz amable para los factores de poder, ¿qué otros resultados esperaban? Parafraseando a Plejanov: la debilidad personal de Alberto Fernández se presenta bajo una forma en extremo exagerada, puesto que se le atribuye toda la debilidad social y política que lo elevó a un primer plano y lo respalda.

(Como un vaso de agua y una auto-referencia no se le niegan a nadie, recuerdo que escribí tempranamente en la revista Anfibia un artículo que envejeció bastante bien.)

Cuando Cristina Kirchner designó a Alberto Fernández para encabezar la fórmula presidencial, Emmanuel Álvarez Agis, exfuncionario de Economía bajo el último kirchnerismo y actual titular de la Consultora PxQ, sintetizó el movimiento de la siguiente manera: “Alberto está a la derecha de Cristina y a la izquierda de Macri”, precisamente por eso “Cristina eligió a Alberto porque (este) puede hacer la política económica que ella podría apoyar pero no implementar”.

Más en general, el elegido representaba la coronación de un giro hacia la moderación. Su nombramiento también evidenció la resolución de un balance de la primera ola de gobiernos progresistas en el subcontinente que había conducido a una discusión: ¿La responsabilidad de sus crisis residió en haber sido “demasiado radicales” o, por el contrario, “excesivamente cautelosos”? La mayoría –incluida Cristina Kirchner– optó por considerar que el problema fue lo primero y actuó en consecuencia. En la Argentina, el nombre propio de esa conclusión fue el de Alberto Fernández.

Quienes hoy lo critican dentro de su coalición se indignan porque no se rebela contra las condiciones que entre todos y todas construyeron, contra el camino que allanaron y contra la hoja de ruta que respaldaron. Le exigen no solo que se rebele contra toda una orientación que hasta ayer nomás apoyaron, sino también
contra sí mismo.

Es cierto que el Presidente hace mucho mérito para “homenajear” a las debilidades de las condiciones generales, pero –digamos todo– su posición política no puede explicarse sin esas condiciones. Posee la dudosa cualidad de representar muy bien el agotamiento de un ciclo, de una trayectoria, de una coalición, de un Gobierno, de una política y de una época. En este caso, como en muchos otros, lo personal también es político.

El escrito fue tomado del newsletter del autor, “Del otro lado” (El Círculo Rojo - La Izquierda Diario), 23/03/2022.


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Fernando Rosso

@RossoFer
Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.