A fines de este 2021 se van a cumplir 20 años desde la crisis que tuvo su punto culminante —podríamos decir— en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. A lo largo de estas dos décadas se debatió mucho sobre el significado de aquellos acontecimientos que implicaron un cambio profundo en el país. Hubo un antes y un después e incluso todavía quedan reminiscencias de aquellos hechos que persisten hasta hoy. Sin embargo, la “gestión memorial”, la administración de lo que quedó en el recuerdo colectivo sobre aquellos días tendió a privilegiar unos elementos por sobre otros: la pobreza, el deterioro social, el sufrimiento general, el hundimiento de la clase media, el crack financiero, el quiebre de la economía; todo esto por encima de la irrupción popular, de la acción colectiva, de los movimientos de desocupados, de las asambleas barriales o de las fábricas recuperadas. Podría decirse que todos los gobiernos trabajaron —cada uno con sus métodos y sus inclinaciones políticas e ideológicas— para evitar un nuevo 2001. Esto se convirtió en una razón de Estado y el Estado mismo cambió en función de este objetivo. Y es tan cierto que en aquellos días presenciamos las graves consecuencias de los programas implementados en la década del 90 como que asistimos a la irrupción de la movilización popular que intentó tomar en sus manos el gobierno de sus propios destinos. Sin embargo, se impuso una narrativa que solo pretende recordarlo como una catástrofe, como un hecho que no debe suceder nunca más. Las crisis forman parte casi de nuestra normalidad en nuestro país. La historia nacional puede contarse también a través de sus crisis. En su libro Crisis económicas argentinas. De Mitre a Macri (Peña Lillo-Continente, 2020), el investigador Julián Zícari cuenta que en los últimos 160 años presenciamos dieciséis crisis, a razón de una cada diez años. La distancia entre una y otra se redujo en los últimos 45 años (desde 1975 en adelante), periodo en el que estalló una crisis cada seis años y medio. Parece que la vida argentina es eso que pasa entre una crisis y la siguiente. Hoy estamos atravesando una nueva crisis que contiene cifras históricas de deterioro en los indicadores sociales: índices de pobreza, indigencia o desocupación que están a niveles del 2001 o 2002, es decir, en el subsuelo o más abajo. La Comisión Económica para América Latina (la “famosa” CEPAL) acaba de publicar un informe en el que dice que la pobreza y la pobreza extrema alcanzaron niveles en el continente que no se han observado en los últimos 12 y 20 años, respectivamente, y la mayoría de los países experimentaron un deterioro distributivo fuerte. En 2020, se proyectó que la tasa de pobreza extrema se situó en un 12,5 % y la tasa de pobreza en el 33,7 %. Ello supondría que el total de personas pobres asciende a 209 millones a finales de 2020, 22 millones de personas más que el año anterior. De ese total, 78 millones de personas se están en situación de pobreza extrema, 8 millones más que en 2019. Todo esto, mientras los nuevos millonarios y los ya existentes se enriquecieron exponencialmente en el mismo lapso. Lógicamente, lo que estamos presenciando ahora en las calle de Cali o de Bogotá en Colombia o en Chile, tiene que ver con respuestas potentes y con potencialidades a esta crisis. Sin embargo, en nuestro país muchas veces se discute en términos de: “Bueno, la situación es mala, pero trabajemos para evitar que no estalle, que no explote, que no se radicalice, que no rompa la precaria normalidad”. Pareciera que el objetivo ya no sería evitar la crisis, simplemente porque no se puede negar, está ahí y todos los días tenemos nuevas muestras, sino que se trata de evitar las respuestas populares a la crisis. Preparando la entrevista que hicimos hoy, hace unos días miraba un video de conversaciones en Youtube en el que, precisamente, participaba Tamara Tenembaum con Diego Sztulwark. En un apartado hablaban de la “potencia de la crisis”. Y Tamara reflexionaba sobre las cosas en torno a las que todavía algunas generaciones tenían miedo de pensar. Hablaba de la relación de su generación con el 2001 —ella era bastante chica en ese momento— pero muchas veces cuando se intenta pensar en eso se presenta como un vacío, como que lo único que quedó es la idea “de la pobreza y la devastación”. Como si hubiera una negación a la idea de pensar la potencia que puede haber en una crisis y decía Tamara textualmente: “Subjetivamente necesitamos abrazar una normalidad y el riesgo es que políticamente la terminamos abrazando”. Creo que ahí hay un punto, que señala un peligro peligroso y lo pone en cuestión, mucha gente lo razona de esa manera sin darse cuenta. Las crisis —y esto los argentinos y argentinas ya deberíamos saberlo de memoria— no son ni deseables ni condenables, son simplemente inevitables. Por lo tanto, no se trata de juzgar moralmente a la crisis, sino de entenderla políticamente, sobre todo para afrontarla con una política de otra clase.