Respirar veneno que sale de los campos de soja. Una autopista del caos para la comunidad. Agua marrón, si es que sale. La oscuridad del abandono. En la última localidad de La Matanza, la crisis social se levanta sobre una precariedad amontonada. Los vecinos del barrio San Javier invitaron a Nicolás del Caño a un almuerzo: reclamos, organización, desilusiones que buscan otra política que quiere futuro. ¿Qué está cambiando en la provincia de Buenos Aires?

Jesica Calcagno @Jesi_mc
Viernes 29 de julio de 2022 07:54

Foto: Mili Micaela
“Acá te metés con un monstruo”. Con esas palabras, una vecina de La Matanza, describe a quienes gobiernan en la provincia de Buenos Aires. Lo dice masticando bronca, por momentos levantando la voz. Es un monstruo de muchos cuerpos a la vez. Quienes ocupan intendencias, la gobernación, ministerios. Los “delegados” de los municipios. Esa forma elegante de nombrar a los punteros.
Los vecinos del barrio San Javier conocen muy bien el entramado del PJ bonaerense. Llevan años viéndolos en el poder. Así lo nombran: un monstruo. Son las primeras palabras que salen en una ronda que hacen con Nicolás apenas llega. Es un domingo gris, húmedo y lluvioso, que hizo barro la calle de tierra en la que está el “Salón Waly”, donde lo reciben con un almuerzo. Fueron varios días de preparativos. Nancy está orgullosa: estuvo amasando para hacer las pizzetas. Va y viene entre la cocina y el salón, mete un bocado en la ronda con la bandeja en la mano que se vacía enseguida. Se apura. Quiere escuchar, decir lo que piensa. Es una de las “históricas” del barrio que viene movilizado por la construcción de la autopista Presidente Perón. Una obra que los inunda más que antes cuando llueve, y les cortó los accesos a la salita, la escuela, las paradas de bondi. Piden un puente para no quedar encerrados como en una pecera.
“Un monstruo”. Cuántas cosas entran en esa definición. Como si no hubiera palabras del mundo real para explicar sus vivencias, tienen que echar mano a un lenguaje sacado de la ficción. ¿Es un ser horroroso y cruel? ¿Con superpoderes? ¿Con varias cabezas y mil tentáculos? ¿Para controlarlos? ¿O qué? Lo que es seguro es que el peronismo no les genera ninguna confianza, ni una pizca de esperanza. Pero tampoco les inspira temor: el monstruo no los asusta.
Están conociendo más a la izquierda, su organización, sus propuestas. Ven a Nicolás como alguien “de los suyos”. Lo que para muchos fue un voto en las urnas en 2021 al Frente de Izquierda, está mutando a algo más. Echando raíces, se cruza con quienes se arrepienten de haber votado por el Frente de Todos o Juntos por el Cambio, pensando que algo iba a ser distinto para ellos.
Desde el año pasado Nicolás viene elaborando una idea, y la fue discutiendo en su partido: las cosas están cambiando para la izquierda en la provincia de Buenos Aires, y quiere ponerse al frente de la organización en los barrios, entre la juventud, en los lugares de trabajo. Hablando con los vecinos de San Javier les dice: “Apostamos a construir un gran partido socialista de la clase trabajadora, como herramienta para pelear por otro tipo de sociedad, donde no sea todo en función de las ganancias de unos pocos como es con el capitalismo, sino en función de las necesidades sociales”. Lo transmite como una urgencia: la crisis social se siente en todos lados, el ajuste llegó hace rato y las mayorías están cada vez peor. No es algo que se puede improvisar de un día para el otro, reflexiona.
“Es otra forma de hacer política, desde abajo hacia arriba. Para nosotros, tener diputados en el Congreso Nacional, o concejales como acá en La Matanza, son un lugar de lucha para hacer más fuerte la organización del pueblo trabajador”, los interpela Nicolás. Se arma una polémica sobre el clientelismo en los barrios. Son las formas que conocieron hasta ahora de años de gobiernos peronistas, radicales, macristas.
— Pero si nosotros ya nos dimos cuenta que ustedes de la izquierda son distintos — dice una vecina en la ronda.
— Todos saben que yo vengo del peronismo. Sé lo que es. Fuimos a la marcha contra el FMI con la izquierda, y fue la primera vez que la bandera del barrio San Javier y todos nosotros estuvimos al frente de una marcha en Plaza de Mayo. Con el peronismo eso jamás — cuenta Iván. Mientras lo dice, sus ojos se ponen vidriosos. Él es quien abrió las puertas del salón para hacer el almuerzo.
Esos ojos que se emocionan dicen más que las palabras mismas. Tienen encima décadas luchando, organizándose en el barrio. No es nuevo para ellos hacer una asamblea, marchar, plantarse al municipio, a la policía o a quien sea. Así se tuvieron que abrir paso para tener un techo, luz, y prácticamente cada pequeña gran cosa que tienen. Reconocen en la izquierda un interés para que avance su propia organización y democráticamente. Algo que no conocieron antes. Lo común es que “los políticos” no se pongan muy contentos cuando ellos se unen y se sienten fuertes, y en general tratan de desarticular esos intentos.
Nicolás del Caño tiene 42 años, y lleva 28 militando en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Nació en Córdoba, donde viven su papá y su único hermano, a quienes visita cada vez que puede. “Siempre me acuerdo, cuando era chico mi mamá me llevaba en la parte de atrás de la bici los domingos, cuando iba a militar a un barrio cerca de casa”. Su papá ahora está jubilado, fue obrero gráfico, y su mamá era empleada de comercio en una óptica. La política y la militancia estuvieron muy presentes en los primeros pasos de su vida, y a los 15 años eligió su camino en el trotskismo.
Entre la Cámara de Diputados y el conurbano. Son los lugares donde más tiempo pasa Nicolás el día a día. Mientras viajamos a Virrey del Pino, cuenta que el sábado estuvo con trabajadores del neumático en la zona sur, que vienen peleando con paros y marchas hace semanas. Mira el celular. Ya está planificando otras actividades con sus compañeros y compañeras los próximos días. “Y el jueves está la movilización”. Nico siempre está, nunca falta en las protestas de las organizaciones sociales opositoras. Recorre las columnas, se queda hablando con trabajadores y trabajadoras. Lo buscan, lo paran, le piden sacarse fotos. Suele ir con Raúl Godoy, obrero ceramista de la fábrica sin patrones Zanon, que es el vocero nacional del PTS.
En Virrey del Pino, Nicolás habla de las medidas que están proponiendo en la crisis. “Imaginemos un paro nacional que diga que ningún trabajador cobre menos que lo cuesta la canasta familiar, que te alcance para darle de comer a tus hijos. Para que las jubilaciones no sean de indigencia, Que los salarios y jubilaciones se actualicen todos los meses con la inflación”. Retoma con la propuesta que están haciendo para crear nuevos puestos de trabajo con derechos: “decimos que hay que repartir las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, reduciendo la jornada laboral a 6 horas 5 días a la semana. Hay que afectar las ganancias de los grandes empresarios para eso. Una medida así puede alivianar la sobrecarga de trabajo que tienen muchos trabajadores, como en el neumático, y que otros puedan tener trabajo”.
Cuando hay sesión en el Congreso se sienta al lado de Myriam Bregman y Alejandro Vilca (del PTS) y Romina del Plá (del PO). Cerca, está la bancada de los cuatro liberales, que no siempre están ocupadas. Suelen hacer algún chiste entre ellos, como el que subió a sus redes Myriam: “la vagancia avanza”. Otras veces, tienen debates fuertes por las barbaridades antipopulares que dicen. Nico se acuerda de otros momentos más picantes entre el Congreso y la lucha en la calle. En 2014 apoyó a los trabajadores de la autopartista Lear y los acompañaba en los cortes en la Panamericana. En una de las represiones que ordenaba Sergio Berni, ahora ministro de Kicillof, la gendarmería le tiró como 7 balas de goma en el brazo y la pierna. Todavía le quedan algunas marcas. Ya era diputado nacional, y en una sesión el gobierno le abrió las puertas a una patota del SMATA que se ubicó en los palcos. “Zurdo de mierda” le gritaban mientras Nicolás hablaba apoyando a los trabajadores que estaban peleando y se enfrentaban a esa misma patota sindical. También se acuerda de la represión de Macri en el Congreso, cuando votaron el robo a los jubilados. Estuvo adentro y afuera. Adentro, vio cómo levantaron la mano sectores del peronismo para aprobar la reforma jubilatoria. Afuera, una nube de gases lacrimógenos.
El Frente de Izquierda fue la tercera fuerza nacional en las últimas elecciones. Nicolás encabezó la boleta a diputado nacional en la provincia de Buenos Aires. Fue uno de los resultados más altos con casi el 7%, y en algunos distritos ingresaron concejales por primera vez, con porcentajes cercanos al 10%. Merlo, Moreno, Morón, José C Paz. También en La Matanza, donde su compañera Natalia Hernández entró al Concejo Deliberante. Ella es docente, y viene participando de los reclamos de los vecinos del barrio San Javier.
“Queremos charlar con ustedes la posibilidad de que tengamos acá en el barrio una sede, un centro cultural. Para que se pueda organizar la juventud, los trabajadores, trabajadoras. Necesitamos construir una fuerza política propia que plantee una alternativa y terminar con los que vienen gobernando hasta ahora siempre para los ricos” dice Nicolás en el almuerzo.
— Yo no sé nada de política — comenta Nancy al pasar.
— ¿Cómo que no? Ustedes hacen política con la asamblea del barrio. El tema es que siempre nos quisieron hacer creer que la política es para que la hagan los profesionales, los amigos del poder y los empresarios — le retruca Nathi, otra docente de La Matanza, que volvió a trabajar después de ocupar una banca de diputada nacional por el Frente de Izquierda en el Congreso.
Nancy se queda pensando y al rato se larga de nuevo:
— Sabes que veníamos muy cerrados a escuchar a políticos, nos prometieron tantas cosas y mirá como estamos, cada vez peor. Lo que dijo Nicolás y nos muestran ustedes es otra forma de hacer política, la que hacemos los trabajadores, los pobres. Yo quiero que la gente sepa que se puede hacer otra política.
— Todo el mundo está cansado de los políticos, de eso se aprovecha Milei que habla de la elite política y te vende otra mentira, pero lo que tenemos que ver es que la solución viene de nosotros — agrega un estudiante de un terciario cuando le pasan el micrófono.
Mucho se dice en los grandes medios de comunicación de la decepción con “los políticos”. Lo comentan consultores que hacen encuestas para medir el humor social. En el barrio San Javier está esa bronca, pero no se puede encuadrar con un simple porcentaje en un gráfico de barras. En esa bronca, incluyen a los voceros de esas frases trilladas que dicen “para salir adelante, hace falta esfuerzo individual y trabajo”. Milei podrá ser alguien “nuevo” en la política, pero no es distinto a todo lo demás.
— La escuela del barrio la conseguimos con 36 días de corte en la ruta 3 — recuerda Ivan.
— En mi barrio tuvimos que poner de nuestro bolsillo para instalar la luz y el agua corriente. La municipalidad no quiere entrar, estamos hace 3 años — cuenta un vecino del barrio 9 de julio, una toma que está cerquita de San Javier. Vino a conocer a Nicolás y a la izquierda. Cuenta que muchos de los que terminaron en esa toma tenían su casa, como él. Se la demolieron por la construcción de la autopista y la plata que les dieron no les alcanzó para otra cosa.
— El agua es marrón. Es intomable. Y encima de un 1 año, tenemos agua solo 8 meses. Apenas hacen 20º o 22º no tenemos más agua. Pero a nosotros nos cobran todo el año, ¿estamos? Esto también es una lucha — dice Iván.
¿Quién puede atreverse a decirles que no se esfuerzan? Su vida es un sacrificio permanente, hasta para tener cosas tan esenciales como una escuela, luz, agua. O no estar rodeados de basura porque les niegan hasta la recolección. Trabajan en fábricas, hacen changas, algunos estudian, y después la siguen en el barrio. Todo es una lucha en los barrios olvidados de la provincia de Buenos Aires. En ese esfuerzo, con los pocos recursos que tienen a mano, está el germen de su potencial. Es inevitable imaginarse lo que podrían hacer y construir si controlaran los recursos estratégicos del país. Si hasta son los que producen los alimentos. Esos que escasean en su mesa. Una de las vecinas cuenta que trabaja en la fábrica de alfajores Guaymallén. Otro, en una que hace las silobolsas que usan los del campo para acopiar la producción. Se suma uno más que explica a la perfección cómo se procesan los alimentos en la fábrica “Molinos Cañuelas”.
Vivir es respirar, y ni eso pueden hacer en Virrey del Pino. En la última localidad de La Matanza, antes de Cañuelas, conviven barrios populares con campos de soja. Convivir es una forma de decir. Los dueños de esos campos fumigan con veneno, de agosto a marzo. A menos de 10 metros de donde juegan niños con sus autitos. Respiran el glifosato que tiran los productores de ese bien tan preciado que se convierte a dólares, acopiado en silobolsas para extorsionar con una devaluación. A ellos, el gobierno les da todo. Les sigue dando todo. Erika es de la “Asamblea de Vecinos Envenenados por Glifosato en La Matanza” y se acercó al almuerzo para empezar a coordinar y organizarse en común. Les advierte además que en el barrio San Javier también están fumigando campos y envenenando a los vecinos: es algo invisible, sin olor, pero que deja marcas en el cuerpo. Cáncer, abortos espontáneos, problemas en la piel, respiratorios, cardíacos, y una larga lista de enfermedades…
Erika y Nico se quedan charlando en la puerta del “Salón Waly”. Intercambian teléfonos, piensan ideas para difundir esa "Matanza tóxica" que poco se conoce, y cómo hacer más fuerte su organización.
Las necesidades son tantas, y tan urgentes. Una precariedad que se amontona y entremezcla con una nueva crisis social. Nico los interpela a unirlas, pero no solo en la lucha misma, sino para un objetivo mayor. “Cada pelea parcial es muy importante, arrancar reclamos como han conseguido en el barrio. Pero sin una salida de fondo de las grandes mayorías, lo que podamos conseguir en cada lucha parcial nos lo van a venir sacar. Es lo que pasa con las crisis. Muchos de ustedes vivieron la hiperinflación con Alfonsín, el menemismo, el 2001. Con cada crisis salimos peor si siguen los mismos”. Es la interpelación a pensar que gobiernen los trabajadores.
Entre aplausos, abrazos, fotos, se despiden pero para volver a encontrarse. Es domingo. La felicidad es compartida. Un día libre, dedicado a ellos y a ellas. A preguntarse cuál es su salida y la organización que necesitan. A reconocer su fuerza. Sus sueños de futuro. Es domingo, el gris quedó atrás y los colores resaltan. Salió el sol.

Jesica Calcagno
Nació en Buenos Aires en 1984. Licenciada y profesora en Sociología (UBA). Acreditada en el Congreso.