Los últimos días de Lenin fueron difíciles. No solo fue su enfermedad, sino la pelea que iniciaba contra la burocracia estalinista que comenzaba a acumular poder. Su vida siempre estuvo ligada a la lucha por el comunismo: una sociedad sin clases sociales ni dinero ni Estado.

Roberto Amador Obrero de Madygraf y docente de escuela secundaria
Miércoles 22 de enero de 2020 01:31
Los últimos días de Lenin fueron sumamente difíciles. Libraba una batalla contra una enfermedad que deterioraba su salud, que dejaba su cuerpo paralizado y sin voz. Pero principalmente lo sería por las tareas y peleas que junto a la clase obrera mundial aún se sentía en obligación de dar. El yugo de la explotación y opresión de los capitalistas había llevado a la sociedad a los años oscuros y miserables de la Primera Guerra Mundial; aquellos que significaron, entre las trincheras y el hambre en la ciudad, más de 30 millones de muertos.
Esos días de agonía, donde incluso sabía cuál sería el pronto desenlace de su vida, no opacaron en nada su férrea voluntad de revolucionario. Sus ganas de vivir iban ligadas a un objetivo estratégico que ya para la adolescencia había comenzado a direccionar su vida (entre destierro y exilio): la pelea por una sociedad sin clases sociales, sin dinero y sin Estado. Una sociedad que para los marxistas revolucionarios es el comunismo; una sociedad donde de “cada cual según sus capacidades” y a “cada cual según sus necesidades”. Con el desarrollo de la Revolución rusa, y su extensión a nivel global, Lenin sabrá que esto es lo que se está jugando, aunque tenga para aquel momento el sabor amargo de la derrota de la Revolución alemana.
Destruimos para construir otra cosa mejor
Hay momentos donde Lenin cobra vigor, cuenta Trotsky en su magnífica autobiografía “Mi vida, intento autobiográfico”. Será en uno de esos momentos, quien fuera bautizado por los capitalistas y sus gobiernos como el "omnipotente dictador de Moscú" que verá que hay un peligro que se está manifestando de manera incipiente dentro del Estado soviético. El peligro de la burocratización de la revolución más grande de la historia es lo que lo llena de insomnio e inquieta.
No es la primera vez que Lenin razonará sobre los peligros de la burocratización. Es algo que observa. No hay ingenuidad en él. Es consciente de que la Revolución rusa ha “llevado a cabo el máximo de lo realizable en un solo país para, desarrollar, apoyar y despertar la revolución en todos los países” (1), pero que hay contradicciones internas. Así lo cuenta Clara Zetkin en su libro Recuerdos sobre Lenin. A propósito de una charla con Lenin, donde este le dirá:
“El analfabetismo era perfectamente compatible con la lucha por la conquista del Poder, con la necesidad de destruir la vieja máquina del Estado. Pero, ¿acaso nosotros destruimos por el sólo gusto de destruir? No; destruimos para construir otra cosa mejor. Y el analfabetismo se concilia mal, no se concilia, en modo alguno, en la obra constructiva. Y esta obra ha de ser, según Marx, realizada por los propios obreros, y también por los campesinos, añado yo, si quieren emanciparse. Nuestro régimen soviético facilita estas tareas. Gracias a él, miles de trabajadores aprenden a laborar constructivamente en los diversos Soviets y órganos soviéticos. Son hombres y mujeres "en lo mejor de la vida". Se trata de gentes que, en su mayoría, se han criado bajo el antiguo régimen y, por consiguiente, sin educación y sin cultura. Hoy, estos hombres pugnan apasionadamente por alcanzar la cultura y la educación que no les dieron. Nosotros nos esforzamos cuanto podemos por incorporar a la labor de los Soviets a nuevos hombres y nuevas mujeres educándolos de este modo práctica y teóricamente. Pero, a pesar de todos nuestros esfuerzos, la necesidad de elementos administrativos y constructivos dista mucho de estar cubierta. Esto nos obliga a emplear a burócratas a la antigua usanza, y nos encontramos con un burocratismo gremial. Yo lo odio de todo corazón. No al burócrata individual, que puede ser un hombre muy útil. Odio al sistema, pues lo paraliza y corrompe todo de arriba a abajo. Pero para vencer y desterrar el burocratismo, no hay más que un camino decisivo: llevar a las grandes masas del pueblo la enseñanza y la cultura” (2).
Lenin pugna porque la revolución avance, y que sean los explotados los que se transformen en gobernantes de su propio destino, pero el retroceso de la revolución mundial será uno de los factores que afiance el rol de los burócratas que él tanto odia. ¡Cuánto dista esto de la terrible imagen con que nos han “etiquetado” a Lenin durante décadas!
Amor a la vida
El peligro trágico comienza a tomar cuerpo dentro de la dirección del Partido Bolchevique. Lenin se presta, como ya lo hizo antes en varias oportunidades, a dar lucha política contra esa incipiente burocracia que tiene como cabeza a Josef Stalin, quien va acumulando poder. Lenin pide a Trotsky, quien ya advierte que el retroceso de la revolución mundial y la derrota de la Revolución alemana estaban haciendo mella en los soviets y generando una burocracia dentro del Partido, que de una pelea contra esta en su estado incipiente.
En su conocido testamento, ocultado por la burocracia estalinista durante años, Lenin califica a Stalin como grosero, defecto que para él es intolerable en las funciones de secretario general, y propone “a los camaradas que reflexionen sobre el modo de desplazar a Stalin de ese cargo y de nombrar a otra persona que tenga sobre el camarada Stalin una sola ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés y más atento para los camaradas, de un humor menos caprichoso, etc.” (3)
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Pero la muerte no le permite desarrollar esta pelea. El 21 de enero de 1924, fallece Lenin en un pueblito llamado Gorki, ubicado cerca de Moscú. Cuenta Nadia Krúpskaya, su compañera de vida, dirigente del Partido Bolchevique, de enormes aportes a la educación en el Estado obrero, que en esos últimos días Lenin pedía que le leyera literatura. Una de esas lecturas fue un cuento de Jack London, titulado “Amor a la vida” (Love Of Life). Una trama que se desarrolla sobre la voluntad de un hombre en la soledad y el abandono, que sobrevive a diferentes situaciones como el hambre y que al final del camino, donde divisa un horizonte que se le aparece como la salvación a sus pesares, libra una batalla final, la batalla final entre un hombre agonizante y un lobo enfermo que ha seguido sus rastros de sangre para comerlo ni bien muera. Posiblemente Lenin, quien sentía especial interés por los libros de literatura que reflejaban ideas sociales, se identificase con ese personaje, que aún a merced de la muerte seguía sosteniendo esa mecha de vida para seguir batallando, para enfrentarse a ese lobo que era personificado por una burocracia que se alzaba como usurpadora de la revolución.
Llegando aquí, cómo no imaginar a Lenin escuchando atentamente la lectura de ese cuento. Mientras se dibuja el semblante enfermo pero aguerrido, en este momento en que se cumple un nuevo aniversario de su muerte, leo:
"Sabía que no podía arrastrarse ya ni media milla, y, sin embargo, quería vivir. Sería una locura morir después de todo lo que había soportado. El destino le exigía demasiado. Y aun muriendo se resistía a morir. Quizá fuera una completa locura, pero al borde mismo de la muerte se atrevía a desafiarla y se negaba a perecer".
Para alejar a quienes ven que la desigualdad social, cada día más pronunciada, es un producto del capitalismo, sobre la idea de la revolución y el comunismo se instaló un sentido común que dice que toda revolución obrera termina en traición y tiranía; una idea que pasa por alto que el aislamiento de la misma, ante el retroceso mundial de la revolución, la muerte de gran parte de los cuadros y dirigentes revolucionarios en la guerra civil y el atraso general de la sociedad rusa, favorecieron la burocratización del nuevo Estado. Lo que no significó que todos se hicieran burócratas, como nos quieren hacer creer. ¡Lenin y Trotsky no claudicaron! Demostraron que no todo se compra ni se vende, que no todos se corrompen como los políticos burgueses, o que no todos se transforman en traidores de la revolución proletaria, como Stalin. Que aún en los momentos más adversos de la vida no claudicaron, sino que se atrevieron y defendieron hasta el fin de sus vidas el legado de Marx y Engels, los padres del socialismo científico, los maestros de la revolución proletaria. Ese es el legado de Lenin que hoy tanto necesitamos reinvindicar.
NOTAS
1. Vladimir Lenin, "La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky"
2. Clara Zetkin, "Recuerdos de Lenin"
3. Vladimir Lenin, Cartas al Congreso (1922-23)