
Andrea D’Atri @andreadatri | Diputada porteña PTS/FIT
Martes 26 de agosto de 2014
En las últimas semanas, trece mujeres fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas en distintas ciudades de la Argentina. Apenas un número que no alcanza para describir el horror y el ensañamiento de la violencia que acabó con la vida de estas mujeres a quienes segaron brutalmente su futuro.
El ex marido de Mariana Roby tenía orden de no acercarse a ella desde hacía una semana. Pero el viernes 22, se presentó en el trabajo de Mariana –en Mendoza- y la asesinó de tres disparos, antes de suicidarse. En la madrugada del 3 de agosto, Débora Gómez era asesinada a martillazos en la cabeza por su pareja, en San Rafael. Y nueve días más tarde, en la localidad de Rivadavia, internaban a María Cristina Valdéz con múltiples fracturas, hematomas y un desgarro vaginal que, finalmente, le provocaron la muerte. Había sido atacada salvajemente por su ex marido.
En Santiago del Estero, también a comienzos de agosto, Lucía Coronel moría por las puñaladas asestadas por su ex pareja, cuando asistía al funeral de un amigo. Poco después, en la misma provincia, Claudia Ponce era asesinada de un escopetazo, por su marido.
En Entre Ríos, Ángela Núñez no pudo escapar a la violencia machista: aunque se mudó para evitar a su ex pareja, éste la buscó y asesinó a puñaladas, antes de suicidarse. Lo mismo hicieron el ex marido de Yamila Roldán, quién la golpeó hasta matarla antes de ahorcarse, y la pareja de Nadia Carmouze, quien le disparó antes de suicidarse con la misma arma. Una escena que se repitió en el asesinato de Carolina Giardino. Su marido –que no tenía orden de restricción a pesar de las denuncias por violencia presentadas por la mujer- la acuchilló, dejó a su hijo menor en casa de su abuela y huyó. Después de cuatro días de librado el pedido de captura, fue hallado muerto en la costa bonaerense. En Salta, Gabriela Reynoso murió antes de llegar al hospital, a causa de los disparos que le propinó su ex marido, en plena calle. Inmediatamente, el asesino se dirigió a su casa, donde se ahorcó.
En la localidad bonaerense de José C. Paz, un hombre degolló a María Andrada y María Campanario, madre y abuela de su ex pareja, cuando no la halló en su vivienda, a donde se había dirigido con el objetivo de asesinarla. En la provincia de Chaco, con cincuenta puñaladas, un cadete de la Escuela de Policía acabó con la vida de su novia, Yamila Gómez. La joven había sido disuadida, por la propia policía, de denunciar a su novio por las amenazas y agresiones constantes a las que era sometida, porque es el hijo del segundo jefe de la regional Saenz Peña de la Policía de Chaco.
En 2013, 295 femicidios fueron perpetrados en todo el país: una mujer asesinada cada 30 horas, por la violencia machista. Se trata del índice más alto de los últimos seis años y, lamentablemente, cuando finalice el 2014, esa cifra del horror puede ser superada.
Pero los femicidios son el último eslabón de una larga cadena de violencias: mujeres acosadas sexualmente, violentadas psicológicamente, verbal o económicamente, abusadas y violadas, golpeadas. Mujeres cosificadas por la violencia machista, en una sociedad donde estamos condenadas a la precarización laboral, el desempleo, riesgos de salud y de muerte por abortos clandestinos, falta de derechos.
Todos los días, todas las mujeres somos víctimas de alguna forma de violencia sexista. Una de nosotras, cada día, se convertirá en una víctima fatal. Y, a través de esa sangre derramada, millones de mujeres sobrevivientes aprenderán la lección que moldeará su subjetividad: imperceptiblemente, tardarán más que de costumbre para elegir la ropa que usarán para salir a la calle; se habituarán a ocupar y recorrer menos espacios que los varones e ignorar el mapa de la ciudad que habitan; se resignarán a sostener vínculos ya perimidos, sin deseo, sin afecto, sin ganas y con dolor.
Todos los días, la violencia contra las mujeres cobra el nombre y el rostro de un hombre particular. Pero apenas para mostrar que ese individuo es un letal y mísero engranaje de la gigantesca maquinaria del machismo, cuya finalidad no es apenas la muerte de las víctimas, sino el disciplinamiento del cuerpo, del deseo, del comportamiento, de los anhelos, de la vida de las mujeres sobrevivientes.