Para la Corriente Comunista Revolucionaria francesa, integrante del NPA, ante de las multitudinarias protestas por las subas del combustible, es necesario exigir la nacionalización bajo control obrero de Total y de todos los grupos petroleros que se enriquecen a causa del combustible caro.
Viernes 23 de noviembre de 2018 11:04
Los trabajadores deben extender la bronca y realizar acciones contra Macron y los patrones
Digan lo que digan, habrá un antes y un después del 17 de noviembre. El último sábado, la movilización fue masiva aunque dispersa en todo el territorio. Con más de 300.000 manifestantes, el movimiento de los "chalecos amarillos" ha expresado una ira profunda y legítima de las clases medias empobrecidas y los empleados de las áreas periféricas y zonas rurales que enfrentan, no solo el aumento en los impuestos al combustible, sino también, la injusticia fiscal y la disminución del poder adquisitivo. La bronca es de lo más espontánea y los asalariados y sus organizaciones deberían extender esta lucha tomando medidas contra el costo de la vida, por aumentos salariales, contra Macron y los capitalistas.
El primer año de mandato de Macron estuvo marcado por la imposición de contrarreformas liberales, a través de un "método bulldozer", con la complicidad de los dirigentes de los sindicatos mayoritarios que, en el caso de las confederaciones, optaron por la "concertación", y en muy pocas oportunidades, por acciones sin continuidad. Sin embargo, esta ofensiva se enfrentó a la contradicción entre la agenda del gobierno y la estrecha base social del macronismo, que se reduce cada vez más a medida que tienen lugar las reformas. Durante el verano y al inicio del año escolar, la "crisis desde arriba" se agravó, ya sea durante el caso Benalla, o con la renuncia de los ministros clave del gobierno (en particular Hulot y Collomb), marcando un punto de inflexión para el mandato de Macron (que aún tiene cuatro años por delante), con una disminución significativa de la popularidad del presidente y un silencioso aumento de la protesta social.
El agotamiento inicial del proyecto macroniano hizo que el país pasara objetivamente de una situación no revolucionaria, que caracterizó los primeros meses de su presidencia, a una situación más transitoria, que podría conducir a fenómenos nuevos, sin precedentes, híbridos e "inciertos", incluyendo el campo de la lucha de clases. Esto es tanto más cierto en un contexto en el que los líderes tradicionales del movimiento obrero no hacen absolutamente nada para expresar la creciente ira social. Es desde este análisis que se debe entender el surgimiento del movimiento de los "chalecos amarillos" que tuvo lugar este fin de semana y preparar su continuidad.
El gobierno había intentado de todo hasta la noche anterior, para debilitar al máximo la movilización del sábado 17 de noviembre. Las medidas propuestas, como la generalización del “cheque energía” (Cheque destinado a la población de bajos recursos para pagar el gas y la electricidad), la campaña de intimidación o la votación en el último momento, el viernes pasado en la Asamblea Nacional de dispositivos supuestamente para desactivar la “bronca”, no funcionaron.
La movilización de chalecos amarillos, apoyada por el 73% de la población, ha sido masiva en casi 2.000 puntos de bloqueos identificados, distribuidos en 700 municipios de toda Francia. La participación es difícil de cuantificar, el Ministerio del Interior ha registrado una cifra cercana a los 300.000 manifestantes. Una participación que, como es habitual, está minimizada. Basta observar la diferencia entre las imágenes oficiales y las difundidas en las redes sociales. La cifra de unos 500.000 manifestantes es bastante creíble. Las fuerzas policiales, muy numerosas, estaban naturalmente presentes, y no solo para "enmarcar" los bloqueos, ya que la represión ha sido brutal.
Repudiamos la muerte de una manifestante, una mujer de 63 años, al igual que la cantidad de personas heridas por automovilistas que forzaron los bloqueos. Llevamos nuestra solidaridad y todo nuestro apoyo a la familia de la víctima y sus familiares, así como a los 400 manifestantes que resultaron heridos, algunos de gravedad. La denuncia enérgica a estas acciones de los conductores contra los manifestantes, debe inscribirse en el contexto de una situación de tensión social importante, de la cual uno de los primeros responsables es Macron y sus políticas antisociales. Igualmente, las redes sociales han informado sobre varios ataques homófobos, racistas e islamófobos, que condenamos enérgicamente mientras denunciamos a los medios y la campaña política basada en estos ataques para desacreditar el movimiento. Como si no fuera principalmente el gobierno, en el tema de los migrantes o el de la "laicidad", el que desarrolló una política sistemática y a gran escala de racismo institucional.
La expresión de hartazgo generalizado contra los impuestos indirectos
Si la cuestión del aumento de los impuestos sobre el combustible fue uno de los factores desencadenantes del movimiento, los reclamos llevados adelante por los chalecos amarillos expresan un hartazgo generalizado, y se han ampliado contra otros impuestos (gas, peajes, la Contribución Social Generalizada, etc.) que están recortando cada vez más el poder adquisitivo. Es un hartazgo general contra los "fines de mes difíciles" o contra el vaciamiento de los servicios públicos, un fenómeno que afecta especialmente a las zonas rurales y de la periferia de las grandes ciudades. Este fastidio se ve acentuado por una lógica de "doble estándar" que se ha vuelto insoportable: por un lado, el hostigamiento fiscal para las clases medias empobrecidas y los jubilados, por el otro, la exención del impuesto a la fortuna para los más ricos, medida emblemática de Macron.
Como lo demuestran las numerosas inscripciones que se ven en los chalecos amarillos, a pesar de su composición social y política muy heterogénea, a veces contradictoria, nunca la extrema derecha ni la derecha estarán del lado de los trabajadores y las clases populares. El movimiento expresa una forma de "coagulación" de la ira contra Macron, contra su desprecio por los más pobres y su política al servicio de los más ricos.
Una Francia periférica y empobrecida
Si Macron, a través de su política, "coagula" parte de esta ira subyacente, por ahora uno de los componentes importantes que unifica a los chalecos amarillos sigue siendo el problema del aumento de los precios del combustible que afecta a aquellos que se ven obligados a utilizar su vehículo para ir al trabajo o desplazarse. Estos sectores de la clase media, artesanos, trabajadores por cuenta propia, profesiones liberales, sectores de pequeñas empresas, muchos empleados o jubilados, viven en áreas rurales, pueblos pequeños y ciudades medianas. Su punto en común es vivir en los territorios que ahora generan menos empleos y sus ingresos están alrededor o por debajo del ingreso mensual promedio. Para estos sectores, las perspectivas de movilidad o cambio de trabajo son cada vez más difíciles, por lo que su vehículo es una condición esencial para mantener su trabajo. Es en este sentido que muchas personas que viven en áreas rurales remotas, que no están acostumbradas a manifestarse, se han movilizado con acciones en aldeas y pueblos pequeños. Si bien esta situación de empobrecimiento y desmantelamiento se proyectan en el largo plazo, el aumento de los impuestos sobre el combustible, un símbolo de las políticas antisociales de Macron, ha sido la gota que rebalsó el vaso.
Las clases medias de la periferia de las grandes ciudades
El mapa de movilización también muestra una alta densidad de puntos de reunión en la gran periferia de las principales ciudades. Son estas personas llamadas “de cercanías” o “pendulares” las que se ven obligadas a hacer viajes diarios de ida y vuelta entre su trabajo y su hogar, desde los suburbios distantes a las grandes ciudades, particularmente debido al alto costo de la vivienda. Estos puntos de encuentro alrededor de París, particularmente en Seine-et-Marne, han sido observados como uno de los gestores del movimiento. Este mismo fenómeno también está presente en el área del Grand Lyon, con una fuerte movilización, especialmente en el Ródano, o de la misma manera en Burdeos, en un radio de 30 a 40 kilómetros. Aquí, nuevamente, la alta densidad de la movilización de los chalecos amarillos es consistente con la relación entre estos territorios y el automóvil, ya que el automóvil se les impone en un contexto del transporte público caro e insuficiente y que constituye una forma de doble castigo para los sectores pauperizados.
La derecha y la extrema derecha tratan de apropiarse del movimiento de los chalecos amarillos
Los republicanos (LR) en general suelen estar de acuerdo con las cifras anunciadas por la policía. Pero esta vez, se montaron sobre la oportunidad para denunciar una "manipulación de las cifras" por parte de Castaner (Actual Ministro del Interior).
Es sobre todo la señal de que la instrumentalización para tratar de capitalizar la "Francia de los territorios" les sienta bien tanto para la derecha cómo para la extrema derecha.
A medida que se acercan las elecciones europeas, la demagogia derechista de LR apunta a recuperar el terreno perdido con relación al RN (ex Front National, FN). Mientras tanto, Marine Le Pen ha buscado desde el principio explotar la ira de los chalecos amarillos apoyándose en sus feudos del FN y en parte de su base electoral, para tratar de capitalizar el movimiento en su conjunto.
Pero si la movilización de masas no tenía en general el color esperado por la extrema derecha, debe tenerse en cuenta que era particularmente importante en algunos bastiones de los frontistas. Esto confirma el fuerte apoyo de los partidarios del FN hacia los "chalecos amarillos" como en el Sur, en Vaucluse, Bouches-du-Rhone o Var, o en el Nord-Pas-de-Calais. También grupúsculos fascistas, a veces incluso a la cabeza de los chalecos amarillos, han intentado dar un color “pardo” a los chalecos.
Sin embargo, la naturaleza difusa de la movilización, que no puede limitarse a los cortes organizados por Robert Ménard, el alcalde de extrema derecha de Béziers, o a este o aquel grupúsculo derechista, muestra el alcance de la movilización y la ira social que se ha expresado, independientemente de los aspectos más confusos y, a veces, contradictorios que la han caracterizado.
Los chalecos amarillos: una gran "jacquerie" rural, suburbana y popular
Por lo tanto, la rebelión supera el mundo rural y toca algunos de los sectores pauperizados, incluidos los que viven fuera de las grandes ciudades. Si el movimiento se caracteriza por su gran espontaneidad, también lo es por el hecho de que no lo origina ningún partido o sindicato. Su carácter "ciudadano" y "apolítico" incluso se reivindica como una marca registrada de la movilización que rechaza cualquier recuperación. Entre otras de sus características, observamos también la ausencia, por el momento, de importantes franjas de patrones, como en las movilizaciones de los años 80 y 90 en torno a los precios del combustible, a cargo de los sindicatos del transporte y los profesionales de las carreteras, o durante el movimiento de los "bonetes rojos" (grandes manifestaciones contra el impuesto ecológico sobre el transporte de mercaderías) en Bretaña en el otoño de 2013, con el MEDEF local y la FNSEA, el sindicato de grandes agricultores.
Si bien este movimiento masivo de ira contra la injusticia fiscal fue ciertamente iniciado por la clase media suburbana, su masificación está vinculada a una extensión de la misma a otros sectores, el campo, los jubilados y los empleados. Su espontaneidad y su relativa falta de organización le dan su carácter de "jacquerie" (revuelta sangrienta de los campesinos en 1358), esos levantamientos populares en el campo característicos del antiguo régimen cuando el campesinado se vio amenazado por una hambruna, por la presión impositiva. Frente a la arbitrariedad y las visibles desigualdades fiscales, los campesinos fueron a asaltar los castillos, mezclando ira y violencia. Si es obvio que las comparaciones históricas tienen sus límites, es más por su heterogeneidad y su carácter espontáneo y desorganizado que por su violencia, que el movimiento de "chalecos amarillos" es como una “jacquerie” rural, suburbana y popular.
Los chalecos amarillos ponen al gobierno a la defensiva
Si, durante el fin de semana, el gobierno no dejó de minimizar la movilización, Edouard Philippe (el Primer Ministro) tomó nota este domingo de la realidad del movimiento sin que el presidente tomara la palabra. Con su silencio, Macron quiere enviar una señal fuerte de inflexibilidad.
El gobierno, que bajo la V República es una mediación de un ejecutivo bicéfalo, trata de apaciguar el movimiento, asegurando haber "escuchado" la "ira", el "sufrimiento", el "sentimiento de pérdida de nivel social, de abandono, que siente una parte de la población”, simplemente una manera de ganar tiempo. Él ha dicho que mantiene "el rumbo", para no perder la mano, como Hollande frente a los "bonnets rouges". De hecho, la retirada de Hollande sobre el impuesto ecológico y las concesiones al Plan Bretagne, debilitaron fuertemente su gobierno.
Aunque es más impopular que nunca, el gobierno no puede echarse atrás por temor a paralizar su quinquenio gubernamental para siempre. Sin embargo, si el movimiento de los chalecos amarillos ha puesto al gobierno a la defensiva, "para bloquear al gobierno, se necesitará algo más que estos bloqueos de carreteras", como señaló Olivier Besancenot (dirigente del NPA) en BFM TV. "También se necesitaran manifestaciones, y usar el arma de los trabajadores: la huelga", aseguró.
Philippe Martínez (Secretario General de la CGT) declaró ante la prensa que sería necesario obtener "un aumento del salario mínimo". Pero serán necesarias más que declaraciones de intención para luchar contra la carestía de la vida y exigir aumentos salariales, esto es, un verdadero plan de lucha.
La clase obrera y sus organizaciones deben apoyarse en esta bronca y pasar a la acción
Si el movimiento del 17 de noviembre reunió a casi 500.000 personas sin depender de ninguna organización, utilizando sólo las redes sociales, es porque la energía, la bronca y el deseo de luchar contra Macron y sus políticas antisociales están muy presentes y son profundas. Para esto, el movimiento obrero debe mantener en el tiempo esta ira y pasar a la acción, con sus métodos de lucha, pero también para proporcionar una salida a la bronca de la clase media empobrecida, de numerosos empleados y jubilados, muchos de los cuales se opusieron por primera vez a un sistema tributario que es regresivo. Sólo pensar en que la petrolera Total obtiene 9 mil millones de euros de ganancia neta y no paga el impuesto a las sociedades.
Pero para ello es necesario acabar con la política de las direcciones sindicales del diálogo social, que transforma a nuestras organizaciones en sindicatos domesticados y no en instrumentos de lucha. Los trabajadores más conscientes deben tensionar todas sus fuerzas para superar este gran obstáculo, que alejan de las organizaciones obreras a los sectores más explotados de la clase y a los más oprimidos por el capital, y que llevarán, si no superamos dicho obstáculo a mediano plazo, a la derrota de toda la clase trabajadora y de los sectores populares.
Es por eso que es muy positivo que ciertas estructuras sindicales locales ya hayan tomado iniciativas para dar una continuidad a esta bronca con total independencia de clase. "La ira es legítima, organicémonos contra el costo de la vida, por el aumento de los salarios", dice la CGT Port-de-Bouc. De manera similar, la Unión Departamental de sindicatos de la CGT del Norte, pide un apoyo masivo para los empleados de Vallourec que actualmente luchan por los aumentos salariales.
Hay, por lo tanto, en la base, estructuras que no están conformes con simples declaraciones y que quieren acompañar el movimiento y extenderlo al conjunto de la clase obrera. Al vincular estas acciones con un programa contra Macron y los patrones, el movimiento del 17, si fuera dirigido por el movimiento obrero organizado junto a la juventud, podría mantener al gobierno bajo presión, desafiarlo y hacerlo retroceder, y sobre todo expulsar a la derecha y la extrema derecha de las movilizaciones, y ayudar a los manifestantes a expresar claramente lo que debería ser un verdadero plan de acción para derrotar a Macron y sus políticas.
Es necesario exigir la abolición del TIPP (Impuesto Interno sobre los Productos del Petróleo) pero también de todos los impuestos indirectos, que afectan principalmente a las clases populares, exigiendo la supresión no solo de los peajes y el IVA, sino también imponer una tributación verdaderamente progresiva que grave principalmente a las grandes fortunas y el capital.
Frente a la "tributación verde o ecológica" de Macron, es necesario exigir la nacionalización bajo control obrero de Total y de todos los grupos petroleros que se enriquecen a causa del combustible caro. También sería una forma de defender, y ampliar, los servicios públicos, contrariamente a Macron, que quiere reducirlos, despidiendo a 50.000 empleados públicos: se necesitan más escuelas, más viviendas sociales, mejores servicios postales, más hospitales que satisfagan las necesidades y también más transporte público. Nuevamente, esto implicaría una lucha significativa contra la política gubernamental de destrucción de los servicios públicos, comenzando por imponer la derogación de la reforma ferroviaria. También permitiría articular demandas más generales para dar una respuesta sustantiva a la cuestión del poder de compra a través de un aumento general en los salarios y las pensiones, su indexación automática sobre la inflación y un aumento del salario mínimo.
Y también se trata de luchar contra la casta política y sus privilegios, y poner fin a esta monarquía presidencial que es la V República y todos sus atributos, mediante la disolución del Senado aristocrático para imponer una cámara única que asocie los poderes legislativo y ejecutivo, en los cuales los diputados sean elegidos sobre la base de asambleas locales, revocables permanentemente por sus electores y recibiendo el salario promedio de un trabajador especializado. Tales medidas sólo pueden hacernos avanzar en la lucha por un verdadero gobierno de los trabajadores y demás sectores populares, lo que constituiría un verdadero programa revolucionario contra esta dictadura constituida de una minoría de ricos y grandes capitalistas que nos gobiernan.
Lo que podría producirse, si este movimiento continuara, sería también que se luche para terminar con un régimen social en el que mientras algunos "pierden su vida para ganársela" y mueren bajo los ritmos infernales y el hostigamiento de los jefes, otros se encuentran desempleados, privados del único derecho que se supone que les otorga este sistema: el de ser explotados. Por lo tanto, la lucha contra la reforma de las pensiones debería prepararse desde ahora, reforma que solo aumentará el desempleo juvenil y el sufrimiento en el trabajo de quienes ya han dado mucho, en lugar de imponer una reducción en las horas de trabajo sin pérdida de salario hasta terminar con el desempleo.
Para ello, habrá que pasar a la acción, principalmente a través de las huelgas, pero también por medio de reuniones y actos públicos. Parar ya con las negociaciones y la colaboración de los sindicatos: de lo que se trata es de construir una nueva relación de fuerzas, por medio de nuestros métodos, la huelga, contra la carestía de la vida y por un aumento de los salarios. Esta es la única manera de construir un verdadero "todos juntos", mediante la huelga que realmente bloquee la economía, contra Macron y los capitalistas, y para impedir que la bronca legítima de los chalecos amarillos sea capitalizada por fuerzas que no tienen absolutamente nada que ver con nuestros intereses, los de la clase trabajadora, los sectores populares y los jóvenes.
Traducción: Michel Rosso

Révolution Permanente
Francia