Las maestras de la CDMX nos preparamos para marchar el domingo 24 junto a miles y miles de mujeres, porque no tiene que contarnos cómo es que nosotras vivimos la violencia. Estamos inmersas en ella a diario en nuestras propias escuelas.

Sulem Estrada, maestra de secundaria Agrupación Magisterial Nuestra Clase y Pan y Rosas
Jueves 21 de abril de 2016
Las maestras, por el rol que jugamos en la sociedad, somos un factor fundamental de recepción y contención de mujeres, niñas y madres, que padecen este brutal flagelo. Y me permito compartirles sólo algunas de las situaciones que una maestra debe vivir, y en muchos casos tratar de resolver sin recursos del Estado y sin apoyo, por lo general, de las autoridades de las escuelas donde ejercemos. Si bien hay honrosas excepciones que podemos destacar.
En estos días, tuve la oportunidad de conversar con decenas de mis colegas, sobre nuestra necesaria presencia en la marcha convocada para el 24. En esos intercambios volví a comprobar que, lo que le pasa a una de nosotras, le pasa a todas casi por igual; que lo único que cambia en muchos casos, son las caras de las alumnas, los nombres de sus madres, como así también las caras y nombres de los directivos y sindicalistas.
Volví a corroborar que la vida silenciosa y con prisa de las maestras, con nuestros propios problemas y dolores, con violencia en los hogares, pero también acoso sexual y laboral, no es la vida de “unas cuantas”, sino de casi todas, tan sólo por ser mujeres.
Bastaría con querer escucharnos
Sólo debemos recoger los testimonios de quienes cuentan cómo son violentadas producto de los abusos en el transporte público que utilizamos diario. Muchas vivimos a dos o más horas de viaje, y debemos levantarnos a las 4 o 5 de la mañana para llegar a las escuelas. También está el temor con el que volvemos, ya de noche a las casas, de ser asaltadas por la violencia machista en cualquier esquina oscura de las colonias más pobres de la ciudad.
Debemos soportar el acoso verbal y hasta físico de las autoridades en nuestros centros de trabajo. Esto, según me cuentan muchas maestras, se ha recrudecido a partir de comenzar a implementarse la mal llamada reforma educativa. Esta imposición del gobierno nos ha ubicado en un lugar humillante, denigrándonos y desjeraquizando nuestra enorme labor de educar a los hijos del pueblo que trabaja. Una de sus nefastas consecuencias: que muchos directivos se envalentonen ante nosotras, y se vean con la libertad de avanzar sobre nuestros cuerpos y nuestras mentes. En muchos casos llegan a “ofrecernos” no perder el trabajo a costa de favores sexuales.
Pero todo esto debemos padecerlo mientras tampoco contamos con tiempos privados, al menos para descansar y disfrutar a nuestros seres queridos. La labor sigue en nuestras casas debiendo evaluar hasta muy tarde para cumplir lo que no llegamos a hacer en las escuelas. Y son horas que no se pagan en nuestros salarios que, por cierto, son más bajos de los de nuestros compañeros maestros, sólo por ser mujeres.
En nuestro gremio la representación sindical de las mujeres es un derecho restringido. Por eso es necesario que nos organicemos para cambiar esta realidad, para conquistar un verdadero espacio donde podamos discutir nuestras problemáticas como mujeres, y podamos elegir a nuestras propias representantes democráticamente y desde las bases.
Seguramente muchas más historias pueden ser planteadas por nosotras las maestras, si alguien sólo se atreviese a preguntarnos. Pero como eso no sucede, en la mayoría de los casos, las reservamos en silencio, por miedo a perder nuestros empleos o ser trasladadas como aleccionamiento, a escuelas muy lejos de nuestros hogares.
En las aulas, las maestras sufrimos los más duros golpes
Las historias cotidianas que recibimos de nuestras alumnas y también de las madres, con relación a la violencia de género, son desoladoras, y con ellas debemos cargar sobre nuestros hombros, metiéndolas en nuestra pesada mochila y cargándolas por la vida.
Como ya les he contado a través de mis notas en La Izquierda Diario México, y muchas compañeras maestras multiplican con sus vivencias, hay niñas que recurrentemente faltan a clases. No es por enfermedad, sino por temor a salir de sus casas en colonias humildes, cuando nadie puede acompañarlas a la escuela. ¿Por qué? Es bien sabido que por nuestros barrios, a la hora que las niñas van a la escuela, son levantadas por traficantes de mujeres, secuestradas y llevadas muy lejos de sus hogares para ejercer la prostitución en el mejor de los casos. Pues con los niños y niñas menores también se desarrolla un enorme mercado de órganos para ser traficados al exterior, ya que los órganos de los pequeños son más sanos y muchos ricos magnates pagan fortuna por ellos.
Ni qué decir de la infinidad de casos de alumnas que llegan golpeadas y en muy mal estado, por la violencia sufrida en sus hogares, por padres alcohólicos, hermanos mayores o parientes, que ven la posibilidad de abusar de las niñas indefensas. Algunos de estos casos se dan cuando los padres están ausentes, ya que, ante la precariedad de sus vidas, deben trabajar de sol a sol para llevar el pan a sus hogares. Hay que ver sus caritas al finalizar la jornada, porque saben que deben volver a esos hogares.
Hay casos extremos con los cuales nos encontramos quienes trabajamos sobre escuelas secundarias, pues hay niñas embarazadas producto de violaciones, las cuales, por lo general, al avanzar los meses ya no vuelven a las aulas. El no saber más de ellas nos provoca una enorme frustración e impotencia, pues sabemos la vida que les depara esa realidad. Eso, también es violencia sobre nosotras, las maestras.
También recibimos y contenemos a las madres de familia, que al igual que sus hijas, son golpeadas, violadas, ultrajadas por esta sociedad despiadada con las mujeres, centralmente, las de más bajos recursos.
A todas ellas, durante de las mismas horas en que debemos educar a nuestros alumnos, tenemos que contenerlas quizá sólo escuchándolas. En la mayoría de los casos, nada más que eso podemos hacer, acompañarlas un rato en sus angustias, pero… sin llorar maestra, pues la que debe desahogarse es la niña, o la madre.
Nos sobran razones para marchar este #24A
Y por esos miles de motivos que se expresan en jirones de nuestra propia piel y de nuestras almas, por esos miles de motivos que tienen nombres y tenían una vida que les fuera arrebatada, es que quiero invitarlas, a todas mis compañeras maestras, pero también a las alumnas, a sus madres y a las cientos de trabajadoras de todos los sectores que sostienen esta ciudad a que se sumen y me acompañen junto a la agrupación de mujeres Pan y Rosas, a marchar juntas por las calles de nuestra ciudad este 24 de abril. Pues considero que es la única vía posible para hacerle frente a la violencia machista. Tenemos una cita de honor, por todas nosotras, por las asesinadas a manos del feminicidio, y por las que aun conservamos nuestras vidas bajo enormes cadenas de opresión.
Este debe ser el primer paso para poner en pie un gran movimiento de mujeres jóvenes y trabajadoras que luchen contra la violencia machista.
Y es que estoy convencida, tal como planteamos desde Pan y Rosas, de que existen condiciones estructurales que posibilitan que la violencia contra nosotras se multiplique a diario. Van desde problemas de infraestructura urbana, déficit del transporte público, de iluminación en vialidades, hasta la asquerosa legitimación de la posición subordinada de las mujeres a través de los medios masivos de comunicación y los políticos patronales. Por ello, es el conjunto de estas condiciones lo que nos lleva a pensar que no es por la vía de la confianza en el gobierno o sus instituciones que podremos resolver esta situación, sino organizadas y siendo millones en las calles de todo el país, haciendo oír bien fuerte nuestra voz:
¡#VivasNosQueremos!

Sulem Estrada, maestra de secundaria
Maestra de secundaria