Solita, que no llegó a cumplir 18 años, fue asesinada hace 26 años.
Miércoles 19 de octubre de 2016 18:29
“Se peinaba su pelo lacio y me dijo ‘Chau mami, nos vemos mañana’. Tenía la polerita negra, un jean, medias negras y los zapatitos del colegio. El padre la llevó en la camioneta hasta lo de una amiga, pero como la amiga ya había salido, al final la dejó en la parada del colectivo. Subió y se fue”.
El 14 de setiembre de 1990, en Catamarca se convocó a una marcha que, por temor a la represión del gobierno, se caracterizó por el silencio. Miles marchamos jueves a jueves, abrazados al dolor y el pedido de justicia; marchamos solas, en familia, con nuestros hijos, con compañeros de trabajo, con vecinos de nuestros barrios. Marchamos como nunca antes, tomados de las manos, en silencio aterrador…. El gobierno nunca acompañó las marchas, atrincherado detrás de las ventanas de la casa de gobierno, vigilaban y registraban a los que marchábamos. Cómplices del crimen.
María Soledad Morales tenía 17 años cuando un viernes fue a un baile para juntar fondos para el viaje de egresadas de compañeras que no podían afrontar el gasto…..nunca volvió a su casa.
Murió, según informes y pericias contradictorias, por sobredosis de cocaína, tras haber sido violentada, violada. Su cuerpo fue descubierto la mañana del 10 de septiembre de 1990, cerca de la cancha de fútbol de Parque Daza, a unos siete kilómetros de la capital catamarqueña, mutilada, desfigurada. Aquella mañana hubo policías que lavaron el cuerpo cubierto de huellas, y forenses que describieron sus lesiones con una superficialidad inhumana e insensible. El colectivero Carlos Ponce circulaba con un solo pasajero esa madrugada del 10 de septiembre de 1990 cuando vio unas luces junto a la ruta, en el camino de Valle Viejo al centro de la ciudad. Se detuvo, se acercó y reconoció allí a dos policías que le dijeron que se vaya, que siga su camino. Fue la clave para denunciar la posible complicidad del aparato estatal de entonces con el crimen. Como tantos de los involucrados en el caso, falleció hace un tiempo.
Las Marchas del Silencio lograron la intervención de la provincia, gobernada por Ramón Saadi. La hermana Martha Pelloni, los padres de Solita y sus compañeras se ponían al frente de la marcha, que llegó a sumar treinta mil personas. “El silencio puede más que la violencia”, dice Ada, su madre.
“Nosotros no hicimos el duelo en ese momento y resulta que pasa el tiempo, y pasa, y no cura las heridas. No es verdad que te deja de doler. Yo quedé lastimada para toda mi vida por el recuerdo de esa muerte tan terrible. Todos los días está su ausencia. Me falta siempre. Por eso para mí no hay Día de la Madre, ni Fiestas. Yo trato de estar bien por mis otros hijos, por mis nietos, pero llega fin de año y quiero levantarme y que sea el 3 de enero. No me gusta el brindis, no me gusta que estemos todos y mi Sole no esté”.
Los únicos condenados por su asesinato, Luis Tula y Guillermo Luque, están libres. Tula fue condenado a 9 años de prisión, estudió derecho mientras estaba la cárcel, salió en libertad en el 2006 y en noviembre juró como abogado en Derecho Penal, matrícula 1.941. Se dedica a defender abusadores y violadores. En la edición del diario El Ancasti, del 14 de octubre, Tula “asesoró” a dos agentes de Policía detenidos acusados de abusar sexualmente de dos jóvenes, una de ellas menor.
Las jóvenes, de 16 y 22 años, conocieron a los acusados en un local bailable en donde habrían compartido bebidas. Galván y Ramírez se habrían ofrecido a llevarlas al departamento en donde una de ellas vivía. Al llegar y ante el estado de ambas jóvenes los sujetos se habrían aprovechado de ellas. En un primer momento Ramírez habría abusado carnalmente de la menor de 16, cuando ésta como pudo se acostó en una cama inconsciente por el alcohol consumido. Si bien la jovencita se habría despertado e intentado evitar ser abusada, el sujeto utilizando sus fuerzas continuó en el accionar, pero luego desistió y la menor huyó hasta el comedor. Allí habría encontrado a Galván, el otro policía, cuando abusaba de su amiga que se encontraba desvanecida. Se tiró sobre ellos y como pudo la menor llevó a su amiga hasta la cama, y si bien intentó ahuyentar a los sujetos éstos lograron reducirla y allí la joven se habría desmayado. Fue en ese momento en que ambos sujetos habrían abusado -uno de ellos nuevamente- de la joven de 22 años.
Como en muchos femicidios, el crimen fue político y visibilizó el entramado feudal de las familias que se turnan para gobernar la provincia. Los “hijos del poder” Guillermo Luque (hijo del diputado nacional Ángel Luque); Pablo y Diego Jalil (sobrinos del intendente José Jalil); y Miguel Ángel Ferreyra (hijo del jefe de Policía provincial), que estuvieron implicados salieron libres y en la actualidad casi nadie los recuerda. Luque fue arrestado por ser considerado autor material del crimen y el 28 de febrero de 1998 fue condenado a 21 años de prisión. Su padre declaró “Si mi hijo hubiera matado a esa chinita, nunca hubieran encontrado el cadáver”... Otros, considerados co-autores fueron sobreseídos por falta de pruebas.
El crimen conmocionó al país y dejó bien claro los vínculos siempre presentes entre la policía, la justicia y el poder político.
Para recordar, en Catamarca, las mujeres víctimas de femicidio:
Ada suspira otra vez. Recuerda algo aún más fuerte que la última imagen de su hija. Su voz. “Ella se fue el viernes y se iba a quedar en casa de una amiga. El sábado yo estaba lavando los guardapolvos de las mellizas y siento: “Mami, mami”. Fue tan clarito que lo tengo en la cabeza ahora mismo. Me escurrí las manos y fui a verla para que me contara de su fiesta de egresadas. Y no estaba. La busqué en su pieza y por alrededor de la casa, porque siempre me estaba haciendo esas bromitas, ¿vio? Y no estaba. Y ahí empecé a decirle a Elías, mi marido: ‘A Sole le pasó algo, estoy segura de que a la Sole le pasó algo’”.
Ese sábado a la noche denunciaron su desaparición. El domingo fue una búsqueda desesperada. El lunes hallaron su cuerpo. Mucho después, un forense le preguntó a Ada cuándo fue que ella sintió que María Soledad la llamaba.
–A las cuatro de la tarde.
–Posiblemente, ésa fue la hora en que agonizaba o moría, le dijo el médico.