Se cumplen 18 años del crimen de odio que sufrió un joven estadounidense que avivó la lucha de toda una comunidad. La historia de un joven que no se ajustó al orden conservador de su época.

Santiago Lucas D’Ambrosio Estudiante del I.E.S N1 "Dra. Alicia Moreau de Justo"
Jueves 13 de octubre de 2016
En Octubre de 1998, Matthew Shepard, un joven gay de la ciudad de Laramie, es asesinado por Aaron McKinney y Russell Henderson; convirtiéndose en uno de los símbolos de la lucha contra la violencia LGTBI y los crímenes de odio. Una semana antes de lo acontecido, Shepard, de unos 21 años de edad, había ingresado a la Lesbian Gay Bisexual Transgender Association.
Una de las novias de los asesinos declaró en el juicio que la intención de su novio era “asustar a un homosexual para que no vuelva a intentar seducir a un heterosexual”. Defensa que poco ayuda, pero que sí fortalece el discurso homofóbico que sostienen los medios masivos de comunicación como un sentido común. Corren el ojo del crimen de odio, a la responsabilidad de quienes viven sexualidades disidentes.
Un antecedente histórico
A partir de este ataque a la comunidad LGBTI, se generó un debate en la política de los Estados Unidos. Tierra de las primeras revueltas de los movimientos por la liberación sexual, como lo fue Stonewall, donde el cansancio frente a la impunidad policial esa noche ganó, empezando por las trans que se negaron a ser detenidas, seguidas por los demás que se negaron a entregar sus identificaciones a las fuerzas policiales.
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Se consideró por primera vez a la homofobia dentro de los llamados “crímenes de odio”, con gran apoyo por parte de la sociedad. Su madre, Judy Shepard, en 1999 dijo ante el Senado: “Sé que esta ley no va a parar los crímenes de odio. Pero mi hijo fue víctima del odio, y creo que esta legislación es necesaria para asegurarnos de que nadie tenga que sufrir la muerte de un ser querido para entonces sí estar a favor de la aprobación de una ley contra los crímenes de odio”. Este reconocimiento formal ante la ley, no iba a presentar un reparo frente a la vida de miles que se la ven contra la homofobia y el machismo, pero sí sentaría las bases para que las instituciones del Estado no volteen sus ojos al chocarse con la realidad de todos los jóvenes gays, lesbianas, bisexuales, trans, e intersexuales.
Recién en el año 2009, diez años después, el Congreso de EE.UU. aprobó finalmente la Ley de Prevención de Crímenes de Odio. En Chicago, en Boystown Neighborhood, se hace todos los años una marcha en conmemoración de este símbolo de la lucha contra la violencia homofóbica.
Los medios y el puritanismo
El periodista Stephen Jiménez alude a que la causa de los hechos se produce ya que ambos consumieron drogas a la hora de mantener relaciones sexuales, descartando el carácter homofóbico del asesinato de Matthew. Este mismo periodista escribe “El libro de Matt” en 2013, mostrando al joven como un consumidor y traficante de drogas.
¿No suena como un discurso conocido? Es en los años 80 cuando se dieron en Argentina fuertes razias policiales hacia los espacios donde concurría la comunidad LGTBI, estigmatizada por el pánico que se generó por la pandemia del VIH/SIDA, donde en pie de lucha se vieron personalidades como Carlos Jáuregui contra la violencia policial del Estado. Lo mismo sucedía con los barrios negros en Estados Unidos, donde se legitimaba su persecución y criminalización aludiéndoles ser un foco de drogas; que se traduce en la fuerte respuesta producida por el fenómeno de #BlackLivesMatters que resuena hoy. Lo mismo sucede en los barrios populares de nuestro país donde la respuesta frente al narcotráfico es la militarización de estos barrios, llenándolos de gendarmería y policía, los mismos que obligan a los pibes a robar o que les dejan como destino la represión.
Como siempre, los medios hegemónicos de comunicación y la prensa burguesa se encargan de culpabilizar a la juventud por hacer uso de sus libertades democráticas, por vivir sus sexualidades libremente. Es por eso que el legado de Matthew Shepard, hace eco en la lucha de todos aquellos que nos vemos oprimidos por nuestra sexualidad, de todas las mujeres que luchan por #NiUnaMenos, de todos los trabajadores y trabajadoras que luchan en sus puestos de trabajo contra la discriminación homolesbotransfóbica de las patronales. Este sistema podrido ya no tiene más nada que ofrecernos, más que el odio y la furia que son y serán nuestro motor para seguir luchando por conseguir nuestros derechos.