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Red Internacional
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MADRES DE PLAZA DE MAYO. Mirta Baravalle, la vida de una luchadora inclaudicable

El 12 de enero Mirta Baravalle cumplió 90 años. Casi cuarenta de esos años los dedicó a luchar inclaudicablemente, no sólo buscando a su hija (embarazada al momento de desaparecer) y a su compañero, sino también contra la impunidad de ayer y hoy. En esta entrevista ella recorre todos estos años.

Miércoles 14 de enero de 2015

Mirta es fundadora de Madres de Plaza de Mayo y de Abuelas de Plaza de Mayo. La Izquierda Diario presenta extractos de la entrevista que el programa radial Pateando el Tablero le hizo en 2014. Allí hace un recorrido por todos estos años, recuerda las primeras reuniones de familiares en la Iglesia de la Santa Cruz (donde se infiltró Alfredo Astiz) y a las primeras madres desaparecidas. Cuenta cuál fue el papel de la Iglesia en la dictadura y qué actitud tuvo con las madres que denunciaban torturas y desapariciones y da su opinión sobre el rol de los organismos de derechos humanos hoy. Mirta Baravalle, una de las imprescindibles.

Su vida cambió radicalmente cuando en agosto de 1976 la dictadura genocida secuestró a su hija Ana María Baravalle y a su compañero Julio César Galizzi. “Yo salí a la calle porque se llevaron a los chicos el 27 de agosto de 1976”, dice Mirta. En el momento de su secuestro, Ana María estaba embarazada de cinco meses, y “justo ese día había ido al médico a llevarle los análisis y estudios para ver cómo llevaba su embarazo.”

Las primeras reuniones y la infiltración de “el ángel rubio”

Mirta recuerda. “Al principio como madres buscábamos en forma personal, cada uno sabía lo suyo y nada más (…) Una se iba relacionando, entre los familiares era una cosa auténtica y de piel, nos dábamos cuenta que realmente era un familiar, que realmente había perdido a alguien.”

En el barrio porteño de San Cristóbal se encuentra la Iglesia de La Santa Cruz. En marzo de 1977 se realizó la primera reunión de familiares de detenidos desaparecidos, en la que estuvieron presentes Mirta, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco. Recuerda que “se hizo una misa en la Santa Cruz por el reecuentro de una nena. Y cuando terminó esa misa, que estaba colmada, tuve más la visión de lo que pasaba. Porque una sabía, pero veía a la gente en lugares siempre separados, no eran cantidades. Pero ahí, ver esa iglesia colmada, sabíamos que todos eran familiares o personas que estaban directamente ligadas en lo afectivo a gente desaparecida.”

Mirta sigue recordando con lujo de detalles aquellos primeros encuentros. “En la primera reunión que hicimos ahí, en la Iglesia de la Santa Cruz, éramos diez u once. En un costadito había un muchachito. Yo ya cuando lo sentí hablar, hay algo que rechacé, no me llegó (…) El chico decía ´tenemos que hacer esto o aquello´ y yo pensaba cómo íbamos a ver y preguntar nombres de compañeros que a lo mejor sabían o podían darnos datos, que eso era lo que él decía. Después hubo una tercera reunión y yo le dije a Mary a mí no me gusta ese muchacho, yo seré muy mal pensada, pero a mí no me gusta´. No fui más a esas reuniones y le dije a Maryyo que ustedes no iría´. Yo creo que hubo algo que me alertó, porque cuando termina la misa salgo para buscar a los familiares y los veo en el fondo, como en un parquecito (…) Cuando voy por el camino que estaba oscuro, había una luz difusa y había un grupo de personas que yo no alcancé a ver. Pero lo vi a él, a ese muchachito (…) Y yo digo que eso fue lo que me alertó también porque sentí que le decían ‘andá, andá. Aprovechá que están todos juntos’. Tampoco lo relacioné en su momento. No es que ya pensé que era un infiltrado, pero todas las cosas se iban dando y yo sin darme cuenta iba relacionándolo. Y la verdad es que todas esas personas están ahora desaparecidas.”

Alfredo Astiz se infiltró bajo el nombre “Gustavo Niño”. Lo llamaban “al ángel rubio” y decía estar buscando a su hermano desaparecido. El 8 de diciembre de 1977 Esther Ballestrino y María Ponce de Bianco fueron secuestradas en una emboscada en la Iglesia de la Santa Cruz, luego de que Astiz las señalara con un beso. Dos días más tarde Azucena Villaflor de Vicenti correría el mismo destino. También desaparecerían las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.

La cúpula de la Iglesia y su cínica respuesta a los familiares

Como es sabido, muchos familiares de detenidos desaparecidos recurrieron a iglesias y autoridades religiosas para denunciar lo que ocurría con sus familiares y buscar información. Así lo hizo Mirta junto con otras madres, teniendo como respuesta la actitud cínica de quienes eran parte del genocidio. “Íbamos directamente llevando los testimonios y nuestras verdades y nos hacían a un costado, como diciendo que nosotras estábamos desubicadas”, recuerda Mirta y agrega que junto a dos madres fue a ver a Adolfo Tortolo, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y Vicario General Castrense que después del golpe de Estado advirtió que “los principios que rigen la conducta del general Videla son los de la moral cristiana”. El mismo cura que defendió la tortura ante sus pares y murió impune en 1986. “A Tortolo le decíamos que interviniera por las torturas y que las personas estaban muriendo”, relata Mirta, “y él nos escuchaba. Estábamos en un hall. Y cuando le decimos eso, nos mira como meditando… y nos da la espalda, era como un cuervo largo porque tenía una sotana hasta abajo… y vuelve, da una vuelta, camina hacia nosotras. Estábamos paraditas las tres ahí, y nos dice ‘a mí las torturas no me constan’. ¡¿A mí las torturas no me constan?! (…) El Episcopado Argentino, el nuncio, Pio Laghi, un mequetrefe era ese, jugaba al tenis con el genocida Massera. ¿Qué iba a importarle si había desaparecidos, si los mataban o los asesinaban? Y después en un momento, con ‘Chicha’ Mariani, la presidenta de Abuelas de entonces (la primera presidenta, su nieta Clara Anahí sigue desaparecida) fuimos a verlo a Monseñor Calabrese. Y entonces las dos en un hall ahí paradas, no nos dejaron pasar, nos atendió ahí en el patio. Hablamos con él y en un momento Chicha estaba hablando con otra persona y yo le decía a Calabrese que intervinieran también, como le había dicho al otro en aquella época anterior. Nosotras íbamos por los nietos y las chicas embarazadas. Le dijimos que sabíamos porque nos estaban llegando nuevas denuncias y testimonios de chicas que habían sido llevadas embarazadas. Lo nuestro ya había pasado, era el 79 más o menos. Y me dijo ‘pero señora, las chicas hacen tantos abortos’. Eso me dijo Calabrese. ¿Una va a tener respeto por esos personajes? (…) Porque no es que no sabían, ellos sabían todo.”

Al hablar de la cúpula de la Iglesia fue imposible no hablar de Bergoglio y su rol durante la última dictadura. La Izquierda Diario compartió la denuncia de Estela de la Cuadra (tía de Ana Libertad, una de las últimas nietas recuperadas) sobre el rol de Bergoglio en la dictadura y su actuación sobre la apropiación ilegal y el robo de la identidad de su sobrina en 1977. Al referirse al ahora Papa Francisco, Mirta afirma que “hay tanta hipocresía en las personas. ¿Por qué hay que ser hipócrita? (…) Hay que escuchar a una persona que dice que ahora es un “santo” y antes decían que era un “diablo”. Entonces ¿quién es el hipócrita? ¿El santo o el diablo? ¿O la persona que lo está diciendo?”

“Como organismo de derechos humanos no tenemos nada que hacer en un gobierno”

Mirta Baravalle es miembro de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Al referirse al rol de los organismos de Derechos Humanos hoy, dice que “no tenemos que hacer nada en un gobierno. Porque en definitiva, ¿quiénes son los que violan los derechos humanos? Los gobiernos. Entonces ¿cómo vamos a estar pidiéndole a un gobierno si estamos ahí nosotras metidas? No solamente por los derechos humanos de lo que pasó (que tienen toda la obligación y el deber de rescatar todo lo que sea posible la memoria de lo que pasó). Yo estoy viendo que actualmente los gobiernos también disparan contra los trabajadores. ¿No lo vemos acaso cuando desalojan a la gente? ¿Cómo les queman las casillas? (…) Esas son violaciones a los derechos humanos, ¿estás viendo eso y no haces nada cuando podés hacerlo? Eso es terrible.”

Además, en su búsqueda por saber qué sucedió con su hija y los miles de desaparecidos, Mirta explica la importancia de que se den a conocer todos los archivos de la dictadura. “Nosotras siempre exigimos los archivos. Pero los archivos nuestros. No de todos los milicos y demás que eso ya está en los juicios y ya está, no es nada novedoso. (…) Nada que a vos te diga esto sí es realmente nuevo. Son archivos que ya sabíamos que estaban y es todo lo mismo que se repite. ¿Pero dónde están los archivos de los detenidos desaparecidos? ¿Dónde están? (…) No se sabe qué pasó con miles.

Luchadora inclaudicable, ayer y hoy, junto a los trabajadores

“Eso es lo que recibimos de nuestros hijos. De esa generación. Y a mí me gusta estar. Y siento cuando no puedo estar. Porque yo sé que mi hija estaría. Y uno a veces no puede hacer todo lo que una quisiera... Y yo sé cómo desde los trabajadores... quizás mi hija, ella también era de hacer esa militancia, la hacía de una forma que después me doy cuenta que muchos lo hacían. Yo le decía ‘Ana, ¿por qué no trabajás más en tal lugar?’, y me metía una excusa y se iba a trabajar a otro lado. Pero de alguna manera dejaba una siembra. Hay tantas cosas importantes para decir. Yo hablo por mí pero pienso que englobo a muchas, mientras nos dé el físico y todavía más o menos un poco la cabeza, poder transmitir que hubo una generación que tuvo una entrega total.”

La entrevista completa que le hizo el programa Pateando el Tablero a Mirta Baravalle se puede esuchar en los siguiente enlaces.
Primera parte - Cómo comenzaron a juntarse las madres. La infiltración de Astiz y la desaparición de las compañeras de Mirta - (24 minutos)
Segunda parte - El nefasto rol de la iglesia durante la dictadura. La historia de su relación con María Victoria Moyano, nieta restituída, a quien conoce desde la niñez. Su posición sobre la independencia de los organismos de DDHH y la desaparición de Julio López - (28 minutos)