Nadie nos dijo, que iba a “estar cabrón”, que no bastaba con soñar qué querías ser de grande. Al final nada sale como lo esperamos, menos en este país. Y no, no sabíamos que nos iba a tocar tratar de rescatar las moronitas de México que se nos cuelan entre los dedos.
Lunes 26 de marzo de 2018
Cada tanto tiempo, igual que las hojitas de los árboles caen y crujen al pisarlas en el otoño tras haber estado madurando muchos días, nostros salimos y marchamos. Caminamos, cantamos y gritamos. No, no. No es que en todo este tiempo no hayamos estado conscientes de lo que sucede, que participemos sólo en determinadas ocasiones como por ahí se nos acusa.
Pasa que, lo sabemos, somos fuertes cuando somos muchos y tampoco es que estemos esperando a que desaparezcan más personas sino que estamos aturdidos. Un poco de tiempo, de comprensión, por favor, estamos aprendiendo, nos estamos organizando. No es tan fácil sucumbir ante la ilusión de una vida tranquila, “normal”, como imaginamos cuando niños.
Nadie nos dijo, ni a mí ni a mis compas, que iba a “estar cabrón”, que no bastaba con soñar qué querías ser de grande. Al final nada sale como lo esperamos, menos en este país. Y no, a los siete u ocho no sabíamos que nos iba a tocar tratar de rescatar las moronitas de México que se nos cuelan entre los dedos. ¿Cómo? Quién sabe. ¿Cuándo? Ahora. Y por ahora, marchando, desgarrándonos las gargantas en lo que se nos ocurren más estrategias, cayendo en cuenta de nuestros errores, de nuestras omisiones, y así cada vez somos más pero todavía no suficientes. A las cuatro empiezan a bajar de los camiones, llevan mantas, llevan paños en la cabeza.
Se buscan, se conocen, se chiflan y se reconocen a lo lejos. Hay cierta alegría en el aire, sin embargo saben lo que les convoca. Unas tiritas de papel amarillo, bloqueador, un sombrero -¿traes agua? Se comienzan a agrupar, los de rojo son de la juventud comunista, tan cabales ellos con sus uniformes. Por allá se ven los del ITESO, seguro los compas del CAAV están hasta adelante; 24 o 25 grados que se sienten como 30 y las piernas ya sudan. Qué gusto ver a los profes, a los que sí, a los que son humanos y amigos primero antes que Doctores, a padres y madres. Las mantas en el piso, el andador Chapultepec y la Glorieta repleta a quince minutos de darse las 17:00 horas.
Las charlas pasan por el mitin, por la asamblea, por el colectivo, por las medidas de seguridad y la inevitable observación: ¿Por qué hay tantos polis?
A las 17:30 sabemos que ya es hora. En el monumento que hoy 25 de marzo comenzó el día llamándose Glorieta de las y los desaparecidos se encuentran los seres más valientes que hemos conocido. Las mujeres y los hombres que buscan, los familiares, que con sólo un carraspeo nos hacen guardar silencio y acomodarnos en esos pequeños cuadrantes de cemento para escucharles, decirles que no están solos, y sin embargo el corazón se nos llena de impotencia, al escuchar en esta ocasión sólo a las madres.
De verdad quisiéramos que supieran con todas las letras que no están solas, aunque como decía un respetable periodista, hay que reconocerlo, nos hemos visto pequeños ante la magnitud de las circunstancias.
¡No están solos!, ¡Ni uno más! Y por supuesto, ¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos! Así comenzamos a andar, ríos de personas. Sí. Ríos. Sí, bastantes.
¿Cómo, cómo era la consigna?, la voz temblorosa y los errores en el cántico denotaban la falta de práctica, vamos, no habíamos salido en un buen rato. Pero cuando vibran al mismo tiempo los corazones, esa sintonía repercute en las redes neuronales y rápidamente nos ponemos al corriente para jurarles a esos que son el brazo armado del poder que las balas que dispararon van a volver, que la sangre que derramaron la pagarán. Para prometerles a los masacrados que serán vengados y para hacer presentes a Marco, a Salomón, a Daniel y a Ulises. Tres kilómetros de catarsis colectiva, de dolor, de ¿podemos inventar una nueva emoción? Una que sea el resultado de indignación, de rabia, de más rabia, de hastío, de rencor, de frustración, de… ¿Dónde están?
Ayer la dolorida y seguramente aterrorizada perla tapatía volvió a sentirse viva, seguramente sus jacarandas y las primaveras amarillas se regocijaron cuando miraron a tantas personas. Pero no, no es suficiente, nos hacen falta, a Guadalajara, a la cantera y a sus plazas. Perdón por no saber sus nombres, los de todos y cada uno de los y las que se llevaron. Están en nuestra mente, nos duelen en las entrañas, ni un paso más vamos a dar sin ustedes, queremos que regresen.
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