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Red Internacional
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Universidad. Numeralia por nuestros derechos: cifras para pensar la universidad que queremos

En medio de la lucha por acabar con la violencia hacia trabajadoras, estudiantes y académicas que ha tenido eco en las últimas semanas dentro de la UNAM, conocer las cifras sobre cómo funciona la universidad nos ayuda a pensar que la universidad que queremos es posible.

Viernes 14 de febrero de 2020

En México las cifras de violencia en contra de las mujeres son avasalladoras. La brecha salarial indica que un varón gana hasta 50% más que una mujer con la misma capacitación, únicamente por cuestiones de género. Sólo el 3.5 % de las 20.9 millones de mujeres empleadas en el país gana más de 5 salarios diarios (13, 254 mil pesos al mes).

Además, según informes del INEGI las mujeres invertimos en promedio 74% de nuestro tiempo en tareas del hogar, lo cual en 2018 se tradujo en el 23.5 % del PIB. En este contexto, es que los feminicidios en nuestro país han alcanzado niveles nunca antes vistos con 10.2 mujeres asesinadas diariamente.

Estas cifras nos ayudan a comprender que la violencia en nuestra contra no es casual, sino un problema íntimamente ligado a este Estado capitalista y patriarcal, principal beneficiado de que se mantenga a las mujeres en una condición de subordinación, de la cual, claramente saca ventaja. Para mantener este orden, esta violencia es reproducida de forma sistemática por sus instituciones… sí, como la UNAM.

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La violencia institucional, el plano velado de la violencia

En los últimos años, sectores del feminismo se han dedicado a denunciar el acoso que se vive dentro de los salones de clases y en nuestras escuelas, sin embargo, esto es sólo la punta del iceberg de un cúmulo de violencia que se reproduce todo el tiempo, cuando no se garantizan las condiciones óptimas para que todas las mujeres que conformamos la comunidad universitaria, nos desarrollemos plenamente.

En 2016 la UNAM anunció la implementación de un protocolo de género sin precedentes en América Latina. Sin embargo, este protocolo de nada sirvió al año siguiente, cuando nuestra compañera Lesvy Berlín Osorio fue victima de feminicidio dentro de CU. La UNAM no sólo revictimizó a Lesvy junto a la Procuraduría de Justicia de la CDMX, sino que se negó a colaborar en la investigación y manipuló las grabaciones que hubieran servido como prueba crucial para resolver de forma oportuna el caso.

A este caso, se suma la desaparición de Mariela Vanessa por el cual nunca se pronunció la institución, o el caso de Aidé Mendoza que sigue sin ser resuelto, sólo por mencionar los más significativos.

Estos casos destaparon la cloaca de una condición que nunca ha sido un secreto para las trabajadoras del STUNAM que tienen jornadas extenuantes y bajos salarios; así como para las académicas de asignatura que junto a sus compañeros ocupan más del 70% de la planta docente y cobran 80 pesos por hora, sin ningún tipo de prestación o estabilidad laboral.

Hay que decirlo, la precarización laboral es una forma de violencia y la misma UNAM, que suele actuar de forma discrecional cuando se trata de atender la violencia hacia las mujeres, la reproduce sistemáticamente.

Si para una estudiante es difícil denunciar el acoso, para una académica o una trabajadora lo es doblemente, pues lo que corre peligro es su fuente de ingresos y el de su familia.

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Cifras para pensar la universidad que queremos

El presupuesto federal para la UNAM destinado este año es de 46, 629 millones de pesos. En 2019, según el desglose de presupuesto por capítulo de gasto, la UNAM utilizó más de 522 millones en inmuebles y construcciones, y 937 millones en mobiliario y equipo, es decir un total de mil 419 millones de pesos.

Otras cifras revelan que durante el periodo de José Narro en rectoría (2007- 2015), se construyeron 493 mil 225 metros cuadrados de nuevas instalaciones, el doble de lo que existía previa su administración. Sin embargo, esto no representó un aumento significativo en la matrícula de la UNAM que sigue rechazando a más del 90% de sus aspirantes cada año y que sigue ofreciendo salones saturados, bibliotecas insuficientes, etc.

Por otro lado, el medio Contralínea dio a conocer los gastos de la UNAM en 2018, en donde se revelaban muchas incongruencias, desde ceniceros de 9 mil pesos, un sofá de 53 mil pesos, un horno de microondas de 121 mil pesos, hasta 7 cestos de basura de 25 mil pesos cada uno, todo para diferentes institutos y escuelas.

Esto sumado a los altos salarios de los funcionarios, que sólo en el caso de Enrique Graue suman 2 millones 135 mil pesos anuales, demuestra el despilfarro del presupuesto que perfectamente podría utilizarse para cubrir nuestras necesidades, si la universidad se gestiona de otra manera.

Los números sirven para pensar en un horizonte diferente.

La realidad es que si estudiantxs, profesorxs y trabajadorxs, pudiéramos ser quienes decidiéramos de forma democrática el uso del presupuesto, de los espacios, así como participar en el diseño de los planes de estudio sería perfectamente posible sentar las bases de una universidad distinta.

Sobre este cuestionamiento es que proponemos la creación de comisiones de género independientes de las autoridades, es decir que gestionen con independencia de ellas, cuya función sea diseñar protocolos que se impongan a la institución, para enfrentar los casos de violencia y de acoso sexual y laboral.

Pero no nos conformamos con que la demanda central de nuestra lucha sea pelear por acciones cuando ya hemos sido violentadas, por eso proponemos un Plan Integral contra la violencia de género en la UNAM que nos sirva para pelear por que se garanticen condiciones óptimas para nuestro desenvolvimiento en la universidad.

Con el presupuesto que no queda claro hacia dónde se va ¿no podrían garantizarse transporte seguro y gratuito para todxs los estudiantes? Con la cantidad de infraestructura que se ha desarrollado en los últimos años y su reorganización ¿no podrían garantizarse guarderías gratuitas para trabajadoras, estudiantes y académicas? ¿o cuartos de lactancia?

Si lo pensamos, incluso podrían ser destinada a clínicas que ofrezcan servicio médico integral y gratuito que garanticen atención ginecológica, tratamiento de hormonas para personas trans, anticonceptivos y servicio de ILE, retrovirales para tratamientos de VIH… las posibilidades son enormes.

Las mujeres de Pan y Rosas estamos convencidas de que organizarnos y pelear por esta perspectiva no sólo es posible sino urgente. Sin embargo, hace falta sumar a trabajadorxs, estudiantxs y academicxs de distintos planteles y garantizar espacios de discusión amplios y democráticos donde se tomen las decisiones que nos permitan golpear como uno solx para imponer nuestras demandas.

Con esta perspectiva es que te invitamos a organizarte con nosotras, para seguir demostrando que otra universidad es posible, pero también para seguir luchando por ella. Te invitamos a que nos sigas en redes sociales para enterarte de nuestras actividades, y a que marches con nosotras este próximo 8 de marzo.


Mariel Ochoa

Estudiante de la FCPyS