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Salud Pública. PAMI: nueva gestión, mismas miserias

Circo de nombramientos a dedo mientras se desmorona el sistema prestacional.

Valeria Jasper

Valeria Jasper @ValeriaMachluk

Sábado 3 de septiembre de 2016

Nada nuevo bajo el sol para los pobres viejos. La obra social que debe brindarles asistencia y cuidados, los vuelve a dejar amontonados en las calles del abandono asistencial.

La oficina de PAMI está cada vez más abarrotada. No solo de humanos buscando soluciones para sanar su salud. Abarrotados de inútiles papeles que sólo sirven como alimento de algún otro ser vivo.

Otra vez el PAMI en escena. Esta vez no por la espectacularidad de denuncias mediáticas sobre los horrores heredados del gobierno anterior.

La prioridad de esta gestión, enmarcada en un contexto nacional para unos pocos, se encuentra muy lejos de lo que ellos llaman desde la nueva imagen institucional “un Pami más simple, ágil y cercano, donde el foco siempre sea el cuidado de nuestra gente”

Pero claro, deberíamos preguntarnos ¿a quién llaman “nuestra gente”?

Claro está que su gente no son los afiliados que no pueden comprar los medicamentos porque las farmacias deben cortar los servicios por la deuda de casi 2 millones de pesos que mantiene el Instituto.

Su gente no son los afiliados que necesitan usar bolsas de ostomia (elementos para la evacuación de heces de forma artificial) y que desde el mes de mayo no las reciben periódicamente y deben comprarlas a no menos de 1000 pesos el pack.
Su gente no son los afiliados con las caderas rotas, las rodillas destruidas o amputaciones que esperan, desahuciados en una cama y completos de dolor, por una prótesis que no saben si llegara.

Su gente no son los afiliados quienes mes a mes se encuentran con menos medicamentos cubiertos al 100 por ciento.

Su gente no son los afiliados que todos los meses esperan por un bolsón de alimentos que no supera los $200, o que esperan 6 meses por un lugar en un geriátrico.

Seguramente su gente sí son los cientos de individuos nombrados en planta permanente en los últimos meses; con categorías jerárquicas, con sueldos que oscilan los $100.000 mensuales.

O el mismísimo director ejecutivo que cobra un salario equivalente a 50 jubilaciones mínimas.

Ellos creen que a los viejos se los pueden conformar con viajes turísticos, salidas a teatros, o como les gusta llamarlos “caminos culturales”.
Con recreación y diversión y felicidad, todo se cura. ¿Todo se cura?
El resto, ¿quién lo da, quién lo tiene? El gran bonete.

Carlos Regazzoni, director ejecutivo de la obra social, impunemente vocifera que “la misión del Instituto es darles herramientas a los jubilados para que mejoren su calidad de vida. Y los circuitos sociales y culturales resultan una parte fundamental de esta tarea”.

Hipócrita discurso que envuelve un continuo y voluntario vaciamiento de prestaciones en el camino de la tercerización de los servicios.
Mientras tanto los sacamos a pasear.
Histórica desidia hacia la salud de los viejos, sostenida en el devenir de los vaivenes políticos.

Y junto a los afiliados, que no son su gente; estamos los trabajadores del Instituto, que por convicción, decisión indeclinablemente política NO SOMOS su gente.
Porque no somos parte de estos verdugos de la burocracia que llevan a los viejos a la agonía de la espera. Porque denunciamos, no callamos. No nos rendimos. No nos escondemos.