A cuatro años de la fundación de Podemos, Pablo Iglesias responde al pinchazo electoral en Catalunya con una autocrítica y la promesa de volver a la agenda social. Pero persiste en una estrategia gradualista que sólo puede ahondar en la desilusión.

Diego Lotito @diegolotito
Miércoles 17 de enero de 2018 00:40

“El año no ha acabado bien, hemos tenido un mal resultado electoral en Cataluña. Si el de hace dos años fue malo y lo calificamos de altamente decepcionante, el del 21-D ha sido peor. Deberíamos haber hecho las cosas mejor”. Así se refería Pablo Iglesias a la fuerte caída electoral de la marca de Podemos en Cataluña (Catalunya en Comú Podem), que en las últimas elecciones retrocedió 2 puntos y perdió 3 diputados respecto a 2015.
Así, con todo autocrítico, Pablo Iglesias reapareció en el Consejo Ciudadano de Podemos esta semana -después de haber permanecido en silencio durante casi un mes-, proponiendo recuperar el relato social para reconquistar parte del terreno perdido.
La política de la “ambigüedad calculada” durante la crisis catalana, donde Podemos defendió un imposible “referéndum pactado” con el mismo régimen del 78 que imponía el 155 y la represión al movimiento independentista, lo llevó a perder votos a diestra y siniestra. Un verdadero “trauma” para un partido (y un líder) en el que las encuestas y los votos han sido una verdadera obsesión.
Esto explica este nuevo volantazo de Iglesias, que se propone reducir al mínimo (por no decir liquidar completamente) la exposición de Podemos ante la cuestión catalana. Tanto así que, tras haber mantenido la boca cerrada desde el 19 de diciembre, la reaparición de Iglesias ha estado cargada de “autocríticas”, pero no ha merecido pronunciar ni una sola palabra sobre la situación de los presos políticos catalanes (esta semana se cumplieron tres meses desde el encarcelamiento de los Jordis).
Cuando la posición elemental de principios para un partido que se dice de izquierdas sería encabezar una gran movilización por la libertad de todos los presos políticos y contra la represión del régimen, Podemos abjura de mantener una posición mínimamente democrática en esta cuestión. Evidentemente, el pánico a seguir perdiendo votos por derecha es una poderosa fuerza a la hora de regatear los principios.
Junto con el trauma catalán, la catarsis de Iglesias hizo referencia al otro gran fracaso de su estrategia: su relación con el PSOE. Después de haber comenzado el año poniendo todas las fichas en la búsqueda de un “gobierno del cambio” con Pedro Sánchez, el líder morado no tiene más remedio que aceptar que dicho proyecto ha quedado en la cuneta.
Ante la magnitud de la afrenta catalana contra el régimen monárquico, el PSOE se mostró como lo que siempre fue: un escudero de la monarquía y un fiel pilar clave del Régimen del 78. Algo que por lo demás no sorprendió a nadie. Por ello las justificaciones del politólogo Pablo Iglesias para explicar el fracaso de su apuesta por un acuerdo con Sánchez resultan, como poco, irrisorias: "Algunos nos dicen que fuimos ingenuos, pero Sánchez ha envejecido muy pronto”. El problema no es que Sánchez haya “envejecido muy pronto”, sino el acelerado “envejecimiento” de Podemos, que pasó de presentarse como una fuerza de la “nueva política” a atar su destino -y estrictamente hablando, su viabilidad política- a la posibilidad de un gobierno con los social-liberales del PSOE.
Un camino en el que, hay que reconocerlo, Podemos hizo grandes esfuerzos de “adaptación” a los mecanismos políticos, jurídicos y constitucionales del Régimen del 78. Al punto de negar en los hechos el derecho de autodeterminación a Catalunya o incluso justificar el golpe institucional del 155 y culpar al proceso catalán de que haya presos políticos, como hizo Juan Carlos Monedero.
Como definición más general, Iglesias ha sostenido en su última declaración que con la crisis catalana se ha producido un “giro reaccionario de estilo monárquico”, cuya consecuencia sería que el PSOE “ha renunciado a que seamos su socio preferente, y esto no es buena noticia para el cambio político”.
En efecto, el resultado preliminar del movimiento independentista catalán, que ha sido la principal afrenta al Régimen del 78 desde el 15M y el período de luchas de resistencia que se abrió en 2011, ha dado lugar a un fortalecimiento conservador del españolismo y el régimen monárquico, tanto en el Estado español como incluso en amplios sectores de la población catalana, como demuestra el ascenso de Ciudadanos.
Pero, ¿no debería una fuerza como Podemos, que junto a IU y las Mareas tiene 67 diputados en el Congreso y gobierna en las principales ciudades españolas, preguntarse si le cabe alguna responsabilidad en el “giro reaccionario de estilo monárquico” de la situación? Las relaciones de fuerzas desfavorables no caen del cielo. Son producto de derrotas, o, peor aún, como es el caso, de batallas no dadas.
Desde su fundación hace cuatro años, Podemos siguió una estrategia de moderación y “renunciamientos”, reajustando permanentemente hacia la derecha su programa político para lograr un espacio político electoral desde donde transformar el régimen. El resultado es que cada “concesión” de Podemos ante los poderes establecidos con el objetivo de conquistar el “sentido común” del centro político, provocó un reforzamiento del régimen, no un debilitamiento del mismo. Y eso, fundamentalmente, se expresó en su política hacia el PSOE.
Haber depositado tantas expectativas en un posible “giro a izquierda” del PSOE para construir un gobierno del cambio, al único que benefició fue al propio PSOE, que logró frenar su caída electoral. El acuerdo de Podemos con el PSOE en el gobierno de Castilla La Mancha, que Iglesias sigue mostrando como un “ejemplo” de cómo se podría echar el PP, solo fortalece al propio régimen.
Los fracasos de Unidos Podemos se han expresado al interior de la coalición, provocado esta semana fuertes críticas por parte del líder de IU Alberto Garzón, quien dijo que era “preocupante que, según todas las encuestas, los porcentajes de fidelidad a Unidos Podemos han descendido hasta situarse como los peores de todas las grandes fuerzas”. Garzón se refirió también a la cuestión catalana, donde según su visión, producto de la “ambigüedad respecto a la cuestión territorial”, se perdieron votos. En este terreno, el líder del IU hubiera preferido seguramente un posicionamiento más claro en contra del derecho a la autodeterminación, afín con las posiciones históricas del PCE.
Garzón hace un poco de berrinche después de haber sido un virtual “cero a la izquierda” durante ya no se sabe cuánto tiempo porque también quiere “recalcular” la relación con Podemos, y negociar en mejores condiciones las candidaturas municipales y los espacios de poder hacia el futuro. Pero lo cierto es que IU, aunque más degradada y con menos brillo que Podemos, es igualmente corresponsable de haber avalado la estrategia podemista. El denominador común que une a ambas formaciones es su escepticismo de la lucha de clases y de cualquier posibilidad de enfrentar de forma revolucionaria al régimen capitalista. La estrategia política reducida a cero.
Iglesias dice ahora que Podemos tiene que retomar el relato de la agenda social y la “movilización en la calle”. Pero, ya no genera ni un poco de las ilusiones que despertaba hace cuatro años. Sus continuos zig-zags y su domesticación general, fundan las sospechas de que este sería un nuevo discurso funcional a su única “estrategia”: comenzar ya la campaña electoral para las municipales del 2019 y las generales del 2020.
Para este objetivo Iglesias presenta a los “ayuntamientos del cambio” como gran ejemplo de una política “eficiente” y ya se le ha asegurado a Manuela Carmena que la apoyarán para una reelección en Madrid. Nada menos que después de haber aceptado los recortes de Montoro y el PP, una capitulación que constituye el verdadero final del relato de los “ayuntamientos del cambio”.
Después de más de tres años de gobierno municipalista, ¿cuáles han sido las mejoras en la vida real de millones de trabajadores y trabajadoras, parados, precarios, jóvenes, inmigrantes o movimiento sociales, desde que la izquierda reformista española ha llegado al poder municipal? Los “ayuntamientos del cambio” no han intentado revertir las privatizaciones del ciclo anterior, ni anular las adjudicaciones de servicios públicos a grandes constructoras. Han aceptado sin cuestionar la dictadura de los bancos que ha dejado sin casa a miles de familias, y mucho menos se han propuesto terminar con la precariedad laboral y el paro juvenil. Como se ha visto en Madrid a fin de año, con la aceptación del plan Montoro, han terminado aceptando recortes y ajustes a costa del pago de la deuda, es decir, una repetición de las políticas neoliberales, bajo el argumento de que “no hay margen” para hacer otra cosa.
La autocrítica de Pablo Iglesias y su nuevo giro discursivo son tan superficiales como las anteriores. No implican ningún cambio estratégico. El objetivo sigue siendo la conquista de reformas graduales por la vía electoral. Sólo que por parte de un aparato electoral alérgico a la lucha de clases, sin posiciones orgánicas en las organizaciones de la clase trabajadora y la juventud, con menos pujanza que hace tres años y muchos síntomas de agotamiento. El neorreformismo es un reformismo sin reformas. Pura impotencia.
Hoy, que se cumplen 99 años del asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebcknecht a manos de los Freikorps con la complicidad de la socialdemocracia alemana, cuánta vigencia tienen las palabras de la gran revolucionaria polaca cuando decía que quienes se pronunciaban “a favor del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social en oposición a éstas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad.” Y agregaba: “puesto que las reformas sociales no pueden ofrecer más que promesas carentes de contenido, la consecuencia lógica de semejante programa será necesariamente la desilusión.”
Prepararse contra esta desilusión, abriendo el debate sobre la necesidad de construir una izquierda revolucionaria y anticapitalista cuya estrategia esté centrada en la lucha de clases. Esa es la tarea.

Diego Lotito
Nació en la provincia del Neuquén, Argentina, en 1978. Es periodista y editor de la sección política en Izquierda Diario. Coautor de Cien años de historia obrera en Argentina (1870-1969). Actualmente reside en Madrid y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.