La segunda ola, con una nueva coreografía política y el trasfondo de una crisis aguda. El humo de la disputa mediática y una grieta pautada con reglas preestablecidas que nadie cruza. La desnaturalización de lo posible y las medidas de emergencia.

Fernando Scolnik @FernandoScolnik
Miércoles 21 de abril de 2021 22:22
Cuando problemas eran lo que sobraba, un clásico de la política argentina, la llamada grieta, entró en escena la última semana para jugar su rol de forma problemática y febril.
Con el vértigo de un rayo, en cuestión de horas un bombardeo mediático instaló en la agenda pública que el destino de la pandemia en el país se juega en una supuesta madre de todas las batallas: clases presenciales o virtuales en la Ciudad de Buenos Aires.
En una primera mirada, la cercanía del calendario electoral invita a levantar suspicacias respecto de gestos pasados y presentes de actores que hoy se cruzan duro, pero hace no tanto tiempo compartían escenario para difundir anuncios y medidas para el combate del coronavirus. Los tiempos de la crisis, la pandemia y la especulación tienen su correlato en los cambios de las coreografías políticas.
Ese hecho cierto, sin embargo, no debería deslindarse de algo más profundo: la gigantesca cobertura mediática de la disputa entre Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta resulta inversamente proporcional al espacio que ocupa en los grandes medios de comunicación la indagación sobre el problema de fondo: las medidas a tomar para atacar, más allá de los parches, los dos grandes problemas de la pandemia, estos son, la poca preparación del sistema de salud para la segunda ola, y el preocupante crecimiento de la pobreza en el país.
Como en un juego con reglas preestablecidas, medios de comunicación dominantes, Frente de Todos y Juntos por el Cambio disputan un partido en el que las normas impiden avanzar más allá de un límite, el de las ganancias capitalistas. Es por eso que el debate actual se circunscribe a clases sí o clases no, tema importante y con un reclamo legítimo de las trabajadoras y los trabajadores de la educación y preocupación importante de las familias con niños y niñas en edad escolar, pero acotado para el conjunto de la sociedad porque no va al fondo de la cuestión, en un marco mucho más grave en el que las muertes y los contagios avanzan, las camas de terapia intensiva escasean, las vacunas no alcanzan y la pobreza trepa a niveles históricos.
Ni de un lado ni del otro se cruza aquella frontera, pasando la cual la ecuación podría invertirse, para que nuestras vidas valgan más que sus ganancias.
Más allá de la grieta
Disipando el humo de la disputa mediática y los sentidos comunes que la misma busca imponer, se encuentran en el planteo del Frente de Izquierda las medidas de emergencia que hacen falta.
Como decía el revolucionario italiano Antonio Gramsci, las crisis generan terrenos propicios para cambios en las formas de pensar. Desnaturalizando lo existente, la escasez de vacunas o el aumento de la pobreza dejan de verse como consecuencias inevitables de una pandemia supuestamente inesperada, para entenderse como el resultado de un sistema social que avanza en la destrucción del planeta y condena a grandes franjas de la población mundial a una existencia miserable que en nada se condice con los avances tecnológicos de la humanidad que encierran en potencia otro destino.
Pocos días atrás, el propio secretario general de Naciones Unidas (ONU) afirmó que durante la pandemia no solo murieron ya más de tres millones de personas, sino que además 120 millones cayeron en la pobreza y se perdieron alrededor de 255 millones de puestos de trabajo. Sin embargo, no todos perdieron: de acuerdo a la misma fuente “en el último año se ha producido un aumento de cinco billones de dólares en el patrimonio de los más ricos del mundo”, mientras que en el terreno sanitario “sólo diez países de todo el mundo son responsables de alrededor del 75 % de las vacunaciones mundiales, mientras que muchos países todavía no han empezado a vacunar a sus trabajadores sanitarios y a sus ciudadanos más vulnerables”.
La crisis argentina es parte de este entramado global, en el que una vez más queda al desnudo que aun en una emergencia de características históricas sigue primando la lógica de las ganancias capitalistas por sobre la vida. Con un 42 % de pobreza, más de 60.000 muertos por covid y una ínfima parte de la población vacunada, en nuestro país tampoco se han tomado medidas de emergencia para pulsar el freno de emergencia ante la catástrofe. El debate parece ser más profundo que clases sí o clases no.
Los planteos del Frente de Izquierda, por la liberación internacional de las patentes para la producción de vacunas, por la declaración de utilidad pública del laboratorio mAbxience que ya produce el principio activo en Argentina de vacunas que no llegan a la población, por la centralización del sistema de salud y el aumento de su presupuesto, por invertir en mayores testeos, personal y camas de terapia intensiva, o por medidas de emergencia como un IFE de $ 40.000, licencias para adultos con chicos en edad escolar, conectividad, entre otras, parten de una lógica diametralmente opuesta: ni la propiedad privada, ni la subordinación al FMI, son prioridad antes que la catástrofe social y sanitaria.
Esas ideas, ese programa de emergencia en el camino de una salida de fondo, tienen el desafío de ganar terreno no solo en el debate público, sino también (y sobre todo) entre los miles que están saliendo a luchar en todo el país, con las trabajadoras y trabajadores de la salud a la cabeza, como en Neuquén, pero también en el puerto de Buenos Aires, en Arrebeef, en el citrus de Tucumán, en Hey Latam en Rosario y tantos otros puntos. En ellos y ellas está la base social para pelear por otra salida a la crisis, que solo se podrá imponer con la lucha de clases, en Argentina y el mundo. El próximo 27 de abril daremos un nuevo paso en este sentido, saliendo otra vez a las calles, más allá de la grieta, más cerca de la realidad de millones
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Fernando Scolnik
Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.