En los últimos años se ha reavivado y extendido a nuevos círculos el debate sobre la opresión de la mujer y su emancipación. Muchas tendencias del feminismo han proliferado, principalmente, en discusión con dos corrientes hegemónicas: el posmodernismo o posfeminismo por un lado, que diluye el problema de la opresión y, con ello, no permite articular la lucha contra el patriarcado o contra la opresión de género con la lucha anticapitalista; y el institucional por otro, que ha encontrado acogida en el Estado.

Bárbara Brito Docente y ex vicepresidenta FECH (2017)
Domingo 30 de octubre de 2016
En el marco de grandes procesos revolucionarios, el feminismo de la segunda ola se desarrolló en discusión con el machismo presente en las organizaciones de izquierda, donde la necesidad de pensar la cuestión de la mujer era catalogado como un problema “pequeñoburgués” o secundario, que se resolvería casi automáticamente después de la revolución. Con este diálogo el feminismo desembocó en una nueva multiplicidad de miradas, entre ellas, el feminismo socialista representó a aquellas mujeres que buscaron unificar las luchas emancipatorias, con la lectura marxista, recuperando la tradición de grandes mujeres como Clara Zetkin o Alejandra Kollontai. Estas mujeres fueron revolucionarias y militantes bolcheviques que se dedicaron no sólo a pensar la opresión de género como un problema específico sino que, en la práctica, organizaron a mujeres trabajadoras en la construcción de un nuevo estado y de una nueva sociedad sin explotación ni opresión.
A diferencia de las feministas liberales, quienes nos reclamamos parte de una tradición feminista socialista no creemos que el origen de la opresión esté enmarcado en la modernidad. En cambio, reconocemos que la mujer ha sido sujeto de discriminación y violencia desde tiempos inmemoriales. Sin embargo las condiciones actuales, económicas y políticas, nos empujan a dar respuesta no sólo estructural en términos amplios, sino que identifique y combata las características propias y nuevas del patriarcado en una época signada por el capitalismo. Para nosotras la centralidad de la clase obrera es condición de posibilidad para transformar la sociedad en alianza con el conjunto de los sectores explotados y oprimidos, para esto es fundamental luchar contra toda forma de machismo presente en el seno de la clase obrera con la claridad de que nuestros enemigos son los capitalistas y que necesitamos entonces de una revolución obrera y socialista donde apostemos a que las mujeres trabajadoras sean la vanguardia de esta lucha.
Como planteaba Andrea D’Atri, el patriarcado y el capitalismo son un matrimonio bien avenido. Su justificación muestra la necesidad de que el feminismo camine de la mano de una estrategia por la transformación del conjunto del sistema económico, político, social y cultural. Una de las grandes expresiones de este matrimonio yace en el sistema de explotación y de división sexual del trabajo donde, para la mujer, caben dos posibilidades: la primera, ser buenas dueñas de casa, amantes y esposas y, sumado a esto, para la mujer trabajadora y pobre, un régimen de doble explotación laboral donde tras el trabajo tiene que llegar a hacer la comida, las compras, cuidar a los niños, entre una larga lista de labores domésticas. Son también las mujeres trabajadoras y pobres las que más sufren la violencia machista incluyendo femicidios.
La cuestión del trabajo doméstico no es un dato de la causa, es en cambio un problema central. El problema de clase expresado en la división sexual del trabajo configura un orden que alimenta al patriarcado y, junto con ello, impulsa una cultura de invisibilización, violencia, machismo y misoginia contra la mujer, instalando además la heteronorma como modelo de las relaciones sociales.
La socialización del trabajo doméstico es entonces la condición de posibilidad para conquistar la emancipación de la mujer, como dice Wendy Goldman en una entrevista realizada por Celeste Murillo: “La solución bolchevique fue socializar el trabajo doméstico tanto como fuera posible: crear comedores públicos, construir lavanderías, crear guarderías y reducir el trabajo doméstico al mínimo. (…) Las mujeres serían libres para buscar trabajo, educarse y disfrutar del tiempo libre.”
Una segunda necesidad imperiosa en la búsqueda de la independencia y emancipación de la mujer es la conquista de los derechos sexuales y reproductivos como anticonceptivos de calidad o el aborto libre, legal, seguro y gratuito como forma de tomar decisiones sobre nuestro cuerpo y nuestras vidas, decidiendo si queremos o no ser madres. Derechos como el aborto que fue conquistado en el auge de la revolución rusa, fue arrebatado por el estalinismo que quería expandir la mano de obra en tanto que "sujeto pasivo" cuyo único objetivo era hacer de la URSS una gran potencia industrial; y, luego, mantenido como política en plena restauración capitalista con el fin de continuar sosteniendo un sistema basado en la explotación, en la pobreza y en la desigualdad social.
Finalmente, dado un contexto internacional donde los Estados vienen otorgando concesiones parciales a las mujeres en el terreno de la violencia machista y los crímenes de odio, el movimiento de mujeres a nivel internacional se ha fortalecido. Ya no estamos dispuestas a que nos sigan maltratando ni abusando, no estamos dispuestas a que nos sigan matando.
De lo que se trata entonces es de no confundir el fin con los medios. La búsqueda de la emancipación y de la independencia de la mujer no pueden conquistarse plenamente en la actual sociedad capitalista y patriarcal. Es necesario unificar fuerzas con el conjunto de explotados y oprimidos, ganarnos a amplios sectores de la población en la lucha por la emancipación de la mujer a la vez que nos proponemos salir a la calle para enfrentar la violencia machista y la doble explotación a la que nos vemos sometidas para enfrentar también el conjunto del sistema político, económico, social y cultural que nos rige.
Como Pan y Rosas Teresa Flores estamos por levantar una agrupación de mujeres combativas, donde podamos formarnos cada una de nosotras como sujetos de transformación social poniendo nuestra fuerza a disposición de las luchas de la mujer estudiante, trabajadora y pobre. Pero para desestabilizar la balanza a nuestro favor necesitamos avanzar en conjunto con otros movimientos sociales como el movimiento estudiantil o el movimiento No + AFP. Para enfrentar toda la violencia machista y que el capitalismo y el patriarcado caigan juntos, necesitamos ser miles en las calles.