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Medio Oriente. ¿Qué está pasando en Irak?

Las protestas en Irak que llevan varias semanas se reanudaron con fuerza el 25 de octubre. A pesar de la brutal represión, los cientos de muertos y el anuncio de renuncia del primer ministro, crecen en intensidad, con un fuerte componente juvenil. Cuáles son las causas profundas.

Santiago Montag

Santiago Montag @salvadorsoler10

Lunes 4 de noviembre de 2019 17:19

Durante Octubre, desde Hong Kong hasta Chile, pasando por Líbano, Cataluña, Honduras, Haití escuchamos las palabras “protesta”, “revolución”, “caída del régimen”, con gran presencia de jóvenes y mujeres; lo que marca una nueva situación de lucha de clases a nivel mundial.

Ninguna de estas protestas ha sido tan sangrienta como en Irak. El país vive la irrupción más salvaje de las masas contra el régimen político desde la caída de Saddam Hussein. El desmembramiento estatal, la corrupción de la casta política que maneja el petro-estado y la profunda crisis económica que atraviesa el país, son los detonantes que empujaron a miles de jóvenes en varias ciudades de Irak, desde Bagdad hasta Kerbala a enfrentarse en las calles contra el gobierno, que no dudó en reprimir ferozmente las movilizaciones.

En Bagdad la Plaza Tahrir (Independecia) se convirtió en epicentro de organización donde partían las columnas hacia la llamada “Zona Verde”. Allí se encuentran las principales instituciones del Estado, las embajadas extranjeras, y el lugar de residencia de la élite política y económica protegida por una muralla de concreto levantada por los estadounidenses. Todo un mensaje: las demandas dejaron de ser simplemente económicas, para convertirse en políticas.

Los iraquíes replicaron la consigna libanesa de “Todos, significa todos”, para referirse a la casta política sectaria que gobierna el país, a pesar de que el primer ministro Adil Abdul-Mahdi presentó su renuncia y anunció cambios de gabinete y nuevas elecciones. Formalmente la situación queda en manos del presidente Barham Salih que debe optar entre aceptar o no la renuncia y llamar a nuevas elecciones. Pero las masas siguen presionando desde las calles.

Durante octubre, la represión estuvo a manos de la policía y las milicias pro-iraníes, que temen que disminuya la influencia ganada luego de las conquistas militares contra el Estado Islámico. Dejaron un saldo de al menos 250 muertos y alrededor de 5.000 heridos. La mayoría de las muertes fueron de civiles que se asfixiaron con gases lacrimógenos, sufrieron heridas fatales o fueron asesinados por francotiradores identificados como pertenecientes a las milicias de pro-iraníes.

¿Cómo es la situación económica?

Irak cuenta con una vasta riqueza petrolera, es el actual tercer exportador mundial y es perteneciente a la OPEP. Sin embargo, la explotación de los pozos está en manos de empresas imperialistas como Total, Exxon o Shell, y casi la mitad de la producción va a alimentar la maquinaria industrial de China, dejando a la gran mayoría de los iraquíes viviendo en la pobreza, con acceso limitado al agua limpia, electricidad, atención médica básica y educación. También la abultada deuda externa, que fue condonada por EE. UU. en 2003 - aliviada por China-, no hace más que aumentar desde entonces, superando los 100 mil millones de dólares, lo que supone un 60% del PBI.

Aproximadamente el 90% de los ingresos del gobierno proviene de las regalías del petróleo y gasta casi la mitad de su presupuesto para pagar a los funcionarios. El aumento demográfico de los últimos años muestra el ingreso de ochocientos mil jóvenes que alcanzan la edad laboral cada año sin la perspectiva de trabajo estable. El Gobierno dejó de publicar estadísticas de desempleo en 2017, cuando se reveló que la tasa de desempleo fue del 13% y el desempleo juvenil casi el doble. La situación económica solo ha empeorado desde entonces.

Los sistemas de electricidad y agua controlados por empresas norteamericanas, son obsoletos. La salud y educación están en niveles peores que en la época de Saddam Hussein. Las grandes compañías constructoras son norteamericanas que emplean obreros a través de la “kafala”, un sistema esclavo que contrata trabajadores provenientes del sudeste asiático, explotando el negocio de la reconstrucción del país por la guerra, un negocio pretendido también por China que planea incorporar a Irak a su mega proyecto de la Ruta de la Seda. En este sentido, la gran mayoría de la población opina que los únicos que se benefician de la situación actual son los líderes políticos que dividen los ingresos del petróleo para pagar a sus seguidores y llevar estilos de vida lujosos en la “Zona Verde”, favoreciendo intereses de potencias extranjeras.

¿Cómo es el sistema político iraquí?

Irak vive desde la caída del Imperio Otomano bajo regímenes que fueron tanto o más opresivos. Primero con los reyes hachemíes, Faysal I y Faysal II, puestos por la corona británica con el pacto de Sykes-Pycot –que trazó las fronteras de Medio Oriente sin respetar las diferencias culturales y nacionales-, y luego una serie de golpes militares comandados por generales que adherían a las ideas del nacionalismo árabe y el partido Baaz. Saddam Hussein será el último en dar un sangriento golpe de estado que durará desde 1979 hasta 2003, estableciendo un régimen opresivo bajo condiciones de vida muy duras para las masas. En ese período llevó al país una de las guerras más largas del siglo XX con Irán (1980-1988), luego con Kuwait y EE .UU. en la Primer Guerra del Golfo (1990), dejando consecuencias internas catastróficas. Hussein ubicó a una de las confesiones del islam, la sunita -minoritaria en Irak- a ocupar los cargos más importantes del Estado y el ejército para gobernar de forma opresiva sobre la otra confesión, la chiíta que es mayoritaria.

La “Operación Freedom”, con la que EE. UU. lidera una coalición de países para invadir Irak en 2003, no buscaba tanto armas de destrucción masiva sino más bien un cambio de régimen que sea favorable a sus intereses. Por esto, sin tener en cuenta el tejido étnico-religioso desmanteló el Estado iraquí fogueando antiguos conflictos sectarios y étnicos del país, lo que derivó en un larga guerra civil hasta la retirada de EE. UU. en 2011. En 2014 nace ISIS como producto de la alianza entre yihadistas y parte del ejército baazista desmovilizado, reabriendo uno de los conflictos más sangrientos con la injerencia de todas las potencias mundiales. A pesar de estar liquidado el Estado Islámico, las tropas de EE. UU. e Irán continúan ocupando grandes porciones de territorio.

El sistema político iraquí es de los más complejos. En 2005 se dicta una constitución de la mano de EE. UU., que busca establecer una “democracia” para equilibrar los distintos componentes étnico-religiosos: árabes, kurdos, yazidíes, cristianos, etc, con mayoría sunita en el noroeste y centro del país, la chiíta en el sur y centro, y la kurdos al noreste, que a su vez controlan de forma semi-autónoma esa región. En todo este proceso de “normalización”, Irán fue un factor importante para ayudar a EE. UU. en esa empresa.

El territorio está desmembrado, probablemente el Estado controle fácticamente algunas pocas ciudades, mientras varios enclaves urbanos están en manos de clérigos religiosos apoyados directamente por Irán, como Al-Sadr o Al-Sistani en el sur que cuentan con sus propias milicias chiítas, equipadas por Irán para combatir al ISIS, así como en el noreste bajo el mando de dos de las familias kurdas más poderosas aliadas a EE. UU., como los Talibani y Barzani.

El acuerdo estableció que el presidente sea kurdo, el primer ministro chiíta y el presidente del parlamento sunita, conformando entre la diversidad de partidos lo que se conoce como un gobierno de “unidad nacional”. Lo cierto es que sirvió para que el poder quede en manos de las distintas familias y líderes sectarios históricos del país.

De la misma manera, dentro del parlamento están reservados porcentajes proporcionales a la cantidad de población vinculada de forma etno-religiosa. Por esto, los partidos que mantienen el control estatal, también controlan el acceso al empleo. Entonces, los ministros entregan puestos de trabajo exclusivamente a los miembros de sus propios partidos. Un modelo que se mantendrá caminando por la cornisa durante años de guerra civil, con un aumento de la corrupción dejando a la población en condiciones económicas y sociales miserables. Contra ese sistema es que vemos a la juventud rebelarse en Irak.

Una juventud que cuestiona la influencia de Irán y EE. UU.

Irán vió en la lucha contra el Estado Islámico una oportunidad para extender su influencia, no sólo militar, sino también política, económica y cultural en la región, estableciendo un corredor pro-iraní entre Teherán, Bagdad, Damasco y Beirut. Su objetivo es el de ubicarse como potencia con la cuál el imperialismo deba mediar, contrarrestando a sus enemigos carnales como Israel y Arabia Saudita, aprovechando el “vacío” que dejó EE. UU. luego del fracaso histórico de su intervención en el país.

Desde hace años que Irak es azotada por las manifestaciones contra la corrupción, por exigencias de empleo y mejores presupuestos. Hasta el momento habían sido contenidas y dirigidas por los líderes clericales, como Al- Sadr que lidera la coalición más importante del gobierno aunque no participa directamente - o Al Sistani, que es las figura más importante en términos religiosos, pero con gran influencia política y social. Ambos de alguna manera han levantado demandas de las masas e incluso fueron factores fundamentales para la asistencia social. En el caso de Al Sadr, se trata del líder de la coalición de partidos chiítas más votado en las elecciones del 2018

Sin embargo en esta ocasión, el movimiento de protesta no deja margen a la entrada de ningún grupo religioso o político del régimen. Encauzaron toda su ira contra el gobierno de conjunto levantando las misma consigna que las manifestaciones de Líbano “Todos significa Todos". Las propuestas de reformas del clérigo al-Sard de llamar a elecciones o cambiar el gabinete, fueron objeto de burla por parte de los manifestantes, incluso fue sumamente repudiado por condenar “la violencia injustificada” llamando a la “paz”, lo que muestra un ejemplo del hartazgo acumulado.

En las calles los jóvenes cantaban “Iran barra, barra” (Fuera, fuera, Irán), una muestra de malestar con el país vecino extendida en todas las ciudades chiítas, ya que ven en el régimen de los Ayatollahs el principal responsable de la situación.

Además, durante estas protestas, se vio cada vez con más protagonismo a las mujeres, sobre todo jóvenes, incluidas estudiantes que salen a la calle, cantan consignas contra el Gobierno y el régimen, cuestionan las normas medievales y también son reprimidas por la policía.

La ideología “occidental” nos habla de un Medio Oriente “barbárico”, donde sólo pesan las “antiguas tradiciones”. Sin embargo, la juventud irakí hizo estallar ese mito por los aires, se elevó por encima de las diferencias sectarias y políticas para cuestionar un régimen establecido por el imperialismo norteamericano junto a sus aliados regionales. Está por verse si en un contexto de lucha de clases a nivel mundial, la juventud de Irak, así como la del Líbano, pueden luego de años de guerra reaccionaria, conducir un nuevo futuro en Medio Oriente, que se logrará con la alianza con las mujeres y jóvenes de Palestina, Siria, Egipto, Irán, Arabia Saudita e Irael, donde aún en los aires de la Primavera Árabe que se respira, ese es su desafío. Lo que dejan claro, es que la lucha de clases deberá agregarse al cálculo de una de las regiones con los conflictos geopolíticos más importantes de la actualidad.


Santiago Montag

Escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.

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