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Red Internacional
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No es un chiste. Rausseo recicla vieja receta neoliberal que derrotamos en los 90’s: privatizar universidades públicas

“El Conde del Guácharo”, comediante, empresario y de nuevo candidato presidencial, propuso días atrás eliminar la educación universitaria pública, como si no bastara el desastre al que la llevó este Gobierno. Radicaliza una idea a la que, en su momento, nos opusimos con firmeza los entonces estudiantes de liceo y universidades. ¿Qué implicaciones tendría? ¿Por qué defender la gratuidad?

Ángel Arias

Ángel Arias Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts

Jueves 23 de febrero de 2023

Imágenes de la movilización del 04/08/1998, en Plaza Venezuela (Caracas), una de las más emblemáticas de la lucha contra el Proyecto de Ley de Educación Superior (PLES). Capture de video cortesía de Catia TV.

Imágenes de la movilización del 04/08/1998, en Plaza Venezuela (Caracas), una de las más emblemáticas de la lucha contra el Proyecto de Ley de Educación Superior (PLES). Capture de video cortesía de Catia TV.

Más neoliberal que Caldera II

Como gustan decir a veces en las redes, quizá algunos eran muy pequeños y no se acuerdan, pero aquí ya se intentó un proceso de privatización de las universidades públicas, hace casi 30 años, en medio de la ofensiva neoliberal que recorría Latinoamérica. Y la verdad es que gran parte de la generación actual de estudiantes universitarios no es que eran muy pequeños, es que ni siquiera habían nacido, así que siempre conviene conocer la historia.

El Proyecto de Ley de Educación Superior (PLES) contemplaba, entre otras cosas, que comenzaran a pagar por la educación los estudiantes “que tuvieran posibilidades”, manteniendo “el subsidio” a quienes no pudieran pagarla. Era el anzuelo para instaurar la privatización parcial de las universidades públicas y seguir avanzando progresivamente en esa dirección.

La verdadera razón detrás de esto era el credo neoliberal de que para ser “sustentables” las finanzas de los gobiernos, para que pudieran, entre otras cosas, pagar la deuda externa a los acreedores del gran capital financiero internacional, debían los Estados reducir el déficit deshaciéndose de “gastos”, y una de la vías era vender, privatizar, un montón de cosas, desde empresas públicas hasta la salud, pasando por las universidades. Si eso implicaba profundizar las necesidades o la exclusión social de los de abajo, pues, mala suerte, así es la vida.

Benjamín Rausseo, en una charla reciente hablando de sus propuestas de gobierno, dijo que propondría que todos los bachilleratos sean técnicos, para que todos los estudiantes “salgan técnicos medios, con un oficio… reparen celulares, reparen aires acondicionados”, y en su lógica, esto tendría que llevar a que “las universidades [las que hoy son públicas] dejarían de ser públicas”, porque teniendo todos los bachilleres un oficio, “tienen para pagar la universidad”. Y remata la justificación: “Luis Beltrán Prieto Figueroa […] él decía que docente con hambre no enseña, alumno con hambre no aprende”.

Todo muy redondito, ¿no? La propuesta es más reaccionaria aun que la del PLES, ni siquiera lo propone parcial, con excepciones a los estudiantes que no tengan –que era la maniobra de aquel proyecto–, sino simple y llanamente convertir toda la educación universitaria del país en una mercancía más, a la que accedan solo aquellos que puedan pagarla. Ya volveremos sobre el tema.

El PLES fue derrotado en el ‘98

Ese intento lo llevó a cabo Rafael Caldera en su segundo gobierno (1994-1999). En su primera presidencia (1969-1974), Caldera había llevado a cabo en octubre del ’69 el allanamiento policial y militar de la UCV y otras de las principales universidades públicas del país (ULA, LUZ, UC). Así mismo: tanques y miles de soldados y policías incursionando en la UCV, el brutal despliegue represivo empezó dos días antes en la ULA. Varios estudiantes muertos a punta de balas, decenas de detenidos y heridos, el cierre de la UCV –y otras– por casi dos años, y la imposición del rector y demás autoridades por parte del gobierno. Fue la respuesta del régimen político –tanto el gobierno (copeyanos) como la oposición (adecos) estaban de acuerdo¬– al ascenso de luchas estudiantiles que, con la bandera de la “Renovación Académica”, había iniciado en la segunda parte del ’68, en el marco de los grandes movimientos de rebeldía juvenil que recorrían el mundo por entonces, cuyo punto más alto fue el Mayo Francés.

La digresión es válida porque se trata de conocer algunas cosas del pasado de las universidades públicas, pertinentes para su presente. Porque la defensa de la autonomía universitaria frente a los gobiernos y el grito de “¡Viva la universidad! ¡Fuera la bota militar!”, no comenzaron con las pretensiones injerencistas y autoritarias de los gobiernos chavistas hacia las universidades –ni la historia empezó ayer, ni hay un pasado idílico–, ya existían ante las intervenciones y duras represiones de gobiernos como los de AD y Copei… partidos que siguen existiendo hoy y posan de “demócratas”, buscando pescar incautos entre la juventud.

Lo cierto es que esa nueva afrenta de Caldera a las universidades públicas fue derrotada, el proyecto privatizador encontró la firme oposición de un movimiento estudiantil tanto en liceos como universidades. Importantes movilizaciones y acciones se dieron a nivel nacional, en una buena parte de la juventud estudiantil de entonces no estábamos dispuestos en modo alguno a aceptar una cosa tan regresiva como que se redujera más el ya reducido acceso que tenía la juventud de las clases populares a la educación universitaria.

No nos comimos el cuento de la “sensatez” de que “el que pueda pagar que pague y se subsidia al que no pueda pagar”. Aceptar la condición de mercancía de la educación era renunciar a una cuestión de principios, aceptar ese proyecto era aceptar la existencia a partir de allí de dos categorías/jerarquías de estudiantes (los que pagan y “los subsidiados”), era aceptar la racionalización mercantil del hecho educativo, que se manejaran las universidades y el acceso a ellas por la lógica de la rentabilidad, lo que las llevaría a buscar cada vez mayor rentabilidad, es decir, cada vez menos “subsidios a los pobres que no pueden pagarla”, por mencionar solo una consecuencia de esa lógica.

Volviendo al empresario-candidato y su propuesta regresiva: es mucho más que aun asunto individual

Este reciclamiento que hace Rausseo de la vieja receta neoliberal no cae en suelo árido, hay algo de suelo fértil para este tipo ideas, tras el profundo desastre nacional al que nos llevó el chavismo. En los 90’s, el argumento neo-liberal del estamento dominante era que el Estado debía “reducir costos”, y pues la educación era un “gasto” que podía (¿debía?) reducirse, de hecho, el contexto del PLES fue el de una etapa de recortes presupuestarios a las universidades públicas. Ahora, en el caso de esta propuesta, parece estar detrás la ideología liberal según la cual “nada en la vida puede ser gratis, hay que pagar por las cosas y cada quien debe trabajar para pagarse las cosas”.

Esos sentidos comunes se han esparcido con cierta amplitud entre la población, dada la lógica que asocia el colapso histórico del país con el carácter público –y la gratuidad en algunos casos– de ciertas empresas, recursos y servicios. Pero ese razonamiento no soporta el más mínimo contraste con la realidad, es ideología pura –aquí en el sentido negativo del término–, pues si algo está en el centro de la crisis histórica del país es la persistencia y reproducción de los mecanismos de apropiación privada de la renta pública y demás recursos generados en la economía nacional.

El asunto es que parte de ese dogma liberal conlleva esa idea de que todo debe ser concebido como mercancía (la educación, la salud, el agua…), susceptible de convertirse en propiedad privada de un puñado de aprovechadores, y que el estado ideal de la sociedad es un aglomerado de individuos –“egoístas por naturaleza”– en permanente lucha con los otros, donde los más aptos logren “triunfar” sobre los “menos aptos”.

No sabemos hasta qué punto el empresario-candidato abraza ese fundamentalismo, pero la idea de que toda la educación universitaria sea mercantilizada y que cada bachiller deba salir del liceo con un oficio con el cual trabajar para pagarse los estudios universitarios, se inscribe en esa lógica, reduciendo todo a un asunto de “esfuerzo individual”. Una manipulación ideológica, porque el problema no es de empeños de individuos sino la educación universitaria de un país, las diferencias de clase, las desigualdades sociales y por tanto de condiciones y posibilidades, las miserias de una sociedad de contrastes sociales repugnantes, basada en la explotación de las mayorías. Sí, porque la “explotación del hombre por el hombre” es una realidad innegable.

La propuesta de Rausseo, conllevaría, entre otras tantas consecuencias regresivas, a una drástica exclusión de las y los adolescentes de la clase trabajadora y de los sectores populares de la educación universitaria. La deserción escolar en la etapa de básica y media, por dificultades económicas y necesidades que imponen a los niños y adolescentes trabajar hasta tener que renunciar a los estudios, un fenómeno ampliamente estudiado y verificado, también se expresa –con sus particularidades– en el nivel universitario, y es un fenómeno que remite a las desigualdades de clase, pues es un problema que no afecta todos por igual, sino a las familias y jóvenes de las capas más empobrecidas.

Eliminándose las universidades públicas, esto se profundizaría drásticamente, golpeando sobre todo a aquellos cuyas familias no puedan pagar los estudios universitarios privados, que serían los obligados a: en el “mejor” de los casos, convertirse tempranamente en máquinas de hacer plata para poder obtener una profesión, anulándoles cualquier otra posibilidad de perspectiva o desarrollo de sus capacidades y necesidades como jóvenes; en el peor de los casos, simplemente abandonar la idea de estudios superiores si las circunstancias del “libre mercado”, de “la oferta y la demanda”, de las crisis económicas –que siempre joden con preferencia a los de abajo– no le permiten ser un asalariado o “emprendedor” tan “eficiente” que pueda costear y sobrellevar ambas cosas.

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¡Vea, vea, vea, qué cosa más bonita, la universidad pública y gratuita!

Las consecuencias serían una profunda regresión social en materia de derechos y oportunidades, serían profundizar (¡más!) las desigualdades de clase en el país. No por casualidad, durante décadas, las luchas del movimiento estudiantil liceísta y universitario de las públicas, han partido de defender su carácter público y gratuito, exigir el cese de los mecanismos que conllevaban a la exclusión social en el ingreso, y luchar por reivindicaciones económicas y sociales que minimizaran las desigualdades en las condiciones y posibilidades de hacer y culminar los estudios universitarios: pasaje preferencial estudiantil, transportes y comedores universitarios, becas-estudio y pasantías dentro de las universidades, servicios médicos, etc.

No se agotan allí las consecuencias regresivas de una eventual aplicación de políticas como esa, podríamos mencionar otras tantas. En esta nota lo dejamos hasta aquí. Y abordamos el asunto porque, más allá de las posibilidades o no de que este candidato llegue a la presidencia, o de que se apliquen a rajatabla tales propuestas, es un hecho que al plantearlas contribuye a correr hacia la derecha el debate de ideas sobre cómo resolver la crisis de la educación pública. Fortalece las ideas regresivas que pululan en el ambiente –tanto del lado de la oposición como en el gobierno hambreador y autoritario– y contribuye a preparar el terreno de “consenso social” para políticas reaccionarias de esa naturaleza.

Sepan los y las estudiantes de hoy de las universidades públicas, que propuestas como esas van en contra de todo aquello que históricamente lucharon generaciones estudiantiles que les precedieron, en contra de todas las conquistas que se lograron, conquistas que permitieron que muchos de sus madres y padres hicieran estudios universitarios, y algunas de las cuales sobreviven a duras penas, en medio de todo el desmantelamiento a que llevó a las universidades el fracaso y debacle del chavismo. La tarea que deberían darse no es la de renunciar a esas conquistas, sino recuperarlas.


Ángel Arias

Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.

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