Un día de furia que abre una nueva etapa en las relaciones entre México y Estados Unidos, donde la hostilidad es la vía de negociación para Trump, quien firmó la orden para construir el muro. Ante el rechazo generalizado al muro. Peña, acorralado, declaró que México no lo pagará.

Bárbara Funes México D.F | @BrbaraFunes3
Jueves 26 de enero de 2017 02:11
Se esperaba el anuncio de la firma de la medida ejecutiva de Trump, en una atmósfera tensa. Fue esa la bienvenida que recibieron Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, y Luis Videgaray, secretario de Hacienda, al llegar a Washington para la reunión entre Trump y Peña Nieto este 31 de enero. Una reunión que el gobierno mexicano decidió mantener.
Uno de los ejes de la campaña de Trump fue agitar la bandera del racismo y la xenofobia para dividir a la clase trabajadora y ganar base entre aquellos más golpeados por la globalización -entendida como el traslado de plantas industriales a lugares donde la mano de obra fuera más barata para los grandes capitales- y por la automatización de algunos procesos productivos.
Ordenar la construcción del muro es un claro mensaje a sus votantes, con el objetivo de profundizar las divisiones entre la clase trabajadora multiétnica y los sectores populares, para poder descargar así los costos de la crisis económica en curso -hoy expresada en la ralentización de la economía internacional.
Las medidas ejecutivas
Trump, retador, jura y perjura que México pagará por la construcción del muro. Sin embargo, el documento signado no establece esto, pero sí obliga a los departamentos y agencias del Gobierno federal a identificar la ayuda al desarrollo, humanitaria, militar o económica anual que EE.UU. envía a México. Asimismo, incluye el plan de edificación de nuevos centros de detención cerca de la frontera y la contratación de cinco mil agentes de aduanas y fronteras.
La segunda orden determina que muchos migrantes sin papeles “presentan una amenaza significativa a la seguridad nacional y pública”. Y establece que serán deportados migrantes criminales o acusados de crímenes, otros que hayan realizado declaraciones falsas ante representantes del gobierno estadounidense, que se hayan beneficiado de forma inapropiada de programas públicos, o que un agente de inmigración lo juzgue amenazante. Para aplicar esto, la administración Trump debe contratar 10,000 nuevos agentes de migración, y podría implicar deportaciones masivas. Es decir, el programa migratorio de Barack Obama, pero acelerando los ritmos.
La tercera orden fue suspender fondos federales para las llamadas “ciudades santuarios”, que son más “amigables” con los migrantes. Son más de 200 y entre ellas se cuentan San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Miami, Chicago, Seattle, Houston, Phoenix, Austin, Dallas, Washington D.C., Detroit, Salt Lake City, Minneapolis, Baltimore, Portland (ambas Maine y Oregon), Denver, New York City, Chicago y todo el estado de New Jersey.
Lo que sigue tras el muro
Implementar las órdenes firmadas por Trump requiere millones de dólares para financiar el muro de la ignominia. También fondos para la construcción de centros de detención. Y, en lo inmediato, se le abriría una crisis a la administración estadounidense: como pueden ahora encarcelar arbitrariamente a los migrantes, no habría espacio suficiente en las prisiones, y también quedarán en el limbo los niños que crucen la frontera.
La negociación por el TLCAN
Hoy la balanza comercial entre ambos países es favorable a México y eso es lo que quiere cambiar Trump. Mientras México exporta 80% de su producción a Estados Unidos, sólo 16% de las importaciones a México provienen del gigante del norte.
América del Norte -Canadá, Estados Unidos y México- es una de las regiones de integración más dinámicas del mundo. Sólo entre México y EE.UU. hay un flujo comercial de aproximadamente medio billón de dólares anuales y más de 33 millones de migrantes.
Según analistas, la autorización de Trump de la construcción de un ducto proveniente de Canadá -que llegará a Nebraska y que había sido rechazado por el gobierno de Obama ante la presión del movimiento Standing Rock- se habría tratado de una maniobra para atraer el apoyo de Canadá. Y es al mismo tiempo, todo un gesto hacia la industria energética estadounidense.
La apuesta de Trump parece ser que los funcionarios del gobierno de Peña Nieto que hicieron una tibia amenaza de retirar a México del TLCAN si no convienen las condiciones ofrecidas por EE.UU., sea sólo un gesto y que, ante su amenaza, retrocedan y acepten las condiciones que él quiere.
En el gabinete del presidente estadounidense hay quienes pueden buscar el mantenimiento del TLCAN, como el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y también quienes propongan eliminar el Tratado y presionar a México, estimando que el gobierno peñanietista se verá obligado a aceptar sus condiciones.
Parece que la visita de Peña se mantendrá, aun cuando el presidente declaró que consultará con el senado y con los gobernadores. Mientras tanto, voces desde todo el espectro político se alzaron para pedirle que cancele la reunión.
#Abajo el muro
Desde el triunfo de Donald Trump, se han sucedido los llamados a la unidad nacional por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI), del Partido Acción Nacional (PAN) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Incluso Andrés Manuel López Obrador, líder del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), se sumó al llamado.
Pero esta unidad nacional con los mismos partidos del Pacto por México que han garantizado la subordinación del país y la entrega de todos los recursos, la precarización laboral de la clase trabajadora, ostentando los salarios más bajos del mundo va en contra de los intereses de los trabajadores, las mujeres y la juventud. Son estos partidos los responsables políticos del gasolinazo, de las reformas estructurales y de la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
La vía propuesta por la dirección del Morena de resistencia civil y pacífica -mientras López Obrador ha llamado a sostener la gobernabilidad- ante la magnitud de los ataques actuales tampoco es la salida.
El muro y sus nefastas consecuencias sólo se pueden derribar con la alianza de la clase obrera mexicana, las mujeres, la juventud y los pueblos originarios con sus hermanos del “otro” Estados Unidos, la clase trabajadora multiétnica, la que enfrenta la precarización laboral, los jóvenes que luchan contra la violencia racial, los sioux y otros pueblos indígenas que luchan contra los megaproyectos, la unidad con quienes repudian a Trump.