A un día de la jornada convocada por NO+AFP quisimos conversar con Erwin William Muñoz, Beatriz Bravo, Joseffe Cáceres y Simón Bousquet -de derecha a izquierda en la fotografía-. Todos cumplen un papel dirigente en sus respectivos lugares de trabajo: la fábrica asociada a la reparación de maquinaria minera, Komatsu Reman ubicada en la zona colindante de Quilicura y Pudahuel; la planta Centro Tecnológico Postal de Correos Chile de Quilicura; el centro Cultural Gabriela Mistral ubicado en pleno centro de Santiago y la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (ex Pedagógico), ubicado en Macul con Grecia.
Martes 23 de octubre de 2018
Nos interesa su visión como trabajadores y militantes del PTR, acerca del escenario país y el papel que puede cumplir la clase trabajadora de cara a la jornada convocada por NO+AFP para el 24 de octubre y al paro convocado por la CUT para el 8 de noviembre. Y su visión del actual escenario político en Chile y América Latina en el marco del probable triunfo de la extrema derecha en Brasil.
LID: Comencemos por William, porque es un hecho público que ustedes en Komatsu, en este preciso momento, están en un conflicto con la empresa a causa de dos despidos. Cuéntanos el estado actual del conflicto que viven y de qué manera se preparan para las jornadas de NO+AFP y la CUT.
WM: Mira, lo primero que tengo que contarte es que el conflicto surgió porque nos cansamos de tolerar que esta empresa despida cuando quiere sin dar mayores justificaciones. Estamos hablando de una multinacional japonesa que produce maquinaria pesada para la minería en sus plantas ubicadas en Japón, Estados Unidos o Alemania, que acaba de comprar a otra empresa del mismo rubro, Joy Global y que, en Chile, junto a Caterpillar, monopoliza el abastecimiento de maquinaria destinada a las faenas mineras y la reparación de éstas. Anda a cualquier faena minera y verás ahí la marca Komatsu. Anda a Antofagasta y verás que la empresa tiene establecimientos en la zona industrial de La Negra o en el barrio industrial de la zona norte. Donde trabajo yo, en Komatsu Reman, está además DT, Komatsu Cummins y Komatsu Chile. Varios RUT de una misma compañía que en las instancias superiores tiene una sola plana directiva. Un típico subterfugio que entre otras cosas tiene el efecto de dividirnos a los trabajadores.
«Nuestra resistencia es parte de una lucha mayor: que los trabajadores no seamos meros instrumentos de explotación, desechados cuando reclamamos o nos enfermamos. Que seamos protagonistas de nuestro destino. Eso nos hermana con los compañeros de FCAB.»
Respecto al estado actual del conflicto, llevamos más de un mes peleando por la reincorporación de dos compañeros que fueron despedidos. Hemos organizado diversas acciones y hemos recibido solidaridad de estudiantes y mujeres: una concentración en las afueras de la fábrica, un rayado en un cerro de Quilicura contra los despidos. Tomamos el ejemplo de los 10 trabajadores del Ferrocarril Antofagasta – Bolivia (FCAB) que llevan más de 100 días resistiendo a los despidos del grupo Luksic en común con el Sindicato Interempresa y que previamente ya venían enfrentando el despido antisindical de Nicolás Bustamante.
Cuando en todo el país se hablaba de cierres de fábricas -como Maersk o Cial- y se anunciaban despidos -como en Chuquicamata- los compañeros y las mujeres de sus familias fueron audaces al tomar una decisión que va en contra del sentido común de que los despidos se aceptan cabeza gacha. Han resistido buscando unirse al movimiento de mujeres, impulsando movilizaciones junto a Pan y Rosas por el aborto legal y ahora están discutiendo abordar la problemática de la contaminación movilizándose junto a otros sectores.
Nuestra resistencia es parte de una lucha mayor: que los trabajadores no seamos meros instrumentos de explotación, desechados cuando reclamamos o nos enfermamos. Que seamos protagonistas de nuestro destino. Eso nos hermana con los compañeros de FCAB.
Ellos, ya en agosto, empezaron a plantear que dado el escenario de cierres y despidos y dado el impulso de medidas que flexibilizan el trabajo como el “estatuto laboral juvenil”, hacía falta un plan de lucha, que incluya un llamado a paro. Creemos que eso sigue completamente vigente. El gobierno anunció una reforma previsional que mantiene el sistema de AFP de José Piñera, aunque con un aumento marginal en las pensiones, y una reforma laboral que repone las facultades de los grupos negociadores lo que atenta directamente contra la fuerza de los sindicaros.
BB: Quiero referirme al último punto que toca el William, porque a mi modo de ver este año nosotras, la clase trabajadora, no hemos tenido protagonismo en Chile. Ganó Piñera y los empresarios se pusieron felices. Nosotros no pudimos ser actores cuando se tocaron temas que nos tocan directamente. El sueldo mínimo, por ejemplo. Hasta el 2020 no podremos discutirlo. El Frente Amplio hablaba de un sueldo mínimo de $424.000 de acá al 2024. Pero pedir para ahora un sueldo mínimo de $450.000 o $500.000 -que según un estudio del PNUD es la cifra que la mayoría de las personas consideraría sensata como sueldo mínimo- ¿es algo descabellado? Nos podían responder que al no tener fuerza la clase trabajadora, al no existir movilización ¿entonces cómo vamos a pedir $450.000 o $500.000 como sueldo mínimo ahora? Pero ese modo de enfocar el asunto es tramposo. Porque que no exista movilización, que la fuerza de la clase trabajadora no esté en escena, es algo que también depende de la actuación de los partidos políticos y las direcciones de los sindicatos.
Obviamente si la oposición parlamentaria piensa que luchar por un sueldo mínimo de $450.000 es insensato “para el periodo” y si los dirigentes de la CUT piensan que se trata de pelear por mejorar las cosas ejerciendo presión a los parlamentos, las aspiraciones de los propios trabajadores se van a reducir o no van a encontrar un canal. Por eso, lo que mencionaba William del plan de lucha, que para nosotros implica discutir en cada lugar de trabajo nuestras demandas y cómo enfrentar las medidas del gobierno, organizarnos, generar movilización y acciones, construir instancias de coordinación: sin eso, obviamente lo “realista” es aceptar la miseria que ofrece el gobierno. Pero ese realismo oculta que la realidad la podemos transformar con nuestra fuerza. Para eso, las centrales sindicales no tendrían que haber esperado octubre y noviembre para generar movilización. La CUT en particular dirige a la mayoría de los trabajadores sindicalizados. ¿Por qué recién ahora sacan un afiche diciendo “no más despidos”? Esa situación viene desde junio.
LID: ¿Pero era posible hacer otra cosa? ¿Piensan que la clase trabajadora podría tener un papel distinto frente a las medidas del gobierno derechista?
JC: Claramente. Pero depende mucho de quiénes dirigen o luchan dentro de los sindicatos. En septiembre tuve la oportunidad de viajar a Antofagasta y ahí estuve compartiendo y marchando con los compañeros de FCAB, que vienen resistiendo, y sus familias. Lo que más me llamó la atención es ver los lazos que existen entre distintos sectores. Por ejemplo, me comentaban que, en el mes de agosto e inicios de septiembre, los despedidos del “Ferro” se hicieron parte de las movilizaciones convocadas por el Colegio de Profesores, un hecho poco conocido en otros lugares fuera de Antofagasta. A mi me dio la idea de que si el Colegio de Profesores, de manera unitaria, hubiese tomado en todo el país la causa de los despedidos, invitando a sus marchas o asambleas por ejemplo a los despedidos de Cial, Maersk o Iansa, el resultado hubiese sido generar una amplia unidad y un verdadero símbolo de lucha que podría haber tenido más oportunidades de pararle la mano al gobierno.
Pero lo de Antofagasta fue excepcional, porque en general los dirigentes ven la lucha de manera gremial –“sólo de mi sector”- o parcelada -para responder a esta medida en particular, pero no al “plan completo” del gobierno. La tendencia que empezó a desarrollarse en un momento en Antofagasta: unidad de varios sectores dispuestos a hacer frente común: ANEF, SII, asistentes de Aula, profesionales de la educación, Colegio de Profesores, que se tradujo en acciones coordinadas, es algo que podría haberse “exportado” al resto del país. Si duda hubiese fortalecido enormemente nuestra fuerza. Es la pelea que hemos estado dando también desde el PTR, organización en la que milito. El 26 de septiembre marcharon contra la contaminación y los despidos junto a otros sectores como las asistentes de aula.
«Piñera ya dijo que le parecía muy bien el programa económico de Bolsonaro que está por ganar en Brasil y que pondrá de ministro de Hacienda a un discípulo de José Piñera, del que mucho sabemos en Chile. Si el día de mañana eso lo traduce en golpear más en nuestras condiciones de vida ¿entonces cómo vamos a llegar preparados si desde ya no empezamos a defender en serio nuestros intereses frente a temas como el sueldo mínimo o la reforma laboral antisindical? Por eso la necesidad de un plan de lucha para enfrentar a la derecha y a los empresarios es algo completamente urgente.»
Llevan más de 100 días peleando la reubicación dentro de FCAB. ¿Por qué si un sindicato de base de una empresa como FCAB que organiza sólo a una parte de los trabajadores puede transformarse realmente en una herramienta de defensa para los trabajadores no van a poder hacer lo mismo la CUT o grandes organizaciones como el Colegio de Profesores en una escala país? Estamos hablando de organizaciones con decenas de miles de afiliados y recursos. Los grupos políticos que están en la dirección de esas organizaciones tienen presencia parlamentaria: el PC o el PH. Ellos podrían haber articulado todas esas posiciones en función de defendernos de los ataques que ya empezó Piñera. El punto es que, si no nos defendemos ahora y dejamos pasar, por ejemplo, que debiliten los sindicatos reponiéndole facultades a los grupos negociadores ¿cómo nos vamos a defender mañana? Piñera ya dijo que le parecía muy bien el programa económico de Bolsonaro que está por ganar en Brasil y que pondrá de ministro de Hacienda a un discípulo de José Piñera, del que mucho sabemos en Chile. Si el día de mañana eso lo traduce en golpear más en nuestras condiciones de vida ¿entonces cómo vamos a llegar preparados si desde ya no empezamos a defender en serio nuestros intereses frente a temas como el sueldo mínimo o la reforma laboral antisindical? Por eso la necesidad de un plan de lucha para enfrentar a la derecha y a los empresarios es algo completamente urgente.
SB: Coincido con Joseffe. En el caso del GAM ni siquiera se nos reconoce el derecho a negociar colectivamente por su carácter de corporación sin fines de lucro. Acaban de poner de director a Andrés Rodríguez, derechista ligado al empresariado. Nosotros tenemos una serie de demandas. Y aun con las dificultades que tenemos, organizamos asambleas, formamos un cuerpo de delegados y este 24, a mediodía, vamos a manifestarnos en el acceso del GAM, con un llamado abierto a todo aquél que quiera hacerse parte porque lo primero es la unidad de la clase trabajadora.
En mi opinión si no vamos a pelear por un sistema de reparto solidario gestionado por trabajadores para derribar las AFP, y si no pedimos una pensión mínima de $450.000 -y no del sueldo mínimo actual lo que es la postura, por ejemplo, de Luis Mesina- la lucha terminará agotándose en presionar a tal o cual parlamentario para que legisle acorde a nuestros intereses. Pero hoy por hoy, ninguna fuerza en el parlamento se ubica desde los intereses de las y los trabajadores como clase.
LID: ¿Ni siquiera la oposición? ¿Cómo hacemos para que los intereses de la clase trabajadora se expresen en el terreno político entonces?
WM: Es una pregunta compleja. Entre el 2013 y el 2015 es indudable que la fuerza de los trabajadores se hizo sentir a través de distintas huelgas que ocurrieron en sectores estratégicos como los puertos, la minería o las forestales. Pero hoy no hay una expresión política de clase con peso nacional. ¿Qué ocurrió? Creemos que primó una visión corporativa de sólo obtener demandas inmediatas más que la aspiración de unir las filas de los trabajadores. Ese curso fue puesto por las direcciones burocráticas. Esa unidad hubiese agrandado mucho más la fuerza. De ese modo, el ciclo de huelgas retrocedió sin que diera a luz a una deliberación constituyente de organización política, comparable a la que se desarrolló en el movimiento estudiantil después del 2011 y que está en la base de la formación del Frente Amplio. A nosotros nos parece que podría haber surgido una corriente basada en los trabajadores, pero capaz de atraer a amplios sectores de la juventud y el movimiento de mujeres en una perspectiva socialista común. ¿Es una tarea viable en el mundo de hoy? No sólo es viable como se demuestra en la experiencia del Frente de Izquierda y de los Trabajadores y en el peso que ha ganado la organización hermana del PTR, el PTS, con figuras parlamentarias reconocidas en todo el país. No fue necesario rebajar el programa y pelear por mejorar el capitalismo para dar un salto a la gran política. El punto es que todo esto merece tenerse en cuenta, porque en Chile y en Latinoamérica necesitamos una izquierda que tenga como punto de partida de su política el factor “lucha de clases”. Brasil ya demuestra que una armonía de intereses entre el imperialismo, que quiere privatizar las empresas estatales como Petrobras y presiona para ello, la derecha, el empresariado y los trabajadores, es imposible. Pero algunos como el diputado Miguel Crispi de Revolución Democrática siguen hablando de un “pragmatismo popular” para referirse a una política que se mueva sin generar enemistad. Pero si la enemistad la generan ellos con el sistema de AFP, atacando a los sindicatos, precarizando el trabajo con el estatuto laboral juvenil, cerrando centros laborales, despidiendo o -como en Brasil- sembrando el odio contra trabajadores, negros y diversidad sexual ¿nosotros vamos a responder con “pragmatismo”, aceptando que “no podemos lograr todo lo que queremos” o vamos a responder enfrentando los intereses de capitalistas y derechistas desplegando la enorme fuerza que tenemos como trabajadores?
BB: Exacto, y es por esa razón que para nosotros las peleas que damos en lugares como FCAB o Komatsu no se separan de la tarea estratégica de construir una izquierda anticapitalista de la clase trabajadora. Es con ese fin que desde el PTR estamos preparando un encuentro para el 17 de noviembre. Vendrán trabajadores del norte y del sur del país además de estudiantes, mujeres e intelectuales. Estamos sondeando invitaciones internacionales. Creemos que en una Latinoamérica en la que el país más grande está por ser gobernado por un ultraderechista, las y los trabajadores tenemos que reflexionar en serio respecto a qué programa, qué estrategia de lucha y qué organización necesitamos construir.
«Tenemos que enfrentar grandes intereses. Por eso construir una corriente política anticapitalista y centrada en la lucha de clases no es una cuestión menor: de eso puede depender cómo llegaremos preparados para cuando el empresariado quiera atacar.»
El Frente Amplio, más allá de lo que opinen organizaciones o dirigentes aislados, no está peleando por un programa que enfrente a los empresarios y su rol no ha sido el de activar nuestras fuerzas en las calles. Por eso, para nosotros, la decisión que toman los compañeros y compañeras de resistir los despidos tiene un enorme valor: muestra en pequeña escala, que la “resignación a lo posible”, a ganar mal, a que todas las reformas sean perjudiciales, o a que gane Bolsonaro, no es una realidad inevitable.
Nosotros queremos que ese ímpetu sea de toda la clase trabajadora, la juventud y el movimiento de mujeres. Tenemos que enfrentar grandes intereses. Por eso construir una corriente política anticapitalista y centrada en la lucha de clases no es una cuestión menor: de eso puede depender cómo llegaremos preparados para cuando el empresariado quiera atacar. No podemos ilusionarnos respecto al actual estado de la economía en Chile. Ellos sacan cuentas alegres, pero cuestiones como la guerra comercial EE.UU – China hacen todo más imprevisible. Por eso, resistir para nosotros no sirve si no nos preparamos derrotar a los capitalistas: para pelear por una sociedad en la que las y los trabajadores no seamos más objeto de explotación sino sujetos de nuestro destino.