Una Ley de Prohibición de despidos que no para ningún despido y un Gobierno que hace garantizar la voluntad empresaria a fuerza de palazos. Buscan que la crisis la paguemos los de siempre.
Diego Iung @IungDiego
Jueves 9 de abril de 2020 22:43
La postal es violenta: policías con barbijos puestos apaleando y repartiendo balazos entre los trabajadores. Algunos muestran sus cuerpos marcados con hasta 7 u 8 postas encima. Es la Bonaerense comandada por el Gobernador Axel Kicillof y su ministro de Seguridad Sergio Berni.
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Hacen lo quieren
El frigorífico Penta cerró sus puertas sin previo aviso hace más de dos semanas sin permitir que ingresen sus trabajadores. Tampoco abonó los sueldos y violó la conciliación obligatoria. En plena cuarentena el empresario Ricardo Bruzzese busca dejar en la calle a 250 familias.
No es el único. Esta semana también se confirmaba que Paolo Rocca, CEO de Techint, dejaba en la calle a 1450 trabajadores del rubro de la construcción. Era el punto de partida de una práctica que están generalizando las patronales. A esta altura queda claro que el DNU de Prohibición de Despidos que emitió el Gobierno quedó en poco más que papel mojado para los dueños del país.
Desde aquel entonces, día tras día, no paran de sucederse los ejemplos de verdadera prepotencia: desde los jóvenes trabajadores de Mc Donald´s y Burger King a los que les descuentan de un día al otro la mitad del sueldo, hasta los operarios de la alimenticia Dánica que al llegar a la fábrica se encuentran un cartel en la puerta en el que se lee “fábrica cerrada hasta nuevo aviso”.
También podemos mencionar a los trabajadores de Garbarino a los que la empresa les paga un 70% menos o los choferes de Vía Bariloche a los que despiden; los aeronáuticos de Latam a quienes la empresa les notificó que por los meses siguientes iban a cobrar la mitad o los despidos de Farmacity, empresa que descaradamente también esconde en depósitos sus existencias de alcohol en gel para especular con los precios. Todos ejemplos que no agotan la lista pero que nos llevan a una misma conclusión: los empresarios hacen lo que quieren.
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Los discursos y las balas
Alberto Fernández les dedicó a estos últimos, hace algunos días, algunas palabras en los medios, afirmando que estaba ”muy enojado”. Les pidió también que sean solidarios y que “ganen un poco menos”. Hoy en Penta, mientras se veía como los gerentes se iban tranquilos en lujosos autos mientras la Policía custodiaba la reja de la fábrica, un trabajador entre lágrimas afirmaba: “soy kirchnerista, lo voté a Alberto y al final mirá lo que está pasando con la gente". El presidente hace discursos para las empresas, mientras los palazos quedan para los trabajadores.
Solidaridad y el dilema que se viene
Los hechos, estas semanas, pasan muy rápido. La bronca, sin embargo, también se va acumulando. Lo ocurrido con los trabajadores de comida rápida tomó dimensión nacional y fue tendencia en las redes sociales. Llegan a este diario denuncias de empleados de empresas como TodoModa o muchas otras que quieren hacer valer sus derechos.
Los trabajadores de fábricas recuperadas por sus trabajadores dan el ejemplo contrario al de los empresarios. Muchas de ellas vienen poniendo a disposición de enfrentar la pandemia los recursos con los que cuentan. Desde Madygraf, en la zona norte del Gran Buenos Aires, acondicionaron la fábrica para producir sanitizante de alcohol. Desde la Cooperativa Textil Traful Newen, gestionada por sus obreras, reconvirtieron la producción para fabricar barbijos para los hospitales y centros de salud de la provincia. También está el caso de Zanón y las fábricas recuperadas de Neuquén, que pusieron a disposición las instalaciones y la mano de obra de las fábricas para la producción de los elementos que fueran necesarios para hacer frente a la crisis sanitaria.
Sólo algunos ejemplos que muestran, junto con muchos otros que se replican en distintos lugares del mundo en estos días, que el despotismo y la impunidad de los dueños de todo no es gratuita. También, que la necesidad de organizarse desde abajo y hacer escuchar otra voz, se hace imperiosa. El dilema, para que no nos lleven puestos, es entre sus ganancias y nuestras vidas.