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ENSAYO. Revolución rusa: sus primeros 100 años en la literatura venezolana

Publico aquí la ponencia presentada en las Primeras Jornadas de Investigación Literaria, organizada por la Dirección de Postgrados de Educación de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM) durante el 23 y 24 de marzo.

Humberto Zavala Venezuela | @1987_zavala

Martes 28 de marzo de 2017

En su primer centenario, este trabajo se pregunta cómo asimilaron notables autores de la escena literaria venezolana, el proceso de la revolución rusa de 1917. Atajando pistas por diferentes sendas, se recorren sucesivos momentos de la producción literaria nacional a lo largo de cien años. La aproximación al tema se realiza desde una perspectiva socioliteraria en el sentido que le imprime Eagleton (1988), interesándose principalmente por identificar lo característico en las múltiples lecturas e imaginarios de un proceso histórico altamente susceptible de controversias, y su receptividad en los diferentes autores estudiados.

I. Introducción

Preguntarse sobre la presencia de la revolución rusa de 1917 en nuestra literatura, implica entre otras cosas interrogar: ¿Quiénes escribieron sobre la misma? ¿Qué exactamente escribieron sobre ella? ¿De qué forma la abordaron? ¿Desde qué enfoque la visualizaron? y finalmente qué razones (si la hubiere) explican todo lo anterior. Nos aproximamos desde una perspectiva socioliteraria a las obras seleccionadas, relacionando con la flexibilidad de cada caso las diferentes valoraciones éticas, políticas y estéticas presentes en dichas obras con las fluctuaciones políticas (relación de fuerzas entre las clases en pugna), socio-económicas, culturales en cada período en que dividimos el análisis.

En cuanto a sus límites, la presente investigación refiere algunas obras literarias que en diferentes momentos de la producción discursiva en el país -Generaciones, movimientos literarios, contextos culturales- presentaron elementos vinculados a la revolución rusa de 1917 bien sea como argumento, pre-texto o trasfondo, y que se expresarán en los géneros tradicionales de producción literaria: poesía, novela, teatro, ensayo literario, crónicas, etc.

Por otro lado, teniendo en cuenta el problema de las periodizaciones, complejizado además por tratarse de un suceso internacional reelaborado por autores nacionales, y con métodos literarios de codificación, no se aguantarían los intentos de datar con fechas precisas las fronteras periódicas en un esquema cerrado. Para comprender este proceso complejo de asimilación y localización cultural, no mecánica ni evolutiva, propio de países latinoamericanos (Carpentier, 1932; Sosnowski, 1996), la sugestiva tesis del “desarrollo desigual y combinado de la cultura” (Trotsky, 1932: 26-28; Vitale, 1992) ofrece un punto metodológico legítimo que nos aproxime a esa realidad.

Pese a las tensiones interdisciplinarias que pudieran existir, la historiografía literaria y la socioliteratura (Eagleton, 1988), poseen elementos mediables que ofrecen cierta cohesión en el análisis, que nos permitiría formular una partición preliminar en cinco periodos básicos desde donde ubicar los diferentes tipos de discursos con que la literatura venezolana tiñe los hechos, personajes y repercusiones de la revolución rusa de 1917: Barbarie vs. Civilización (1917-1936); Transición (1937-1957); “La izquierda cultural” (1958-1968); Contracultura (1969-1989); Post-vanguardismo (1990-2017).

II. Barbarie vs. Civilización (1917-1936)

Abarca los primeros veinte años de recepción venezolana de la revolución rusa, tomando en cuenta la cantidad y calidad de información que es capaz de traspasar la brecha geográfica y e ideológica de los informantes para la época. Desde la onda expansiva de la revolución hasta su sofocamiento; considerando en medio el proceso de burocratización dentro del bolchevismo, la URSS y la IC, que cortaremos justo en los primeros “Procesos de Moscú” (1936).

El resultado trágico de la revolución China (1928) dividió para la década del 30’ al movimiento comunista latinoamericano en tres tendencias: el estalinismo, el aprismo en Perú / ARDI (betancourismo) en Venezuela, y el trotskismo, si este último no contó con ninguna repercusión en el país, los demás posicionamientos políticos pudieron imponerse bien entrados al siglo, en 1936, tras la restitución de los exiliados políticos (O. Araujo, 1988).

Aquí será el período dictatorial del gomecismo (1909-1935), donde de las entrañas de la Venezuela agraria eclosiona el país sujeto a un enclave petrolero con las trasnacionales angloholandesas y norteamericanas, de allí el rótulo “sarmentiano” que caracteriza este período, atravesado por debates literarios en torno al costumbrismo, realismo social, romanticismo, modernismo, posmodernismo y vanguardia (Bohórquez, 2007).

Las tensiones dentro de este período no serán menores. Semprum, que a partir de 1905 encabeza la “tercera generación” de El Cojo Ilustrado, que es en sí misma revisión y ruptura con la llamada Generación del 98’ (la de Gil Fortoul y el positivismo), usualmente ubicado bajo el mote de “crónica modernista” tendrá como crítico literario sus tan comentados roces con los vanguardistas de Válvula en 1928 (Cuenca, 1957; Agudo Freites, 1969; Díaz Seijas, 1986; Balza, 2006).

De su exilio en Nueva York (1919-1926) pertenecen las “Crónicas del Norte” como titulara para Panorama, o “De Nueva York a Caracas” como lo hiciera para El Universal. En ellas aparecerán textos como “La verdad sobre Rusia” (Panorama, N°1879; 28/08/1920, Maracaibo), y “Hambre” (Panorama, N°2202; 03/10/1921, Maracaibo), textos abordados en un reciente trabajo del doctor Reyber Parra Contreras (2009: 229-243), así como en el obituario ante la muerte de Semprum, del joven Rómulo Betancourt en 1932 (En: Crítica, visiones y diálogos, 2006).

Otro caso de quien recibe la “onda expansiva de la revolución rusa” es José Pío Tamayo [1] (1898-1935), en su caso lo único que le asemeja al grupo La Alborada también conocidos como la Generación del 18’, es que su personalidad poética se gestará también en el período de la posguerra (1918). Su incursión en la poesía lo sitúa como uno de los pioneros del verso vanguardista en el país (Agudo Freites, 1969: 105), la presencia de la Revolución rusa es legible en: Amanecer del visionario (1926), Homenaje y demanda del indio (1928), y Digo aquí mi testamento (1932), entre otros poemas que pueden leerse en las Obras rescatadas (Meri Sananes y Agustín Blanco Muñoz, comp. 1984).

En su VI Congreso de 1928, la Internacional Comunista -bajo la jefatura de Stalin-Bujarin- “descubrió América Latina”, y ejerció su influencia a través de El Libertador una publicación de la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA) dirigida por las secciones nacionales de la IC, donde sin ser necesariamente comunistas colaboraron escritores latinoamericanos de alto renombre como el venezolano Rufino Blanco Fombona. En Venezuela se dio el caso donde un gran narrador que fue además una figura destacada de la IC, como lo era Miguel Otero Silva (Premio Lenin de la Paz, 1979) basara al personaje de una de sus novelas en otro destacado dirigente venezolano de la IC. Su novela Fiebre (1939), toma de Mariano Fortoul Briceño la inspiración para crear a Vidal Rojas (guerrillero, rebelde, y luego preso político). (Jeifets y Jeifets, 2015: 221)

III. Transición (1937-1957)

Signado por el reflujo del movimiento obrero y socialista a nivel mundial con la consolidación del estalinismo y el ascenso del fascismo. Abarca desde vísperas de la Segunda Guerra Mundial hasta el Boom de acumulación capitalista de posguerra. Se da en este interregno la llegada al gobierno de algunos populismos latinoamericanos (cardenismo, peronismo, etc.); Perry Anderson (1976: 36) refiere que bajo las condiciones creadas por la inmediata posguerra se da el advenimiento del llamado “marxismo occidental”, cuyo sello “oculto” es la derrota en el terreno político de los postulados del “marxismo clásico” (p. 115).

En Venezuela sería desde el inmediato posgomecismo hasta la decadencia del régimen perejimenista, pasando por el medinismo (1941-1945), y el trienio adeco (1945-1948), los escritores nucleados en Contrapunto responderán estética y temáticamente a dicha transición, y de hecho, se pone a la orden del día la discusión sobre qué tipo de transición requiere el país ante tales circunstancias. Surgen por el año de 1937 “diversas construcciones del concepto comunismo” (Parra Contreras, 2009).

El estalinismo por su necesidad de establecer alianzas con la burguesía nacionalista para la “revolución democrático-burguesa” (antilatifundista y antiimperialista) en Venezuela se camufla en vocablos como “patria” y “democracia social”, en la izquierda será su interlocutor solo el “betancourismo” (ex ARDI, ORVE y AD) que ha roto previamente con el comunismo, la “Oposición de izquierda internacional” (trotskismo) en marginalidad numérica internacional estará completamente ausente en este debate en Venezuela, por años los vocablos “comunismo”, “marxismo”, “bolchevismo” estarán asociados a los estalinistas, Liscano (1983: 355) dirá que el discurso marxista hasta la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras (UCV, 12/10/1946) será hegemonizado por estos.

La visión de país que tendrá Ramón Díaz Sánchez, del grupo “Seremos” (1925), en su ensayo “Transición: Política y realidad en Venezuela” (1937), y su construcción del bolchevismo no puede extrapolarse de este marco contextual, su discurso dialoga con el de sus coterráneos Eduardo López Bustamante, Joaquín Quintero Quintero, Juan B. Jiménez, Hugo Parra León, entre otros que sostuvieron posiciones similares a la suya contra la “amenaza del fantasma comunista” en Venezuela.

Díaz Sánchez concibe esta propaganda como alejados de la “realidad venezolana”, que hubo radiografiado dos años antes en su novela Mene (publicada en 1936), los “comunistas” de este período son los que satirizará Cabrujas más adelante a través de su famoso personaje Pío Miranda. Díaz Sánchez señala las divergencias dentro del movimiento comunista internacional en torno a Stalin y Trotsky, pero elude y descarta discutir las diferencias concretas entre sus proyectos y programas. [2]

Confluye el debate político y literario en torno a dicha transición en la Carta de Gustavo Machado a Rómulo Gallegos (1964). Según él Doña Bárbara (1929) sería la novela que mejor exprese la transición entre 1928 hasta el derrocamiento de Gallegos en 1948, percibe tensiones ausentes en la interpretación sarmentiana (o adeca) de sus personajes reducidos a la dicotomía “barbarie/civilización”. Si Bárbara encarna el pasado semifeudal, Santos Luzardo sería la pequeña burguesía nacional “no invitada al festín de los royalties petroleros” y Míster Danger se revelará como el Coronel Adams, de la Misión Militar norteamericana detrás del golpe contra Gallegos. Una interpretación que confrontamos con el texto de Harrison Sabin Howard (1976: 93-137) “Rómulo Gallegos y la Revolución burguesa en Venezuela” para un mejor balance de los alcances y los métodos de esta novela para interpretar la transición que le tocó recrear literariamente.

IV. “La izquierda cultural” (1958-1968)

Las revoluciones “triunfantes” de posguerra tomarán la iconografía del “marxismo-leninismo”, paradójicamente contraviniendo pronósticos centrales de un tal Marx y un tal Lenin: No se darían en momentos de mayor crisis mundial, ni el poder será tomado por la clase obrera, ni tampoco bajo la dirección de partidos marxistas internacionalistas, por el contrario, siguiendo a la URSS estalinista, se dará la dislocación entre régimen social de “estado obrero” (sin burguesía dominante), y régimen político “burocráticamente deformado”, esto es, sin democracia soviética, revolución mundial y sin la tendencia del Estado hacia el “adormecimiento”.

Serán ejemplo de ello tanto China (1949) como Cuba (1959), y supuestas “democracias populares” en el Este como en Hungría (1956), donde la expropiación de la burguesía se hará bajo el férreo control sobre los obreros por parte del Ejército Rojo como ocupante. Este tipo de revoluciones generan un resultado contradictorio, al tiempo que estimulan la lucha de clases internacional, acentúan la crisis de dirección revolucionaria del período de entreguerras, complejizándose aún más el debate en torno a la “transición socialista”.

En el campo teórico de las izquierdas se profundizará la escisión entre “estructuralistas” y “humanistas”, con la muerte de Stalin (1953) la apertura parcial en Moscú de los archivos que había engavetado por años, y la publicación en Occidente de los textos juveniles de Marx, ejercerían enorme influencia en el debate internacional.

Como es sabido, la revolución cubana y sus líderes serán quienes ejerzan mayor influencia en las izquierdas del país, tanto en lo político como en lo cultural. El bienio 1958-1959 supondrá una ruptura dramática y la década siguiente será conocida como la década de la insurgencia armada contra el puntofijismo. Surge “la izquierda cultural” (Sardio/Tabla Redonda/Techo de la Ballena) como la llamó Alfredo Chacón (1971), aunque el proceso distaba mucho de ser tan compacto para tal denominación fuera de los grupos indicados por Chacón.

Encontramos en la literatura sobre la insurgencia armada de los años 60’s, mucho material en favor y en contra, habiendo en sus códigos una variedad axiológica y estética importante en lo que se refiere al socialismo, la propia guerrilla suministrará tras su fracaso escritores que resienten una dirigencia que les engañó, abandonó o traicionó, o entronizan el heroísmo de una generación que puso su vida en apuesta por un cambio social que no se consiguió.

Mencionamos Entre las breñas (Argenis Rodríguez, 1964), País Portátil (Adriano González León, 1969), Aquí no ha pasado nada (Angela Zago, 1972), No es tiempo para rosas rojas (Antonieta Madrid, 1975), Los farsantes (Clara Posán, 1976), Prueba de fuego (Ugo Ulive, 1981), y muchos otros... Obras que si bien no hablan centralmente sobre la revolución rusa de 1917, son imprescindibles como fuente de imaginarios recreados por la misma.

V. “Contracultura” (1968-1988)

En este período se inicia con el fin del Boom capitalista de la II Postguerra y se corta con el ascenso neoliberal. Del ascenso obrero y juvenil en distintos países metropolitanos (Portugal, Francia), periféricos (México, Argentina, Chile) y en el Este Europeo (Checoslovaquia), hasta su sofocamiento; proceso que termina con la restauración capitalista en el Este Europeo y la ex URSS.

Entre los teóricos de izquierda repuntan: la “teoría de la dependencia” (Dos Santos, Maza Zavala, etc.), los “científicos radicales” que reivindicarán la dialéctica y a Engels (Gould, Levins, etc.), “marxistas críticos” (Escuela de Frankfurt), “Neomarxistas” (Bloch, Macherey, etc.), “anglo-marxistas” (Raymond W., Jameson, Goldmann), “heterodoxos” (Meiksins W., M. Löwy, Sánchez Vázquez), algunos virarán al finalizar este período hacia posturas post marxistas o post estructuralistas en general.

En Venezuela, de tres organizaciones políticas que inician la guerrilla serán ocho (y en crisis) luego de su fracaso. Se vuelca la energía de la juventud sobre el proceso de la Renovación Universitaria (1968-1970). En la literatura surgen movimientos que pueden ser señalados como Neo-vanguardismo, una revolución más que formal contra los tabúes políticos de los períodos anteriores, con predominio de las formas desaprensivas, incitación a la controversia, sin temor a la inclusión de elementos de “incorrección política” en el discurso…

• Sin ver la necesidad de genealogizar mínimamente a los manuales soviéticos que criticaba, Ludovico Silva (1975: 141-150) supondrá en el “engelsianismo-leninismo” (p. 38) el origen de la “Teoría del reflejo” y la concepción dirigista del arte como “realismo socialista”.

• Desde Italia, pero pensando en Venezuela, Víctor Valera Mora (1979) lanzará una provocación “izquierdizante” a una dirigencia política y cultural formalmente “desestalinizada” y “eurocomunizada”, muy adaptada al ‘institucionalismo’; a las vanguardias se las había tragado el sistema (o el INCIBA y CONAC) por lo que la parte “stalinista” de los “70 poemas” (que no eran 70) podría parecer contradictorio sin llegar necesariamente a serlo del todo.

• Por su parte José Ignacio Cabrujas (1979) revive al prototipo del comunista venezolano de la década del 30’, como alguien cuyo mayor anhelo es llegar a vivir en una granja colectiva de trabajo pesado (Koljós) en la URSS estalinista, algunos autores como Lovera De-Sola (2009) afirman que en confidencia Gustavo Machado le diría a Cabrujas: “nosotros éramos así” (Lovera De-Sola; 2009).

VI. Post-vanguardismo (1989-2017)

Este último período abarca, dentro de los imaginarios de izquierda, desde las resistencias al neoliberalismo en los años 90’s hasta la transición postneoliberal y post chavista actual. Pasando en el mundo por el auge de los Movimientos de Movimientos, “crisis de los partidos políticos” o autonomismo (Holloway, Bonefeld, Roland Dennis, etc.), Movimiento Anti-Global (Seatle, 1999), altermundismo y Foro Social Mundial (Porto Alegre, 2003), Socialismo del siglo XXI (con epicentro en Venezuela).

El internet hace su entrada triunfal revolucionando las comunicaciones. El debate teórico gira en torno a corrientes decoloniales (Dussel, Quijano, Lander, etc.), deconstructivistas (Derridá, Deleuze, Guattari), post feministas (J. Butler), post marxistas (Laclau, Mouffe), Transdisciplinares (Nicolescu, Morín), entre otras, donde el comunismo y los imaginarios sobre la revolución rusa, si acaso vuelven, lo harán trastocados bajo la forma “fantasmagoría” o alegorización.

Esta impronta se presenta en la manera en que Eduardo Liendo retoma el tema de la Revolución rusa y sus imaginarios para dos de sus últimas novelas, El round del olvido (2002) y El último fantasma (2008), a esta última especialmente dedicaremos un espacio de reflexión, puesto que al igual que en su novela Los Topos (1975) apunta registros autorreferenciales [3] para crear a su personaje principal, Felisberto, un escritor, ex guerrillero de los 60’s que viajó a la URSS y en su senilidad, en un país gobernado por “El Locato Papa Upa” (Pp. 83, 123, 146, 149, 169, 192), se encuentra sacudido por fantasmas del pasado, concretamente el “fantasma de Lenin” (p. 19).

La Revolución Rusa de 1917 se presentará como “una bestia que terminó devorando a sus propios hijos” (p. 174), obra exclusiva de un Lenin sectario, vernáculo y megalómano (p. 118), su “fantasma” manifestará animadversión por los “marxistas sensatos” (mencheviques), y por León Trotsky (p. 98), y será tan ingenuo que nunca previó la posibilidad de degeneración burocrática y restauración capitalista (p. 182).

VII. A manera de cierre (A la vuelta de un siglo)

A la vuelta de un siglo, puede decirse que en Venezuela la lectura de los sucesos “que estremecieron al mundo” (J. Reed) se ha metamorfoseado continuamente. En un primer momento, la inmediatez temporal y la enorme brecha geográfica/sociopolítica, hacían que la prensa venezolana de la época le tomara la restringida importancia de episódicos sucesos de tierras lejanas (Rosas Marcano, 1980: 49).

El tremendo impacto de su posterior desarrollo (con la creación de una nueva Internacional Comunista con presencia en Latinoamérica y Venezuela, seguido por su degeneración burocrática estalinista), hizo que la intelectualidad latinoamericana y venezolana tuviera que definirse a sí misma en su relación con ella (Caballero, 2006: 29), generando cierta gama de lecturas, cuya imbricación con la situación nacional será siempre susceptible de identificar.

Las fluctuaciones periódicas en lo económico, cultural, y en lo político (relación de fuerzas entre las clases en pugna) tanto en el mundo como en el país, tuvieron siempre algún margen de incidencia en la manera en que la literatura venezolana escribiera sobre hechos, personajes e imaginarios referentes a la revolución rusa, así como también en su recepción.

Al aproximarnos al primer siglo de aquellos sucesos, la crisis iniciada en 2008 no ha cerrado, y arropa a países centrales (Grecia, Francia, España, Inglaterra y EE.UU.), al tiempo que Venezuela se ve sumida en una de las crisis más agudas de su historia moderna (en tiempos de “paz social” y sin catástrofes naturales que lo justifique).

Otras novelas escritas fuera del país como la ya célebre El hombre que amaba los perros (2009) del cubano Leonardo Padura, donde se dedica por entero una de sus partes al personaje que junto a Lenin estuvo a la cabeza de la Revolución de 1917, parece indicar que las narrativas sobre la revolución rusa no están del todo gastadas y que el año tan convulso que pisamos tanto a nivel nacional como internacional, todavía podría quizás traer nuevas producciones relacionadas bajo quién sabe qué nuevo rótulo.

Domingo, 19 de marzo de 2017.

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[1Una carta de 1928 al dictador Gómez, reproducida en la investigación de Raúl Agudo Freites (1969: 119) muestra que para la época la “propaganda sovietista” no era todavía asociada en Venezuela (al menos no a nivel de gobierno) a algún tipo de régimen burocrático-autoritario, sino más bien libertario-anárquico de sociedad, y Pío Tamayo un “anarquista o comunista, que es lo mismo”. (Pp. 119-120).

[2Paradójicamente en momentos en que el perseguido León Trotsky denunciaba abiertamente a una Revolución traicionada (1936), mientras ingresaba al debate latinoamericano (1937), y proyectaba su Programa de transición (1938).

[3Dice su personaje, Felisberto: “¿Qué podría ganar yo con la novela de El último fantasma? Nada, absolutamente nada. Como no sea la ira de algún comisario político fanático y del pelotón de los ilusos incorregibles, que pretenden cambiar al mundo sin cambiar ellos ni de franela” (p. 160)