A 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo es necesario rescatar su legado revolucionario para alcanzar el triunfo en las diversas luchas hoy, como lo es la de los chalecos amarillos.
Martes 15 de enero de 2019
Este 19 de enero se cumplen 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los dos dirigentes principales de la Liga Espartaquista y del naciente Partido Comunista de Alemania (KPD). Ambos fueron brillantes marxistas que junto con otros revolucionarios dieron una pelea en el seno del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), contra el revisionismo y el reformismo. La dirección socialdemócrata planteaba conciliar con el capital en lugar de combatirlo, ver en la reforma social un fin y no un medio para llevar hasta el final la emancipación de los trabajadores.
Luxemburgo dio fieros combates teóricos a personajes como Eduard Bernstein, Karl Kautsky y Agust Bebel, entre otros teóricos que decidieron adaptarse al régimen burgués, ya que mientras que ellos pensaban que había que dirigir a los trabajadores a mantener acuerdos permanentes con el Estado, ella confiaba en que la acción de las masas podría contribuir a forjar el socialismo. La respuesta de alguno de los adversarios políticos de Rosa fue llamarla “espontaneista”, es decir que ella despreciaba la acción consciente del partido revolucionario en alcanzar objetivos políticos.
Claro que esta idea es completamente errónea, Luxemburgo no rechazaba para nada la construcción de un partido que sirviera como instrumento político a la clase obrera para la toma del poder, más bien rechazaba que los partidos de la Segunda Internacional se hubieran convertido en una fuerza material que impedía orientarse hacia la revolución. Ya que estos partidos y sus direcciones afirmaban que el socialismo no era posible en tanto que el capitalismo tenía mucho camino por recorrer, por lo que a lo que debían dedicarse era a ganar escaños en el parlamento y tener más sindicatos afiliados.
En cambio Rosa mostraba cómo la acción organizada de las masas trabajadoras era el motor de la historia que podía cambiar al mundo, sin depender de ningún plan perfectamente establecido para hacerlo. Así lo establece en su obra, Huelga de masas, partido y sindicatos. Este libro fue escrito en 1905 y publicado en 1906, para recoger las mejores lecciones de la oleada revolucionaria que se dio en esos años en las industrias rusas. En ella alaba la acción espontánea de los trabajadores, pero en cuanto que es una expresión independiente del movimiento obrero, cuya energía puede manifestarse muy a pesar incluso de las direcciones sindicales y partidarias más preocupadas por pactar con el Estado que por dirigir las huelgas. Esta espontaneidad puede ser un medio para avanzar la revolución.
Sin embargo, la dirigente marxista en su época no subestimó el papel de la socialdemocracia (entendida ésta como la vanguardia proletaria y sus partidos), sino que más bien estaba llamada a dirigir al movimiento y dotarlo de un programa que permitiera el triunfo del socialismo en los distintos países o como ella misma señaló:
“La consigna es señalar la orientación de la lucha, fijar la táctica de la lucha política de tal forma que en cada frase y en cada momento se movilice toda la fuerza actual, activa y desencadenada del proletariado, para que se manifieste en la actitud combativa del partido (…) esta es la tarea más importante de la dirección en las huelgas generales”.
“La consigna es señalar la orientación de la lucha, fijar la táctica de la lucha política de tal forma que en cada frase y en cada momento se movilice toda la fuerza actual, activa y desencadenada del proletariado, para que se manifieste en la actitud combativa del partido (…) esta es la tarea más importante de la dirección en las huelgas generales”.
Es decir, que a toda acción espontánea de las grandes mayorías se requiere construir direcciones partidarias, compuestas de revolucionarios dispuestos a dar la lucha contra la burguesía, bajo un programa que pretenda destruir al capitalismo y no conciliar con él.
¿Cómo traer a Rosa Luxemburgo a la actualidad?
Como se puede ver en sus obras, la dirigente marxista alababa la espontaneidad de las masas en cuanto a expresión independiente, de hartazgo, de cambio de mentalidad de las grandes mayorías y su búsqueda por mejores condiciones de vida, pero rechazaba el espontaneísmo, más asociado al anarquismo que Luxemburgo tanto criticó. Esta corriente se caracterizaba por el desprecio a todo tipo de vanguardia revolucionaria que trate de conquistar la dirección del movimiento para lograr la revolución, según esta visión la revolución social se puede lograr sin una dirección política, pero estaban equivocados como demuestra Rosa.
Si traemos a Rosa Luxemburgo al presente, su pensamiento brinda elementos para pensar lo que sucede hoy en Francia con el movimiento de los chalecos amarillos, el cual surgió recién en octubre del año pasado, como parte de una protesta contra el gobierno de Macron por el aumento de las gasolinas. Desde entonces y hasta este momento los chalecos han puesto en jaque al Estado, resistiendo incluso brutales represiones en sus múltiples jornadas de lucha, exigiendo también la participación de los sindicatos para apoyar sus demandas.
Este movimiento surge de forma espontánea, es decir como ese elemento independiente que se hartó de ser el gran perdedor de la globalización. Si bien es policlasista, se encuentra fundamentalmente compuesto por trabajadores precarizados, expuestos a la inestabilidad laboral, la falta de derechos y de asociaciones propias. Su molestia llegó al límite por el aumento desmedido a la gasolina, lo cual los afecta de forma muy dura porque en los vecindarios en los que viven, los buenos transportes públicos fueron liquidados, en especial los trenes de corta distancia, lo que los vuelve excesivamente dependientes de su automóvil.
Ante dicha situación donde las masas irrumpen en las calles para protestar y ejercer sus derechos Luxemburgo recomendaría la construcción de uno o más partidos revolucionarios que acompañaran a los chalecos en su proceso de lucha. Ya que el papel de la vanguardia es dialogar con la sensibilidad de los trabajadores y traducir eso en un programa y una estrategia para el combate como parte de un proceso vivo de la lucha de clases.
A inicios del siglo XX cuando surgía alguna revuelta obrera se manifestaban las direcciones sindicales y las corrientes reformistas para contenerlas, contra eso escribió Rosa. Hoy ocurre lo mismo, pero además hay incluso grupos de derecha que buscan capitalizar para sí el descontento social y construir una situación reaccionaria. El papel de las corrientes revolucionarias debe ser el combatir esas posiciones, dándole una perspectiva revolucionaria a la Francia de los chalecos amarillos.
Hay que pensar el papel de las direcciones de las grandes centrales sindicales, que buscan la negociación con Macron para acabar el conflicto sin combatir, o bien de Refundación Nacional, formación ultraderechista, heredera del Frente Nacional por la Unidad Francesa, dirigida por Marine Le Pen, quien pretende convencer a los miles de inconformes en las calles que todo es culpa de los inmigrantes.
Se requieren corrientes revolucionarias que impidan que estos actores promuevan los desvíos del movimiento de modo que las demandas puedan ser alcanzadas, bajo una perspectiva superior de construcción de una nueva sociedad. Los chalecos amarillos y demás participantes en esta lucha deben ir eligiendo sus propios representantes entre quienes se movilizan contra los deseos de Macron y los dirigentes sindicales colaboracionistas poniendo en pie comités de acción independientes para pelearles así la dirección del movimiento, para llevar sus demandas hasta el final, fortaleciendo las Asambleas Generales departamentales que están organizando los ferroviarios, y que ya están planteándose una próxima huelga general, y extenderlas a los demás sectores.
A 100 años del asesinato de Rosa Luxemburgo, rescatemos las mejores lecciones de su legado revolucionario a partir de sus obras teóricas y el rescate de su práctica militante, por eso decimos “Socialismo o barbarie”.
Los avances que todos soñamos, y para los trabajadores ferroviarios, ya son la derogación de la reforma ferroviaria, pero también la derogación de las leyes contra el salario y contra los pobres, y por qué no ir mucho más allá de todos estos temas. Una cosa es segura: es tiempo de revuelta, ¡no dejes que el tren pase sin hacer nada!... Eric, ferroviario de la estación Saint-Lazare, en Chalecos amarillos y chalecos naranjas: ¿cuándo vamos a descarrilar a Macron?
Los avances que todos soñamos, y para los trabajadores ferroviarios, ya son la derogación de la reforma ferroviaria, pero también la derogación de las leyes contra el salario y contra los pobres, y por qué no ir mucho más allá de todos estos temas. Una cosa es segura: es tiempo de revuelta, ¡no dejes que el tren pase sin hacer nada!... Eric, ferroviario de la estación Saint-Lazare, en Chalecos amarillos y chalecos naranjas: ¿cuándo vamos a descarrilar a Macron?