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Red Internacional
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OPINIÓN. Ser gay en una sociedad como la nuestra

“La misma sociedad empuja a que los “oprimidos” se junten entre ellos, porque comparten una experiencia en común desde la cual se pueden entender y dar un apoyo mutuo”

Viernes 7 de julio de 2017

Así como en los gustos, en salir del closet no hay nada escrito. Todos a la hora de hablar del tema varían en las circunstancias en las que lo han hecho, edad que tenían, las consecuencias que trajo hacerlo, etc. Aunque es real también que hay una especie de salida “interna” y otra “externa”; una en la que uno se asume para si mismo como “distinto” y otra en la que ya eres capaz de contarle al mundo de la realidad que vives. Ninguna de las dos está exenta de contradicciones.

Ser parte de un colegio de hombres, por así decirlo, te enfrenta a otro mundo que es distinto al de un colegio mixto. Lo digo no por reivindicarlo: definitivamente en el siglo XXI en el imaginario colectivo nos parece un tanto medieval para la juventud que los colegios sigan separándose por género (y a algunos nos parece todavía más medieval que ciertos sectores planteen que hay que volver a hacerlo). Lo digo porque en un colegio donde son todos hombres el identificarse como, en un primer momento, “distinto”significa también identificarse de forma más fácil con aquellos que comparten tu condición, tanto porque desarrollan cierto “ojo de loca” como también porque sufren muchas veces la misma discriminación: que se te queda la patita atrás, que tienes que correr como hombre o que la voz que tienes es muy “finita”. Así, la misma sociedad empuja a que los “oprimidos” se junten entre ellos, porque comparten una experiencia en común desde la cual se pueden entender y dar un apoyo mutuo.

Entonces la salida del closet “interna” es en el fondo identificar el rol que te asignan en la sociedad como gay y asumir que es algo que tienes que enfrentar. Así te comienzas a forjar para enfrentarte a una moral que dictamina que estás enfermo o que eres un pecador, y reunirte también con aquellos que pecan igual que tú. Pero la salida del closet “externa”, el segundo momento, es más complejo, pues significa enfrentar a tu familia y de conjunto a todo este mundo que piensa que estás equivocado o que es una simple fase. En mi caso fue mucho más fácil, pues no hubo mayor complejidad: es que cuando has compartido prácticamente toda una vida con una madre soltera pareciese que ella va un paso más adelante que ti. Pero sí conozco casos terribles, como enfrentar terapias con psicólogos y psiquiatras que parecen interminables o castigos que duran años. La familia, en el fondo, es el último cerco: el que separa lo privado de tu condición de lo público, cerco que también varía en formas y presentaciones y que aveces la única salida es echarlo abajo.

Así, uno va viviendo la opresión a diario, como también va viendo que la opresión viene en “cajas” distintas. Porque para esos conocidos gays que venían de los barrios altos no era tan complejo: a ellos no le gritaban en su barrio por su forma tan rara de caminar o vestir. Porque para ellos la realidad de una amenaza de muerte por tus propios vecinos está mucho más alejada que para otros, pues la opresión no solo va en tu condición sexual, también es determinada por la clase a la que perteneces como también es determinada por tu condición de inmigrante o tu sexo biológico.

Para mí en verdad existió otra la salida del closet y fue el despertar a una vida política. Fue el hacer consciente las muchas miserias a las que uno se enfrenta y tomar la resolución de estar dispuesto a cambiarlas de raíz. Fue problematizar en el cotidiano sobre las contradicciones que están contenidas en el sexo, el género, la raza, la orientación sexual y la clase, esta última como el factor más determinante. Es en ese mismo momento de despertar a la vida política, que para muchos de mi generación fue también el año 2011 con la revolución estudiantil, en el cual tomas partido en la realidad y escoges una forma concreta en la que pretendes cambiar la realidad. Es esta misma decisión la que amplía mucho más el espectro al cual acostumbras a observar. De alguna forma, la paleta de colores te cambia.

En mi caso puntual, fue con la agrupación clasista de mujeres y diversidad sexual “Pan Y Rosas” y con el “Partido de Trabajadores Revolucionarios” con los cuales hice mi experiencia última en este ciclo de abrir y cerrar puertas. Fue militando codo a codo con compañeras y compañeros, organizados en las calles, colegios, facultades y lugares de trabajo , dónde comprendí que hay muchas vivencias más allá de la mía, y que muchas veces son mucho más crueles. Fue desde el malestar colectivo de obreros, mujeres, gays, lesbianas y trans organizados que entendí que ese mismo sentir se podía convertir en una fuerza capaz de dar vuelta la balanza y subvertir el orden de una sociedad de clases y machista. Así uno se asume como “trotskista”: en la experiencia colectiva con un horizonte socialista de querer cambiar este mundo que es tan bello, pero que para los explotados y oprimidos la clase dominante insiste en hacerlo lo más inhóspito posible.

Entonces cuando salimos fuerte a denunciar la pronta llegada de un bus de odio que dice ser “de la libertad”, el cual busca replicar todo ese discurso transfóbico propio de la iglesia y la derecha, así como también la pronta venida del Santo Padre, no se impresionen tanto. Para nosotros, como maricas, trans y lelas troskistas, la revolución permanente es una revuelta consciente en todos los ámbitos de nuestra vida, tanto en lo personal como en lo público. Desde donde nos paramos, nuestra tarea constante va ser siempre incomodar y remecer la vida de aquellos que se enriquecen y se acomodan a costa de nuestro constante sacrificio y exposición. Porque, en el fondo, lo que todas y todos nosotros queremos es “un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres", tal como diría la revolucionaria marxista Rosa Luxemburgo.


Ignacio Ocampo

Militante de la agrupación "Pan Y Rosas"