La denuncia sobre la situación de Dora, mujer paraguaya a quien la Anses le niega su pensión, generó debate. Aquí un análisis originado por comentarios de lectoras y lectores de La Izquierda Diario.
Juana Galarraga @Juana_Galarraga
Jueves 17 de noviembre de 2016
Las consecuencias del ajuste de Cambiemos se hace sentir y el descontento se expresa de diversas formas. Además de la bronca ante los bolsillos secos y las promesas austeras para fin de año, lo que se profundiza es la estrechez general para encontrar culpables y proponer soluciones.
Las crisis, los malestares, las frustraciones, siempre necesitan chivos expiatorios o explicaciones simples para canalizarse. Hasta hace poco la culpa de la crisis y de la Argentina empantanada, era de los corruptos del pasado, discurso abonado por el oficialismo que hizo uso y abuso del recurso de la pesada herencia. Pero ojo, hablar tanto de corrupción para un gobierno en funciones puede ser contraproducente. Más, para un gobierno que requiere matizar con tantos grises denuncias de la talla de Panamá Papers o Bahamas Leaks.
Entonces nada mejor que dirigir la furia masiva por las condiciones de vida cada vez más decadentes, hacia uno de los sectores más vulnerables y cuyas condiciones de vida son las más decadentes de todas: los inmigrantes pobres. He aquí el gran favor de Pichetto, representante de los titulares originales de la herencia pesada, al gobierno actual: “lo dijeron ellos, no nosotros” habrá dicho más de un funcionario de Cambiemos. Sergio Massa no se quedó atrás y también se sumó al coro xenófobo. Las réplicas del terremoto desatado por el triunfo de Trump llegaron como se ve, a una Argentina más que predispuesta para hacer tambalear su “cultura igualitaria”.
El purgatorio judicial al que son sometidos los funcionarios corruptos del kirchnerismo no alcanzó. Luego la discusión por la mal llamada “justicia por mano propia” copó la agenda y los linchamientos impactaron con sanguinolencia en las pantallas de televisión. Ahora, asistimos al linchamiento discursivo, mediático y estatal de los inmigrantes.
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Dora y los aportes al debate
La denuncia que se publicó aquí, acerca de la situación padecida por Dora Franco, una mujer nacida en Paraguay, generó debate. Lo que se lee en los comentarios puede funcionar como un muestreo de lo que sucede ante este tema que provoca la reacción de amigos y enemigos de los extranjeros. Lo que fácilmente se deduce de los comentarios, es que ante cada situación que los trae a colación, los recursos argumentativos del sentido común salen a flote con mucha facilidad.
“Una preguntita... En Paraguay, le dan pensiones a los argentinos mayores que nunca hicieron aportes jubilatorios?”, pregunta un lector enojado por la pretensión de Dora de cobrar una pensión de 4000 mil pesos luego de 30 años de trabajo en el país. La pretensión de que un argentino en Paraguay sea recibido en las mismas condiciones que un paraguayo en nuestro suelo, es no comprender los motores de la inmigración. ¿Para qué iría un habitante de Paraguay a otro país si no fuera para obtener mejores condiciones laborales y de vida? Resulta ilógico pretender que un argentino en Paraguay cuente con los beneficios que ni el mismo pueblo paraguayo cuenta.
“Independientemente de las nacionalidades ¿es justo que se pague esa pensión a gente que no contribuyó con el sistema, o lo hizo en forma insuficiente?”. La persona que escribió estas líneas está omitiendo que, “independientemente de las nacionalidades”, lo que prima es el empleo en negro y la precarización laboral, por los que incluso muchos argentinos son privados de sus aportes previsionales, entre muchos otros derechos. No es que Dora no quiso hacer sus aportes previsionales. Fueron sus patrones, casi todos argentinos, quienes la negrearon y la dejaron en su situación actual de vulnerabilidad.
Afortunadamente no faltan quienes incorporan al debate otros elementos para complejizar el análisis. “A Dow chemical, Profertil y Cargill Edenor/ Edesur no le cobran impuestos, les perdonan deudas y les permiten tarifazos y se llevan fortunas y son extranjeros. A los laburantes no le pagan la jubilación”, afirmó otra lectora. Como bien denuncia este comentario, los inmigrantes que alteran los ánimos del sentido común son los que vienen con una mano delante y otra atrás a hacer los peores trabajos, las empleadas domésticas, los albañiles, los verduleros… en fin “los bolitas”, “perucas” o “paraguas”. Los empresarios multinacionales que amasan fortunas a costa de la explotación, la expoliación y la contaminación como los mineros, premiados con exenciones impositivas por el Gobierno, esos no generan tanto escándalo. Esos son blancos. Para el sentido común triunfaron justamente, la hicieron bien.
“Si la señora vivió más de 30 años en el país, seguramente trabajó, no importa en qué y tiene tanto derecho como mis abuelos que vinieron de Europa, por lo que eran inmigrantes, jubilados acá”. También están quienes recuerdan cómo se constituyó la Argentina, el proceso que convirtió a este territorio en un estado moderno: La Argentina como “crisol de razas”, lo que se enseña en las escuelas, el relato épico al que se apela para rememorar las hazañas de abuelos, padres y bisabuelos, viajeros que bajaron de los barcos también con una mano atrás y otra adelante, a poblar estas tierras. Esto parece no tener nada que ver con la inmigración de los habitantes de países limítrofes, aparentemente mucho menos “épicos” y loables que nuestros ancestros para el sentido común.
Sobre dimensiones
Según un estudio de la ONU que trascendió en abril del año pasado, Argentina es el país de América Latina con más inmigrantes. “La Organización de las Naciones Unidas (ONU) a través de un estudio, indica que el 4,6% de la población que vive en la Argentina es extranjera, llegando a un total de casi dos millones de personas. Los datos fueron obtenidos del Censo 2010 realizado en el país”.
Chequeado.com publicó en 2012 un informe titulado “La distancia entre la percepción y la realidad”. “Casi el 50% de los encuestados en la Capital Federal cree que los inmigrantes de países limítrofes representan entre el 10 y el 15% de la población, según reveló un estudio hecho por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano (COPUB), en 2006. En ese momento los datos del INDEC mostraban que el porcentaje real era el 2,5% de la población.” Esta capacidad de sobredimensionar la cuestión de la migración cuenta hoy con el inestimable aporte de Pichetto, Massa, Cambiemos y las empresas de medios masivos de comunicación, con el Grupo Clarín a la cabeza.
Actualmente, el porcentaje de extranjeros en suelo nacional es menor al 5 por ciento y la cifra total es menor a los dos millones. No se sostiene la idea de que en un país que tiene la capacidad de producir alimento para 400 millones de personas, 2 millones sean la causa del desborde del sistema sanitario, del déficit educacional y del desempleo que existe entre los otros 40 millones que cohabitan con ellos.
Sin embargo, hay quienes creen que echando a los inmigrantes del país van a tener la escuela y el hospital que soñaron. La discusión es similar a la de la corrupción, a la idea de que si los políticos no robaran se solucionarían los problemas.
“Si este mismo sistema estuviera administrado sin la menor fisura, (sin corrupción NdR) habría –supongamos– un tercio más de recursos para hospitales y escuelas y los pobres tendrían un poco más de gasa y un poco más de vacunas y un poco más de tiza –y los ricos seguirían teniendo tomógrafos y by-passes al toque y computadoras de verdad en el aula. Quiero decir: si todos los políticos fueran honestos, todavía tendríamos que tomar las decisiones básicas: en este caso, por ejemplo, si queremos que haya educación y salud de primera y de segunda, o no. Si queremos que un rico tenga muchísimas más posibilidades de sobrevivir a un infarto que un pobre, o no”. La cita corresponde a Marín Caparrós, quien forjó el concepto de “honestismo” para discutir contra esa lógica de pensar que todo se reduce a si los políticos son honestos o no, más que a decisiones, intereses de clase y voluntad política.
De la misma forma podríamos sostener que si se echara a todos los inmigrantes de este país, quizás habría un poco más de gasas en los hospitales y de tizas en las escuelas, pero un obrero seguiría teniendo muchísimas menos posibilidades de sobrevivir a un infarto que su patrón. La discusión “independientemente de las nacionalidades”, es una cuestión de clase y las divisiones instauradas entre nativos y extranjeros son funcionales a los intereses de quienes generan la miseria de los trabajadores y pobres de Argentina, Bolivia, Paraguay, Perú y todos los países. Es hora de completar el análisis y mirar en otra dirección para señalar a los culpables.