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Red Internacional
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DEBATES EN EL FEMINISMO. Soledad Deza: "Nos quedan muchas discusiones que dar dentro de los feminismos"

Soledad Deza es abogada, feminista e integrante de Católicas por el Derecho a Decidir, una de las organizaciones que integra la Campana Nacional por el Derecho al Aborto. Es abogada de la joven tucumana apodada Belén, que recobró su libertad y finalmente fue absuelta, luego de una injusta condena.

Viernes 11 de enero de 2019 10:40

* Esta nota es parte de un dossier sobre la lucha contra el patriarcado y los debates en el feminismo, para el cual La Izquierda Diario recabó la opinión de diversas referentes del movimiento de mujeres como Marina Mariasch, María Pía López, Inés Hercovich, Andrea D’Atri, Soledad Deza y Graciela Morgade.

Leelo completo: Dossier: la lucha contra el patriarcado y los debates en el feminismo


LID: ¿Existe un "feminismo del enemigo"? Que opinas sobre esta definición que propone Rita Segato?

Soledad Deza: Creo que no existe un feminismo del enemigo. Pienso que es una metáfora que invita a pensar cómo construimos feminismo como proyecto político sin recurrir a lógicas patriarcales como son anclarnos en la naturaleza de las personas –”los varones son naturalmente malos” o “todos abusadores”, por el hecho de ser varones – y concebir a alguien como peligroso, por el solo por ser varón, en este caso.

En derecho se habló y se habla del “derecho penal del enemigo” como una forma antidemocrática de performar un derecho diferente para quienes la sociedad acuerda en un momento determinado que reúne ciertas condiciones. Pensemos en el derecho que se ensaña con los/as extranjeros/as por el hecho de ser extranjeros, como para tomar un ejemplo.

Con el tema de las denuncias de violencia sexual se mezclan y entrecruzan cuestiones distintas. Por un lado va la censura social destinada a desmantelar un sistema de género que históricamente nos ha organizado jerárquicamente como sociedad, predisponiendo el poder para los varones y subordinando a las mujeres para el beneficio de quienes detentan el poder. Y por otro va el derecho y sus instituciones que no son “neutrales”, sino en muchísimos casos –sobre todo en el derecho penal- funcionales a ese Patriarcado.

Ese “pacto entre caballeros” para dominar a las mujeres no se desmentela con reformas judiciales, ni con procesos penales. Ese pacto patriarcal sólo se derriba modificando patrones culturales, porque es la cultura quien lo cierra y el derecho, es cultura, es una de las instituciones que consolidan ese orden jerárquico que habilitó durante siglos la rapiña de los cuerpos. Pensemos en los conflictos armados y en el uso de los cuerpos como botín de guerra, en el Narcotráfico y su uso de las mujeres, en el débito conyugal que salió de nuestro Código Civil recién en 2015 o en la “mujer honesta” que sobrevive en Códigos Procesales como el de Tucumán, todavía.

Hay una cultura detrás de eso, cimentada sobre varias capas de machismos, micro y macro durante siglos. No creo que Rita Segato sea nuestra enemiga, creo que el “enemigo” es el Patriarcado en sus mil distintos matices. No coincido con MacKinnon en que el matrimonio o la prostitución sean “violaciones seriales”, pero sí acuerdo con ella en la necesidad de una construcción feminista del Estado. Me gustan las sufragistas aún cuando reconozca que su lucha era bastante sectaria. No comparto que la lucha de género sea “burguesa” y sólo importe la de clases, pero valoro el feminismo marxista porque de allí salieron algunas de las críticas al derecho que más me gustan. Quizás es hora de que aceptemos que no hay vanguardias iluminadas del pensamiento feminista, hay teóricas y hay movimiento de mujeres con mucha praxis; y la historia del feminismo es teoría y praxis. Nos quedan muchas discusiones que dar dentro de los feminismos, entonces, permitirnos cuestinarnos y criticarnos sin sospecharnos de habernos cruzado al bando del Patriarcado, me parece un ejercicio imprescindible que marca una diferencia con la lógica política masculina del poder.

Se me eriza la piel de vivir en este momento histórico que es producto una rebelión feminista que se viene gestando desde hace tiempo: es el Niunamenos que dijo “si nuestro trabajo no vale produzcan sin nosotras”, es la marea verde de pañuelos que antes nadie quería y ahora parió “pañuelazos” por todas partes, son los Encuentros Nacionales de Mujeres cada vez más multitudinarios, es la Cuarta Ola del gliter y las lágrimas, es el feminismo en la Academia, en las casas y en las plazas. El feminismo de asambleas estudiantiles. Somos todas en las calles diciendo BASTA a una cultura desbastadora de violencia que inscribió en nuestros cuerpos -y continúa haciéndolo- los peores mensajes.

LID: Punitivismo, escrache, linchamientos. ¿Qué opinión te merece su uso en la pelea por terminar con la violencia hacia las mujeres?

Soledad Deza: No creo en el punitivismo, pero porque el derecho penal históricamente ha sido el enclave más agresivo con las mujeres. Supone la expropiación de la violencia a la sociedad para el uso del Estado. Crimen y castigo han sido especiales herramientas para disciplinar nuestras vidas. No creo en las cadenas perpetuas, no lucho por eso. Respeto a quienes lo hacen, pero el derecho penal es violento y razona de forma masculina. Respeto sin embargo, a quien quiere castigo para su agresor, porque creo en la autonomía, no porque crea que esa condena modificará la realidad social. Y no dejo de creer que alguien que denuncia públicamente un abuso fue abusada solo porque no haga la denuncia o porque la retire o porque no quiera denunciar. Es mucho más complejo el entramado que ovilla el dominio de nuestros cuerpos como para pensar que una sentencia lo desmadejará.

No son reformas judiciales lo que precisa nuestra sociedad para evidenciar que nuestros cuerpos no están disponibles más que cuando queremos, son reformas de mentalidades. Y ahí la denuncia social toma cuerpo –dudo si técnicamente es un escrache como nació el término con los genocidas- y recicla nuestra histórica dominación, construyendo otros sentidos emancipadores.

Es histórico que el miedo cambie de lado y podamos finalmente discutir que la violación no es un problema privado de la víctima, es un problema político, social y cultural de nuestra sociedad. Y en eso tienen mucho que ver la suma apabullante de todas las denuncias que se desencadena como efecto de la lucha colectiva. Es sacar algo de debajo de la alfombra que estuvimos –nosotras, nuestras madres, sus madres y todas las brujas que no pudieron quemar- educadas para dejar ahí, donde no molestaba a nadie. Y ahí nada tiene que ver el debido proceso, ni el principio de inocencia, porque sabemos que el acceso a la justicia para las mujeres tiene una puerta diminuta, en gran medida, porque la cierran los prejuicios judiciales patriarcales.

Entonces, no mezclar chicha con limonada. Una cosa es la denuncia social que ayuda a desmantelar una cultura de la violación custodiada por valores que se vendieron como “neutrales” - las necesidades sexuales de los varones, las bajas pasiones de las mujeres que se condensan en una tanga- y otra cosa muy distinta son los carriles judiciales. Para los estrados judiciales, las reglas judiciales. Para la vida de las mujeres, queremos libertad para desculpabilizarnos, para dignificarnos nosotras por tanta culpa cargada en nuestros cuerpos abusados y para señalar a quienes gozaron de impunidad para someternos. Y claramente no estoy a favor de ningún linchamiento, pero porque estoy en contra de la violencia. No somos mojigatas, creemos en el placer como derecho y como parte de nuestra vida, lo que no queremos es que arrasen nuestros cuerpos como si ello fuera natural. ¿Escraches o linchamientos? Son categorías que no se aplican a esta realidad me parece, inventemos las nuestras que somos mucho más creativas que el Patriarcado que es puro status quo.