La tendencia a la polarización es el signo político del 2019. La crisis del extremo centro, la emergencia de la extrema derecha y el fin de ciclo del neorreformismo. La necesidad de una nueva hipótesis para el surgimiento de una extrema izquierda anticapitalista y de clase.

Diego Lotito @diegolotito
Viernes 11 de enero de 2019
La crisis del extremo centro
Tariq Alí, escritor y activista anglo-paquistaní, formuló el concepto de “extremo centro” para dar cuenta de la transformación de los partidos de los regímenes bipartidistas en dos caras de un mismo bloque político neoliberal para garantizar los intereses de los grandes capitalistas. La alternancia en el poder del Partido Popular y el Partido Socialista desde la salida de la dictadura franquista ha sido la expresión vernácula de ese “extremo centro”.
El estallido de la crisis capitalista en 2008 y la crisis orgánica del régimen político español -en términos de Gramsci, una dislocación de la autoridad del Estado y de los partidos, en la cual la crisis económica se articula como crisis social y política- marcaron el inicio del fin de este sistema de partidos. El llamado bipartidismo se resquebrajó, dando lugar tras la emergencia de Podemos (desde la izquierda) y Ciudadanos (desde la derecha liberal), a una nueva constelación, un tetrapartidismo.
La desesperada carrera de Podemos hacia la “centralidad política” lo llevó rápidamente a parecer una mala copia del PSOE. Así, en último período, tras la moción de censura y el Gobierno de Sánchez con el apoyo de Podemos, e incluso de formaciones independentistas, el “extremo centro” parecía recuperar terreno. La irrupción de Vox desde la extrema derecha, un epifenómeno de la crisis de la derecha y el fin de la hegemonía del PP en este margen del espectro político- abre sin embargo un nuevo capítulo, en el que las tendencias a la polarización vuelven a instalarse. Por ello en el establishment hay una honda preocupación por esta dinámica. Desde la Unión Europea hasta la prensa del mainstream resuenan las voces llamando a los partidos de régimen a huir de los “antisistema” de Abascal.
Quien mejor expresó esta intranquilidad quizá haya sido El País. En una editorial del 6 de enero, a propósito de las negociaciones entre el PP y Vox para pactar la presidencia de Andalucía, el diario de mayor difusión del Estado español advierte que “cualquier concesión efectiva al programa de una fuerza como Vox en Andalucía introduce tensión en la totalidad del sistema constitucional del 78, puesto que sirve de excusa para la exigencia de concesiones simétricas por parte de otras fuerzas antisistema, y augura una espiral de radicalización que las próximas citas electorales podrían acelerar en lugar de detener”.
Aunque Vox no duda en predicar “valores conservadores incrustados en la monarquía de España y el catolicismo”, como publicó hace pocos días The New York Times, incluso la monarquía está inquieta con el ascenso de la extrema derecha. Muy cuestionada en el último período, como expresaron múltiples manifestaciones de desafección con esta institución reaccionaria -en especial la oleada de referéndums universitarios iniciada por la UAM, en los que hasta ahora casi 60 mil estudiantes se han pronunciado a favor de abolir la monarquía-, la corona teme que la polarización política por arriba de lugar a la radicalización política por abajo, y por izquierda.
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La investidura del PP en Andalucía, en acuerdo con Ciudadanos, pero con los votos de Vox -y un pacto que incluye buena parte de sus exigencias- marcará el terreno de juego para las elecciones autonómicas y especialmente las generales.
En un marco en que el PP está en un giro a la derecha sin retorno, la disputa por el centro pasa a un primer plano. En esta batalla el Gobierno y el PSOE hace todo lo posible por asociar a Ciudadanos con el PP y Vox. Situar a Ciudadanos en la derecha no presenta ninguna dificultad. Durante la crisis catalana fue claramente el sector -junto con Vox- más abiertamente favorable a la imposición del 155 y la represión para liquidar el movimiento democrático catalán.
Sin embargo, el partido de Rivera está cada vez más incómodo con la presencia de Vox -de allí los gestos de evitar las fotos y sentarse con el partido de Abascal para pactar en Andalucía-. Su estrategia siempre fue ocupar el lugar del PP en el “extremo” centro y es consciente que en la carrera de velocidades con Vox sólo puede perder, como de hecho lo está haciendo el PP, que ya le robó cerca de un millón y medio de votos. “Siempre es posible otro viraje de Pedro Sánchez”, bromeaba hace pocos días José Manuel Villegas, su secretario general.
Aunque ya hay varias voces de los barones socialistas que proponen un acercamiento con Ciudadanos -temiendo sobre todo el efecto de la crisis catalana en su electorado-, tanto el Gobierno como la dirección del PSOE quieren frenar este debate y hacerle pagar a Ciudadanos el acuerdo con Vox en Andalucía. Pero esta es una ubicación táctica en la lucha electoral. Estratégicamente, el PSOE también anhela el retorno del “extremo centro”, que ha sido su medio natural durante los últimos 30 años.
La crisis del “extremo centro” no es un fenómeno de coyuntura, sino orgánico y mundial. En el Estado español esta se ha desarrollado al punto actual, que sin embargo es de menor agudeza que otros países (por ejemplo, Francia o Italia). Este elemento no es menor para el análisis. Porque ni Rivera parece estar dispuesto a liquidar su proyecto macronista atándose sine die a Casado y Abascal, ni el Sánchez le interesa seguir atado mucho más tiempo del necesario al apoyo de Iglesias, las confluencias de Podemos (ni mucho menos de los votos independentistas).
La emergencia de la extrema derecha
La irrupción de Vox en el escenario político, que recuerda el vertiginoso surgimiento de Podemos tras las elecciones europeas de 2014, ha generado un cambio cuyas dimensiones recién comienzan a manifestarse. Vox emerge como la versión radicalizada del ideario de la derecha post-franquista: fanatismo de ultraderecha con todos sus símbolos, centralismo nacionalista español, una agenda reaccionaria antiderechos contra las mujeres y las personas LGTBI, persecución de la inmigración, deportaciones masivas y soluciones xenófobas contra los refugiados, ilegalización de los partidos independentistas, derogación de la ley de memoria histórica.
El engendro liderado por Abascal ha puesto fin a la “excepcionalidad” española en el concierto europeo de no tener un partido de la extrema derecha con cierta fuerza en el sistema de partidos. Al menos formalmente, porque Vox es hijo del Régimen y del PP, que durante décadas contuvo en sus filas a un fuerte núcleo de extrema derecha al cual le garantizó el acceso al Gobierno del Estado, los gobiernos autonómicos y municipales. Con la crisis capitalista y el declive del PP, esta integración derivó en ruptura.
Como decíamos recientemente en una declaración de la CRT, “Vox representa el punto final del sueño de Fraga, una ‘alianza’ (anti)popular que unificara a todas las derechas y que ciertamente logró hacerlo durante varias décadas. Si hasta no hace mucho había quienes seguían repitiendo que el PP contenía desde los liberales, al Opus Dei y los neonazis, esa situación ha terminado. La propia crisis del Régimen del 78 y el descrédito de sus principales partidos (PP y PSOE) por la corrupción y sus medidas antipopulares, ha alumbrado un nuevo monstruo. Un fenómeno que lejos de ser doméstico, entronca con la dinámica internacional: Abascal tiene la ambición de sumarse al coro de los Trump, Le Pen, Salvini, Orban y Bolsonaro.”
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Al mismo tiempo, Vox se presenta como un vehículo para desbloquear, al menos potencialmente, el “empate catastrófico” entre los diversos partidos con representación parlamentaria por el cual no termina de imponerse ninguna perspectiva para dar una salida a la crisis del Régimen del 78: ni la “regeneración progresista” del PSOE y Unidos Podemos -ultralimitada por la oposición a este proyecto de la Judicatura y en buena medida la misma Zarzuela, nada menos-, ni la “restauración reaccionaria” interrumpida del bloque 155.
La emergencia de Vox es en este sentido la expresión más clara, “sin complejos”, de una salida de extrema derecha a la crisis orgánica del régimen español. Una perspectiva incentivada, no lo olvidemos, por el “a por ellos” contra Catalunya, las leyes mordaza y la defensa a rajatabla del régimen monárquico, que ha sido un programa común tanto del PP, como Ciudadanos y el PSOE.
Como escribía Gramsci, cuando las crisis orgánicas tienen lugar, abren el campo a “a soluciones de fuerza, a la actividad de potencias oscuras representadas por los hombres providenciales o carismáticos”. Esto no significa, sin embargo, que el camino hacia una nueva hegemonía de la derecha (y la extrema derecha) esté abierto sin contradicciones, como parecen vaticinar muchas encuestas que ya otorgan una mayoría indiscutible del PP, Cs y Vox en unas futuras elecciones generales.
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Vox no va a ser flor de un día, está claro. Pero considerar que ya está determinado un nuevo ciclo de hegemonía con cada vez más peso de la extrema derecha niega que la crisis no reemplaza la acción de los partidos (que es en definitiva el “elemento decisivo de toda situación”), ni mucho menos elimina la lucha de clases. Aunque todavía hay escasa movilización social, en parte por la persistencia de expectativas e ilusiones electorales, las movilizaciones en Andalucía tras el resultado de las autonómicas son sintomáticas: la extrema derecha no va a crecer sin respuesta en las calles.
El fin de ciclo del neorreformismo
El surgimiento de Podemos en 2014 fue en última instancia el resultado del desvío y posterior bloqueo del proceso ascendente de la lucha de clases iniciado después de 2008, el cual podría haberse desarrollado en un sentido revolucionario si las direcciones burocráticas del movimiento obrero aliadas a los partidos tradicionales y los aparatos reformistas no lo hubiesen impedido.
Podemos, como también lo fue Syriza, emergió como expresión política y a la vez negación del proceso de movilización y descontento social contra las consecuencias de la crisis capitalista. Su fortalecimiento fue el subproducto no de un ascenso de la lucha de clases, sino del desvío y las derrotas, un proceso de pasivización de la lucha de clases en el que colaboraron activamente para que se consolidase.
En ese marco, su obsesión por la “centralidad política” siempre fue una manera de expresar su intención de ocupar el espacio de una nueva centroizquierda. Un neorreformismo como lo hemos denominado, que a diferencia de los viejos partidos reformistas del pasado -socialdemócratas y eurocomunistas-, tenía todos sus defectos (exaltación del líder, burocratismo, conciliación con los poderes capitalistas, puro parlamentarismo, integración como parte del régimen) y ninguna de sus “virtudes”, como gozar de relaciones orgánicas con amplios sectores del movimiento obrero, lo que han suplantado con un espíritu de connivencia y complementariedad con las burocracias sindicales.
Esta orientación política no dejó de ser exitosa, por el contrario. La crisis del bipartidismo le permitió a Unidos Podemos -tras sellarse la alianza con Izquierda Unida- avanzar en la intención de voto hasta conquistar más de 5 millones de votos en las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, situándose en tercer lugar a menos de 350.000 votos de los social-liberales del PSOE. Una expresión distorsionada de las profundas aspiraciones sociales de millones.
Desde entonces, sin embargo, Unidos Podemos ha demostrado que su gestión de los llamados “Ayuntamientos del cambio” era casi idéntica a la de los consistorios socialistas, que su política ha quedado reducida a ser el sostén del gobierno del PSOE a cambio de algunas migajas en los presupuestos -que el PSOE acaba de “recortar” en su consejo de ministros y ni siquiera está claro que puedan aprobarse-, y que su equidistancia ante la cuestión catalana no hizo más que fortalecer al constitucionalismo reaccionario. Unidos Podemos se ha integrado al Régimen como una nueva “casta” de izquierda, cuya estrategia se reduce a intentar regenerar el Régimen del 78 junto al PSOE. Una “regeneración” que es al mismo tiempo una restauración de la autoridad estatal y el sistema de partidos, tomando las demandas desde abajo y pasivizándolas para integrarlas en una política que no las resuelve. Dicho de otro modo, una “pasivización restauradora”.
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Para comprender en profundidad no sólo la política, sino la psicología detrás de la estrategia de Podemos, sirve de muestra una insólita carta abierta a Pedro Sánchez publicada en El Diario por Victoria Sendón de León, integrante del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos.
Sendón tiene el atrevimiento de hablarle como “pueblo”, como si expresara el sentimiento y la voluntad de millones, para decirle a Sánchez que “es mucho lo que nos jugamos en este 2019 entrante y eres tú, sin duda, uno de los actores definitivos como capitán de la nave que todas deseamos llegue a buen puerto”. Si, ¡capitán!
Para que se entienda, en su penosa carta Sendón de León utiliza la metáfora de “la Escila y la Caribdis”, tomada de la Odisea de Homero y el tortuoso viaje de Ulises escapando de los monstruos que lo acechaban a orillas opuestas de un estrecho canal de agua. Una metáfora que Sendón la utiliza de un modo curioso, nada menos que para reivindicar a Sánchez por enfrentar a la ejecutiva de Ferraz y escapar de “la Escila” de los barones del PSOE y el Ibex 35, y pedirle que se aleje también de “la Caribdis” de “la santa alianza de las derechas”. Todo después de reconocer su “emoción” que la embargó como parte de la “ciudadanía progresista” cuando salió la moción de censura contra Rajoy. Así, Sendón termina pidiendo a Sánchez “tienes que interpelarnos, porque se trata de una navegación colectiva en la que no somos simples pasajeros. Somos tu tripulación” (sic).
La carta en sí misma da para un artículo completo de crítica a semejante demostración de pleitesía al máximo líder del PSOE del 155, las concertinas, los rescates bancarios, las puertas giratorias, las reformas laborales o el pensionazo. En pocas palabras, el PSOE del Ibex 35, el único que existe. Pero lo dicho ya es una muestra del fin de ciclo del neorreformismo, una autodenominada por algunos “nueva izquierda” que, ante el ascenso de la extrema derecha y su programa radical contra las mujeres, los inmigrantes y la clase trabajadora, propone ser la “tripulación” del proyecto de ‘regeneración progresista’ del “capitán” Pedro Sánchez. La lógica del “mal menor” llevada al paroxismo, que en este caso -porque esta ha sido la política de Unidos Podemos en los últimos tres años- no sólo llevaría a una nueva desilusión desmovilización de amplias capas de la clase trabajadora, la juventud y los sectores populares, sino que fortalecería la salida de extrema derecha que ofrecen Abascal y cía.
Extrema izquierda: la necesidad de una nueva apuesta estratégica
En diciembre de 2014, el historiador marxista británico Perry Anderson visitó Madrid para participar de la presentación de la edición castellana de la revista New Left Review. En su intervención hizo una definición bastante acertada: los “movimientos antisistémicos de izquierda” –como por ejemplo Podemos o Syriza-, han sostenido posiciones “mucho menos radicales que la derecha antisistémica”. O peor aún, han resultado ser una completa estafa, como en Grecia, donde el “gobierno de izquierda” de Tsipras es hoy el mejor aplicador de los planes neoliberales en el país heleno.
Este hecho, la notoria moderación política y programática de la “izquierda” frente al discurso desembozado de la extrema derecha, es una de las claves para pensar la perspectiva actual de la izquierda española.
Ante el ascenso de Vox, desde el progresismo (incluyendo en este campo a un variado arco que va desde sectores del PSOE hasta el neorreformismo de Unidos Podemos) se extiende como idea dominante de que es necesario agrupar a los “demócratas”. Es decir, catalizar todo el malestar social en apoyo parlamentario al PSOE y optar por el “mal menor” de un gobierno que mantiene las reformas laborales, la precariedad laboral y gobierna para el IBEX35 y la banca, acatando los dictados de austeridad de la Unión Europea.
En forma minoritaria ha surgido también un sector (Anguita, Monereo, Illueca) que ha sucumbido a la tentación rojopardista y propone construir un “vox de izquierdas”, entendido como un partido de izquierdas que adopte parte de la agenda de la extrema derecha, como por ejemplo una política regulacionista de la inmigración. Una política reformista de derecha que, como ya sucedió en el pasado (Alemania 1923, Polonia 1926), lejos de debilitar a los movimientos de derecha no puede más que fortalecerlos.
Lo que no ha surgido, sin embargo, es una hipótesis extrema que sostenga que la superación de la crisis del régimen español sólo puede resolverse en favor de la clase trabajadora, las mujeres y la juventud y los sectores populares si rompe con el Régimen del 78 y se “expropia a los expropiadores”.
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Si la extrema derecha se fortalece con un discurso abiertamente reaccionario, misógino y xenófobo, es necesario que surja una extrema izquierda que articule un programa radical, anticapitalista y de clase frente a la crisis. Que luche por expropiar a los bancos y grandes capitalistas que se han lucrado con la miseria del pueblo, mientras conspiraban con políticos, jueces y policías para seguir enriqueciéndose. Que defienda plenos derechos para los inmigrantes, las mujeres y la juventud, contra todo tipo de discriminación por raza, sexo o nacionalidad. Que luche por imponer el reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial para terminar con el paro. Que luche por anular todas las leyes antiobreras, reaccionarias y liberticidas votadas por los gobiernos anteriores. Que pelee por terminar con todos los privilegios de la casta política, imponiendo una asamblea única (un órgano ejecutivo y legislativo el mismo tiempo), basado en diputados elegidos por voto universal y revocables por sus electores, con el salario de un trabajador calificado. Que defienda sin complejos el derecho de las naciones a la autodeterminación y su derecho a la separación si así lo desean. Que defienda el impago de la deuda pública y la estatización bajo gestión de los trabajadores y control popular de la banca y de todas grandes empresas estratégicas, de energía y transporte. Que se proponga terminar con la reaccionaria institución monárquica y sobre las ruinas de este régimen imponga procesos constituyentes libres y soberanos en los que se pueda decidir todo.
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Frente a Vox no hace falta una izquierda cada vez más domesticada e integrada al régimen. Lo que hace falta es una extrema izquierda anticapitalista, que apuesta por la lucha de clases siguiendo el ejemplo de Francia y que diga claramente que es necesario expropiar a los capitalistas que se han enriquecido con la crisis y planificar racionalmente la economía en beneficio del conjunto de la sociedad. Esto es, luchar por el poder de los trabajadores y una libre federación de repúblicas socialistas ibéricas, como parte del combate por una Europa de los trabajadores y los pueblos.
Esta es la única forma de derrotar definitivamente toda tentativa de salida reaccionaria a la crisis del régimen, logrando al mismo tiempo la resolución íntegra y efectiva de todas las reivindicaciones sociales y democráticas de la clase trabajadora y el pueblo. Esta es la perspectiva que defiende la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) y quienes hacemos Izquierda Diario. No hay tiempo que perder, hay que tomar partido.

Diego Lotito
Nació en la provincia del Neuquén, Argentina, en 1978. Es periodista y editor de la sección política en Izquierda Diario. Coautor de Cien años de historia obrera en Argentina (1870-1969). Actualmente reside en Madrid y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.