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Red Internacional
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Migrantes centroamericanos. Trato inhumano a los migrantes centroamericanos en México

Desde la semana pasada, varios migrantes hondureños intentan atravesar el país para llegar a Estados Unidos. La Guardia Nacional mexicana continúa con su papel represor.

Óscar Fernández

Óscar Fernández @OscarFdz94

Martes 26 de mayo de 2020 21:08

Nadie nunca migra por placer u ocio, mucho menos de manera colectiva. Basta con mirar las fotografías que la prensa saca constantemente de los migrantes para ver en qué condiciones llegan a México: se les nota cansados, los ojos y el rostro demacrado por caminar, exponerse al sol y no dormir en condiciones salubres.

Ya desde 2014, mientras el país exigía la aparición con vida de los 43 normalistas del estado de Guerrero, el gobierno de Peña Nieto impedía el ingreso de migrantes centroamericanos, que en aquellos años apenas llegaban a un par de centenas. Pero todo cambió cuando el gobierno "progresista" del demócrata Barack Obama se vio inmerso en un escándalo una vez que varios organismos de derechos humanos expusieron las centenas de niños migrantes que estaban siendo recluidos en centros de detención, varios incluso separados de sus familias.

Desde entonces el imperialismo estadounidense le exigió al gobierno mexicano frenar estas mareas de personas, para que en todo caso sea el ejecutivo mexicano quien tuviera que lidiar con la vergonzosa situación de retener menores de edad con trato de criminales cuyo único delito era ingresar al país por métodos no convencionales. Una vez se concretaron los golpes de estado y represiones en Nicaragua, Honduras y El Salvador, con movimientos que exigían, por ejemplo, jubilaciones dignas y alto a los recortes en el INSS al gobierno de Daniel ortega, los números de migrantes crecieron exponencialmente.

Amenazados por las maras salvatruchas, el crimen organizado y sus gobiernos alineados a los dictados de la Casa Blanca, tener una visa y pasaporte vigentes junto con dinero suficiente para comprar boletos de avión se volvió un lujo. El gobierno de López Obrador llegó a la presidencia anunciando que esta situación terminaría y que se les daría un trato humano.

Hoy esa promesa es papel mojado... Con las aguas del río Suchiate en la frontera sur de México, que varios migrantes intentaron cruzar en estos días. Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el discurso xenófobo del magnate de Nueva York aumentó las exigencias al país. Diligentemente, López Obrador accedió a hacer todo lo posible para que las caravanas no llegaran a territorio estadounidense, y su primera acción fue desplegar a su recién creada Guardia Nacional.

Las fotografías que circularon dan cuenta de que la Guardia Nacional no se comporta tan distinto de los "funcionarios" del Instituto Nacional de Migración, que hasta hace poco actuaba como la patrulla fronteriza. López Obrador decretó en los hechos que su nuevo brazo represivo actuara como la sucursal en México del muro que pretende construir Trump en la frontera entre ambos países.

Al muro lo hacen los escudos de plástico que empujan a mujeres, jóvenes, niños y ancianos a que se queden de "su" lado de la frontera —hay hondureños, nicaragüenses, incluso haitianos. Los llantos y gritos invaden el área mientras los miembros de la Guardia Nacional sacan sus garrotes; los migrantes, por su parte, corren en desbandada a la otra orilla del río, que se mantiene en niveles bajos históricos que permiten cruzar a pie, el agua mojando sus calzados desgastados por la travesía que llevan.

La película se repite; hace dos años el gobierno de López Obrador, recién jurado, se enfrentaba a las primeras caravanas que llegaban por miles. Pero a diferencia de entonces, que un movimiento masivo se pronunció por ayudarlos a atravesar el país, hoy se encuentran con un México recluido para evitar el contagio del coronavirus, lo que a la Guardia Nacional le deja vía libre para su accionar.

El Suchiate no sólo moja los calcetines y calzados de los jóvenes que cruzan, también moja las promesas que López Obrador le hizo a sus 30 millones de votantes —de los que orgulloso se jactaba contra los partidos de la "mafia del poder"— y que hoy no valen nada.


Óscar Fernández

Politólogo - Universidad Iberoamericana

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