Hoy llegamos a la jornada final de una campaña electoral presentada como histórica. Dos semanas en las que se han concentrado los elementos que marcarán la agenda política de los próximos meses. Las elecciones del 20D y el proceso de restauración del Régimen del 78

Santiago Lupe @SantiagoLupeBCN
Viernes 18 de diciembre de 2015
Foto: EFE
El Régimen del 78 quedó “tocado” pero no “hundido” por la emergencia del movimiento de los indignados y el proceso catalán un año después. En 2012 la aparición en la escena de la clase trabajadora con las huelgas generales y conflictos como el de los mineros o los trabajadores públicos, marcó el punto más álgido de su crisis.
Desde entonces hasta hoy, diversos agentes han operado para intentar desactivar esta crisis. El primero la burocracia sindical, encargada de que el incendio no llegara a los centros de trabajo. Lograron sofocar la amenaza de la extensión de la conflictividad obrera. En segundo lugar el partido de la burguesía catalana, colocándose al frente del movimiento por el derecho a decidir, sacándolo de la calle y bloqueando todo desarrollo independiente por medio de la movilización social. Por último, asentándose en este reflujo de lo social, los nuevos fenómenos políticos reformistas -Podemos y más tarde las candidaturas ciudadanas- que reforzaron el escepticismo en la lucha como motor de cambio, instalaron el discurso de la “centralidad política” y han abierto la puerta a una “segunda Transición” escorada a una moderación sin límites.
“Gracias 1978, Bienvenido 2016”
Esta fue la contundente frase con que Pablo Iglesias celebró el Día de la Constitución, en el ecuador de la campaña. Una reivindicación al pacto de la Transición, el mismo que se cuestionaba en las plazas el 15M. Con este saludo, pretendía marcar el límite por izquierda de hasta dónde puede llegar el proceso de reforma constitucional con el que se presentan a las elecciones su partido, el PSOE y Cs. El PP no hace bandera de ello y hasta critica que se quiera “abrir el melón”, pero todo apunta a que se terminará sumando.
La reivindicación del 78 es toda una declaración de intenciones. Entonces, como hoy hace Podemos, demandas democráticas como la república o el derecho de autodeterminación quedaron en el cajón desde el minuto cero por los dirigentes de lo “nuevo”, la oposición antifranquista. Las aspiraciones a acabar con la Dictadura y el sistema social al que había servido, se “cambiaron” por una democracia fundada en el bipartidismo, las puertas giratorias y las continuidades con el aparato estatal del Franquismo. Hoy el proyecto de profundización democrática de Podemos propone limitarse a acabar con las puertas giratorias y otras medidas cosméticas, acompañado por algunas reformas económicas de corte neokeynesiano que no pretenden si quiera cuestionar la tutela de la Troika, al más puro estilo Tsipras.
Si algo han dejado claro los principales candidatos a presidente, al menos Iglesias, Sánchez y Rivera, es que su intención es la apertura de una reforma por arriba y limitada de la Constitución del 78. Un “cambiar todo, para que nada cambie”, pero que a diferencia del 78 hasta lo de “cambiar todo” le queda grande.
Del bipartidismo al cuatripartidismo
Uno de los elementos más críticos de la crisis del Régimen del 78 ha sido precisamente la crisis de representación política, que se sintetizaba en la consigna de “no nos representan”. El desvío a lo electoral y la pelea por el centro están consiguiendo cerrarla, aunque no sin una profunda reconfiguración del sistema de partidos.
El primer lugar donde se ha dado esta restauración ha sido en Catalunya. En 2011 miles de jóvenes rodeaban el Parlament y la coalición histórica de la burguesía catalana, CiU, estaba contra las cuerdas. Las maniobras de Mas para ponerse al frente del proceso, con la “venia” del resto del llamado bloque soberanista incluida la izquierda independentista, ha restaurado el prestigio de las instituciones autonómicas -hoy concebidas como la única vía para conquistar el derecho a decidir o imponer un plan de choque social- y permitido a Convergencia salvar los muebles (aunque a expensas de desprenderse de Unió e ir a una refundación en clave independentista).
La campaña que llega a su fin expresa este mismo proceso de restauración-reconfiguación del sistema de partidos para el resto del Estado. Si bien el bipartidismo desaparece, lo hace para dejar paso a un nuevo cuatripartidismo en el que todos sus componentes (dos viejos y dos nuevos) están plenamente comprometidos con garantizar la estabilidad del sistema político, reformarlo para que gane la legitimidad perdida y no cuestionar los temas de “Estado”, como la política en favor de las multinacionales españolas en el extranjero, la permanencia a la OTAN, la unidad territorial, la política de fronteras o la forma monárquica de Estado.
La complicada salida a la cuestión catalana
La otra “patata caliente” para el Régimen del 78 es el proceso catalán. La campaña también ha ilustrado hacia donde se intentarán moverse los distintos actores.
De parte de los cuatro principales partidos hay consenso en la apuesta por la unidad territorial. El PP y Cs no presentan mucha novedad respecto a su tradicional inmovilismo. Aunque Rivera abrió la mano a poder ofrecer algún acuerdo fiscal para desencallar la situación. El PSOE añade a esta oferta una nebulosa reforma del modelo territorial que sigue sin concretar, salvo el punto de que se mantendría la negación al derecho a decidir. Podemos parece haber reaccionado a su batacazo en las catalanas, resaltando más la defensa de un referéndum para Catalunya. Sin embargo este giro tiene mucho más de electoral que de real, ya que se mantiene su posición de conseguirlo con la venia de las Cortes y en el marco de misma legalidad constitucional que niega esta posibilidad.
En el otro lado, tenemos la campaña llevada adelante por los componentes de Junts pel Sí, ERC y Convergencia (que se presenta en la coalición Democràcia i Llibertat). Ambos se proponen llegar al Congreso para poder tener posiciones desde las que poder negociar el proceso de “desconexión” del Estado, tal y como recoge la misma resolución del 9N que aprobaron junto a la CUP. Un eufemismo, la “negociación”, detrás del cual está la intención del partido de la burguesía catalana de sumarse a los nuevos aires de regeneración política para que sirvan de desvío y cierre el movimiento democrático que nació en 2012.
El cóctel de concesiones fiscales, reforma constitucional, modelo federal y “negociación con el Estado”, busca dar como resultado un nuevo cierre en falso de la cuestión catalana. Pero sin duda este es el terreno de más incertezas, en última instancia una de las pruebas de fuego de todo proyecto regeneracionista del régimen.
¿Una segunda Transición?
Albert Rivera definió así lo que para Cs se abrirá después del 20D. Pablo Iglesias señala este punto como una de las coincidencias con esta nueva derecha “moderna”. Con toda seguridad re-editar un nuevo consenso entre lo “viejo” y lo “nuevo” será el objetivo del siguiente gobierno. El hecho de que nadie vaya a obtener mayoría absoluta y se vean forzados a pactos de investidura y estabilidad lo hace más probable, a no ser que se opte por la vía germana de una “gran coalición” PP-PSOE.
Hoy, imponer un cierre conservador de la crisis del Régimen del 78 puede resultar más sencillo de entrada que lo que le supuso a la Corona pilotar el proceso de la dictadura a la democracia. El reflujo de lo social allana el camino a un pacto entre las élites del bipartidismo y las formaciones emergentes. Pero este no es definitivo ni mucho menos.
Una re-edición del 78 no puede dejar de tener un carácter senil y unas bases mucho más débiles. Se asienta sobre una economía devastada, que se debate entre el estancamiento y tasas de crecimiento pírrico, sin visos de resolver los grandes problemas sociales y con peticiones de más recortes y ajustes de la Troika a la que el nuevo cuatripartidismo no opondrán resistencia. También porque hay demandas democráticas, como la catalana, que han alcanzado un grado de extensión y profundidad, que no resultará fácil “intercambiar” por acuerdos autonómicos o fiscales, y otras, como el rechazo a la Corona o la “casta”, que siguen latentes y pueden re-emerger en cualquier momento. Por último, porque el marco internacional en que se da esta regeneración es el de una crisis que parece entrar en una nueva fase -con epicentro en los países emergentes-, con tendencias reaccionarias y guerreristas en Europa y el mismo proyecto de la UE cuestionado.
Además, las fortalezas de lo “nuevo” no tienen nada que ver con las de sus homólogos de los 70. Si la “regeneración” no es creíble y hay un nuevo ciclo de movilizaciones ¿Puede Podemos jugar el rol de bombero social que jugó el PCE? Con toda seguridad podemos decir que no. El partido de Iglesias es ante todo un fenómeno electoral sin base orgánica en el movimiento obrero y sectores populares, y el de Carrillo era un partido con profundas raíces en las fábricas, sindicatos, asociaciones de vecinos y el movimiento estudiantil . Los únicos que han jugado un papel similar han sido los dirigentes burocráticos de CCOO y UGT, pero incluso ellos con mucha menos capacidad de maniobra que el prestigiado partido de Carrillo en la Transición, y apoyándose mucho más en los años de retroceso del movimiento obrero antes de la crisis que en su “prestigio” como dirección sindical.
Por todo ello, el proceso de restauración que puede abrirse después del domingo no es ni definitivo ni estable. Esto plantea la oportunidad y necesidad urgente que desde la izquierda anticapitalista y los sectores combativos del movimiento obrero y la juventud empecemos a articular una alternativa política. Un camino para el que hay algunos elementos auspiciosos, como el encuentro recientemente celebrado en Málaga entre diversas organizaciones anticapitalistas, militantes críticos de Podemos y activistas sociales, y el que tendrá lugar en el mes de febrero en Madrid.
Es necesario poner en pie una alternativa que se proponga re-encender la movilización social, en especial la de la clase trabajadora y el combate contra la burocracia sindical. Una alternativa que luche contra esta senil Transición 2.0, peleando por un programa anticapitalista y tomando todas las demandas democráticas que se pretenden dejar nuevamente en el cajón, en la perspectiva de imponer por medio de la movilización un proceso constituyente sobre las ruinas del Régimen del 78 que abra el camino a un gobierno nuestro, de los trabajadores.

Santiago Lupe
Nació en Zaragoza, Estado español, en 1983. Es director de la edición española de Izquierda Diario. Historiador especializado en la guerra civil española, el franquismo y la Transición. Actualmente reside en Barcelona y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.