Se ha sostenido la tesis tradicional de que Antonio Gramsci fue el teórico marxista de la revolución en occidente. En cambio, León Trotsky habría sido el teórico de la revolución en las formaciones sociales atrasadas (oriente). En este artículo desarrollaremos la tesis de que dicha diferenciación es falsa.

Vicente Mellado Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile
Lunes 24 de agosto de 2015
Dos puntos de partida para la elaboración de una teoría de la revolución en occidente
Como afirmamos en un artículo anterior (“Trotsky: teórico de la insurrección proletaria. Su rol en la revolución rusa”), Antonio Gramsci puede ser considerado como el primer teórico marxista que colocó al centro el análisis de la estructura del poder burgués en las formaciones sociales avanzadas u occidentales. La propuesta “gramsciana” reside en que es en los organismos o instituciones privadas de la sociedad civil, entendidas como el sistema de fortificaciones y trincheras donde las clases dominantes ejercen y construyen su hegemonía sobre las clases subalternas. De esta afirmación se desprende que la tarea fundamental de la clase obrera es conquistar previamente la hegemonía en dichas fortalezas de la sociedad civil para después avanzar en la toma del poder político.
El problema del marxismo de Gramsci es que terminó separando la conquista de posiciones (uso de la hegemonía) del momento insurreccional (uso de la fuerza). Como afirmamos en el artículo anterior, allí reside el límite de la propuesta gramsciana: la inexistencia del “arte de la insurrección”.
La necesidad de integrar el momento insurreccional en la teoría marxista no constituye un dogma sectario. Por el contrario, constituye un elemento esencial a la teoría marxista. Esta es una teoría de la revolución. Su objetivo es el comunismo. Para lograr dicha tarea es necesaria la destrucción del poder burgués y la construcción de un nuevo poder de los trabajadores. El puente que permite dar ese salto cualitativo a la construcción de una nueva sociedad lo constituye la insurrección de las masas explotadas y oprimidas. La ausencia de ese elemento es lo que criticamos al revolucionario italiano.
Por el contrario, León Trotsky desarrolló un análisis teórico de los momentos históricos de disgregación de la estructura del poder burgués en occidente con el objetivo de que la clase obrera pudiese dar un golpe mortal al Estado y avanzar en la toma del poder. Por esto los análisis de Trotsky se centraron en los ascensos obreros y los procesos revolucionarios que causaron una desestabilización en las trincheras y fortalezas tanto del Estado como de la sociedad civil. El centenar de escritos dedicados a Gran Bretaña (1), Francia (2), España (3) y Alemania (4), confirman este intento de encontrar una teoría de la revolución socialista en occidente que integre el momento insurreccional.
La fuerza de los escritos de Trotsky reside en haber realizado análisis concretos de las coyunturas políticas y situaciones revolucionarias que se abrieron en occidente. Por el contrario, la debilidad de sus análisis es no haber desarrollado una teoría sistemática de los mecanismos que utilizan las clases dominantes en las democracias avanzadas para mantenerse en el poder.
El mayor logro de realización de un análisis científico del Estado capitalista avanzado lo constituyeron sus notables escritos sobre la lucha del movimiento obrero alemán contra el nazismo. Sin embargo, Trotsky no logró elaborar una teoría de conjunto del Estado capitalista parlamentario. Esta ausencia es lo que le ha permitido afirmar a una gran cantidad de marxistas académicos, cientistas sociales y ex trotskistas que el organizador del ejército rojo no tiene nada que aportar al desarrollo del marxismo en las sociedades capitalistas con regímenes democrático-parlamentarios.
De este modo, volvemos al mismo punto de partida planteado más arriba. Según este razonamiento, el teórico marxista que si dio una respuesta al problema de la revolución en occidente fue Gramsci. Sin embargo, si se leen atentamente los cuadernos de la cárcel dedicados al problema del Estado (ordenados en su obra “Notas sobre Maquiavelo…”), el marxista italiano tampoco elaboró una teoría sistemática de los Estados capitalistas democráticos y sus instituciones. En ninguno de sus escritos encontramos un análisis profundo de la fuerza hegemónica que ejerce el parlamentarismo como mecanismo de contención de la lucha de clases, o de la eficiencia de la legislación social elaborada por el Estado para cooptar a las clases subalternas —no obstante sus escritos acerca del desarrollo de la burocracia del Estado en el Mezzogiorno. Al respecto de esto último nos hacemos la siguiente pregunta ¿No habrá sido que la ausencia de dicho análisis reside en que durante la Italia liberal parlamentaria el Estado no desarrolló un sistema de seguridad social consolidado como sí ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial? Al parecer, tanto Gramsci como Trotsky “pecaron” en dejar vacíos teóricos.
No obstante, la contribución de Gramsci de analizar en rigor el sistema de fortalezas y trincheras (sindicatos, Iglesia católica, prensa, etc.) desde donde la burguesía construye su hegemonía sobre el movimiento obrero, constituye un punto de partida necesario para avanzar en la elaboración de una teoría marxista de la revolución en occidente.
Con todo lo afirmado más arriba, creemos necesario sostener que la diferencia teórica entre Trotsky y Gramsci no reside en la elaboración de dos teorías de la revolución correspondientes a dos formaciones sociales diferenciadas —occidente y oriente respectivamente. La diferencia estructural entre ambos teóricos marxistas se encuentra en la estrategia que cada uno propuso para resolver el problema de la revolución en occidente.
Trotsky realizó análisis concretos de coyunturas políticas de disgregación del Estado burgués parlamentario, entendidos como los momentos necesarios para que la clase obrera pasara a la ofensiva y conquistara el poder político. La táctica propuesta por el revolucionario ruso fue el frente único como recurso articulador de todas las acciones comunes de la clase obrera (comunista como no comunista) en su lucha contra el capitalismo. El partido revolucionario tendría que cumplir la función de desarrollar el frente único hasta transformarlo en organismos de doble poder y pasar a la fase decisiva: el momento insurreccional. Los comités de fábrica en Alemania (1923) o las “alianzas obreras” y comités locales en España (1931-1936) constituyeron experiencias concretas de embriones de doble poder. Como ya señalamos más arriba, este es el aspecto ausente del pensamiento estratégico de Gramsci.
Trotsky y el frente único en la Alemania del “tercer periodo” (1928-1932)
El intento más impresionante de Trotsky por armar a la clase obrera en su lucha contra el fascismo en occidente fue Alemania. El arquitecto del ejército rojo elaboró una serie de folletos que buscaron organizar a la dispersa clase obrera alemana en un audaz frente único defensivo contra el peligro fascista. Este consistió en unificar a los trabajadores socialistas, comunistas, cristianos y sin partido en un frente que combinara acciones comunes contra los ataques del capital, el desempleo y el terror nazi.
Por el contrario, el estalinismo había proclamado la estrategia del tercer periodo (1928-1934) que defendía la tesis de que ante un colapso inevitable del capitalismo, el enemigo directo de la clase obrera era la socialdemocracia, aliada directa del nazismo. De allí en adelante, el partido socialdemócrata (SPD en sus siglas en alemán) fue designado como “social-fascismo”. La tarea de los comunistas sería combatir con todos los medios posibles esta amenaza considerada un peligro mayor que Hitler. La consecuencia fue la dispersión y fractura de las filas del poderoso movimiento obrero alemán. Esto allanó el camino para el triunfo electoral de Hitler en marzo de 1933.
Tomando lo mejor de la tradición plasmada en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1922), Trotsky adoptó las tesis del frente único presentadas en el Comité Ejecutivo de la IC en marzo de 1922 (5) para elaborar su propuesta. El frente único posibilitaría la extensión e incremento de las batallas parciales para reconquistar las calles controladas por las bandas nazis, así como la constitución en las industrias de piquetes obreros de auto defensa contra el fascismo.
La audacia de Trotsky fue proponer la integración de la lucha “ilegal” del frente único en las calles y fábricas junto a la “lucha legal” en el parlamento alemán (Reichstag). La necesidad de un frente electoral en común entre los comunistas y la socialdemocracia se planteó como vital para frenar al fascismo. Allí residía la llave del éxito. Trotsky escribió en 1932:
“La socialdemocracia y el Partido Comunista reúnen entre los dos alrededor del cuarenta por ciento de los votos, sin tener en cuenta el hecho de que las traiciones de la primera y los errores del segundo llevan a millones de obreros al campo de la indiferencia o incluso al del nacionalsocialismo. Sólo la actuación conjunta de estos dos partidos abriría ante las masas nuevas perspectivas, aumentando inconmensurablemente la fuerza política del proletariado” (6).
Esta fuerza política expresada en el Parlamento sería sobrepasada por la fuerza demostrada por el movimiento obrero en su lucha directa e inmediata por el poder. El partido comunista debía jugar un rol clave en conquistar a los obreros socialdemócratas descontentos con sus direcciones, así como ganar la confianza de los millones de trabajadores desempleados desesperados por la situación catastrófica de la crisis económica. De lo contrario, a estos últimos los ganaría el fascismo.
Se sabe que el Partido Comunista (KPD en sus siglas en alemán) tenía en 1931, alrededor de 380 mil militantes, de los cuales más del 80% eran desempleados. Solamente un 17% se empleaba en fábricas (7). En cambio, la mayor parte de la militancia socialdemócrata se encontraba en las grandes industrias que no habían cerrado. La ciudad de Berlín llegó a tener más de 4 millones de habitantes en 1930. En la capital alemana, el KPD tenía 30 mil militantes, de los cuales la mitad se encontraban en la condición de desempleados. A pesar de la catastrófica política suicida que estaba impulsando el estalinismo, el KPD seguía siendo una fuerza social y política de gran influencia en el movimiento obrero. En las elecciones parlamentarias de julio de 1932 obtuvo más de 5 millones de votos.
No hubo ningún partido comunista en occidente que tuviera semejante peso de masas durante el tercer periodo estalinista. Esto ratifica la hipótesis de que si el KPD hubiese seguido la política del frente único de trabajadores contra el fascismo, es muy probable que su influencia se hubiese multiplicado. La estrategia ultraizquierdista del estalinismo terminó hundiendo al comunismo alemán, y con ello contribuyó a la división nefasta de las filas de la clase obrera alemana.
Para Trotsky, el frente único debía afirmarse en las fortalezas edificadas por la clase obrera al interior del Estado burgués parlamentario. Es lo que el revolucionario ruso designó como “reductos de democracia proletaria”: sindicatos, partidos, clubes deportivos, cooperativas, organismos de prensa, entre otros. Apoyándose en estos “baluartes de democracia obrera dentro del Estado burgués” (9) el partido comunista podía conquistar la confianza de los trabajadores y avanzar en la lucha por el poder. Esto desmitifica la falsedad histórica de que Trotsky nunca elaboró una concepción teórica para abordar las luchas de clases en occidente. En este sentido, su abordaje de los procesos revolucionarios fue superior a Gramsci.
La lucha contra el fascismo no era por ningún motivo inseparable de la lucha por la revolución —como paradojalmente ocurrirá años más tarde en España. El frente único defensivo debía ser un instrumento para transformar la lucha contra los nazis en la lucha por la revolución socialista. Sin embargo, la línea del tercer periodo fue la que encauzó la práctica del comunismo alemán y el triunfo de Hitler se hizo inevitable.
La victoria de Hitler en las elecciones del Reichstag en noviembre de 1932 (33% de los votos) y su ratificación en marzo de 1933 con la ayuda del terror de las camisas pardas en los lugares de votación (44% de los votos), constituyó la derrota más brutal que haya tenido el movimiento obrero internacional. La clase obrera alemana, compuesta por más de 13 millones de trabajadores (aunque la mitad desempleada), sufrió una derrota sin disparar un solo cartucho.
El frente único quedó plasmado como el mecanismo fundamental para que el partido revolucionario conquistara la hegemonía sobre la clase obrera, y ésta la dirección de las clases explotadas y oprimidas de la sociedad capitalista.
(1) Trotsky, León, ¿A dónde va Inglaterra? Europa y América, Ediciones Biblos/Madrid, 1927, disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1925-1926-a-donde-va.pdf.
(2) Trotsky, León, ¿A dónde va Francia? Diario del exilio, CEIP León Trotsky, 2013.
(3) Trotsky, León, La victoria era posible. Escritos sobre la revolución española. 1931-1940, CEIP León Trotsky, 2014.
(4) Trotsky, León, La lucha contra el fascismo en Alemania, CEIP León Trotsky, 2013.
(5) Trotsky, León, “On the United Front. (Material for a Report on the Question of French Communism)”, march 2, 1922, en: The First Five Years of the Communist International, volume 2. Ver: https://www.marxists.org/archive/trotsky/1924/ffyci-2/08.htm.
(6) Trotsky, León, La lucha contra el fascismo, op. cit., p. 114.
(7) Bolognia, Sergio, Nazismo y clase obrera, Akal, 1999, p. 83.
(8) Trotsky, León, La lucha contra…, op. cit., p. 121.

Vicente Mellado
Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile