La tesis tradicional del estalinismo, la socialdemocracia, populistas y de amplios sectores de las Ciencias Sociales es que la revolución permanente de Trotsky sería la teorización de la “ataque permanente”. Contrario a esta caricaturización, la propuesta de Trotsky fue elaborar una teoría de la mecánica de la revolución socialista, que tiene plena vigencia en la actualidad.

Vicente Mellado Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile
Miércoles 19 de agosto de 2015
La formulación de la teoría de la revolución permanente
La Teoría de la Revolución Permanente es el resultado de la experiencia histórica que marcó el rumbo del siglo XX: la revolución rusa. Sin embargo, Trotsky la transformó en la teoría de la revolución socialista, tanto para las formaciones sociales coloniales y semicoloniales, como las avanzadas.
La revolución permanente fue formulada por Trotsky a partir de la experiencia del joven movimiento obrero ruso. Entre 1903 y 1904, el Imperio Zarista sufrió grandes oleadas huelguísticas en sus principales ciudades. Petrogrado, Moscú y Odessa (Ucrania) conocieron la irrupción de la modernidad: la acción de la clase obrera.
La inexistencia de instituciones liberales propias de un Estado burgués democrático, la inmensa mayoría del campesinado sin tierra y servil, y la deficiente estructura económica capitalista, posibilitaron que la joven clase obrera rusa avanzara rápidamente a criticar la estructura política y social del imperio del zar. En otras palabras, las luchas económicas de los trabajadores urbanos se transformaron en huelgas políticas contra el Estado zarista.
La clase obrera rusa se transformó en el agente de la democratización de la sociedad rusa. Este proceso de lucha por el cumplimiento de una serie de demandas democráticas (reforma agraria, la jornada laboral de ocho horas, asamblea constituyente, entre otras) impuso como tarea fundamental el derrocamiento del Estado imperial ruso. No hubo otra manera de resolver de manera íntegra las demandas democráticas planteadas en ese momento histórico.
Luego de la experiencia de la primera revolución rusa en 1905, Trotsky plasmó en su obra “Resultados y Perspectivas”, el análisis científico del curso futuro de la revolución. Dicha obra concentró la propuesta de la revolución permanente: la revolución rusa, por las tareas que tenía que resolver, seguía siendo “democrático-burguesa”, pero la fuerza motriz de esta era el proletariado. De este modo, la única forma en que triunfaría la revolución rusa sería transformando las demandas democráticas en una revolución socialista. La clase obrera urbana cumpliría el rol principal, dirigiendo la alianza con el campesinado para garantizar el triunfo de la revolución.
La premisa objetiva que posibilitaría la toma del poder en un país atrasado como Rusia era la ley de desarrollo desigual y combinado. Esta implica que la integración de los países capitalistas desarrollados y atrasados en el mercado mundial, así como la expansión del imperialismo al interior de estos últimos, ha posibilitado superar la diferencia entre países “maduros” e “inmaduros” para la revolución socialista. Esto significa que el capital ha llegado a las formaciones sociales más pobres, posibilitando concentraciones laborales modernas en varios enclaves al interior de los países atrasados.
De esto se extrae que las condiciones económicas y políticas de un país atrasado facilitarán a la clase obrera acceder a la toma del poder político antes que los trabajadores de los países altamente industrializados. Sin embargo, la construcción de una sociedad socialista será mucho más lenta y dificultosa en los países atrasados que los avanzados. Por esto, la consumación de la revolución socialista en un país estaría garantizada por el triunfo del socialismo en todo el planeta. Queda de manifiesto que la revolución permanente implica que la revolución socialista es en esencia un proceso histórico internacional. Contrario a la teoría estalinista del “socialismo en un solo país”.
En 1917 la teoría de Trotsky se comprobó de manera magistral. Después de varios años de desacuerdos políticos, acordó plenamente con Lenin en que para llevar la revolución socialista a su triunfo, era necesaria la construcción previa de un partido revolucionario de trabajadores independiente de cualquier variante burguesa.
Con la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917, se consumó la fusión del pensamiento político de los dos estrategas más potentes que haya dado el marxismo durante el siglo XX. De ahí en adelante, Lenin y Trotsky se convirtieron en los protagonistas principales de la construcción del primer Estado obrero de la historia humana y de los debates en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1922).
La revolución permanente en el periodo de entre guerras y la posguerra
En su obra, “Consideraciones del Marxismo Occidental” (1), Perry Anderson afirmó que la noción de la revolución permanente constituyó el análisis científico para determinar el curso de la revolución rusa. Sin embargo, su generalización después de 1924 a todo el mundo colonial y ex colonial, así como también de algunas sociedades avanzadas, constituye una generalización indebida.
Anderson sostuvo que después de la Segunda Guerra Mundial, los países coloniales y semicoloniales lograron la consecución de los dos axiomas de la revolución permanente sin necesidad de una revolución socialista: la independencia nacional y la cuestión agraria (Argelia y Bolivia respectivamente). Respecto de la democracia representativa o parlamentaria, países como la India la conquistaron después de 1947.
En conclusión, para Anderson es posible el triunfo de la revolución democrática sin necesidad de avanzar al socialismo, contrariando las tesis fundamentales de la revolución permanente. El razonamiento lógico de esto es que el axioma de la revolución permanente de que la resolución íntegra y efectiva de las tareas democráticas y de la emancipación nacional “tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado” (2) “debe considerarse indemostrado hasta ahora como teoría general” (3).
Es cierto que Trotsky realizó un análisis científico del curso de la revolución rusa. Allí reside la gran autoridad de la revolución permanente. Sin embargo, su generalización a los países atrasados se sustentó en sólidos argumentos empíricos. Su análisis de la revolución china materializado en su obra, “Stalin, el gran organizador de derrotas. La Tercera Internacional después de Lenin”, así como las cartas a Karl Radek, Arkady Alski y Yevgueni Preobrazhenski entre 1926 y 1928, es una muestra clara de que Trotsky no realizó una generalización abstracta sin respetar la especificidad histórica del proceso revolucionario chino. Su previsión fue correcta: en China habría una nueva revolución y el campesinado iniciaría el proceso de reparto de las tierras antes que el proletariado pasara a la acción —esto debido a la brutal derrota y represión del bienio de 1926-27. Lo que no previó Trotsky fue que la revolución triunfante la dirigió un partido comunista que aplicó una estrategia política que sustituyó la autoorganización de las masas (“la guerra popular prolongada”), en particular los trabajadores urbanos que no cumplieron un rol de vanguardia.
Trotsky analizó los procesos revolucionarios y de lucha de clases en Occidente en función de actualizar y desarrollar la revolución permanente. Sus escritos sobre Italia y España así lo confirman (4). Lo que tienen en común estos análisis es colocar en el centro la lucha de la clase obrera por demandas democráticas puestas en función de la toma del poder.
De conjunto, Trotsky realizó sus análisis en un periodo histórico de enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución (1919-1939) cuya base fue la inestabilidad capitalista —las crisis económicas y el desempleo. Ese fue el razonamiento lógico que desarrolló Trotsky. En ese periodo, el capital y la burguesía eran incapaces de satisfacer las demandas inmediatas de las masas por un lapso de tiempo prolongado. Las frecuentes caídas económicas le ponían límite a cualquier concesión que se entregara a las masas explotadas y oprimidas. Incluso, el exitoso “New Deal” norteamericano inició su agotamiento a partir de 1937. Por esta razón el tono de los escritos de Trotsky esta imbuido de un enorme optimismo en la capacidad del movimiento obrero internacional —en particular el europeo occidental— de imponer “su” orden a los capitalistas y sus gobiernos, ya fuesen liberales o fascistas. ¿A caso no se abrieron situaciones revolucionarias en occidente? El ascenso revolucionario alemán en 1923, las ocupaciones de fábricas y la explosión de militancia sindical en Francia en 1936 o el proceso revolucionario español iniciado en 1931 y cerrado con una brutal derrota en 1939, ¿no plantearon la posibilidad real de una revolución en la esfera de las formaciones sociales avanzadas?.
En este periodo Trotsky afirmó que era posible que las burguesías adoptaran las formas de gobierno republicano parlamentario luego de las derrotas de revoluciones proletarias o de ascensos revolucionarios. La función del partido revolucionario sería preparar a la clase trabajadora para la toma del poder bajo las nuevas “condiciones democráticas”. El caso de la República de Weimar en Alemania, y los escritos acerca de una posible transición a la democracia burguesa en Italia después de derrocar al fascismo, constituyeron la confirmación de estos intentos por desarrollar la revolución permanente en las formaciones sociales avanzadas y también en las atrasadas (caso de China e India).
Trotsky fue asesinado el 21 de agosto de 1940. No vivió el proceso que significó el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el fortalecimiento del estalinismo. Después de 1945 se produjo una larga estabilización del capitalismo en occidente, y la revolución se desplazó del centro capitalista industrial a la periferia subdesarrollada. El teórico de la revolución permanente no pudo ser testigo de los procesos de liberación colonial dirigidos por movimientos nacionalistas locales.
La revolución permanente en el siglo XXI
Anderson escribió su obra antes del mayor desastre histórico que haya vivido la clase trabajadora urbana en todos los rincones del mundo, en particular el movimiento obrero industrial: la restauración burguesa bajo la forma del neoliberalismo. Hasta la fecha (2015) ha pasado bastante agua bajo el molino.
En Argelia y gran parte de las ex colonias, la dominación imperialista retornó en su forma económica. En Bolivia, a partir de la década del 80 se iniciaron las reformas neoliberales que desmantelaron las conquistas democráticas y sociales de las décadas anteriores. Algunas de estas solamente pudieron recuperarse con la movilización obrera y campesina.
El neoliberalismo suprimió gran parte de las principales conquistas democráticas que lograron los trabajadores, campesinos y estudiantes tanto de las formaciones sociales atrasadas como avanzadas. Esto significa que la teoría de la revolución permanente ha recuperado su lugar como análisis científico de la realidad capitalista.
A diferencia del inestable periodo de 1917-1945, la posguerra nos dio la lección de que los Estados capitalistas son capaces de entregar concesiones a las masas explotadas y oprimidas, ensanchando los márgenes de la democracia parlamentaria. No obstante lo anterior, la presencia de fuertes movimientos obreros y populares fue determinante para obtener las reformas políticas y sociales. Sin embargo, las democracias y los estados de bienestar social encontraron su límite para satisfacer las demandas populares: la propiedad privada. Esta se fortaleció con la ofensiva neoliberal iniciada en la década del 80 la cuál tomó diversas formas —dictaduras militares o represión política.
De este modo, la tesis fundamental de la revolución permanente que afirma que la resolución íntegra de las tareas democráticas planteadas solamente podrá venir de la consumación de una revolución socialista adquiere plena validez. El problema de esta formulación teórica no reside en el objetivo que se plantea (el socialismo). Sino en cómo el movimiento de trabajadores puede preparar las condiciones para superar los límites impuestos por la propiedad privada en las sociedades capitalistas dominadas por sistemas democrático-parlamentarios. La superación de esos límites implica la realización de la revolución socialista.
Para lograr dicha tarea, la revolución permanente ofrece el punto de partida.
(1) Anderson, Perry, Consideraciones del Marxismo Occidental, siglo XXI editores, 1974.
(2) Trotsky, León, “¿Qué es la Revolución Permanente? (Tesis fundamentales)”, p. 519, en: “Teoría de la Revolución Permanente. Compilación”, Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky, Segunda Edición, 2005.
(3) Anderson, Perry, op. cit., p. 144.
(4) Trotsky, León, “Problemas de la revolución italiana”, en: “Teoría de la Revolución Permanente…”, op. cit. Para el caso español revisar los escritos contenidos en: Trotsky, León, “La victoria era posible. Escritos sobre la revolución española (1930-1940)”, CEIP León Trotsky- Museo Casa León Trotsky y Ediciones IPS, 2014.

Vicente Mellado
Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile