Como Cernuda escribiendo su poema “Birds in the night”, iracundo ante la placa que el Gobierno inglés dedicó ufano a la memoria de Verlaine y Rimbaud, dan ganas de vomitar sobre los fastos y recordatorios de Alan Turing.

Eduardo Nabal @eduardonabal
Lunes 16 de octubre de 2017

Como Cernuda escribiendo su poema “Birds in the night”, iracundo ante la placa que el Gobierno inglés dedicó ufano a la memoria de Verlaine y Rimbaud (repudiados mientras vivieron) dan ganas de vomitar sobre los fastos y recordatorios, actos de reparación cuando no de “perdón” (si "han leído bien" la monarquía y la Iglesia “lo perdonan") recientes y no tan recientes hacia la figura del padre de la moderna informática, de los ordenadores tal y como hoy los conocemos y usamos.
Alan Turing, el joven estudioso y profundamente “british” que construyó una máquina inteligente para luchar contra los nazis y sentó las bases de la computación moderna siguiendo el tejido de Ada Lovelace (hija de Lord Byron) y llevándolo al terreno del binarismo, ceros+unos y la matemática computacional, fue en la Inglaterra de los años cincuenta condenado por su homosexualidad y prácticamente asesinado por el Gobierno inglés. Ejecutado lentamente mediante la administración obligatoria de una cantidad indeterminada de estrógenos destinados a mitigar su impulso (homo) sexual lo que, presumiblemente, lo condujo a la depresión, el abatimiento y el suicidio.
Si fue envenenamiento accidental o suicidio ya es casi, a estas alturas, lo de menos, pues el nombre de Turing como el de tantos otros ingleses de su generación fue sumido en el oprobio social y el ostracismo después de haber sido un héroe de guerra, de la segunda guerra, un agente secreto cuyos conocimientos en informática se pusieron al servicio de la lucha contra el avance de las fuerzas hitlerianas, rompiendo y averiguando los códigos cifrados del enemigo. La patria de Oscar Wilde y de esa fascista universal llamada Isabel II –administradora y cacique de la Commonwealth- fiel a sí misma no tuvo clemencia y nuevamente necesitó bastante tiempo para construirle un panteón entre los ídolos después de arrástralo sin piedad por las cloacas de la ignominia de la mano de su hipocresía victoriana y su sempiterna doble moral.
Pero la leyenda no acaba ahí y no queda claro el alcance de todo ello. Por eso ha nacido la especulación y una abundante literatura en torno a esa manzana mordida que es hoy también, nadie sabe si casualmente, el símbolo de Apple, a esos experimentos caseros que realizó Turing hasta el fin de sus días, a la posibilidad de un asesinato o venganza políticos, a la nefanda actuación de médicos, antiguos colegas, espías y policías, así como la misteriosa vinculación entre los binarismos computacionales y esos binarismos de sexo/género que con su disidencia sexual llegó a poner en cuestión, con o sin hormonas de por medio.
Repugnantes los gestos de conmiseración, condolencia o beatificación de las altas instituciones inglesas que ahora “perdonan” a Turing sus flaquezas debido a su excepcional aportación a la historia y la evolución del conocimiento modernos; sin comentarios.
Seguramente la verdadera película sobre Turing debió realizarla alguien como Derek Jarman, pero esté, enemigo declarado de su majestad y de la Iglesia anglicana, tardará mucho más en entrar en el panteón de los héroes que la pérfida Albión hace suyos, desactivándolos, desconectándolos de las realidades en las que vive sumida, clasista, sexófoba, aún racista y xenófoba en muchos estratos de poder. Resulta curioso porque cuando yo estudiaba bachillerato la informática todavía era cosa de los machos más listos de la clase, nadie enseñaba que sus padres “espirituales” fueron una mujer poco convencional y un gay represaliado. Nadie pensaba que los inventores de una máquina tan aplicada y sumisa tuvieran una vida tan azarosa y pudieran tener un sueño turbado.

Eduardo Nabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.