El derribo de un avión militar ruso por parte de Turquía suma otro condimento al ya cargado escenario geopolítico de la guerra civil en Siria, transformada en un campo de batalla donde se enfrentan los intereses cruzados de Occidente, Rusia y las potencias regionales, particularmente, Arabia Saudita e Irán.
Miércoles 25 de noviembre de 2015
EFE-Haberturk-Tv-Channel
Por primera vez desde el fin de la guerra fría, un estado miembro de la OTAN –Turquía–, derriba un avión militar ruso. Mientras que el gobierno turco denuncia la violación de su espacio aéreo, el presidente ruso Vladimir Putin dice que el avión fue derribado dentro de las fronteras de Siria. Las primeras imágenes de radares parecen darle la razón. Como si fuera poco, un grupo rebelde de turcomanos (sirios que hablan turco), que combaten contra al-Assad y reciben el apoyo de Turquía, dijo que había ejecutado a los dos pilotos rusos que habían logrado eyectarse del avión. El hecho sin dudas es un salto, aunque de ninguna manera se lo puede considerar como algo completamente inesperado. Más bien esta escalada está inscripta en el desarrollo del conflicto en Siria.
Turquía y Rusia no podrían tener intereses más contrapuestos. Mientras que Rusia, junto con Irán, es el principal sostén del régimen de Bashar al-Assad, tanto en el teatro de operaciones militares como en las mesas de negociación, Turquía ha hecho de la caída de al-Assad una bandera y apoya a diversas variantes de “rebeldes” sunitas, lo que incluye hacer la vista gorda ante los avances del Estado Islámico. El otro objetivo, del mismo nivel de importancia, es evitar el fortalecimiento en sus fronteras del Kurdistán sirio, bajo dirección de movimientos y milicias aliadas con el PKK.
El momento del ataque turco no es casual. Coincide con la visita del presidente francés François Hollande a Estados Unidos, para tratar de consolidar con Obama una suerte de coalición entre estos dos países y Rusia para combatir al Estado Islámico en Siria e Irak.
Antes de los atentados en París, Hollande era un fundamentalista del cambio de régimen en Siria y un crítico feroz de la intervención rusa. Pero la necesidad lo ha hecho cambiar de posición. Su prioridad ahora no es la caída de al-Assad sino dar una respuesta militar contundente contra el Estado Islámico, lo que lo convirtió en un aliado incómodo de Rusia e Irán. Su política para neutralizar lo que a todas luces era leído como un triunfo diplomático y militar de Putin, era lograr que Estados Unidos se involucre de manera decisiva.
¿Qué consecuencias puede tener este hecho?
La OTAN llamó a una cumbre de urgencia en la que con seguridad tratará de que el conflicto no escale. La posición quizás ya la adelantó el gobierno de Obama: dijo que Turquía tiene el legítimo derecho a defender su territorio y su espacio aéreo, y que en última instancia el derribo del avión es consecuencia de la campaña que está llevando adelante Rusia en Siria, sin coordinarla con el resto, aproximándose a la frontera turca y sobre todo, atacando a grupos de “rebeldes moderados” opositores a al-Assad, apoyados por Turquía, Qatar, Arabia Saudita e indirectamente por las potencias occidentales. Dicho esto llamó a las partes a aclarar lo sucedido y a no escalar el conflicto.
Putin dio una respuesta encendida. Acusó a Turquía de proteger al Estado Islámico en Siria y de permitirle la venta clandestina de petróleo a través de su frontera, e irónicamente le preguntó al presidente turco Erdoğan si su política era poner a la OTAN al servicio del ISIS. Sin embargo, una respuesta militar rusa contra Turquía no pareciera lo más probable. Rusia podría tomar otras represalias. Por un lado, obstaculizar o dejar en suspenso grandes proyectos energéticos que tiene con Turquía y hacerle pagar más caro el 20% de la energía que consume y que importa de Rusia. En el escenario sirio, Rusia podría aumentar sus bombardeos contra grupos opositores aliados a Turquía o, indirectamente, apoyar a las milicias kurdas de Rojava.
Con su intervención en Siria, Rusia defiende su única posición militar por fuera de su esfera de influencia limitada al ex espacio soviético próximo a sus fronteras. Y de paso, busca compensar la situación en que ha quedado en Ucrania. De ahí su interés en sostener al régimen de al-Assad y, por esta vía, el sistema de alianzas regionales de Irán.
La derrota de la primavera árabe y las intervenciones imperialistas han creado las condiciones para que surjan grupos completamente reaccionarios como el Estado Islámico, cuyos métodos terroristas que apuntan contra la población civil se miran en el espejo de los bombardeos imperialistas y sus “daños colaterales”, que desde la guerra de Afganistán se cobraron la vida de cientos de miles (quizás más de un millón) de víctimas civiles. El creciente militarismo de las potencias imperialistas solo profundizará este curso.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.