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Ideas de Universidad. Una discusión con el sionismo de izquierda y el judeo-progresismo

Los recientes ataques al pueblo palestino por parte de Israel volvieron a abrir un debate sobre el sentido histórico del Sionismo. En esta nota polemizaremos con ciertas lecturas adentro del mismo y de la comunidad judía, que ven como positiva la idea de "Dos pueblos dos Estados".

D. Retznisky Estudiante de Historia-UBA

Domingo 30 de mayo de 2021 23:17

@cokealarconn

El objetivo de esta nota es dilucidar qué nociones y argumentos subyacen en los planteos del denominado sionismo de izquierda; teniendo en cuenta que es una corriente sumamente heterogénea, con diversas posiciones en su interior. Este discusión es importante en el momento actual, ya que existen sectores y organizaciones de la comunidad judía argentina que, desde la mencionada postura, así como también desde el judeo-progresismo, repudiaron la reciente masacre en Gaza, y se oponen al actual gobierno derechista israelí de Benjamín Netanyahu (del partido Likud). Al mismo tiempo, ambas tradiciones consideran que la solución de “Dos pueblos, dos Estados” es una salida positiva para lograr la paz entre árabes y judíos y la autodeterminación nacional del pueblo palestino. Ejemplo de ello son: el Partido sionista de izquierda Meretz de Argentina [1], el Movimiento Juvenil Habonim Dror (ligado a Ha’Avoda, el Partido Laborista Israelí) [2] y la Asociación Cultural Israelita de Córdoba (A.C.I.C.), afiliada al ICUF (Idisher Cultur Farband- “Federación de Entidades Culturales Judías de la Argentina”) [3]. El agrupamiento judío de izquierda Amós manifestó que “(…) la ocupación resulta incompatible con cualquier aspiración de paz para ambos pueblos” [4]. El ICUF, en ocasión al 63 aniversario de la creación del Estado de Israel en 2011, publicó un comunicado que marca un hiato entre el “sueño de los pioneros de levantar un Estado democrático y progresista” y el gobierno derechista del momento (también del primer ministro Netanyahu) [5]. Mencionamos a estas organizaciones porque consideramos que manifiestan ciertos sentidos comunes de un sector progresista y de izquierda de la comunidad judía local, con el cual queremos abrir un debate.

En última instancia, la concepción -utópica- que subyace en las corrientes políticas arriba mencionadas, plantea que es compatible la existencia de un Estado con mayoría demográfica judía significativa y que, al mismo tiempo, no sea racista y respete los derechos nacionales del pueblo palestino [6]. El sector más izquierdista del sionismo, incluso, veía la creación de un Estado hebreo como una vía de resolución del antisemitismo (odio anti-judío) en Europa y, al mismo tiempo, de construcción de una sociedad socialista. En tiempos más recientes, sectores y organizaciones de la vertiente más de izquierda del sionismo en Israel criticaron y se opusieron a políticas abiertamente racistas de ese Estado (como fue el caso de la Ley Básica del Estado-Nación impulsada por el mencionado primer ministro Netanyahu en 2018). Así mismo, las semanas pasadas marcharon junto con la población árabe de Israel en contra de la brutal masacre en Gaza. Sin embargo, criticar las políticas y los gobiernos de derecha del Estado sionista (así como a algunos de sus aspectos estructurales como el Apartheid hacia la población palestina en Cisjordania) no implica cuestionar la existencia del Estado mismo [7]. Como veremos, ahí radica el problema. Lejos de “irse a vivir a otro lado”, para lograr la paz, la clase obrera judía de Israel debe romper políticamente con el nacionalismo sionista, y, junto a los trabajadores árabes palestinos, edificar un solo Estado, laico, no racista y socialista.

El sionismo es un movimiento político nacionalista, surgido en fines de siglo XIX en Europa (lo cual no constituye ninguna originalidad, ya que existía un auge de los nacionalismos en esa coyuntura histórica). El periodista judío húngaro Theodor Herzl lo fundó, luego de observar la amañada incriminación al oficial judío francés Alfred Dreyfus en 1894. Este último fue injustamente acusado de espiar para Alemania, lo que generó una ola de antisemitismo en Francia. Ante esa situación, Herzl consideró que la solución ante el odio contra los judíos no era la asimilación (abandonar la religión, costumbres y rasgos culturales a efectos de integrarse plenamente en las sociedades europeas), sino la creación y edificación de un Estado hebreo [8]. El primer congreso sionista se realizó en la ciudad suiza de Basilea en 1897.

El movimiento sionista no era homogéneo. El ala izquierda del mismo se reclamaba “sionista-socialista” y, siguiendo los planteos de Beer Borojov, consideraba que era necesario “normalizar” la pirámide social de los judíos europeos (es decir, proletarizar y vincular al trabajo agrícola a grandes masas de los mismos), para lo cual era imprescindible un Estado y un territorio como paso previo al socialismo. Ese sector estaba constituido por organizaciones como el movimiento juvenil Hashomer Hatzair (“Joven Guardián”) y el partido político Poalei Zion (“trabajadores de Sion”), y fundaron kibbutzim (granjas colectivas sin propiedad privada) en Palestina [9]. Importante es destacar que existía una izquierda judía no sionista, como el partido socialista Bund (“Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia”), el cual -al mismo tiempo que reivindicaba la identidad cultural judía, con características como el idioma idish- buscaba aliarse con los trabajadores no judíos europeos. Este partido político, hasta la década del cuarenta, contaba con un importante apoyo entre las comunidades judías europeas; a diferencia del sionismo, el cual fue, hasta ese mismo momento, un movimiento político minoritario. La izquierda revolucionaria (con dirigentes de la talla de Lenin y Trostky) se preocupó por combatir política e ideológicamente al antisemitismo y cualquier tipo de racismo al interior de la clase trabajadora, ya que el racismo (al igual que las diversas ideologías burguesas) dividen a la clase obrera y obturan la posibilidad del socialismo. Por eso mismo, organizaron la resistencia de los trabajadores judíos y no-judíos ante los pogromos (matanzas y persecuciones antisemitas que incluían violaciones y quema de hogares, organizadas por el régimen zarista).

Como ya hemos mencionado, la izquierda sionista pretendía la construcción de una sociedad socialista mediante la edificación de un Estado hebreo (de ahí el establecimiento de las granjas colectivas, pues serían un "embrión" de la nueva sociedad). Sin embargo, más allá de las “buenas intenciones”, su estrategia (el camino elegido a largo plazo para arribar a un fin) estaba condenada a un "callejón sin salida". La única forma de garantizar una mayoría étnica -no necesariamente religiosa, pero sí por su origen, cultura e identidad- judía en un territorio habitado por población no-judía (como era el caso de la Palestina bajo Mandato Británico) era mediante la expulsión de esta última. Las organizaciones armadas del sionismo de izquierda, el Palmaj y la Haganá, surgidas para la "autodefensa del yishuv” (la población judía) se vieron implicadas en masacres en contra de la población árabe palestina (muchas veces, en operaciones conjuntas con las del sionismo de derecha, el Irgún y el Leji). Inclusive, la Haganá asesinó en 1924 al militante anti-sionista, judío religioso y poeta Jacob Israel de Haan. Al igual que en Europa, gran parte de la población judía de la Palestina bajo Mandato Británico era, hasta la década de los cuarenta, anti-sionista o no-sionista, lo cual refuta la visión del sionismo de presentarse como la ideología “natural” de “todos” los judíos del mundo.

Una de las conclusiones a las que es necesario arribar es que la progresividad de un movimiento nacional no está determinada, exclusivamente, por la ideología de las organizaciones políticas que actúan en su seno, sino en clave relacional, es decir, en función de la capacidad de relacionar o ligar un problema de opresión nacional con la lucha de la clase obrera y los oprimidos más en general. Ejemplo de ello fueron los movimientos de descolonización de África y Asia, que, al enfrentarse a las potencias coloniales y debilitar su poderío militar, podían (potencialmente) confluir con la lucha de la clase obrera de esos países. Para que esa potencialidad se realice (cuestión que no inexorablemente ocurre) es necesario, creemos, una dirección marxista revolucionaria. ¿El sionismo tenía esa potencialidad? Directamente carecía de ella. En los hechos, se constituyó, de conjunto, como un movimiento nacional de colonos, preocupado -reiteramos- por lograr la mayoría étnica judía. Ahí radicaba, desde el inicio del movimiento sionista, el problema, más allá de las "buenas intenciones" de su ala izquierdista, y de posicionamientos correctos o parcialmente correctos de sectores de la misma en algunas coyunturas puntales (por ejemplo, el planteo de Estado binacional del Hashomer Hatzair al momento del Plan Partición [10]). Si bien es cierto que el sionismo tuvo algunos enfrentamientos militares con el imperialismo británico (en particular, las organizaciones armadas de ala derecha del movimiento, el Irgún y el Leji); era incapaz de ligar cualquier lucha anti-imperialista a los intereses de los trabajadores árabes de la región, dada la ya mencionada obsesión por consolidar la mayoría demográfica judía. Muy por el contrario, el movimiento sionista pactó con las potencias coloniales europeas, a efectos de conseguir un territorio para su proyecto de Estado hebreo. Ejemplo de ello fueron la Declaración Balfour del gobierno británico de 1917 (ver nota al pie 9), y las negociaciones con el zarismo ruso (el cual era profundamente antisemita, vimos que incentivaba y organizaba los pogromos).

El movimiento nacional palestino, en cambio, es expresión de un pueblo sojuzgado, al margen del programa y la estrategia de sus -siempre coyunturales- direcciones políticas. Esto no quita la responsabilidad del socialismo revolucionario de criticar los aspectos reaccionarios de las formaciones políticas de los movimientos de liberación nacional; incluso acciones concretas, si estas últimas dividen las filas de la clase obrera. Por ejemplo, el muftí (líder religioso) de Jerusalén, Amin al-Husayni, tuvo simpatías por Hitler e incentivó pogromos contra la población judía de la Palestina bajo Mandato Británico durante la década del veinte [11]. Sin embargo, estos repudiables hechos no convierten al sionismo, automáticamente, en un movimiento nacional progresivo.

Esta contradicción entre el nacionalismo sionista (con el objetivo, reiteramos, de erigir un Estado con una mayoría demográfica judía) y un proyecto socialista o -más modesto aun- mínimamente “progresista y democrático”, se manifestó al momento del nacimiento del Estado de Israel. Efectivamente, durante las primeras tres décadas de su existencia, contó con gobiernos del ala izquierda del sionismo (laboristas [12] y sionistas-socialistas [13]). Durante ese mismo periodo, se erigieron las bases institucionales del racismo y del apartheid contra el pueblo palestino (por eso el problema no es un gobierno circunstancial,de la derecha o de la izquierda sionista, sino el Estado mismo). En 1948, año de su creación, el naciente Estado hebreo y las organizaciones paramilitares sionistas expulsaron a gran parte del pueblo palestino -una verdadera limpieza étnica, la Nakba (“Catástrofe” en árabe)- y ocuparon mucho más territorio al correspondiente según el “Plan de Partición” del año anterior [14]. El objetivo fue acaparar la mayor cantidad de tierras con la menor cantidad de población no-judía posible. La fracción del pueblo palestino que no fue expulsada conformó la población “árabe israelí”, y se vio sometida a legislación segregacionista. Ejemplo de ello fueron la Ley de Propiedades Ausentes (aún vigente, permite la confiscación de los hogares de la población palestina expulsada durante la Nakba); y la legislación militar exclusiva para los “árabes israelíes”, vigente hasta mediados de la década del sesenta (mientras la población judía se regía por la legislación civil [15]). Nótese el carácter abiertamente racista del Estado sionista: leyes discriminatorias según el grupo étnico y el origen de sus ciudadanos. En la “Guerra de los Seis Días” de 1967, también bajo un gobierno del sionismo laborista, el Estado de Israel ocupó los territorios no conquistados durante la Nakba: Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén oriental. En los Territorios Ocupados se instauró una situación muy semejante al régimen racista del Apartheid sudafricano, con la población palestina sometida y sojuzgada al control militar israelí, sin continuidad territorial (por la permanente e incesante construcción de colonias exclusivas para judíos, condenando a los palestinos a vivir en espacios cada vez más reducidos y dificultando su desenvolvimiento económico y social) y sin igualdad ante la ley (ley militar para palestinos, ley civil para colonos israelíes, rutas exclusivas para estos últimos, etc). Importante es destacar que esta situación fue (y sigue siendo) denunciada por sectores de la población judía israelí, como el movimiento “Paz Ahora” (Shalom Ajshav), fundado en 1978. Desde esa fecha, exige el fin del Apartheid y la ocupación contra el pueblo palestino. En 2005, bajo el gobierno del derechista Ariel Sharon, fueron evacuadas las colonias de Franja de Gaza. Ese pequeño territorio se vio sometido desde 2007 a un bloqueo criminal por parte del Estado sionista (apoyado, en esta política, por Egipto, que también limita con la Franja) y a bombardeos brutales contra la población civil (en 2006, 2008, 2009, 2012, 2014 y semanas atrás).

El Proceso de Paz de los noventa (los Acuerdos de Oslo firmados en 1993) despertó aspiraciones en sectores importantes de la sociedad israelí, pues fue visto como un camino para lograr la paz y la autodeterminación nacional y fin del apartheid del pueblo palestino. Lejos de ello, sin embargo, constituyó una forma de legitimar y cristalizar la ocupación. Durante los gobiernos del sionismo progresista de los noventa, las colonias no dejaron de proliferar. Además, el futuro Estado palestino prometido en dichos acuerdos iba a ser en los Territorios Ocupados después de 1967, legitimando la conquista del Estado sionista durante la Nakba, y negando el derecho al retorno de todos los palestinos expulsados en 1948 y sus descendientes. Sin embargo, la derecha sionista consideró que eran “concesiones inadmisibles”; motivo por el cual el primer ministro laborista Yitzhak Rabin -firmante de los Acuerdos de Oslo, junto con el líder de la Organización para la Liberación Palestina (O.L.P.), Yasser Arafat- fue asesinado en un atentado terrorista en noviembre de 1995. El actual primer ministro Benjamin Netanyahu (responsable de la masacre contra el pueblo palestino en Gaza) participó activamente de las marchas en contra de dichos acuerdos, en las cuales se incentivó el asesinato de Rabin. Actualmente, (producto de los acuerdos de Oslo) en Cisjordania hay un “seudo-Estado”; en el cual existen algunas áreas de teórica soberanía palestina. En los hechos, sin embargo, hay un férreo control militar israelí y una clara desigualdad legal entre los colonos y los palestinos. Estos últimos nunca tienen la garantía de no ser expulsados de sus tierras. La situación se asemeja mucho a la de los “bantustanes” sudafricanos antes de 1994 (ver la nota al pie 7).

En conclusión, el proyecto del sionismo socialista fue desgarrado por sus propias contradicciones internas; tal como quedó demostrado a más de setenta años de la creación del Estado de Israel (en muchos de los cuales, como vimos, sectores de esta corriente fueron gobierno). No es compatible un movimiento nacional de colonos y un Estado que segrega sectores de la población por su origen étnico con el socialismo. Israel es una etnocracia, en la cual -si bien es cierto que la población “árabe israelí” que constituye cerca del veinte por ciento de total, tiene derecho al voto- su carácter de ciudadanos nunca está garantizado del todo (prueba de ello es la ya mencionada Ley Básica del Estado-Nación, que contó con la oposición de la izquierda sionista). Sin embargo, si el conjunto del pueblo palestino tuviera derecho a voto e igualdad civil y política (es decir, los habitantes de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los refugiados palestinos que viven el exilio) en el conjunto de las tierras de lo que fue Palestina bajo Mandato Británico, peligraría la mayoría demográfica judía (al menos, en proporciones significativas) que es la base del sionismo. El sionismo de izquierda, si desea hacerle honor a la segunda parte del término, debe romper con el nacionalismo reaccionario y unirse a las aspiraciones nacionales del pueblo palestino. El problema no radica únicamente, reiteramos, en los gobiernos de derecha (como el de Sharon y Natanyahu), ni siquiera en algunos aspectos del Estado, sino en este último en su conjunto. Este no implica, como ya hemos visto, que el ala izquierda del sionismo sea lo mismo que el sector derechista (el asesinato de Rabin y la oposición a la racista ley de Natanyahu así lo demuestran), pero sí que su estrategia es incapaz de lograr la autodeterminación del pueblo palestino y terminar con el racismo y apartheid del Estado israelí. Por eso mismo, el planteo de “Dos Pueblos, dos Estados” (presente en los fracasados Acuerdos de Oslo, apoyado históricamente por el imperialismo norteamericano y la burocracia estalisnista) no es una salida para lograr la paz entre árabes y judíos.

Por una Palestina obrera y socialista donde árabes y judíos vivan en paz

Terminar con el Estado de Israel de ninguna manera implica odio racial o animosidad hacia ningún grupo étnico o religioso en particular. Como ya vimos, antes de la década del cuarenta, un sector importante del yishuv (población judía que habitaba en Palestina bajo Mandato Británico) era anti-sionista o no-sionista (al igual que en Europa, en donde las corrientes de izquierda no sionistas tenían un importante peso político). Había militantes judíos que estaban en contra del establecimiento de un Estado hebreo, como los miembros de la IV internacional, quienes muy correctamente se opusieron al Plan de Partición. Por otra parte, ningún socialista puede estar a favor de reparar injusticias históricas (como la Shoá, el genocidio nazi contra los judíos europeos) a partir de la limpieza étnica y la opresión de otro pueblo. Es una falacia, entonces, "confundir" a un Estado con el grupo cultural y/o religioso al que este dice representar. Antisionismo no es antisemitismo. El Estado de Israel no dudó en exponer a los trabajadores judíos que habitan en su territorio al belicismo cuando le fue necesario, cual “carne de cañon” [16].

En lugar del proyecto de “Dos Pueblos, dos Estados”, la salida es que, de manera fraterna, trabajadores árabes y judíos construyan un solo Estado, laico, democrático y no racista, en el cual todos los palestinos puedan volver a sus hogares; y haya plenos derechos civiles y políticos para ambos pueblos. Para eso, es necesario anular la ya mencionada ley de las propiedades ausentes, la existencia de colonias y rutas exclusivas para colonos judíos, así como también liberar a todos los presos políticos palestinos. La burguesía sionista es muy poderosa y cuenta con sus aliados del Imperialismo estadounidense y las burguesías árabes de la región. Por lo tanto, todo cuestionamiento serio al orden de dominio de la región, central para el imperialismo por sus recursos hidrocarburíferos y por su posición geopolítica estratégica, plantea una lucha hasta el final contra los intereses de las empresas imperialistas y la burguesía sionista. Esas tareas democráticas (es decir, contra el apartheid y el racismo) no podrán ser efectivas ni duraderas si no van de la mano de la lucha por un gobierno de los trabajadores que instaure una Palestina obrera y socialista, donde arabes y judíos vivan en paz. Por eso, la alianza entre los trabajadores judíos y el movimiento nacional palestino es fundamental. Las direcciones políticas actuales de este último, ya sea la A.N.P., heredera histórica del nacionalismo burgués de Arafat y la O.L.P., así como Hamás, organización ligada al islamismo radical que también tiene lazos con las burguesías de la región, se oponen completamente a cualquier programa anticapitalista, pero por ello, al mismo tiempo, son incapaces de dar una lucha consecuente hasta el final contra el Estado de Israel y el imperialismo.

En ese sentido, consideramos muy promisorios los últimos acontecimientos (huelga en Cisjordania y las "ciudades mixtas" de Israel, marchas en Israel de judíos y árabes confraternizando y oponiéndose a la masacre del Estado sionista en Gaza [17]). También es muy auspicioso que importantes sectores de la población palestina (tanto en Gaza, Cisjordania como Israel) no se sienten ya representados por las direcciones políticas tradicionales (Hamas y la O.L.P.). Ambas organizaciones políticas (a las cuales hay que apoyar ante los ataques del sionismo) no representan, por su programa, estrategia y carácter de clase, una salida progresiva para lograr la autodeterminación del pueblo palestino. La O.L.P., ya desde los Acuerdos de Oslo, se convirtió en colaboracionista con el imperialismo norteamericano y el Estado sionista. Por eso (sumado a hechos de corrupción), adquirió desprestigio entre la población palestina. Hamas, por otro lado, tiene un programa islamista, y quiere fundar un Estado teocrático. Al mismo tiempo que se enfrenta militarmente al Estado sionista (como en anteriores semanas, expresando a un movimiento nacional de oprimidos y defendiendo a la población gazatí ante el ataque criminal del Estado de Israel) reprime en Gaza a la oposición interna e impone la sharia (ley islámica), sojuzgando a mujeres y sectores LGTTTBI. Sus métodos pueden tener la consecuencia reaccionaria de abroquelar a los trabajadores judíos israelíes con el nacionalismo sionista, al no dirigir sus operaciones exclusivamente al ejército y el aparato represivo del Estado de Israel. Es lamentable la muerte de cualquier civil (sea del origen étnico o religioso que fuera). El Estado sionista es el responsable y generador de la violencia, tanto históricamente, como ya hemos visto, como semanas atrás (permitir las provocaciones derechistas en la Mezquita de Al-Aqsa, la represión en ese mismo lugar durante el sagrado mes del Ramadán, el desalojo racista en el barrio de Shaykh Jarah en Jerusalén oriental, postergar lo mas posible el alto al fuego y bombardear brutalmente a la población civil). Nuevamente, la salida es unirse con los hermanos de clase árabes-palestinos.

Las tareas democráticas para terminar con al Estado racista y apartheid ponen a la orden del día la alianza de la clase obrera judía con el pueblo palestino; y el remplazo de la "solidaridad nacional" o étnica de la primera para con la burguesía y el Estado sionista por la solidaridad de clase. Por eso mismo acabar con el Estado de Israel plantea como salida la construcción de un solo país sobre todo el territorio histórico del Mandato Británico, obrero y socialista, donde árabes y judíos vivan en paz, y haya plana libertad de expresión de las particularidades culturales de cada pueblo, en el marco de una Federación de Repúblicas Obreras y Socialistas en Medio Oriente.

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[6En ninguno de sus tweets de la organización Amós, desde el 11 de mayo, se pronuncia explícitamente por la salida de “Dos pueblos, Dos Estados”. Sí marca, muy correctamente, que la ocupación militar israelí lleva mas de cincuenta años (https://twitter.com/AmosArg/status/1392282534554263552), en una clara referencia a la situación posterior a La Guerra de los seis días de 1967 (más adelante, en el desarrollo de la nota, nos adentraremos en el asunto). Si bien esta fecha marco un salto en la situación de opresión nacional del pueblo palestino, creemos que el problema se remonta a mucho tiempo atrás.

[7El apartheid era un régimen de discriminación legal en función de la “raza” que se instauró en Sudáfrica desde 1948, y fue desmantelado en 1994. Prohibía el derecho a voto a la mayoritaria población negra y la segregaba en hospitales, escuelas, hogares y barrios. Fue instaurado por el racista y derechista “Partido Nacional” conformado, en su mayoría, por bóers (blancos de origen holandés). Uno de los argumentos esgrimidos por los defensores del apartheid era que la población negra sí podía votar, pero en sus “bantustanes” (pequeños territorios con “autogobierno”). En los hechos, estaban bajo el control del Estado sudafricano (situación muy parecida a la de Cisjordania actual).

[8La noción que subyacía era que los judíos constituían un pueblo antes que un credo. De ahí que el sionismo se constituyó como una corriente política predominantemente laica (sin bien existía un ala religiosa, dirigida por el rabino Abraham Isaac Kook). No es casualidad que haya surgido en Europa, pues los judíos de Europa central y del este (asquenazíes) tenían rasgos culturales e identitarios propios, como el idioma idish. Los judíos de otros orígenes como los sefardíes (descendientes de los expulsados de la Península Ibérica después de 1492), los mizrajíes (de los países árabes) y los de Etiopía tuvieron una vinculación mucho más tardía con el sionismo y el Estado de Israel. Estos últimos sufren racismo y discriminación en el Estado sionista por su color de piel.

[9Queremos aclarar que Palestina fue parte del Imperio Otomano, el cual la perdió en el transcurso de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El Mandato Británico sobre el territorio palestino se instauró en 1922, pero desde antes de finalizar la guerra ya controlaba el territorio de facto, lo que le permitió promulgar la Declaración Balfour en 1917, la cual se le prometía al movimiento sionista un “hogar nacional judío” en Palestina.

[10Propuesta en la ONU en 1947 de crear dos Estados, uno árabe-palestino y otro judío en el territorio de la entonces Palestina bajo Mandato Británico. Fue apoyada por la U.R.S.S. de Stalin, los Partidos Comunistas de todo el mundo que seguían al estatalismo, el imperialismo norteamericano y los sionistas; y contó con la oposición de los países árabes y el pueblo palestino. A los palestinos, siendo mayoría, les correspondía el 47% del territorio. Los trotskistas que militaban en el territorio palestino (gran parte judíos) se opusieron al plan de partición, al mismo tiempo que reclamaron el ingreso irrestricto de todos los refugiados judíos, víctimas de genocidio nazi, a todo país al que lo solicitaran. Veáse: https://www.laizquierdadiario.com/La-Cuarta-Internacional-y-la-creacion-artificial-del-Estado-de-Israel y https://www.laizquierdadiario.com/Como-Stalin-ayudo-a-la-creacion-del-Estado-de-Israel

[11“(…) Alarmados, tanto los sionistas como los efendis (terratenientes palestinos) trazaron un rumbo para sabotear esa potencial unidad obrera. En 1929 el mufti de Jerusalén, Aj Amin al Husayni junto la elite nacionalista palestina más reaccionaria lanzaron un pogrom durante cuatro días. Cientos de trabajadores judíos indefensos salvaron su pellejo gracias a la colaboración de sus compañeros árabes, que expusieron sus propias vidas escondiéndolos en sus domicilios..” https://www.laizquierdadiario.com/Los-arabes-y-los-judios-son-enemigos-desde-siempre

[12El laborismo gobernó ininterrumpidamente desde 1948 hasta 1977. También fue gobierno durante el proceso de paz de la primera parte de la década de los noventa. Se llamaba Mapai (“Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel”). Al fusionarse con otros grupos menores, cambió su nombre en la década del sesenta por Mifleget Ha‘Avoda Ha’Israelit (Partido Laborista Israelí). El movimiento Juvenil Habonim Dror está ligado al mismo (su filial de Argentina se pronunció por “Dos pueblos, dos Estados”, ver nota al pie 2)

[13El Mapam (“Partido Unido de los Trabajadores”) fue parte de algunos de los gobiernos del laborismo, y estaba ligado al movimiento Hashomer Hatzair. Hasta principios de la década del cincuenta, era sionista y apoyaba al estatalismo, momento en el cual sufrió una crisis; y rompió con este último. En los noventa, se unió a otros grupos y conformó el partido sionista de izquierda Meretz. Meretz de Argentina se manifestó por “Dos pueblos, dos Estados” (nota al pie 1).

[14En el Plan de Partición, le correspondía un 53 por ciento del territorio de la Palestina Bajo Mandato Británico al (futuro) Estado sionista. Al finalizar la Nakba, se había apropiado del 78 por ciento.

[15Nos referimos a legislación no militar. Queremos aclarar que el peso de la religión es abrumador en la legislación israelí. Por ejemplo, no existe el matrimonio civil en la actualidad. Está muy lejos de ser un Estado laico

[16Referido a la guerra de Líbano de 2006: “(…) Sin embargo, este Estado no duda en exponer la vida de su propia población judía cuando se trata de imponer orden y disciplina a los pueblos árabes. Hace pocos días dos obreros judíos de la zona de la Galilea murieron camino a sus trabajos, producto del chantaje de los funcionarios estatales que exigían el retorno a las tareas laborales de aquellos que escapaban de los misiles buscando resguardo en las ciudades del sur. El Estado sionista cubre los salarios equivalentes a los dos meses anuales de reserva que deben prestar los ciudadanos judíos al ejército, pero hoy se niega a compensar los días de trabajo caídos de aquellos que debieron huir a consecuencia de la espiral de violencia generada por su iniciativa asesina sobre la población civil del Líbano. La vida de los judíos vale para el Estado sionista en tanto y en cuanto sirva para reproducir su política colonial y guerrera (...)” https://www.pts.org.ar/Judaismo-y-Sionismo.

[17Sin embargo, otros episodios fueron negativos, y pusieron de manifiesto la división de la población en función del origen étnico. Nos estamos refiriendo a linchamientos y enfrentamientos entre habitantes árabes y judíos, también en las ciudades mixtas.