Chiara Arias, estudiante secundaria de la escuela Julio Cortázar nos cuenta su experiencia en el Encuentro Nacional de Mujeres.
Jueves 13 de octubre de 2016 00:27
Ahora entiendo a lo que se refieren cuando dicen que una no es la misma al volver de un encuentro. Fue una experiencia realmente sorprendente y multitudinaria. El sábado a la mañana, cuando llegamos todas las compañeras secundarias a Rosario, no lo podía creer. El Encuentro Nacional de Mujeres había crecido demasiado. No me esperaba más mujeres que el año anterior, en Mar del Plata.
Aún más me sorprendí al ver que iba llegando Pan y Rosas desde distintas partes del país, pintando así el Monumento a la Bandera de violeta. Después del acto de apertura, pensé en lo irónico que sonaba el hecho de que la comisión organizadora dijera que el encuentro es para todas, que hablara de las compañeras migrantes, e instantes después, hiciera sonar el himno nacional argentino. Una gran contradicción.
Antes de viajar, venía con los pensamientos fijos en un taller en particular, al que sí o sí tenía que ir: mujer y relación con el cuerpo. Pensaba que los talleres solo me servían a mí y a las demás para contar sus experiencias personales y ayudarnos a hacer un cambio interno de auto aceptación... Pero todo cambió radicalmente cuando en el taller, comencé a escuchar lo que nunca había imaginado, que la única manera de cambiarlo era colectivo.
Todos los estereotipos de belleza que se nos imponen desde chicas y que nos acomplejan, son producto de una cultura milenaria que hoy en día el estado legitima y reproduce constantemente. Me dí cuenta, que todas hablábamos desde nuestra individualidad pero estábamos contando lo mismo: la presión de esta cultura machista sobre nuestros cuerpos, nuestras imágenes, nuestras vidas. ¡Pero ninguna hablaba de cómo hacer para cambiar la situación de raíz! ¡Para que no lo viva ni una más! Todas hablábamos de tener una vida plena, cada una, sin darle atención a quienes nos meten en la cabeza la imagen de una Barbie y te dicen que así estarías perfecta, como si eso fuera tan fácil de ignorar. Ninguna hablaba de la organización, de la lucha, de tirar abajo los estereotipos. Fue entonces cuando levante la mano para expresar esto y todo se me revolucionó. Hablé de los complejos conmigo misma, los cuales me acompañaron siempre, donde los de afuera no paraban de oprimirme. De que siempre le dí importancia al “¿Qué pensaran los demás de mí?”. Ahora todo esto que me pasaba, lo veo como si ni siquiera fueran problemas, solo cosas que me impusieron en la cabeza desde muy chica.
En este Encuentro de Mujeres, decidí que ya no me victimizo nunca más. Que aunque sea una víctima, no me voy a quedar en ese lugar, me voy a organizar, con otras mujeres, vamos a luchar para tirar abajo la imagen de la mujer perfecta, la cual es imposible alcanzar y que nos quieren vender a todas y todos. Eso aprendí en estos días.
Empezó a ser, en serio, un ambiente de lucha bellísimo que te llena de fuerzas para seguir adelante en todo. No puedo parar de pensar en que si salimos y nos organizamos todo el año como lo hicimos en estos tres días, vamos a lograr acabar con este sistema que fomenta el machismo, la represión, la homofobia. ¡Nosotras, las mujeres, podemos y vamos a seguir unidas en la lucha! Me llena de emoción haber sido parte de esa enorme columna de Pan y Rosas.
Precisamente de esto me di cuenta en la misma marcha, cuando al ver tantas mujeres a mi alrededor, entendí la fuerza que tenemos, que ¡si se puede! Yo y millones más, tenemos que empezar a pensar como terminar de raíz con estos estereotipos. Hay que salir a las calles y organizarnos. No estoy sola. Vos tampoco. Somos muchísimas luchando para conquistar una vida plena para todas y todos nosotros. Una vida que podamos disfrutar y no tengamos que padecerla. Imaginate todo lo que podrimos cambiar luchando de esta manera, todos los días, codo a codo. ¿Vamos juntas?