Gustavo Burachik Docente de la Universidad Nacional del Sur / Partido Obrero
Miércoles 1ro de octubre de 2014
La crisis argentina ha ingresado en los últimos 3 meses en una nueva fase cuyas principales características son las siguientes:
Está en la agenda una cesación de pagos de la totalidad de la deuda en dólares, pública (nacional y provincial) y privada. Dados el nivel actual de reservas netas; la renuencia de los exportadores a liquidar divisas, la imposibilidad práctica de ejercer un racionamiento estricto de las divisas para importación (de la cual depende el funcionamiento de toda la estructura productiva) y la caída del precio de la soja son incompatibles con el servicio puntual de las deudas con el exterior en los próximos 15 meses.
La escasez relativa de dólares conduce a la recesión de un modo natural por medio de la desmonetización resultante de la conversión de los capitales líquidos a divisas. A esto se suman los efectos derivados del racionamiento parcial de divisas al tipo de cambio oficial para la importación de partes e insumos, la disminución del salario real y el aumento de las tasas activas de interés.
El gobierno entiende que una nueva devaluación sustancial del dólar “oficial” conllevaría su hundimiento político definitivo y daría un golpe de gracia a las direcciones sindicales burocráticas. Con todo, en los hechos, la entrega dosificada o condicionada de divisas a importadores y la retención de cereal de los exportadores están transformando al tipo de cambio “oficial” en otra de las quimeras estadísticas del kirchnerismo. Las versiones paralelas del dólar amplían su significación económica como fuente de divisas para la dolarización de capitales líquidos e incluso para la importación. Sin reservas para hacer valer el precio oficial del dólar, el kirchnerismo consiente la devaluación del peso en el mercado paralelo y sus sucedáneos. Este proceso estimula la inflación (al “pegar” muchas empresas sus precios a la evolución del dólar), las maniobras para obtener dólares a precio reducido con fines especulativos (que reducen las reservas) y la retención de exportaciones.
El segundo componente de la corrida es la emisión. Por un lado, el gobierno sólo dispone de la emisión para cubrir la totalidad de su déficit; por el otro, en un contexto de caída de la acumulación y tendencia al atesoramiento, la emisión adicional se traduce en mayor presión cambiaria e inflación y/o en caída de reservas. La venta de letras del BCRA a los bancos se está agotando como mecanismo para preservar lo primero evitando lo segundo. Un aumento de la tasa de interés de las letras con el objeto de frenar la corrida cambiaria extendería los cierres de empresas y encarecería aún más su deuda con los bancos. El stock de letras y notas se duplicó en un año y equivale actualmente a la totalidad de las reservas brutas (al dólar oficial). La emisión de Lebac para contener la corrida bancaria implica la inutilización de un tercio de la capacidad prestable de los bancos. Por esta deuda los bancos perciben una tasa de interés más elevada que la que pagan por los depósitos y en esto reside actualmente su principal fuente de ganancias. El BCRA tampoco puede reducir las tasas porque su resultado no sería la reactivación del crédito sino de la corrida cambiaria.
En la primera mitad del año el gobierno pudo esterilizar más pesos de los que emitió generando una contracción de 15% real de la base monetaria. Incluso en este contexto, la tendencia a la devaluación del peso se desarrolló ampliamente. Ahora, con una menor capacidad para esterilizar y mayores necesidades de emisión (por aumento del déficit fiscal), el corrida encuentra un terreno aún más fértil.
De este modo, el sistema bancario se ha ido introduciendo en el torbellino de la crisis cambiaria pese a las “normas prudenciales” que eliminaron el descalce de monedas entre créditos y depósitos a partir de la crisis de 2002. La crisis reduce los activos bancarios invertidos en el sector privado, eleva los orientados al sector público (préstamos, letras y títulos públicos) y deteriora la calidad de los acreedores de toda clase. Sólo falta una acentuación de la actual tendencia declinante de los depósitos bancarios en términos reales para que la crisis bancaria ingrese en su fase decisiva.
Ciertamente, fondos de inversión extranjeros están sosteniendo la demanda de bonos argentinos con la expectativa de un eventual acuerdo sobre la deuda en default. Con todo, esta corriente de inversiones no proporciona al menos por ahora ningún financiamiento adicional en dólares.
A lo anterior se suman las tendencias perturbadoras de la economía mundial. La política monetaria de los EE.UU. está pasando de expansiva a neutral como paso previo al aumento de la tasa de interés, anunciado ya para 2015. El consecuente debilitamiento del financiamiento para las naciones de la periferia ya se ha hecho sentir; las recientes devaluaciones en Brasil, Uruguay y Colombia complementan la presión devaluatoria que sufre el peso como consecuencia de la crisis cambiaria local.
A medida que avanza la crisis no sólo se reduce la capacidad de maniobra del estado; se vuelve evidente su orientación social, su interés excluyente por descargar el peso de la crisis sobre los trabajadores. Se revela también que los despidos y la disminución del salario, lejos de ser un fenómeno natural o inevitable, podrían ser sorteados con una intervención política consciente de los trabajadores en la organización del trabajo y de la economía.