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Red Internacional
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Opinión. Una piña que no cae del cielo

La golpiza a Sergio Berni, apenas la punta del iceberg de un gran descontento con la economía y la política, que también funciona de advertencia contra futuros planes de ajuste. Los desafíos que plantea la acumulación de frustraciones con los sucesivos gobiernos. La crisis del peronismo en el poder como fenómeno más explosivo. El malmenorismo que choca con los nuevos planes que Massa trajo de Estados Unidos.

Fernando Scolnik

Fernando Scolnik @FernandoScolnik

Miércoles 5 de abril de 2023 21:58

El contraste ayudaba. De un lado, un funcionario fanfarrón, prepotente, acostumbrado a bajar del helicóptero y mostrarse en acción, pero no para resolver nada, sino para hacer su show frente a las cámaras de TV. O, en los casos en los que busca resolver, es para hacerlo a los tiros a favor de los poderosos, como saben las familias de Guernica, los obreros de Lear, los pobladores del barrio Papa Francisco y muchos más. Del otro lado, trabajadores envueltos en dolor por la pérdida de un compañero asesinado horas antes, llenos de bronca por la falta de respuesta eterna de gobiernos y empresarios. La piña a Sergio Berni no cayó del cielo.

Es cierto. Antes lo había hecho decenas o cientos de veces. Pero no se dio cuenta de que esta vez podía fallar. La rutina, y la pérdida de sensibilidad, es algo que puede -y suele- hundir a las burocracias. Dejando a un lado las tesis conspiranoicas para explicar el hecho, lo profundo es que ahora algo había cambiado. La piña a Berni es hacia la política lo que una punta del iceberg a la gran masa de hielo que está bajo el agua. Con el diario del lunes, y siempre en off, un legislador del Frente de Todos lo resumió en una frase: “La piña a Berni fue una piña a la política. Mañana puede ser cualquiera de nosotros. La gente está mal y siente que la política está en su mundo con las internas”.

¿Qué es eso que había cambiado? No es muy difícil pensarlo. El reclamo de los choferes, por cabinas de protección y condiciones laborales (que cierta derecha quiere utilizar de forma demagógica y punitivista para favorecer una campaña de mayor saturación policial para la represión y el control social), se da en un determinado contexto económico y social de mucho hartazgo.

En este caso la bronca estalló por un crimen a un trabajador. Pero ese asesinato había sido precedido también, tan solo unos pocos días antes, por una noticia dramática que había conmovido al país. Una beba de apenas tres meses, que vivía en situación de calle con sus padres, había muerto desamparada en las mismísimas puertas de la Casa Rosada y a pocos metros del Ministerio de Economía. Una postal dolorosa de la creciente separación entre la casta política y la realidad de millones. Quizás Alberto Fernández y Sergio Massa ni siquiera habían llegado a verla antes desde la ventana de algún despacho: esa semana habían estado ocupados en reuniones con el presidente Joe Biden y el FMI en Estados Unidos, diseñando la próxima etapa del ajuste.

La muerte de la beba causó la indignación que, más fríamente, habían provocado los números del Indec pocas horas antes. Ella era parte de los 1,3 millones de niños y niñas que viven en la indigencia en el país. También se había conocido el jueves que son más de 18 millones las personas que están en situación de pobreza, es decir, casi 4 de cada 10 habitantes del país. Entre los niños, niñas y adolescentes la situación es aún peor: el 54,2 % son pobres.

La bronca que se estrelló en la cara de Berni es la de la acumulación de desencantos y frustraciones con los sucesivos gobiernos, combinada con la falta de esperanza que transmiten la situación actual y el proceso electoral de este año. El desastre del macrismo primero, y del Frente de Todos después, retroalimentados con un presente de situación inflacionaria sin fin, pérdida de ingresos y un pronóstico de horizonte nublado por el FMI por largos años, hacen a un cuadro de conjunto. Los políticos que prometen y después no cumplen, echan leña al fuego. Los que encima fanfarronean, reciben el vuelto en la cara.

En otra columna, dos semanas atrás, analizamos sin embargo la aparente paradoja de que los proyectos que fracasan igual siguen vigentes, porque el que le continúa también tiene malos resultados. Es lo que explica que Juntos por el Cambio hoy tenga chances de volver al poder, pero también la incesante degradación del régimen político en su conjunto y su relación con la población. Asimismo, es lo que está en el trasfondo de la emergencia de la candidatura de Javier Milei, vendida como antisistema, a pesar de que reivindica ideas tan viejas y fracasadas como el neoliberalismo de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y su versión criolla, el menemismo.

El fenómeno más explosivo hoy probablemente sea la agudizada crisis del peronismo en el poder. El fracaso de Sergio Massa, su última apuesta, volvió a agitar las aguas, tal vez como en los peores momentos de Martín Guzmán o Silvina Batakis. “Tenemos que evitar que se hunda el Titanic”, declaró hace pocos días Oscar Parrilli, hombre cercano a Cristina Kirchner. “La política está bailando en la cubierta”, dispara a su vez Emilio Pérsico, desde otro campamento del Frente de Todos.

La política massista -apoyada por el kirchnerismo- de intentar sobrevivir hasta el 10 de diciembre sin que el barco termine de hundirse, está plagada de contradicciones. Aferrado como única alternativa a aplicar los planes del FMI, el ministro ejecuta políticas que aceleran la inflación y frenan la economía, en un contexto de altísima pobreza. La semana pasada, sin ir más lejos, Massa volvió de Washington con las nuevas exigencias del Fondo: más ajuste del gasto público, aumento de tarifas y aceleración del ritmo de devaluación. El país, bajo el virreinato del FMI, es supervisado y chantajeado trimestralmente. Son los costos de convalidar la herencia de Macri en vez de romper con ella. La izquierda lo había advertido desde el comienzo.

En este marco, el oficialismo intenta el juego imposible de echar más leña al fuego del malhumor social y a la vez reeditar de forma decadente la política del malmenor. Hay cualquier cosa, menos ingenuidad: desde el propio peronismo se alienta el fantasma de la derecha (y muchos ven con simpatía el crecimiento de Javier Milei) para especular con la polarización y la división de los votos opositores.

Sin embargo, para los sectores genuinamente preocupados por el avance de las variantes derechistas, es tiempo de debates y conclusiones. Si Juntos por el Cambio está en carrera y Javier Milei ha emergido como actor político en la escena nacional, es porque la política de “enfrentar a la derecha” eligiendo a candidatos como Alberto Fernández o apoyando ahora la aplicación ortodoxa y neoliberal de los planes del FMI por parte de Massa, no ha hecho más que abrirle el paso a quien se decía querer combatir. Por no hablar de la tremenda degradación social a la que conducen esos planes del peronismo, sin que los dirigentes sindicales o sociales que les responden hagan nada por plantarse. ¿Cuándo fue el último paro nacional en Argentina? ¿Quién permite que avance la derecha?

De todos modos, ese avance de la derecha se da de momento, esecialmente, en el terreno electoral. La bronca que vemos emerger estos días es un gran recordatorio y un gran anticipo de lo que puede llegar a pasar si buscan acelerar planes de ajuste y reformas estructurales. La demagogia de la derecha, como señalamos hace poco, puede volver a estrellarse como se estrelló el proyecto cambiemita cuando la realidad les recordó que no era cierto que hubiera consenso social para sus políticas. La piña, también, debe leerse como un recordatorio y eso vale para todos: aunque no hay que descartar que un nuevo salto devaluatorio se imponga antes del recambio de Gobierno, lo que sí es una certeza es que sea el peronismo, Milei o Juntos por el Cambio, todos se proponen acelerar los planes de ajuste durante el próximo Gobierno. Lo que no es ninguna certeza es que los puedan pasar con éxito. Quizás se coman una piña.

Volviendo al kirchnerismo, un sagaz periodista dio cuenta de todos modos de que los malabares discursivos ideados por arriba, lógicamente, no son aceptados por abajo: “Algo no cierra entre la crítica al Presidente, el apoyo al ministro de Economía y la realidad de los territorios”. La gente no come vidrio.

Aún así, hay algunos que siguen actuando de comentaristas como si nada tuvieran que ver con el Gobierno. La semana pasada, La Cámpora emitió un comunicado titulado “El FMI es pobreza” en el que, además de denunciar las consecuencias de aplicar las políticas del Fondo afirman que “creemos que gobernar es enfrentar intereses del poder económico a favor de sectores más vulnerables”. Hermoso, si no fuera porque Cristina Kirchner -que apoya a Massa- es la vicepresidenta, y “Wado” de Pedro ministro del Interior del Gobierno que aplica los planes del FMI.

La realidad es muy distinta. La piña a Berni tiene como trasfondo también que, mientras todos los indicadores sociales se deterioran hasta niveles dramáticos, la economía viene de crecer más de un 5 % el año pasado. El “modelo” del Frente de Todos es ganancias para pocos y pobreza para muchos, y eso también está detrás de la bronca: ganaron los grupos financieros, los terratenientes, los pulpos exportadores del agropower o los grandes grupos empresarios que especulan con el hambre del pueblo aumentando los precios o saqueando los recursos naturales del país. La crisis no es para todos.

¿De qué mal menor hablamos? Un Gobierno que está lleno de burócratas que justifican lo injustificable “porque no da la relación de fuerzas”, que legitima la herencia de Macri, gobierna para los ricos y cuenta con dirigentes sindicales y sociales que dejan pasar todo no solo pierde autoridad política, sino también moral. El 39,2 % de pobreza invalida en este marco autodenominarse progresista a quien banque a este gobierno.

Llegan momentos en la historia que son bisagra. En la Argentina ya gobernaron liberales, peronistas y radicales y estamos en esta situación, a 40 años del fin de la dictadura. Ya no hay más excusas ni vueltas que darle. La salida es por izquierda, y es hoy. No hay tiempo que perder. Dale fuerza y sumate a esta alternativa, para enfrentar lo que viene.


Fernando Scolnik

Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.

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