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Red Internacional
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Salud. VIH-Minsal: Mañalich y la continuidad en la estigmatización social

Podemos decir que la primera aproximación a una política pública del VIH/SIDA nace en Dictadura y con un claro sesgo e intento de criminalizar la enfermedad como resultado de estados “patológicos” de la sexualidad - como así lo era considerada la homosexualidad en ese tiempo. En la presente nota intentaremos indagar cómo nacen y desde que enfoque, las políticas públicas de salud en materia de VIH-SIDA y como la intervención de una política de derecha se ha transformado en una verdadero limite a la hora de avanzar en prevención y tratamiento del VIH a nivel país.

Lunes 5 de agosto de 2019

El VIH/SIDA: del Cáncer Gay a la epidemia infecciosa más importante del último siglo

En Agosto de 1984 murió Edmundo Rodríguez por SIDA, primer caso reportado en el país. En Septiembre de ese año, se integra la modificación del Art 2 decreto 362, que incluyendo al síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), como parte de las enfermedades de transmisión sexual a vigilar.

Edmundo Rodríguez no solo es el primer caso de VIH-SIDA, sino el puntapié inicial de una serie de procesos que comienzan a describir, detallar y delimitar esta entidad dentro de los registro de salud pública y del ministerio de salud. El VIH aparece como fenómeno y se instala dentro de la agenda. Una inclusión sin embargo que nace desde el sesgo, el prejuicio y la marginación.

La incorporación al decreto de ley, se suma además a una línea de retomar la educación sexual que la misma dictadura había detenido en el 73.

“aquellas actividades educativas destinadas a preparar a los niños, jóvenes y adultos, de ambos sexos, para que logren su madurez y desarrollo como hombre y mujer, actúen como padres responsables de la salud de su familia y de la comunidad y prevengan las enfermedades de transmisión sexual” (Decreto de ley 362. Art 19)

Una educación sexual y antivenérea que se traducía en abordar los siguientes aspectos: “a) biología del aparato reproductor masculino y femenino; b) fisiología de la reproducción; c) sexualidad normal en su dimensión social, ética y legal; d) sexualidad y familia- comprendiéndose la regulación de la fecundación y la constitución y organización de la familia- y; e) patología social de la sexualidad: homosexualidad, prostitución, violación, estupro e incesto”

Un estado patológico de la sexualidad que a su vez podía ser disciplinado y castigado por el orden médico conjunto al uso de la fuerza represiva y de orden del estado, así en el mismo decreto se establece que: <<cuando el Servicio de Salud compruebe la existencia de personas que se encuentren en períodos transmisibles de una enfermedad de transmisión sexual y se nieguen a dejarse examinar o tratar, serán obligados a ello, para cuyo efecto el Director del Servicio de Salud correspondiente podrá, si es necesario, hacer uso de las facultades que le confiere el artículo 25 del presente reglamento”

Con respecto a lo anteriormente estipulado, el artículo 25 referido a las sanciones señala: “El Director del Servicio de Salud podrá, para dar cumplimiento a las disposiciones contenidas en este reglamento, requerir directamente el auxilio de la fuerza pública de la Unidad de Carabineros más cercana”.

Es interesante entonces evidenciar dos cosas, la primera es el carácter heteronormativo de la situación con la que se intenta “disciplinar” la salud y educación sexual de aquellos años. Un disciplinar que se aborda desde una sexualidad heteropatriarcal con un acentuado enfoque de “la familia nuclear burguesa”, reproductiva y anatómica. Lo segundo es que este primer abordaje “público” del VIH, enuncia lo disidente como “patológico”, como aquello disfuncional en la sociedad. El VIH/SIDA nace y se traduce socialmente por la política reaccionaria de Pinochet y los partidos de la derecha conservadora, en un “estado patológico” en oposición a la salud, la educación y la política. Estado que puede ser intervenido con el aparato médico correctivo en complicidad con el orden represivo, a través incluso de la fuerza policial, como destaca el artículo 25. El homosexual, y particularmente, el homosexual VIH positivo es sujeto de desorden público y atenta contra la salud y los principios del estado conservador de aquellos años.

Se sabe en esos años que tras la muerte de Edmundo, el hospital de la Universidad Católica mandó a quemar todo rastro de los materiales utilizados con el paciente: colchón, sabanas, cualquier instrumento de contacto directo fue reducido a cenizas y humo.

Desde ese entonces en Chile como parte de un relato más amplio, que es la infección y su desarrollo a nivel mundial, se comienzan a tejer diferentes propuestas de abordaje de la educación sexual y el manejo del paciente VIH.
Se comienzan a implementar seguimientos, notificaciones diarias de infectados, campañas masivas y una educación sexual, pero entendiendo la sexualidad, sus prácticas y el abordaje en salud pública desde las coordenadas del neoliberalismo como sistema político económico y el individualismo como ética de masas.

Un Plan Mundial contra el avance del VIH que no resuena en las políticas de salud chilena.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) entendiendo el problema que representa en término de costo productivo y de capital humano, desarrollo el Programa ONUSIDA en 1994 focalizando su actuar en el seguimiento e intervención con planes de salud pública. Programa que acoplados a las agendas mundiales de desarrollo económico pretenden detener esta verdadera pandemia del siglo XX-XXI que en Chile desde el 1984 ha causado millones de muertes y que desde el 2010 aceleró su contagio con un índice de 34% de nuevos casos infectados entre los países de América Latina (según datos de Spectrrum, sistema de registro ONUSIDA) y un crecimiento anual del 96% entre el 2010 y 2017 (5.816) [2]

La última estrategia levanta corresponde a la 2016-2030 de ONUSIDA en donde se pretende alcanzar la agenda inconclusa de 90-90-90 (90% personas diagnosticas, 90% en tratamiento y 90% con carga viral indetectable) [3]

En Chile y a nivel internacional aun no se han logrado esas cifras y por el contrario, las política públicas destinadas a desarrollar tales metas son escasas e insuficientes, retrazadas y añejas. Con propagandas clichés como las de Sebastián Pinera en el primer mandato abogando por la “monogamia” y el prejuicio a la disidencia sexual.

Más de veinte años después de esa primera aproximación a las leyes de VIH inicial parece ser que en la derecha nada ha cambiado, manteniendo la podrida y arcaica visión de la previsión de esta enfermedad; esta vez, un slogan lanzado la semana pasada sobre el uso de PreP causo revuelo en redes sociales al persistir la estigmatización de homosexuales, prostitutas y transexuales como las principales poblaciones en que se piensa esta terapia.

El PreP es un complejo de fármacos antirretrovirales, de la misma familia de los utilizados en el tratamiento de pacientes infectados. En estudios recientes, se ha llegado a la conclusión de que la taza de reducción significativa, motivo por el cual ONUSIDA ha masificado la recomendación de uso y aplicación como medida pública. En ese contexto es que Minsal ha insertado la estrategia de PreP en el sistema público, pero recurriendo al viejo eslogan de los años 80 de “poblaciones en riesgo”, sin advertir o haciendo caso omiso en que en estos últimos años, son muchas otras las poblaciones que han ascendido el contagio y que escapan a las tres destacadas por Mañalich.

El problema aquí es doble: por un lado se perpetua la visión de que VIH sigue siendo una enfermedad de ciertos grupos (Hombres que tienen sexo con hombre, Transexuales y Prostitutas) y por el otro, se perpetua el descuido del resto de la población a “prevenir el contagio”, tomando los mismos resguardos que deberían tomar como cualquier sujeto/sujeta sexualmente activo/a.

Esta medida también, nubla el hecho de que son muchas veces mujeres casadas las afectadas debido al contagio cruzado con sus parejas hombres, aún no estando ellas en las poblaciones de riesgo expuestas.

De esta manera, medidas que debiesen apuntar a una prevención racional y adecuada, se vuelven todo lo contrario, profundizando y estigmatizando aún más, a aquellos quienes tienen la enfermedad. Una estigmatización que bloquea los diagnósticos preventivos, la adherencia a tratamientos y hace de una enfermedad crónica, algo mortal.


Andrés Vargas

Médico General en APS Redactor La Izquierda Diario Chile