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Red Internacional
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Cultura. Vanguardia rusa. El vértigo del futuro

"La exposición Vanguardia rusa. El vértigo del futuro nos ofrece un recorrido a través de ese mundo que luchaba por salir a la luz"

Martes 1ro de diciembre de 2015

La revolución rusa de 1917 sacudió al decadente impero zarista. No sólo la política y la economía se transformaron, sino que la vida en su totalidad no volvió a ser la misma. La vida, entonces. ¿Qué otra cosa, sino la vida, era lo que estaba en disputa en la revolución? Otra forma de vida debía acontecer en el umbral vertiginoso de una nueva época y el arte lo sabía. ¿Era la revolución la que había propiciado la emergencia de una nueva forma de hacer arte? ¿O al contrario, era la vanguardia artística la que propiciaría una revolución en la vida? Más bien podemos hablar de una confluencia esencial entre la vanguardia política y la vanguardia artística, entre los artesanos de la revolución y los artesanos de la forma de vida: ambos serían los artífices de un mundo nuevo.

La exposición Vanguardia rusa. El vértigo del futuro nos ofrece un recorrido a través de ese mundo que luchaba por salir a la luz. Entre las más de 500 piezas que reúne podemos encontrar desde pintura hasta arquitectura, desde diseño hasta música y cine, desde arquitectura hasta carteles y libros. Y es que para poder aproximarse al arte ruso de vanguardia hay que recordar que su surgimiento cuestionó los lugares comunes de la actividad artística en la modernidad capitalista: si el arte habría de devenir vida, no podría hacerlo desde la contemplación desinteresada de las obras en las galerías o museos.

Ante el arte aurático –con su idea de un acontecer singular, auténtico e irrepetible fuera de la obra original- la reproductibilidad técnica en el cine, la radio, la industria editorial o el diseño de carteles y utensilios debía poner en juego una nueva relación entre la vida, el arte y la tecnociencia. La arquitectura, que había servido siempre para el goce de unos pocos y la exclusión del resto (piénsese en la haussmanización de París) debía poder engendrar sueños; como aquellos de Konstantín Mélnikov, que con sus diseños quería hacer de las horas de sueño un ejercicio creativo. La pintura –del rayonismo al suprematismo, con Kazimir Malévich, Liubov Popova, Alexadr Ródchenko, Natalia Goncharova o Vasili Kandinsky- quería escapar de su referencia al mundo real volviéndose cada vez más abstracta. Pero curiosamente, su sobriedad estaba cargada de porvenir. Si una obra como el Cuadrado negro sobre fondo blanco de Malévich suspendía la representación ante el advenimiento de la nada, era porque el arte debía dar cuenta de la emergencia de un mundo nuevo en su devenir indeterminado, no reproducir la realidad existente.

La revolución rusa y sus vanguardias habrían de poner en acto lo que la comuna de París había comprendido casi cincuenta años antes: si la revolución no transforma la vida reformulando la experiencia, de poco sirve. No obstante, su surgimiento no careció de contradicciones. Ya en los años treinta la burocracia que tomaba el poder impuso la línea del realismo socialista, anulando toda creatividad y conduciendo al arte al elogio de lo real. Por otra parte, si las vanguardias habían delineado una nueva relación entre la técnica y el arte que pudiera ir más allá de la instrumentalización, un elogio excesivo a la máquina prefiguraba al stajanovismo como culto al trabajo industrial y dominio desmedido de la naturaleza. Sin duda nada estaba determinado.

La historia no es un tiempo homogéneo y vacío sino un campo de fuerzas, quiebres, rupturas y acontecimientos. El ocaso de las vanguardias rusas marca de alguna forma el ocaso de la revolución bolchevique, y viceversa. Trotsky, que bien lo sabía desde su exilio en 1938, reclamaba ya en el Manifiesto por un arte revolucionario independiente toda la libertad en el terreno artístico.

La exposición Vanguardia rusa. El vértigo del futuro, nos invita a recorrer el esplendor y el ocaso de ese mundo que abrió un porvenir incierto en el presente. Como sus ruinas o vestigios, las piezas reclaman que se les haga justicia hoy, donde su insistencia debe interrumpir el “cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo” –como decía Walter Benjamin. Puesto que sólo cuando no se sabe lo que viene, cuando la historia deja de ser la repetición de lo mismo, puede surgir lo verdaderamente nuevo, el vertiginoso advenimiento del arte como vida y la vida como arte.

La exposición fue inaugurada en el Palacio de Bellas Artes el 22 de octubre de 2015