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Chile

Tribuna Abierta. Yo fui a la plaza

Reproducimos la colaboración hecha por el periodista Víctor Gómez L, Magister en Ciencia Política y Documentalista. Victor Gómez es un conocido periodista deportivo y saltó a la fama tras decir que “Vamos a esperar que se disipe un poco el olor a azufre aquí en el estudio” en pleno noticiero central de Chilevisión. En esta columna, el periodista se refiere a la discusión sobre la Asamblea Constituyente.

Víctor Gómez

Víctor Gómez Periodista deportivo Magister en Ciencia Política y documentalista

Miércoles 1ro de abril de 2015

Al margen de los cálculos de asistencia -de propios y ajenos- pensé que existiría una mayor convocatoria. Tal vez, por confianza casi ciega en la capacidad de llamamiento que han alcanzado las redes sociales. Tal vez, incluso por un optimismo en los cambios. Tal vez, porque asumí que la convocatoria era atractiva para todos. Pero la porfiada realidad dijo lo contrario.

La masividad no es un factor menor ni tampoco se debe pasar por alto en la estrechez numérica. Es un indicador que desde lo cuantitativo nos aporta información relevante para construir mensajes, contenidos y argumentos políticos sólidos en lo cualitativo.

Antes y después de llegar a La Plaza, la gran masa de ciudadanos (gente, pueblo, etc.) que aprecié sólo en el centro de la capital andaba "en otra". Apurados por sus retornos a casa por medios de transporte de mala calidad y ocupados en sus quehaceres y rutinas diarias. Poco o casi nada de ruido ambiental sobre el evento de la Asamblea Constituyente y el cambio de la Constitución. Quizás la mayoría ignorantes del mitin cívico -que se haría y se hizo- a sólo cuadras de sus existencias. Surge ahí una de las primeras interrogantes: ¿Por qué el mensaje político que es atractivo para algunos no lo es para una mayoría, que en el papel, debería considerar que su vida sí puede cambiar para mejor cuando las reglas institucionales del país se modifican?

Sin embargo, el ojo siempre registra más de un ángulo y de ahí entonces es preciso revisar quiénes asistieron a La Plaza de La Constitución. Por cierto, los convocantes que se lucieron con sus mejores esfuerzos por difundir los contenidos del certamen. Punto elogiable para el lugar de vanguardia que asumieron varios actores de la escena local utilizando hasta coros grupales para vociferar las consignar. También fueron los mirones y los curiosos. Pero el grueso de los presentes que llegó al sitio histórico de Santiago, sin duda, fue un contingente que está ligado a algunos partidos dentro y fuera del gobierno y a varias organizaciones convocantes. Incluso hubo algunos parlamentarios y “personalidades públicas”.

Dirán que este grupo es la masa crítica de avanzada que por regla suele contar con mayor información e interés por los temas sociales y políticos. Dirán que por algo se empieza. Dirán que es el motor que luego moverá el resto de la maquinaria. Pues bien es posible. No obstante, un análisis, sin malicia alguna, apunta a que si en verdad TODOS pudiéramos cambiar la Constitución por una de profundas convicciones democráticas, la mayoría de esos asistentes perderían hasta sus puestos de trabajo, garantizado en muchos casos por la lógica del cuoteo y la administración del Estado que impera desde el 90 en Chile. Obviamente, no se puede restar a nadie y al contrario, hay que sumar a todos, pero los años, las derrotas y las prácticas políticas nos han enseñado precisamente que esa masa crítica ligada a la Concertación y hoy Nueva Mayoría, fue incapaz de contener las negociaciones espurias de la Transición y menos frenar el acomodo de sus cúpulas partidarias al modelo político y económico post dictadura.

Masa funcionaria de partidos que se instaló y administró sin complejos los espacios fiscales que el orden pinochetista diseñó para la “democracia” de cartón a la chilena. Prácticas espurias que hoy son profundamente rechazadas por moros y cristianos, ya sea, por medio de movilizaciones sectoriales en todo el país o por medio de encuestas con resultados lapidarios y hasta por el malestar generalizado de la sociedad.

Y entonces, ¿Qué se hace con ellos? Sumarlos pero con condiciones explícitas que señalen desde el comienzo, que la transformación de las reglas del juego institucional no tendrá la misma lógica de la Transición y ni menos a los mismos protagonistas de ese período. Adelantarles sin pelos en la lengua que no pueden asumir la conducción de los cambios los que se oponen a una Asamblea Constituyente bajo el ataque verbal de “fumadores de opio”. No pueden liderar las transformaciones quienes están cómodos con la actual Constitución. No pueden subirse por el chorro los que a cambio de garantizar sus granjerías y sus representaciones poco democráticas, desde ya se ofrezcan para negociar cuotas de poder en un futuro orden institucional.

La sociedad civil a secas o por definición de manual si se quiere, tampoco estuvo presente en La Plaza. Hubo organizaciones dignas que pertenecen a este segmento, pero se echó de menos a varios otros colectivos que desde esa tribuna apuestan también por los cambios, entre ellos, hasta partidos de izquierda. El desafío está en sumarlos y convencerlos que sí se puede generar un espacio de debate, de confluencias y luego de movilización social que fuerce la situación política a favor de cambios políticos significativos.

No me extenderé en la presencia de militantes y dirigentes de RD y del PRO. Se saluda sus gestos y sus asistencias, sin embargo, habría que dedicarles un capítulo extenso para dimensionar cuánto de lo que sus apuestas diseñadas en el papel resisten y no sucumben en la lógica de la “Realpolitik”, que por lo general, se grafica en canjes y negociaciones de poca dimensión democrática. Un tema abierto y por cierto, da manteca para un futuro debate.

Con un diente más afilado, la revisión del contenido de la convocatoria en Santiago, porque desconozco mayores datos de regiones, debería preguntarse bajo una mirada constructiva por qué no fue masiva, por qué no provocó un hito político, por qué cuando muchas de las condiciones políticas están a favor de los cambios no hubo expresión potente de descontento. Por qué nos fuimos a casa con un sabor extraño.

Respuestas hay muchas. Me atrevo a ensayar algunas tratando de salir del estereotipo clásico. Para ellos evocaré la convocatoria contra Hidroaysen un viernes de marzo por la noche del 2011. Más de 40 mil personas marcharon desde Plaza Italia a La Moneda, en pleno gobierno de Sebastián Piñera en rechazo a la mega construcción en el sur. El llamado mayoritario circuló por redes sociales y canales hasta ahí poco usados. Los organizadores fueron sorprendidos y ante la muchedumbre sólo se limitaron a leer sus letanías desde un camión en movimiento y luego se marcharon. Quizás casi huyendo de lo que podía pasar después, eso nunca se sabrá. El hecho más importante es que esa marcha fue el hito político que dio la partida a la ola de grandes movilizaciones sociales y políticas que surgieron en Chile desde entonces. Luchas que condicionaron todo el escenario político a tal nivel que la Nueva Mayoría basó su programa de gobierno en cuatro puntos, que surgieron desde la movilización popular. Luchas que le dieron aire fresco a una realidad política moribunda e injusta que se instaló post dictadura.

La posta del No a Hidroaysen la tomaron los estudiantes universitarios y secundarios. Todos ante una situación irresistiblemente injusta en la educación reaccionaron con contenidos profundos, reflexivos y con altas cuotas de creatividad en las formas de expresión política. Surgieron liderazgos y contenidos que desbordaron sólo la temática educacional y con una asertividad pulcra, los estudiantes sintetizaron en el lucro, el factor más nocivo del modelo neoliberal chileno. Así pues le dieron a la línea de flotación del sistema y no se admitió más, al menos en el sentido común, entender como un bien de consumo y transable la educación, la salud, la previsión, la vivienda, los recursos naturales y por cierto, el sistema político y su representación.

Lo que pasó en el país desde 2011 aún no es dimensionado por todos. Confusión que reina en los planos académicos y para qué decir, en las élites de poder y los medios de comunicación que siguen sin dar el tono en la interpretación de la nueva realidad social, política y cultural. En ese ambiente y no en otro se ha levantado la demanda de un Plebiscito y una Asamblea Constituyente. Demanda que nace de los movilizados en contraposición de las estructuras institucionales y de los protagonistas políticos de la década anterior. Sólo así se explican las luchas en Coihaique, Tocopilla, La Ligua, Punta Arenas y la extensa movilización estudiantil en todo Chile.

La razón para explicar las nuevas formas de movilización y sus éxitos en el giro de las agendas políticas podría estar en lo que expresan algunos sociólogos mexicanos –en gran medida- a la integración de plataformas tecnológicas al quehacer cotidiano que implica comunicaciones expeditas y más activas. Al recambio generacional de los movilizados distantes de los traumas dictatoriales aunque ellos padezcan sus efectos, Y al empuje de demandas locales sometidas a lógicas globalizadas depredadoras de recursos naturales, de la cultura y de la dignidad humana. Ejemplo: el cuestionamiento al neoliberalismo como único modelo de desarrollo hegemónico en diversas latitudes.

Las nuevas formas de movilización y de lucha implicaron desprenderse de patrones clásicos y en la instalación de nuevas formas de discusión, de integración y de creación de contenidos. Todos los actores son protagonistas y por más figuración que alcanzaron unos sobre otros, la mayoría ha tenido la chance de difundir con formas modernas sus balances y sus aportes. Validando así formas de debate más horizontales y al margen de la institucionalidad vigente y de sus representantes. Puerto Aysen, Coihaique y Freirina son ejemplos en este sentido. El ejercicio democrático en la base avanzó mucho más que en 20 años de democracia protegida.

Resumo en los párrafos anteriores algunos aspectos que hay que contemplar para ensayar el desarrollo de las demandas venideras, entre ellas, un Plebiscito y una Asamblea Constituyente.

A reglón aparte y tomando en consideración lo que aprecié y escuché en La Plaza de La Constitución el lunes 23 de marzo, me atrevo a decir que cualquier demanda política debe necesariamente vincularse con la realidad inmediata que padece y vive el chileno común y corriente, de lo contrario, se condena a terminar segmentada, a aislarse y a representar sólo a algunos grupos de interés mayoritariamente de élite.

Esta condición requiere salir a explicar -cómo se pueda y dónde se pueda- los efectos que puede provocar en la vida cotidiana el cambio de la Constitución. Cómo este instrumento legal está vinculado a los abusos de las AFPs, las ISAPRES, los colegios y Universidades. Cómo la depredación de la naturaleza y de los recursos naturales pueden detenerse si cambiamos las reglas del juego y apuntamos a un modelo de desarrollo distinto al vigente. Cómo pueden mejorar los salarios y las condiciones laborales, cuando el marco institucional se modifica a favor de la sociedad toda y no sólo de los empresarios y financistas. Cómo la vergonzosa desigualdad que se instaló en Chile es urgente cambiarla en todos los planos. Cómo a fin de cuentas el presente y el futuro depende de reformas políticas basadas en el protagonismo y en los intereses de las grandes mayorías.

En la didáctica política convocante hay que apuntar a explicar con absoluta claridad diversos matices y pasos, entre ellos: ¿Por qué un Plebiscito?, ¿Quién puede y debe convocarlo?, ¿Qué se consultaría en ese evento?, ¿Cuáles serían los mecanismos para una Asamblea Constituyente?, ¿Cómo se crea y quiénes la formarían?, ¿Qué derrotero legal seguiría? Y ¿Cómo surge, nace y se aprueba una nueva Constitución?. ¿Qué participación y protagonismo tendrá el ciudadano común y corriente?

Hay que ser claros y no pecar de ingenuos, la historia señala que con nitidez que la mano de las FFAA ha estado en todas las constituciones en Chile. Para qué decir en la ilegitima del 80. Ese sector sigue silencioso en la actualidad y hay que tenerlo en cuenta. Al mismo tiempo, no será raro que actores como Ricardo Lagos pretendan adueñarse de la agenda política con diversas maniobras, entre ellas, su consulta vía web sobre el cambio de Constitución. No será rara la resistencia de Camilo Escalona y lo amenazante que le resulta el cambio de reglas para sus intereses. No será raro que todos los que queremos cambiar el modelo del juego ahuyentemos a varios que están cómodos con las actuales reglas. Y no será raro que cuando se den las condiciones de cambio varios hablen en representación de todos nosotros como lo hicieron pactando con la dictadura la transición. Pacto a espaldas de la ciudadanía que nos condenó al sistema binominal, a la ley laboral, a la existencia de ISAPRES y AFPs, a la no investigación de las privatizaciones de las empresas del Estado, a la impunidad en las violaciones a los Derechos Humanos y a cuanta basura se les ocurrió.

Hoy más que nunca la clase política, el sistema de partidos y la institucionalidad están en desprestigio ante la sociedad. Los escándalos de corrupción de Penta, SQM, Caval y otros diversos ejemplos ofrecen posibilidades para aunar criterios y contenidos que permitan convocar a movilizaciones de condena frontal al estado de cosas que tiene en crisis al gobierno, al congreso y la derecha. Cualquier convocatoria actual tiene que apuntar al rechazo generalizado que existe contra las prácticas espurias de las élites políticas y empresariales. En suma, la exigencia de un Plebiscito y de una Asamblea Constituyente se debe politizar, en el sentido estricto y no partidario, para que desde esfera se convierta en un eje convocante de amplios sectores sociales y por sobretodo de la gente común y corriente. El objetivo central debe apuntar a transformar la sociedad y así como dicen por ahí, por algo se empieza.