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Editorial. #8M • Día Internacional de las Mujeres: conquistas y desafíos

Hace tiempo que el 8M dejó de ser una fecha más para transformarse en un día más parecido a las jornadas que dieron origen al Día Internacional de las Mujeres: lucha y movilización. Editorial de “El Círculo Rojo”, programa de La Izquierda Diario que se emite los domingos de 21 a 23 h. por Radio Con Vos, 89.9.

Celeste Murillo

Celeste Murillo @rompe_teclas

Lunes 9 de marzo de 2020 08:25

Ningún 8 de marzo es parecido al anterior. Hace tiempo dejó de ser una fecha formal de calendario para transformarse en un día más parecido a las jornadas que dieron origen al Día Internacional de las Mujeres: lucha y movilización.

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Este año, las protestas empezaron con una movilización que superó el millón de personas en la Plaza de la Dignidad de Santiago de Chile. No es una casualidad:
Las estudiantes secundarias que invadieron el subte de Santiago en octubre de 2019
Se multiplicaron por miles el Día de lucha contra la violencia Machista, apuntaron contra los abusos sexuales de las fuerzas represivas, dijeron El violador eres tú
Y llevaron los pañuelos verdes a la primera línea de la resistencia contra el gobierno de Piñera y el régimen heredado de la dictadura de Pinochet

Hoy intentan canalizar las protestas hacia una Asamblea Constituyente prolijamente limitada, y la movilización de las mujeres en Chile confirma, a su modo y no sin contradicciones, que no hay un muro que separe las demandas llamadas “femeninas” de otras cuando todo lo que antes parecía inmutable ahora está en cuestión.

En cada país, se dibujan escenarios políticos, y en muchos el feminismo y el movimiento de mujeres son actores políticos ineludibles.

Lo sabe el presidente mexicano López Obrador, interpelado por la pobre respuesta estatal, pero sobre todo por el desprecio que emanan las declaraciones de intenciones generales sobre los femicidios. En México, 11 mujeres son asesinadas cada día, la bronca se vuelve incendiaria y pone en jaque incluso a los que se dicen progresistas.

Más información: Histórico: 150.000 mujeres marcharon en Ciudad de México

Lo saben los gobiernos y regímenes políticos, como el español, que ensaya la canalización institucional de la movilización de las mujeres, intentando reducirla a leyes y agendas, mientras le quitan los bordes más filosos a la crítica de esa verdadera asociación ilícita que existe entre patriarcado y capitalismo.

Mirá también: 8M: masivas manifestaciones en todo el Estado español

En Argentina, el hecho de que el anuncio de un nuevo debate sobre el aborto legal sea lo más esperado del discurso del presidente en la apertura de sesiones legislativas es una imagen incontestable de esa relevancia. Es imposible arriesgar un desenlace, pero si estamos más cerca de la legalización es por la persistencia de las calles, el único lenguaje que entiende el palacio. No fue, no es ni será regalo de ningún gobierno.

A la espera del proyecto anunciado, que nadie conoce, nuestros enemigos declarados ya hablaron:

  •  El jefe de la Iglesia Católica, el monseñor Víctor Fernández, adelantó algo de lo que vimos hoy en ese acto político disfrazado de misa. La Iglesia va a desatar su guerra, y el acuerdo político entre el Papa Bergoglio y el gobierno de Alberto Fernández no es garantía de paz.
  •  El jefe de los senadores oficialistas, José Mayans, ya habló de asesinato y pena de muerte.
  •  Los moderados, esos que dijeron “no estoy de acuerdo, pero no quiero mujeres presas”, como el diputado Eduardo Valdés, hoy piden libertad de acción en el bloque mayoritario del Frente de Todos para votar en contra.

    Para nosotras, conquistar el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos es vital e imprescindible. Porque no queremos ser ciudadanas de segunda, pero sobre todo porque no toleramos que la mayoría de las mujeres que se practican abortos en nuestro país, que son trabajadoras, son pobres y son jóvenes, tengan que arriesgar su vida por no poder pagar una clandestinidad segura.

    Es un derecho elemental por el que peleamos hace décadas, por el que la marea verde argentina se convirtió en un símbolo más allá de nuestras fronteras y queremos que sea legal ya.

    Conquistarlo sería un triunfo de todas las personas que agotaron días y noches en esta lucha, de quienes nos acompañaron siempre y quienes se sumaron ahora, de las que supieron ser pocas para que hoy seamos muchas con la mayoría de la población de nuestro lado.

    Queremos ganar, pero no es nuestro techo, la conquista del derecho al aborto legal es un punto de partida: es lo mínimo que le exigimos a las sociedades que ostentan el nombre de democracia.

    Nuestro techo sigue lejos:

  •  Si una mujer es asesinada cada 23 horas por ser mujer
  •  Si el 55% de las personas que trabajan en condiciones de precarización extrema son mujeres
  •  Si existe una una brecha salarial del 25 %
  •  Si seguimos siendo las mujeres las que más tiempo dedicamos a las tareas de cuidados, no remuneradas y atadas a nuestro género por prejuicios patriarcales
  •  Si solamente el 10% de las trabajadoras en edad de jubilarse cumple los requisitos para hacerlo y la mayoría de ellas llega solo a la mínima

    También está lejos mientras siga habiendo travesticidios, mientras Higui siga condenada por defenderse de la violencia homolesbotransfóbica, mientras la mayoría de las personas trans tenga una expectativa de vida que no supera los 40 años.

    Hace muchos años que el capitalismo sofistica sus modos para mantener lo necesario de la opresión de género.

    Se despojó de prejuicios como aquel que decía que las mujeres somos criaturas del hogar cuando necesitó nuestra fuerza de trabajo.

    Modernizó su imagen y sus palabras cuando necesitó apagar el fuego revolucionario de los años 1960 y 1970. Incorporó discursos, agendas y hasta derechos.

    Una minoría de mujeres ingresó en los espacios de poder de las clases dominantes.

    Una parte del feminismo borró las críticas a la sociedad de clases y se transformó así en un discurso dócil y digerible para las democracias que liquidaban derechos sindicales y conquistas laborales de las mayorías.

    Nos dijeron que éramos iguales, que teníamos las mismas oportunidades. Pero cuando los gobiernos adoptaron el lenguaje del techo de cristal, la mayoría de las mujeres vivía en los sótanos de la precarización, los bajos salarios y la pobreza.

    Mientras la mayoría siga ahí, en los sótanos, ningún techo nos conforma, sea del material que sea. No por eso eximimos a los gobiernos de su responsabilidad en sostener las condiciones en las que se reproducen la desigualdad, la opresión y la violencia machista.

    Quieren convencernos de que es más inteligente y efectivo luchar contra la opresión “desde adentro”. Que nos conformemos con la paridad, las secretarías y los ministerios, como si no fuera indigno que la democracia llevase ese nombre durante tanto tiempo sin una sola mujer en los gabinetes y minorías miserables en los parlamentos. Y como si esos gabinetes hoy mismo no aplicaran en todo el mundo medidas que hacen más difícil la vida de la mayoría de las mujeres.

    Quieren convencernos de que la lucha por nuestra igualdad puede aceptar los contornos de una sociedad desigual. Que nos conformemos con conquistar un derecho importante para nosotras, mientras todos los días se privilegian los intereses de los acreedores de una deuda, que es ilegal e ilegítima, mientras la mayoría de las jubiladas y jubilados viven en la pobreza.

    La vitalidad del movimiento de mujeres radica en que no somos pocas las que no nos conformamos.

    Queremos ganar, queremos conquistar los derechos que hoy nos niegan. Pero eso no puede significar silenciar las críticas ni los debates que fueron, son y serán parte de cualquier movimiento que pelea contra la opresión.

    Nuestros enemigos de las Iglesias, la derecha conservadora en los bloques mayoritarios, todos ellos ya mostraron sus cartas. Tenemos que elegir las nuestras.

    Exigir todo: ¿por qué no se para el país si amenazan con rechazar nuevamente el aborto legal? ¿Por qué no se vacían las escuelas si la mayoría de las personas que dicta clases no accede al derecho básico de decidir sobre su cuerpo? ¿Por qué siguen funcionando los hospitales si la mayoría de sus trabajadoras no puede interrumpir un embarazo en condiciones seguras? ¿Por qué andan los subtes, por qué se procesan alimentos, por qué funcionan los bancos? ¿La vida de las trabajadoras vale tan poco para los sindicatos? ¿La vida de las mujeres vale tan poco?

    Las críticas, las preguntas y las exigencias no van a impedir que cuando llegue el momento en el que sea ley nos veamos las caras en la calle y sepamos con solo mirarnos que el triunfo es nuestro.

    Con ese triunfo en nuestro haber vamos a tener más fuerza para decir “Ganamos, pero no es suficiente”, “No nos conformamos” y preguntarnos: no si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa es una igualdad por la que valga la pena luchar.


  • Celeste Murillo

    Columnista de cultura y géneros en el programa de radio El Círculo Rojo.

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