El ciclo político de Cambiemos enfrenta su primera prueba. La desaparición forzada de Santiago Maldonado y la resistencia obrera a los despidos, como en PepsiCo, trasfondo del domingo electoral.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Viernes 11 de agosto de 2017
“Un metro más de asfalto y un pibe preso cada día”. No es un acto fallido. Es un programa para intentar ganar las elecciones y una pintura de cuerpo entero de la plana mayor de Cambiemos.
Los rechazos recibidos fueron demasiados. Esteban Bullrich tuvo que ensayar una disculpa. El analista Andrés Malamud, en Twitter, bromeó diciendo que se trataba del mejor spot de campaña de Unidad Ciudadana. El chiste es bueno y la razón no le falta.
Es buenísimo el último spot de campaña de Cristina. https://t.co/m1YRUvfaER
— Andrés Malamud (@andresmalamud) 8 de agosto de 2017
La imagen que devuelve Bullrich es la de un patetismo casi ilimitado. Si la frase sobre los pibes presos evidencia lo más reaccionario de un funcionario que fue (creer o reventar) ministro de Educación, en otras situaciones cae directamente en el ridículo.
Su imagen afirmando que el corazón late diciendo “sí se puede” parece extraída de una película de Alex de la Iglesia. Sabrán disculparnos quienes admiran al director español si la comparación les suena violenta.
Detrás del ridículo y las frases reaccionarias está la angustia. O por lo menos la desazón política. Cambiemos llega a las PASO en la provincia de Buenos Aires rezando. Como si fuera una suerte de efecto contagio, el misticismo de Carrió se expande a toda la coalición.
A veinte meses de gestión del “mejor equipo de los últimos 50 años”, los números en las encuestas son tan poco amigables como los números de la economía para las familias del pueblo trabajador.
Si eso no bastara, la coalición oficialista no logra superar el lastre que implica ser “un Gobierno de ricos para los ricos”. No existe allí un problema de estrategias de marketing. No alcanza con mostrar a Macri inaugurando el Metrobus en La Matanza o a Vidal volviendo “al barrio de su niñez”. La “cercanía” impostada choca de frente con la experiencia cotidiana de cientos de miles de personas que, mes a mes, ven caer su nivel de vida.
Sumemos a eso la reciente (y brutal) ofensiva contra los reclamos mapuches, liderada por la ministra de oligárquico apellido que ocupa la cartera de Seguridad. Todo sea por defender a Gendarmería ante la desaparición de Santiago Maldonado.
El fracaso de un relato
Tras las elecciones de 2011 el kirchnerismo “se subió al caballo” del 54%. El macrismo parece haber incurrido en el mismo error, sobrestimando su propio relato, a la luz del triunfo en 2015.
En la campaña que acaba de finalizar asistimos a una suerte de remake la que tuvo lugar en aquel entonces. Pero las apelaciones a “la esperanza” y al “cambio que estamos construyendo juntos” suenan demasiado almibaradas (o amargas) para quien debe afrontar boletas de luz que superan los $ 3.000.
Le eventual derrota de Cambiemos en la jornada de mañana –o un triunfo moderado- mostrará los límites de ese relato. Para millones de personas “cambiar” significaba mejorar su nivel de vida, superar la inestabilidad laboral, dejar de pagar el oneroso impuesto a las Ganancias. Todo lo contrario a lo que ha ocurrido.
El relato del “cambio” se estrelló contra las duras rocas de la economía. Macri gusta citar al Perón que exigía aumentar la productividad a los trabajadores. Por estas horas, debe haber recordado al que solía decir que “la víscera más sensible del hombre es el bolsillo”.
Treinta días
Apenas un mes mediará entre la represión a los trabajadores de PepsiCo y las PASO de este domingo. En ese lapso de tiempo, esa importante lucha contra 600 despidos se mantuvo en la escena política. Hace 6 días 10.000 personas acompañaban su reclamo, en el marco de un enorme festival solidario.
La lucha de PepsiCo vino a interrumpir la calma electoral a la que aspiraba el país burgués. Mostró un panorama de resistencia a los despidos que hizo erizar la piel a más de un CEO y a la misma burocracia sindical peronista. Mostró una agenda distinta a la que pretendían imponer, de manera consensuada, la gran corporación mediática, las patronales y el Gobierno.
Pero la lucha de PepsiCo no fue lo único que conmovió el camino de las PASO. Este viernes, la Plaza de Mayo se llenó de miles de personas y de miles de carteles. En ellos estaba el rostro de Santiago Maldonado. La masiva convocatoria exigió la aparición inmediata y con vida del joven que desapareció luego de una brutal represión contra la comunidad mapuche Pu Lof en Resistencia, de Chubut.
Las calles, una vez más, le contestaron a un Gobierno que sostiene una agenda represiva, solo mediada por la relación de fuerzas.
CFK: la alegría, el odio y el silencio
En el nuevo relato kirchnerista “el amor vence al odio”. La copia del modelo Durán Barba llegó hasta los detalles. En su cierre de campaña, la ex presidenta pidió que no hubiera silbidos ni gritos, solo muestras de alegría. Faltaron los globos amarillos y las canciones de Tan Biónica.
Camino a las PASO, el kirchnerismo apostó a la moderación por partida doble. Por un lado, con una suerte de “campaña del silencio” por parte de la expresidenta. Por el otro, construyendo el protagonismo de esa entelequia conceptual que es el “ciudadano”. Apelando a las redes sociales y a la cercanía con “la gente”, CFK logró matizar los golpes directos sobre su figura.
Esa campaña silenciosa no puede ser considerada solo virtud. Aparecer en escena hubiera implicado para CFK, por ejemplo, tener que responder por Julio De Vido, su ministro de Planificación durante 8 años. Los cuestionamientos no hubieran venido solo por derecha. Parte de la “herencia recibida” –celebrada por el macrismo- tiene que ver con la continuidad del impuesto al salario; la precarización laboral extendida y el 34 % de trabajo en negro, luego de años de crecimiento a “tasas chinas”.
Esta moderación no debería ser leída solo como estrategia electoral de corto plazo. La expresidenta busca además presentarse como una figura aceptable para el establishment capitalista. La misma clase que durante sus mandatos se “la llevó en pala”, la mira aún con desconfianza.
“Convencer al Gobierno de que cambie su política”, disparó CFK el jueves pasado. La terminología es moderada. Incluso más que de la Sergio Massa que se animó a hablar de "zamarrear" al oficialismo. Pero, como ocurre a veces en el psicoanálisis, las palabras ocultan una ausencia real. En este caso, es la del kirchnerismo como movimiento político de resistencia al ajuste.
El declamado relato que prometía "resistir con aguante" no resistió, valga la redundancia, las primeras brisas del otoño de 2016. Ya en abril de ese año, en la puerta de los tribunales de Comodoro Py, CFK pidió no hablar de "traidores" porque la palabra era "muy fuerte". La última etapa de la moderación política kirchnerista se inició en ese entonces. La actual campaña "duranbarbista" no es más que el corolario lógico de esa decisión.
País real
A metros del andén, el hombre se acerca y pregunta "¿las elecciones de este domingo son obligatorias?". No le gusta la respuesta. Se nota en su rostro.
Las PASO no logran despertar un extendido entusiasmo. En todo caso, lo que tampoco logra despertar mayor atracción son las campañas de los candidatos. Si el relato macrista suena hueco, el discurso kirchnerista suena a denuncia impostada. Suena, también, un poco a llanto.
Pero, como dijo hace apenas unos días Myriam Bregman, candidata del Frente de Izquierda en CABA, no se trata de llorar sino de enfrentar el ajuste.
La campaña del Frente de Izquierda tuvo, en estas semanas, una inmensa cercanía a ese "país real" que expresan luchas como las de PepsiCo. De hecho, ganó en simpatía al protagonizar una participación activa en la resistencia al brutal desalojo que tuvo lugar hace apenas un mes.
Faltan horas para el inicio de esa gran encuesta electoral que vienen a ser las PASO. El lunes 14, cuando todo haya terminado, el país que empiece a moverse posiblemente tenga más similitudes con las imágenes de aquella represión que con los edulcorados discurso de campaña de Vidal, Massa o el kirchnerismo.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.