Los autodenominados sectores Pro Vida intentan por todos los medios seguir con la criminalización del aborto y la condena a las mujeres.
Natalia Cruces Santiago de Chile
Lunes 6 de abril de 2015
Sin duda el tema del aborto genera grandes debates, como hoy vemos en Chile. Solo la posibilidad de despenalizar, es decir de dejar de condenar, denunciar, encarcelar y juzgar a las mujeres, genera molestia en la derecha y los sectores reaccionarios. Es por eso que los llamados sectores “pro vida” vienen organizando una serie de acciones como manifestaciones, videos, campañas en las redes sociales para difundir sus ideas.
Estos grupos “pro vida” están profundamente ligados a los sectores más conservadores, inclusive en la marcha participaron parlamentarios de la UDI y RN. ¿Será que estos partidos, que fueron férreos admiradores y defensores de la dictadura son Pro Vida? ¿Será que mientras se torturaba y se asesinaba, mientras miles de personas llenaban las cárceles de Pinochet, donde se violaba mujeres, se aplicaba electricidad y otras formas de violencia, estos mismos políticos defendían esas vidas? No, ellos fueron cómplices, muchos de los integrantes de los partidos de derecha inclusive participaron de la dictadura en cargos políticos. Por lo tanto su discurso “pro vida” es una falsedad. En realidad están contra las mujeres y sus derechos.
¿Y qué pasa con la vida de las mujeres? No solo aquellas que tienen riesgo de morir por embarazos complejos o que fueron violadas o abusadas, como el caso de la niña de 11 años embarazada por los abusos de su padrastro. ¿Y las miles de mujeres que por año abortan de manera clandestina, obligadas a ocultarse por el riesgo a su salud? Para la derecha y estos supuestos sectores de la iglesia, estas vidas no valen nada, ni tampoco la salud de estas mujeres.
¿Y qué pasa con la vida de las trabajadoras de Frutícola Atacama, que según sus propias compañera estaban encerradas en el conteiner y si no en el predio donde dormían? ¿Los sectores “pro vida” se preocupan de esas mujeres hoy desaparecidas, que trabajaban en la empresa de uno de sus integrantes, Gabriel Ruiz Table, de la UDI?
¿Y de las miles de mujeres pobres, con bajos sueldos, precarizadas, con turnos de 10 a 12 horas de trabajo? ¿Cuánto vale la vida de esas mujeres para los “pro vida”? ¿O vale solo para “prestar sus cuerpos” como señaló Ena Von Baer –hoy implicada en los casos de corrupción de Penta- hace unos años atrás?
La Iglesia Católica es otra de las instituciones que se opone al aborto y su discusión. Quieren imponer, una vez más, sus ideas. La misma Iglesia que oculta los casos de pedofilia, que compra a los denunciantes o, que en Chile, nombra a Barros como Obispo de Osorno a pensar que las víctimas de Karadima señalan que sabía de los abusos. La Iglesia ha caído en un enorme desprestigio, según reflejan encuestas recientes.
El aborto es una realidad que ha existido ayer, hoy y en el futuro. Es una forma de control de la natalidad y una práctica a la que recurren miles de mujeres, por motivos diversos. Ellas tienen el derecho a decidir si abortan, en condiciones de seguridad. No de manera clandestina, no con el riesgo de cárcel, muerte o secuelas. La precariedad en la que están hoy miles de mujeres en su salud, por el aborto clandestino, es preocupante.
El proyecto que actualmente está comenzando a debatirse en el parlamento, de despenalización en tres casuales, es limitado respecto de las verdaderas causas por las que las mujeres abortan. Hace falta una ley de aborto legal, seguro y gratuito para toda mujer que lo necesite. Es un derecho democrático y de género, la decisión sobre el propio cuerpo. Pero también, dar cuenta de que las mujeres trabajadoras y de sectores populares, son las que se arriesgan a secuelas, ya que las mujeres de sectores acomodados, abortan en clínicas privadas.